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noviembre 29, 2009 / Roberto Giaccaglia

2009:03 Luminescence

Luminescence, Borah Bergman Trio, 46:00, 2009, Tzadik.

Todos sabemos que John Zorn está loco, pero al menos elige bien con quién grabar. O en todo caso al servicio de quién poner su saxo, o su producción.
Borah Bergman nació en 1933, en Brooklyn, estudió clarinete y recién empezó con el piano de adulto, de alguna manera con su mano izquierda lo suficientemente adiestrada como para volverse ambidiestro, lo que al parecer otorga a su ejecución cierta particularidad: una fuerza por demás.
Y bueno, Zorn no graba con cualquiera. Se necesita como mínimo estar tan loco como él, o ser particular al encarar una composición.
Eso sí, la capacidad en ambos manos de Bergman proporciona a su toque no sólo la distinción necesaria para grabar bajo el sello de Zorn, Tzadik (que más que un sello es una cooperativa de jazz, música improvisada y experimental), sino también agresividad, quizá demasiada, por lo que Zorn sugirió atenuarla, sobre todo para lo que había en mente de los músicos, una serie de música tradicional judía en tiempo de jazz: “Jewish music beyond klezmer”, le llaman en Tzadik, grabaciones venturosas, indómitas, arriesgadas para llevar la cultura judía hacia el siglo 21, completan.
Las composiciones de este disco son seis (Quantum; Candela; Parallax; Scattering; Luma; Opacity), y Zorn, productor del disco, aporta su saxo en una de ellas, “Luma”, un saxo liviano, no dulce, más bien amargo, pero con la ligereza exactamente opuesta a la que nos tiene acostumbrados. En el resto de los temas, es sólo Bergman al piano, Greg Cohen al bajo y Kenny Wollesen a la batería.
A pesar de lo clásico de la formación, el piano-bajo-batería de este disco suena fresco y tan iluminado como el nombre del álbum.
No sé cómo tocaba antes Bergman, antes, quiero decir, de la propuesta de quietud de Zorn, pero ciertamente se lo nota moderado, casi volátil, dándole al bajo y a la batería a veces más presencia que la propia, como si su piano no fuera el líder, sino un mero acompañante de la destreza de sus colaboradores.
Todo el tiempo, Bergman parece agazapado, tal vez mirándolo todo desde una colina fresca, viendo cómo introducirse sin excedentes, sin causar demasiada impresión, un toque exquisito, similar, por caso, al del Mono Villegas, a quien tal vez no haya escuchado pero sí, como el Mono, a Bill Evans, donde el piano dialoga en voz baja con la batería y el bajo, y termina imponiéndose por la razón, meramente por la razón, es decir las ideas irrebatibles, o sea, nada más que el buen gusto.

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