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noviembre 10, 2009 / Roberto Giaccaglia

The Zapping Zone

En el fondo

El fondo del cielo, Rodrigo Fresán, 272 págs., 2009, Mondadori, Buenos Aires.

No tengo muchas certezas, casi ninguna, pero algo sé: Roberto Bolaño, Ray Loriga y Rodrigo Fresán son tres hermanos bastardos de un mismo padre: Philip K. Dick.
¿Quién es la madre? ¿La lucha libre mexicana? ¿Las películas clase B? ¿España? Quizás las tres juntas, o sea: tres madres distintas y un solo padre verdadero.
La cuestión es que los tres componen sus libros homenajeando a su padre y acordándose siempre de su madre, aunque la nombren sin nombrarla, cualquiera sea la que les haya tocado en suerte.
(Ah, y Kurt Vonnegut es el tío que hace chistes.)

A mí Fresán siempre me ha sorprendido como crítico, no tanto como autor de ficción. Pero hay que decir que tanto en un rol como en el otro, Fresán siempre ha hecho lo mismo: zapping.

Tal vez haya sido el propio Philip K. Dick el autor de la siguiente hipótesis, y si no, seguro que es alguien que se inspiró en él para armarla:
Si en la soledad de la noche uno se sienta frente al televisor con el control remoto en la mano, empieza a hacer zapping y persiste en la actividad digamos una media hora, no tardará en ver imágenes del futuro.

Con esta hipótesis, Fresán se la ha pasado escribiendo críticas y libros de ficción, pero mientras las primeras iluminan, las segundas tienden sobre el lector un manto oscuro, donde el sentido de la realidad se pierde, junto a otras cuestiones. Por caso, la cordura.
Quizá porque las críticas de Fresán son conclusiones (a veces escritas con la determinación de un profesor canchero y ganador: “Pensar en tal cosa como si…”, siempre igual), y sus ficciones meros acercamientos a la cosa, o idas y vueltas que no se detienen en ningún lado (escritas la mayoría de las veces con el escaso convencimiento de un mal alumno influido por demás: “Pensar en tal cosa como si…”, siempre igual), frases sueltas que van y vienen, pedazos de lecturas, pedazos de películas, de discos, de citas, de saberes populares, de sentencias lúcidas y no tanto.
Por eso, después de leer El fondo del cielo me quedo con la impresión de no saber qué he leído.
Un homenaje a su padre, sí, es cierto, y a su tío, eso está claro, y de paso un saludo fraterno a sus hermanos, Roberto y Ray, de quienes toma cositas aquí y allá y las repite, pero aparte de eso no sé, juro que no sé. A no ser que todavía no haya llegado la noche, o yo no haya prestado la debida atención y el efecto del zapping no haya llegado a producirse.

En todo caso, entender o no, es lo de menos, no importa, porque quien agarre un libro de Fresán esperando encontrar alguna revelación en él se merece el chasco, y el tiempo perdido. Los libros de Fresán se agarran en todo caso para sorprenderse por la cantidad de referencias que hay en ellos, cosas desparejas, leerlos salteado y si acaso detenerse en alguna porción afortunada. De todo el libro, o casi, me quedó esta: “De todas las formas del miedo, el ser humano ha producido pocas tan efectivas como la del sonido de un teléfono en medio de la noche”. ¿No es fantástica? Si escribiera, la pondría de epígrafe en mi próximo libro, en serio.

Pero una novela es algo más que una frase inteligente encabezando un capítulo y un montón de párrafos inconexos debajo, o adelante, hasta la próxima ocurrencia feliz. Esto es ver televisión a las cuatro de la mañana, y detenerse en las chicas que hacen gimnasia y nos quieren vender uno de esos aparatos. El entusiasmo, o la sorpresa, dura un rato, después aparece el tipo gordo mintiendo, su mujer, etc., todos usando el aparato, con resultados estéticos más bien pobres. Cambiamos de canal y alguien nos quiere vender una licuadora. Todavía falta para el último gol de Messi o un tramo furtivo de alguna película de nuestro agrado. Hace falta tiempo, ganas y suerte para llegar a algo de eso sin dormirse o sin que el control remoto se nos caiga de las manos.

