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noviembre 29, 2009 / Roberto Giaccaglia

2009:06 The Eternal

The Eternal, Sonic Youth, 56:28, 2009, Matador Records.

¿Qué es lo que hace que estos “muchachos” sigan y sigan? ¿Les quedan terrenos por descubrir? Para mí que están buscando “la” canción, el acorde perfecto, la pieza definitiva, aquella a la que no le haga falta nada más, ni siquiera los excesos del pasado, el ruido que los hacía permanecer vitales y del que ya no parecen necesitar. De hecho, hace por lo menos dos o tres discos que los Sonic Youth se están desacostumbrando del ruido, cada vez más enfocados en las canciones de por sí, sin adornos o, por el contrario, perlitas que de tan brillantes terminen arruinándolas, pasándoles por encima, borrándolas como lo haría un eclipse inesperado.
En determinados discos de bandas realmente grandes (¿cuántas hay, hoy por hoy, más grandes que esta?), digamos en el disco número diez, por lo menos (The Eternal es el número 16), lo que suele notarse es cierta síntesis de los mayores logros del pasado, algunos llaman a eso “madurez”, pero es una palabra que a Sonic Youth le queda fea, o por lo menos extraña. Quedémonos mejor con el hecho de que, disconformes con algunos pasos en falso de un pasado rico por demás, estos muchachos ya crecidos prefirieron enfocarse en lo que les dio resultados más dulces, al menos desde el 90 hacia acá: los álbumes Dirty (pero, ay, en The Eternal no hay ninguna canción tan buena como “Drunken Butterfly”) y Washing Machine (pero, ay, en The Eternal no hay ninguna canción tan buena como “The Diamond Sea”), sin los gritos estrafalarios de Gordon ni los desenfoques de Moore y Ranaldo, cosas que son, justamente, lo que muchos fans van a echar de menos y que en esos discos campeaban a su antojo.
Así, si bien las guitarras siguen afinadas en un tono que no otros acostumbran, Gordon pega algún que otro alarido (no demasiado disonante, eso sí) y detrás de cada tema hay jugueteos que no vienen al caso, lo principal, esencial, fundamental de The Eternal son las composiciones, no los efectos que las rodean amenazantes. En algunas canciones, estos “efectos” se dispersan hasta desaparecer por completo, como si estuviéramos escuchando otra banda, y en otras ganan terreno, casi siempre donde solían aparecer en los discos pasados, en los puentes, allí donde la mayoría suele poner solos de guitarra y cosas por el estilo, esas que puede hacer cualquiera y a las que los Sonic Youth todavía no se han rebajado.
En ellos, al contrario de lo que podría suceder en imitadores, Pavement, por caso, este uso de los espacios como libre albedrío implica disco tras disco una mejoría, pues su uso es cada vez más sutil, más melódico y controlado, algo que los hace todavía saludables, dignos de tener en cuenta, y por supuesto influyentes.
Con discos como este, se confirma lo que habían mostrado de sobra en Rather Ripped, el anterior: a sus cincuenta y pico de años los integrantes de esta banda continúan haciendo una de las músicas más jóvenes del panorama americano, donde, como en todos lados en realidad, abunda una parafernalia que ellos no parecen necesitar. Y hoy menos que menos.

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