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noviembre 22, 2009 / Roberto Giaccaglia

Hasta acá llegamos

Whatever Works, Woody Allen, 94:00, 2009, Estados Unidos.

Todos ya más o menos sabemos qué le gusta a Woody Allen: las jovencitas, el jazz mainstream, hablar de sí mismo y comentarnos sus teorías acerca de por qué el mundo es un lugar arruinado. Lo sabemos de sobra porque hace unas trescientas veinticuatro películas que pone lo mismo en pantalla. Pero el tipo se empecina en seguir, como si todavía no lo hubiéramos entendido y temiera jubilarse siendo un incomprendido, o como si su paso por este mundo no estuviera de sobra justificado.
Aclaremos rápido: lo único interesante de su última película es el actor elegido para hacer de él mismo: Larry David.
David es un cómico increíble, culpable de dos series maravillosas: Seinfeld y Curb Your Enthusiasm. La primera solamente le basta para quedar eternizado. A Woody le llevó mucho más, es cierto, pero vamos: eran otras épocas. Y no sólo eso. Woody tuvo una dificultad agregada para hacer obras interesantes: la historia del cine todavía no contaba con otro Allen. David, en este sentido, corre con ventaja. Su serie Seinfeld, su personaje en Curb… y apuesto que cada cosa que haga en el futuro están inspirados en lo que antes hizo Allen, al menos el Allen de las obras interesantes.
Obviamente, David es el sucesor, el delfín, el heredero de esta clase de humor que ya puede tildarse de woodynesco: tornar las obsesiones personales en algo gracioso, y que de paso sirvan para reflexionar un poquito. No demasiado. Allen tiene sus tesis, David también, y suelen ser acertadas o por lo menos atendibles, pero son sobre todo graciosas y poco más —y muy parecidas. La gracia está en la forma, claro, no en el contenido, que es más bien triste, o lamentable: cómo nos engañan los políticos, cómo nos engañan las religiones, cómo nos engaña la prensa, cómo nos engañan las jovencitas.
De esto trata Whatever Works, es decir: trata de lo de siempre.
Boris Yelnikoff (Larry David) es un tipo desencantado del mundo, solitario, pagado de sí mismo, ateo, con gustos elevados y módicamente fracasado. Intentó matarse, pero no le salió. Antes daba clases en una universidad, sobre la teoría de las cuerdas, pero ahora enseña ajedrez a chicos que no lo entienden, y a los que insulta y desprecia. Entonces conoce a una joven del sur profundo, bella y simpática, pero él igual siente que lo peor de los personajes de Faulkner acaba de entrar en su vida. Por supuesto, la insulta y la desprecia. Hasta que se casa con ella… No, un momento, también sigue insultándola y despreciándola, por más que la muchacha ahora puede citar a uno o dos de los tipos que admira su marido… Es el choque entre civilización y barbarie, choque del que también van a participar, sucesivamente, la madre de la joven y el padre de la joven, que se turnean para ir a buscar a la hija descarriada. Ambos llegan al departamento de Boris como pajueranos retrasados, típicos red-necks, digamos, y terminan volviéndose tilingos de New York. Ahora son felices. En el medio de todo, y por supuesto también en el final, Boris bromea y reflexiona acerca de estos cambios, de sus causas, de sus consecuencias, etc., mientras todos se divierten y la pasan bárbaro, cada uno más afectado que Marta Minujin frente al fantasma de Andy Warhol.
Hay un humor así, creo que algunos lo llaman “inteligente”: el tipo de humor que no hace reír, sino detenerse en el “chiste” y analizarlo como si se tratara de una breve pieza filosófica o, por lo menos, sociológica.
Los chistes tanto de David como de Allen son largas diatribas contra la estupidez humana, las frases hechas, los lugares comunes, los sitios seguros donde creemos estar salvados. Dentro de todo ello caben el amor, la política, la religión, la amistad, y hasta cierto sentido estético. Son chistes que hasta se permiten eso, reflexionar sobre las formas que elegimos para darnos a entender y relacionarnos, no solamente acerca del “contenido” de nuestra vida diaria, o del diario discurrir del mundo.
Debe de ser difícil ser tan juicioso. No hay manera en que uno goce de nada, porque cada cosa se hace con culpa, la culpa de estar disfrutando de algo que no es del todo hermoso —porque no puede ser, porque no lo será nunca, porque así no es el mundo.
En literatura esto se ve mucho. Es el clásico personaje del pelotudo existencialista que ve miseria en todos lados, menos dentro suyo, lugarcito todavía no contaminado donde brilla la luz de la sensibilidad. Ya se dejará de ver esta cosa molesta, solemne y falsa, cuando todos hayamos entendido la broma y nos empiece a aburrir hasta el vómito, pero no creo que pase lo mismo con el misántropo de Allen, que va a seguir haciendo cine “inteligente” hasta el último de sus días, por más que le lluevan críticas parecidas a esta.
Lo admito. Ya no se puede ser original criticando el cine de Allen. No sirve ni para eso.

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