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noviembre 22, 2009 / Roberto Giaccaglia

¿Y a mí qué?

The Hangover, Todd Phillips, 100:00, 2009, Estados Unidos.

No hay muchas películas que se permitan reírse de sí mismas, tomarse en solfa, que señalen todo el tiempo que sus límites sólo les sirven para ser aprovechados, no para avergonzarse. Son películas por lo general saludables, cuando no se alargan demasiado y cuando presentan algún rasgo más que les permita sobresalir, lo que en la mayoría de los casos tiene que ver con una módica exhibición de incorrección política. Pero no hay que pedir demasiado, porque es en la mesura y no en el envalentonamiento donde reside la gracia de películas así. Por eso, la incorrección política que muestra The Hangover (machismo, sexismo, racismo, pederastia) se limita a un par de chistes certeros, que quedan estupendamente y que no hacen más que explicar la clase de comedia que estamos viendo. La película no sólo no va más allá porque no puede, sino porque no le hace falta. Así como, siendo una comedia, no necesita originalidad en los chistes, que no la hay (Mi abuelo murió en la Segunda Guerra, ¿Combatiendo?, No, esquiando… pero por esa época), tampoco precisa destacarse en otra cosa, por lo que no le vamos a pedir que sea revolucionaria. Si tenemos a uno de los protagonistas, émulo de Rain Man, ya que estamos, diciendo cada vez que puede “Es un clásico”, la cosa está dicha: The Hangover se aprovecha de lo que hubo y ya vimos no para decir nada nuevo, ni siquiera de otra forma (¿qué es eso de aplaudir la “estructura” de esta película, algo visto mil veces?), sino para usarlo de sustento: si antes funcionó, ¿ahora por qué no?
Con esta premisa en mente, no tomarse en serio, explotar lo que ya se sabe que va a funcionar y avisarle al público que se lo hace en forma consciente, The Hangover consigue hacer pie y sostenerse por mucho más tiempo sobre dos “ideas que suele tratar el cine” donde otras películas supuestamente serias resbalaban en forma bochornosa: la idea de lo “masculino”, por un lado, y la idea de la “amistad”, por el otro. The Hangover entiende, simplemente, que tales cuestiones son indiscernibles, así que se limita a usar una y otra cosa sólo como carriles rápidos por donde dejar correr el metraje. Tal vez su éxito se base en que no se detiene, simplemente avanza, sin pensar demasiado. Allí donde Sideways (cuya excusa de una despedida de soltero también le servía para tratar sobre lo “masculino” y la “amistad”) fallaba malamente, por solemne y perezosa, The Hangover nos hace matar de risa justamente por elegir lo contrario, la desfachatez y la actividad constante. No importa que esté edificada sobre estereotipos, personajes remanidos, relaciones cuyo comienzo y final ya hemos visto otras veces y varios errores de filmación. Lo que importa es la manera en que se integra todo ese amasijo de recursos trillados. Los hermanos Farrelly descubrieron un par de años atrás que lo podían hacer a través de lo revulsivo, y les salió bastante bien. Todd Phillips ahora entiende que lo puede hacer a través del no me importa —incorporando, ya que estamos, una escena digna de los hermanos Farrelly.
¿No es acaso un poco de aire nuevo? Tal vez uno pueda confundirse y decir que ya hay comedias que se ríen de otras películas… y que lo hacen abiertamente y que allí reside el chiste. Pero no hay ninguna que “incorpore” lo que en otras comedias ha funcionado y lo haga suyo en base a darnos a entender que no estamos viendo más que chistes standar, que a esta altura ya no son propiedad de nadie. En este sentido, The Hangover es un poco una película jazzera, no sólo porque “toma” un standar popular (varios, de todo tipo) y hace con ello una canción nueva, sino porque lo que vale en ella es cada conjunto por separado, gags, que le llaman, o sea tramos de canción, recortes que pueden disfrutarse por sí solos, sin que haga falta el resto. Por otro lado, el “resto” no molesta nunca, se integra entre sí de lo más bien, la construcción es progresiva, bebop, cada “solo” es un momento que lleva a otro en un continuo pasablemente amalgamado.
No me voy a poner técnico, no es una película técnica, la cámara no hace nada del otro mundo, nunca, hace más de lo mismo, lo de siempre, los enfoques son los del caso, los requeridos, cada proeza, si existe, está en función de lo que se muestra, pero sólo digo que alguien debería darle un premio al encargado del montaje, que hace su trabajo con idéntico desparpajo que el musicalizador del film, que mezcla a El Vez con Danzig, sin solución de continuidad —los guionistas, después de todo, se toman el trabajo de la misma manera.
(Es una película pareja: cada uno hace lo que quiere.)
Ni siquiera molesta demasiado el viraje de la trama, o de la idiosincracia de los personajes. De eso trata, justamente, su capacidad para la desfachatez y la actividad constante. En esto, The Hangover ya no es “jazzera”, es “aireana”: corrige para adelante, deja lo pasado detrás, no vuelve a revisar, y cada cosa que ocurre luego desmiente lo que ocurrió antes. Es notable, en este aspecto, el cambio de personalidad de un par de sus protagonistas: cuando se suben al auto que los va a llevar a una aventura son una cosa… y cuando se bajan, hacia el final, son otra, con lo que echan por tierra el ideal de que todo cambio que sufra un personaje debe ser paulatino, acompañar los “cambios” que la propia obra sufre…
No hay forma de cumplir semejante vejestorio teórico en una película de esta clase. Propónganselo a Aira, y se les reirá en la cara. Ojo, las arbitrariedades tampoco cuentan: ¿puede la policía “incautar” un vehículo sospechoso de varios delitos y no revisarle el baúl? Mmhh, no. Pero, como seguramente dijo Todd Phillips cuando alguien de la producción se lo señaló, I don’t give a damm.
Por otro lado, la notable capacidad de desvergüenza insufla no sólo salud, como dije por arriba, sino alguna que otra maravilla. Por caso, el mejor chiste post-9/11 que yo haya visto: el chiste dice más o menos así: Culpa de Bin Laden, uno ya no se puede masturbar a gusto en los aviones. ¡Y es una película yanqui donde sale! (Bueno, seguramente sería más arriesgado si fuera francesa.) Después de esto, seguramente alguien se animará un poco más, se soltará un poco quiero decir, y hasta terminará haciendo un chiste mejor que ese. No es poco el legado que deja The Hangover
Lástima que haya tenido tanto éxito. Con precursores así, precursores de ventas millonarias quiero decir, y no un mero esfuerzo independiente cuya influencia se percibiría en las sombras, de a poco, y en un futuro no tan cercano, el cine vagoneta, facilón, rápido y descuidado tiene muchas películas por delante.

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One Comment

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  1. Viviana / Nov 26 2009 7:49 pm

    Te dejé comment en una entrada vieja…

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