No creo que la ciencia-ficción sea así. No he leído tanta, pero si así fuera no tendría tantos seguidores.
Por otro lado, pongamos por caso que el supuesto básico de la ciencia-ficción sea el que es un género que presagia el futuro. ¿Cuánto futuro hay en El fondo del cielo? Me parece que en El fondo del cielo hay sobre todo pasado, el pasado de su propio autor. Es imposible desligarse de eso, el pasado, sí, lo sé, pero al menos y en todo caso habría que usarlo para catapultarse hacia otro lado, no digo tanto como llegar al fondo del cielo, pero al menos hasta la puerta. Si la inercia no alcanza, pues entonces tratemos de hacer otra cosa, algo con menos pretensiones, más terrenal.
Si uno leyó críticas, ensayos y comentarios de Fresán, se puede decir que ya leyó El fondo del cielo, pero en plan luminoso, no en plan grisáceo, opaco, oscuro, ya leído. Y encima ya leído en otros, en esas cosas que el autor y gran crítico rescata de su padre y de sus hermanos, como si no pudiera parar de reconocerlos, de sentirlos, de nutrirse. El homenaje a uno y otros termina siendo una broma pesada, tiempo perdido para el lector, similar, por caso, a los juegos que plantea Tarantino en sus películas, que son guiños permanentes a los autores que ama.
Tal vez Fresán no haya querido más que explotar un rasgo que a los fanáticos de la ciencia-ficción les cae muy simpático: el de poder reconocer a sus amores y reconocerse a sí mismos en lo que leen. Se me hace que los fanáticos de la ciencia-ficción son irredentos en este sentido, y en otros. Pero lo que hace Fresán en El fondo del cielo no es ya sólo jugar a que los lectores reconozcan a Philip K. Dick, por ejemplo, o a alguna de sus obras o derivados, por caso: Blade Runner, o a Loriga, sino también a que lo reconozcan a él mismo, como autor, como comentarista, como antologista, como conocedor de aquello de lo que está hablando y puede dar cátedra: el futuro y las obras que hablan del futuro. Este fondo del cielo se parece más al umbral de un ombligo.

No resulta raro, así, que El fondo del cielo sea una obra que aspire al pasado. Lo que sí es extraño, y contradictorio, es que sea una obra que pretenda inscribirse en el terreno de la ciencia-ficción, donde todo está por ocurrir, donde todavía las cosas no son. Esta novela no tiene nada que hacer allí, porque todo en ella ya ocurrió: forma parte, entre otras cosas, del bagaje periodístico de su autor.
Por ejemplo, las torres gemelas. Fresán ya escribió acerca de las torres gemelas, pero eso no es todo: ya escribió así, de la misma idéntica manera en que lo hace en El fondo del cielo.
En efecto, esa noticia magna, que presumió, como las noticias de otras caídas magnas, el fin de una época y el comienzo de otra, fue tratada por la pluma (el teclado del pasado, la fuente a la que volveremos tarde o temprano) de Fresán: mientras otros periodistas, analistas, columnistas se ocupaban de las torres con las palabras usuales del periodismo (uy, ay, oh), Fresán leía la noticia a través de la tapa de la novela Underworld, de Don DeLillo. Para él, fanático de los libros, de la fantasía (y nada más fantástico que dos torres que se caen casi al mismo tiempo), todo es pasto de la literatura. Así, lo de las torres gemelas pudo leerse de otra forma gracias a él y a los que como él hicieron literatura con la materia, el polvo, las cenizas, la gente que caía, los aviones que se derretían. Y algo o mucho de todo eso retoma para su El fondo del cielo. Es material que le sobró, seguramente, que no entró en sus columnas del Página 12 o del diario español donde escribe.
Por cosas como esta, y por sus devociones hechas explícitas, homenajes que coquetean con el plagio, y sobre todo con el plagio a sí mismo, leer El fondo del cielo es exactamente lo opuesto a leer ciencia-ficción: lo que se está leyendo es ni más ni menos que historia.

