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diciembre 11, 2009 / Roberto Giaccaglia

Una tuerca, una araña muerta, una hoja seca

Coraline, Henry Selick, 100:00, 2009, Estados Unidos.

Cuando nos mudamos, mi hija también tomó, como Coraline, una libreta y un lápiz y se puso a anotar las cosas extrañas que encontraba en su nueva casa: una tuerca, una araña muerta, una hoja seca. Fue una gran aventura pasear por la casa sola, el pasillo, las habitaciones, el patio, lugares desde los cuales, a cada momento, podía aparecer algo con lo que asombrarse, y quizá hasta peligroso. Era, sí, un mundo desconocido.
Uno pide para sus hijos que ese espíritu explorador no los abandone nunca, que se asombren a cada paso que dan, que encuentren maravillas, siempre. Quizá uno lo pide para sus hijos porque sabe que ya lo perdió: uno crece y tristemente deja de encontrar ciertas cosas. Por más que se tope con ellas a cada momento, de pronto ya no las ve, ni las oye, deja simplemente de creer y las cosas ya no están, o lo que es peor: nunca estuvieron, así que de nada vale cruzarse con una tuerca, una araña muerta, una hoja seca, porque todo eso deja de verse y ya no se anota en una libretita, con el pulso tembleque y el corazón a mil, listo para seguir encontrando fantasías y misterios.
Una puerta, por ejemplo, una puerta hacia otro mundo. ¿Quién no soñó de niño con encontrar alguna vez una puerta hacia otro mundo? Es más, pobre del adulto que no siga deseando encontrar esa puerta.
Por supuesto, hay que tener cuidado, porque como dice el proverbio ojo con lo que deseas, que puede cumplirse. Pero es muy difícil no sucumbir a las “garras” de lo fantástico y de lo misterioso, que a veces suele confundirse con el amor, por ejemplo, que después de todo es otra fantasía y también un misterio, y uno del que suele necesitarse mucho.
Lo necesitan sobre todo los niños con padres demasiado racionales. A esos padres no hay con qué darles. Todo el día esmerados en cualquier asunto menos en ver cómo sus hijos encuentran tuercas, arañas muertas y hojas secas. A esos niños les suele faltar amor, tienen dentro demasiada fantasía y tanto misterio que no encuentran eco en ningún lado. Ellos saben (lo han sabido desde siempre, de una manera u otra) que ahí afuera están los lobos que asechan (algunos hablan, toman atajos y sorprenden al final del camino), los lobos y las brujas, las arañas disfrazadas de madres, pero igual se arriesgan, quizá porque quedarse dentro, donde no hay fantasía ni misterio y por lo tanto poco o nada de amor, suele ser mucho peor que tomar el riesgo.
Eso le pasa a Coraline, la brillante exploradora de la novela de Neil Gaiman, que este año se transformó en el personaje de una increíble película de stop-motion, y no exactamente por la técnica empleada (que a pesar de la cantidad de gente que demandó la obra, más de cuatrocientas personas, y de los sets usados, más de cien, no es para tanto, o no es al menos la factura técnica su rasgo más destacable), sino por todo lo que esa técnica y de seguro arduo trabajo es capaz de mostrar en pantalla: pura fantasía, puro misterio, puro amor por el cine, algo similar, por ejemplo, a lo que su director ya había logrado con The Nightmare Before Christmas (1993) y James and the Giant Peach (1996), películas algo aterradoras para los niños pequeños —como Coraline, si vamos al caso, que a mi gusto supera con creces a las dos anteriores—, pero verdaderas maravillas para los grandes con corazón de niño, o para los niños a secas, vamos, siempre y cuando se animen y no sean demasiado proclives a las pesadillas.
Repito, la fascinación que provoca la película va más allá de las virtudes técnicas de los realizadores, pues tiene que ver con otra cosa, acaso con lo que queríamos encontrar de niños cuando jugábamos a lo que juega Coraline: mundos todavía no visitados. Es el encanto del arte, nada menos, que puede venir tanto en personajes de carne y hueso como de cualquier otra clase, bien o más o menos bien modelados.

Y eso que la historia no es ni por asomo original. El que haya seguido a Alicia en su largo recorrido lo sabe: un niño valiente escapa de la monotonía de su vida para adentrarse en un mundo prometedor, gracias a una puerta, a un agujero, incluso a un ropero. Coraline encuentra esta “puerta” en la casa a la que acaba de mudarse, una casa cuyos vecinos son dos viejas decrépitas que todavía no se dieron cuenta de tal cosa, ex actrices y un poco adivinas, y un atleta gordinflón, maestro de ceremonias de un circo de ratones imaginarios. Todos están deliciosamente chiflados. Y eso para no mencionar al nieto de la dueña de la casa, un chico con ciertos problemas, que encuentra en Coraline de a ratos su némesis y de ratos su complemento ideal. Pero todo esto le aburre a Coraline, o la atosiga, hasta que encuentra esa dichosa puerta, un mundo paralelo donde todo es mejor (las actrices rejuvenecen, los ratones del circo brindan un espectáculo increíble, no son imaginarios), y hasta donde su madre es capaz de cocinar y su padre capaz de escucharla y de jugar con ella.  Los chicos suelen inventarse estas cosas, una realidad mejor, y en ello suelen tener más éxito que nosotros, pero aquí todo es real, peligrosamente real: los deseos se vuelven enseguida la posibilidad no de cierta dicha, sino de cierto terror, aspecto que quizá haga acercar al público mayor, formado como siempre por ex niños que, ejem, ya se han equivocado.
O sea, para Coraline, inexperta, va a ser un riesgo entrar en ese mundo donde todo aparenta ser mejor. Pero para nosotros, espectadores de cine, modestos exploradores, todavía, ojalá, de la fantasía y del misterio, la elección de Coraline será una suerte, una enorme suerte.

(Conviene verla con una libretita en la mano, ir anotándolo todo, no sólo porque, como en el verdadero amor, cada cosa en esta obra es nueva, sorprendente, sino para ver si todavía somos capaces de sentir nuestro pulso temblar y nuestro corazón acelerarse ante cosas que si uno pierde la fantasía y el misterio ya no lo sorprenden: ratones que tocan trompetas y tambores, perros acomodadores de teatro, pitonisas, gatos salidos del país de las maravillas de Alicia, insectos que en realidad son muebles… o al revés, amigos que hablan demasiado y que se arriesgan por uno, flores que hacen cosquillas, libélulas que dicen nuestro nombre cantado, pulpos de peluche provocadores, madres que saben abrir la puerta para ir a jugar… o sea, lo habitual, lo que siempre está ahí, lo que hay que saber ver: una tuerca, una araña muerta, una hoja seca.)

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