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diciembre 7, 2009 / Roberto Giaccaglia

El cine como documento

The Hurt Locker, Kathryn Bigelow, 135:00, 2009, Estados Unidos.

Los Estados Unidos acaban de producir —porque esta es la obra de un país (más exactamente: de un Estado), no de un autor— una de las películas políticamente más execrables de toda su historia: The Hurt Locker, y como no podía ser de otra manera, los críticos americanos la han ensalzado, puesto por las nubes, elogiado más allá de cualquier capacidad humana para el caradurismo. No hay voces disidentes en la crítica del gran y gordo país del norte cuando de cuestiones políticas se trata: todos los opinólogos han dejado de pronto de opinar, para ponerse la bandera, vestirse de tiras y estrellas y dejar salir de sí nada más que admiración por esta bazofia con todas las letras, un paso más en la cruel batalla comunicativa del imperio (una batalla globalizadora, podrá decir alguien), para que las dudas se despejen y creamos de una buena vez por todas que ellos, los del norte, son derechos y humanos, que se la juegan por los iraquíes, que arriesgan el pellejo por ellos, que los aman y que sólo quieren verlos felices. Si serán buenos, que hasta les dejan vender DVD’s truchos en las calles de Bagdad, con tal de que hagan unos mangos.
(En serio, hacía rato que no veía tanta estupidez. Es una película tan idiota que casi seguro le dan el Oscar.)
Todo aquello que me da personalmente asco, y que puede resumirse en un par de palabras: patrioterismo vil, está presente en esta nueva tomadura de pelo de la industria no del espectáculo, sino de la obliteración mental: siempre, en cada momento, aunque haya algunos más increíblemente estúpidos que otros.
Uno de esos momentos es tan patético que me da vergüenza ajena contarlo: el “héroe” de la película vuelve a casa después de haberse arriesgado por cientos de iraquíes desarmando bombas, se reencuentra con su mujer y su pequeño hijo, que juega feliz con una cajita de lata con un payaso dentro. Y este desgraciado miserable en vez de disfrutar el momento le dice al niño que cuando crezca no le va a importar tanto esa cajita con un payaso dentro, ni su piyama, ni los juguetes de su habitación, sino otra cosa, quizá sólo una… y deja la palabra picando para que nosotros lo adivinemos en la próxima imagen: ¡servir a la patria! Así es, después de haber pasado un año entero en Bagdad, el señorito vuelve a vestirse de soldado para retornar a las calles polvorientas y arriesgar nuevamente su vida en honor al Tío Sam. Pero no sólo eso. Hay más escenas que destilan mierda, mierda y mentira. La imagen del arriesgado soldado americano metiendo las manos (literalmente) dentro del cuerpo de un niño bomba muerto para sacar de él todo material no-humano, para enterrarlo como se merece, y todo mientras llora es el colmo de la bajeza, de todo tipo de bajeza diría yo, tanto fílmica como humana. Eso para no mencionar la escena en la que el mismo soldado, que a esa altura ya debería tener podrido a todo espectador con buena salud mental, corre hacia un hombre cargado de explosivos que, arrepentido, no quiere saber nada con hacer volar a nadie, porque de pronto se volvió bueno y pide ayuda: “¡Soy un hombre de familia, no quiero morir!”, grita. ¡Estúpido!, dan ganas de decirle, ¡No te hubieras cargado de C4, tonto santurrón idiotizado! (Y después, cuando ya hubiera volado en pedazos, habría que agregar que fue idiotizado por el mismo sentimiento patriótico nefasto que hace que el americano deje a su familia para ir a hacerle el caldo gordo a las petroleras de su país. ¿Hay alguna diferencia importante desde la óptica de las víctimas entre cargarse de bombas y hace estallar un mercado y hacer estallar el mercado desde un avión? Pero eso los americanos de The Hurt Locker no lo notan, o lo pasan por alto: como si lo que ellos quisieran imponer desde el cielo tuviera más sentido que lo que los otros, “los enemigos de la libertad”, quieren imponer desde el llano.)