Claro que pese a esto, vagancia, dejadez, el estado atlético de Fresán permanece inalterable: continúa impávido dándole y dándole a su control remoto hasta la última página. Es que, como él mismo dice en el libro, no puede dejar de escribir, ni él, ni sus admirados hermanos ni su esclarecedor padre, por eso sigue adelante, con pasión y sin humor, ni el más mínimo.
Fresán debe de ser el menos gracioso de los escritores de su generación. No el más solemne, eso no, quizá para ello habría que nombrar a Guillermo Martínez, pero sí el menos gracioso. Simplemente, no le sale. “Si un ascensor también baja, ¿no debería llamarse descensor?” El humor de Fresán es de este tipo, para que únicamente se divierta él. Y puede que su literatura también. ¿Cómo entender de otra forma la continua referencia tangencial que emplea Fresán para darse rienda (“(…) esa estatua de metal tantas veces aniquilada en tantas películas, continua con su brazo y su antorcha en alto iluminando a humanos brutales y a simios inteligentes…”)? Lo suyo es un juego propio donde los demás están llamados a aburrirse. Fresán señala algo, pero mira para otro lado, haciéndose el desentendido, quizá mire el cielo, buscando un fondo que no encuentra. O por lo menos un final.

(Las páginas finales del libro nos deparan una sorpresa: un prospecto adjunto. Así es, cinco o seis páginas donde el propio autor aclara que todo lo que acabamos de leer no es más que un pastiche inspirado en los autores por los que siente devoción. Nunca me topé con una explicación tan innecesaria. Bueno, de hecho, nunca me topé con una novela que trajera consigo su propia explicación. Tal vez Fresán no haya querido que su falta de inspiración a lo largo de toda la novela pudiera confundirse con plagios sucesivos. No creo que pueda entenderse de otra manera tamaño disparate. Lo único que le faltó poner a Fresán como aclaración a sus lectores es lo que Rotten le dijo al público norteamericano hacia el final del desastroso tour de los Sex Pistols en Estados Unidos: ¿Alguna vez se sintieron estafados?)

5 comentarios

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  1. carlos / Nov 10 2009 12:30 pm

    Me acuerdo lo que me pasó cuando leí Los jardines de Kensington, pensé: este tipo conoce el oficio, escribe bien, ¿por qué cae en su propia trampa? ¿por qué no vuela? Las partes en que contaba la vida de Barry eran tan superiores a toda la cosa del secuestro y eso, me dio la impresión de que el tipo era feliz repitiendo los trucos que le salían bien. Reconocí tips (o tics?) que usa en sus crónicas, recursos, muletillas. Esa hojarasca que bajo la careta pop parece cotillón de kermesse, y afea la novela, la empobrece y produce ese efecto que marcás, de cosa ya leída, el efecto de darle al lector ganas de estar en otra parte, una novela de Vonnegut por ejemplo. Jodido que esa otra parte sea un libro mejor que el que uno está leyendo.
    Me refiero a esas frases tipo: y todo eso. Por ejemplo, escribo un párrafo. Pongo punto. Y seguido agrego: Y todo eso. Y otro punto.
    Era como en Payasadas cuando Vonnegut terminaba cada capitulito brevísimo con esa interjección de broma tonta: Hi Ho. Pero eso tenía sentido, y tenía gracia. Esto tiene solamente la tristeza de ser epigonal.
    El otro día en una librería estuve hojeando y ojeando El fondo del cielo, y me topé con la parte final de aclaración y explicación. Fue fatal, me quitó inmediatamente las ganas de leerla.

  2. Roberto Giaccaglia / Nov 10 2009 5:08 pm

    Gran comentario, una crítica por derecho propio. Gracias por dejarlo.

  3. valeria / Abr 11 2011 9:56 pm

    son unos putos

  4. israel ortiz / Abr 23 2011 2:35 am

    Una crítica soberbia y plenamente fundamentada. Me ahorraste un desengaño con este libro de Fresán.

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  1. Bitacoras.com

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