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diciembre 15, 2009 / Roberto Giaccaglia

Música accidental

The Girlfriend Experience, Steven Soderbergh, 78:00, 2009, Estados Unidos.

Al fin una película que retrata el día a día de una prostituta sin caer en la miserabilidad, la tristeza, el sexo como algo malo, feo y sucio. No creo que importe mucho que no estemos frente a cualquier prostituta, sino una que cobra mil dólares la hora, pues apuesto que algún otro director con el mismo material (humano) habría traído nada más que lágrimas, y acaso algo de sangre, con la muletilla de que el amor no se puede comprar, por más que el interesado muestre cientos de billetes, o sea un potentado.
El amor quizá si se pueda comprar, o al menos intercambiar por algo. Y si no amor, tiempo, que es más o menos lo mismo.
Yo creo que es fundamentalmente lo que Chelsea les da a sus clientes, tiempo, una cosa que suele escasear, y que no todo el mundo (toda mujer, en este caso) está dispuesto a ofrecer. Chelsea no tiene un cuerpo exuberante, ni luce tan fantástica, pero tiene tiempo, escucha, puede abrazar tanto como sentarse a oír las penas de los hombres que acuden a ella.
Y los hombres que acuden a ella tienen por lo general un sólo problema, el dinero: nunca ganan lo suficiente. Claro, sus mujeres no los entienden, no saben de acciones, ni de ventas corporativas, ni de comisiones, Chelsea tampoco, por supuesto, pero al menos no parece aburrida cuando sus clientes hablan y hablan, se quejan y se quejan.
Los personajes de la última película de Soderbergh (que, como todos recordarán, saltó a la fama ni bien empezó su carrera, justamente con una película que tenía al sexo como eje principal) parecen delineados por la pluma de un digamos bastante controlado Bret Easton Ellis. No es este un escritor que sepa justamente de control, los excesos del género best-seller arruinaron muchas de sus obras (todas, en realidad), pero lo que cuenta aquí es que Soderbergh fue capaz de lograrlo: los clientes de Chelsea, la propia Chelsea, su amiga, el novio de Chelsea y los amigos del novio viven para comprar ropa, hacer negocios, preocuparse por un futuro que no llega nunca (hablan de economía y de política, no de otra cosa, de Obama y de los bancos a los que Obama les va a deber dinero) y mientras tanto, en cada tarea, lucen bien, refinados, atléticos, educados, distinguidos: forman parte de otra clase social, aquella, claro, que circulaba por las páginas de American Psycho, la novela de Bret Easton Ellis que ahora Soderbergh parece haber condensado en bajo presupuesto y buen gusto.
Sólo dos de los personajes de esta película son grotescos y aprovechados y causan rechazo: el periodista que quiere hacer un reportaje acerca del estilo de vida de una prostituta de alto nivel y el crítico de escorts (acompañantes, o mejor dicho: el tipo que escribe en una revista que reseña servicios de acompañantes). Por supuesto, el objetivo de Soderbergh está muy bien elegido: tanto los periodistas como los críticos son unos entrometidos buenos para nada, y donde menos tienen que hacer es no casualmente donde más yerran. Estos personajes son antipáticos como no lo son los demás, o sea aquellos que forman parte de ese mundo glamuroso (el de las high-class prostitutes), con sus propias reglas, porque se adentran en él como científicos esmerados no en comprender, sino en arruinarlo, tal vez por envidia, que es un motor que los escribas sin corazón mantienen limpio y lubricado como un reloj.
Esa cosa, envidia, no parece pertenecer al día a día de los clientes de Chelsea, ni de la propia Chelsea. Ni siquiera su novio —un personal trainer que, como es lógico, hace menos dinero que ella— siente envidia de los hombres que se acuestan con Chelsea. Este aspecto de la película quizá la haga trastabillar en algunas ocasiones, o volverla fría, pero es justamente la frialdad el estilo que Soderbergh quiso imponerle, como si estuviéramos ante un documental. Por supuesto, Soderbergh mismo se da cuenta de esto, de la distancia con la que cada relación de Chelsea es filmada, y se ataja de las críticas haciendo referencia al propio estilo ni bien empieza la película, pues no otra cosa son los breves comentarios cinematográficos entre Chelsea y su primer cliente. El aspecto de documental, por otro lado, se refuerza porque The Girlfriend Experience está filmada en HD (como si efectivamente se tratara no de un cineasta experimentado tras una escort, sino de un periodista amateur sin mucho dinero para filmar su primer reportaje televisivo), rasgo en el que algunos quieren ver una apuesta arty, o snob, pero imagino que son los mismos que ven en el blanco y negro de los films de Woody Allen (cuando Allen era interesante) un devaneo estilístico y pretencioso que arruina la historia. A The Girlfriend Experience esta “apuesta” (llamémosle así) no la arruina, sino que la potencia, es, si cabe, un toque más de distinción, uno que se ajusta muy bien a sus tímidas pretensiones, a la parsimonia general de la obra e incluso al personaje principal, la fría y distante y flaca Chelsea, interpretada por yo diría una fría y distante y flaca Sasha Grey.
Quizá a esta altura todo el mundo haya oído hablar de ella. Todo el mundo, quiero decir, que no necesariamente ve porno o es un conocedor de la materia. Esta chica, Sasha Grey, con todo lo poco exuberante que es, se ha transformado en poco tiempo en la estrella más ardiente de la industria del cine para adultos. Lo de ardiente es literal.
Como es literal esta película de Soderbergh, donde la única metáfora, si realmente lo es, es la ya citada sobre las pocas virtudes de los periodistas y de los críticos que intentan escribir sobre lo que no saben. Quizá, Soderbergh mismo no sepa mucho acerca de la vida de las escorts que ofrecen lo que se llama “girlfriend experience” (es decir, prostitutas con las que no sólo se tiene sexo, sino que hacen de compañía por un día o dos, y con las que se comparten más cosas que fluidos corporales), y por eso trata de no entrometerse demasiado. Sólo deja su cámara encendida y sigue a Chelsea, a su novio, a sus clientes. Su mérito es saber dónde colocar esa cámara. Como todos sabemos, este es un asunto moral, no solamente estilístico o uno que tenga que ver con la técnica, el talento formal y esas cosas. No, nada de eso, la “girlfriend experience” que Chelsea ofrece es registrada por una lente que no molesta, ni hiere, ni arruina. El hecho mismo de que Soderbergh haya elegido a una afamada actriz porno para protagonizar su película vuelve aún más notorio todo este asunto —aparte de hablar muy bien del casting, más que bien diría yo.
No soy fanático del cine de Soderbergh, ni mucho menos, odié la mayoría de las cosas que hizo y mi visión acerca de su obra previa no va a cambiar. Me pregunto si es por eso que estoy tan sorprendido por esta pequeña maravilla de la que fue capaz, casi sin querer.

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