También está presente la misoginia, claro, como no podía ser de otra manera, pues el constante aliento para volverse macho (macho y fuerte y luchador) es una parte esencial del sentimiento patriota. Sólo falta alguien que aparezca diciendo que las mujeres son aburridas, o que enturbian el pensamiento, o que sacan las ganas de hacer la guerra, así, literalmente, para que no queden dudas acerca de hacia dónde se debe dirigir nuestro pensamiento cuando realmente amamos a la patria. Las escenas, y abundan, lo juro, en que estos muchachotes americanos “juegan” entre sí golpeándose, a ver quién es más fuerte, tirándose unos encima de otros, bebiendo whisky en tazas de campaña, mientras se dicen a los gritos cuánto admiran el coraje del otro podrían servir para alentar el espíritu de todo nazi que se preciara de tal y no pensara en otra cosa que en la fuerza y en la camaradería: componentes básicos de la idiotez ramplona, tan necesaria para alimentar gobiernos que atropellan y mandamases sin escrúpulos.
¿Cómo a alguien se le puede ocurrir filmar tanta boludez detrás de otra? La búsqueda alocada del héroe por la noche de Bagdad en pos de los culpables de la muerte del niño bomba es tan irrespetuosa de la verosimilitud que deberían haberla prohibido. Me pregunto, de verdad, cómo no lo hicieron. ¿No pasó esta sarta de porquerías por un comité de espectadores para ver si el montaje los convencía? ¿O es que todos los espectadores son igual de estúpidos y se tragan cualquier cosa que venga envuelta en los colores de su bandera? ¿De verdad creen posible la búsqueda de ese hombre para hacer justicia por mano propia en una ciudad hostil, que no conoce, sin poder comunicarse con nadie y sólo armado con una pistolita de morondanga, en medio de la noche? ¿No tuvieron suficiente con Rambo ya?
Por supuesto, todas las bajezas y miserias y cobardías corresponden al bando enemigo, pero imagino que esto está de más decirlo. Los tipos encapuchados ponen trampas, disparan desde escondites y por la espalda, usan niños y ¡hombres de familia! como bombas humanas y un largo etcétera (venden DVDs truchos, imitan a Beckham), pero no los yanquis, no, ellos son valientes y sólo quieren ayudarlos, limpiarlos, democratizarlos, humanizarlos, blanquearlos (lo dicen, lo dicen, lo juro: “Todos los niños iraquíes se ven iguales”, dice uno de los soldados, con visible cara de asco), y siempre arriesgándose, poniendo el pecho, haciéndose mientras tanto de amigos y cada vez más hombres.
Películas bochornosas y propagandistas hay miles, y hasta algunas que por una razón u otra (estética, histórica) han pasado a la historia. Un caso es el cine de Leni Riefenstahl. No quiero extenderme demasiado, de eso hablé en otro lado, en un libro. Lo único que quiero decir es que esas películas se vieron o se empezaron a ver con el correr de los años de otra manera. Ya uno, a esta altura, no puede sentir bronca hacia la maquinaria de propaganda de Hitler cuando ve el cine alemán de esa época. Esas obras se han transformado en documentos. Llamémosle documentos de la estupidez humana, por qué no. Para ellos, para Goebbels y compañía, y para los alemanes confiados en las virtudes de la patria, eran documentos de la voluntad de un país, de la enorme voluntad de un país, de su grandeza como nación, de la valía de sus hombres. Y apuesto que eso mismo es hoy y ahora The Hurt Locker para su realizadora (una nueva Leni Riefenstahl, pero sin talento), para el equipo de producción, el gobierno yanqui y los gringos patriotas atragantados con Coca-cola y hamburguesas. Pero si crecemos un poquito, como creo que crecimos, un poquito, sólo un poquito, desde el cine de propaganda nazi, The Hurt Locker, con fortuna, será para nosotros en el futuro un nuevo documento de la estupidez humana, nada más, sólo eso, algo para que los espectadores de los años por venir se asombren de la cantidad de barbaridades que es capaz de hacer la industria del cine para defender lo indefendible.

4 comentarios

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  1. Pensante / Mar 8 2010 2:35 pm

    Totalmente de acuerdo, y mas aun despues de lo de ayer que le dieron el oscar y a la mujer de cameron tmb.
    Un asco total, propaganda de estado descarada.

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