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diciembre 19, 2009 / Roberto Giaccaglia

Los usos de la imaginación

The Limits of Control, Jim Jarmusch, 119:00, 2009, Estados Unidos.

Tal vez Jim Jarmusch sea un poeta consumado, no lo sé, al menos no me arriesgaría a gritarlo con todas mis fuerzas, pero lo que es innegable es que viene intentándolo desde hace tiempo, a veces con menos suerte que otras, y por lo general sin ser comprendido del todo, que es el riesgo de todo poeta y el destino de la mayoría de los hombres que intentan serlo por más que carezcan de dotes, siquiera de convicción.
Tal vez sea esta la película que más lo representa, o que mejor documenta sus intentos, pero The Limits of Control no es su mejor película, para eso todavía queda por superar Ghost Dog, que de la poesía sólo tomaba acaso su cadencia, la cadencia, quiero decir, de un poema bien escrito, donde la música se percibe en cada línea, en cada palabra, no en el resultado final, cosa que en la poesía bien entendida no importa demasiado.
No debe de haber nada que le guste más a Jarmusch que los artistas, benditos sean, así que en The Limits of Control traza una distopía donde los artistas, los músicos, los poetas, los pintores, son controlados, perseguidos, capturados, por hombres grises y aburridos, burócratas de un Estado frío y amenazante que quiere terminar con la creatividad, los sueños, la inoperancia, la falta de sentido práctico, para que una vez libres de contaminación, los hombres nos dediquemos a las tareas que importan, hacer dinero, llevar el mundo adelante.
Si bien Jarmusch no entrega aquí la obra de su vida, por más que, por temática, seguramente así lo habría querido, tampoco lo hacen Bill Murray, Tilda Swinton, Gael Garcia Bernal, John Hurt, Paz de la Huerta y seguramente alguien más, que se me escapa, ni la obra de sus vidas ni mucho menos, actúan poco o casi nada (cameos prácticamente), y se diría a desgano, tal vez porque Jarmusch es un apellido cool, empático, que otorga prestigio, y queda bien ponerse a su servicio sólo para decir unas cuantas frases enigmáticas y poner una pose rara, artística.
Otro que está invitado es Rimbaud, que brinda unas palabras que elogian el peligro del infierno, o de lo desconocido, de viajar sin guía, sin control, sin límites, palabras sobre la aventura en todo caso, sobre el riesgo, que es lo que debe asumir todo poeta que se precie de tal, largar todo y con lo puesto irse lejos a cazar elefantes, si es posible con un cuchillo, o las manos desnudas, o, mejor que mejor, una cuerda de guitarra, elemento que en manos profesionales puede ser también un arma, y una, en este caso, bastante metafórica.
Vengarse a través del arte.
The Limits of Control es precisamente eso, pura metáfora, por lo que en esencia no precisa de guión, esa cosa trillada que siempre está de más, que arruina el clima, la atmósfera, la pura improvisación, los diálogos sin sentido, el espíritu de artista, que es lo que debe primar, sobre todo aquí, donde es justamente ese espíritu el que quieren controlar los enemigos burócratas contra los cuales está “pensada” esta obra.
Me gustó mucho la interpretación prácticamente muda y sin expresión del protagonista (similar a la música que entregan el trío japonés Boris y el dúo americano Earth a la película: lenta, hipnótica, extrema), Isaach de Bankole, que hacía de heladero parlanchín en Ghost Dog, un personaje muy divertido, y que aquí hace justamente de lo contrario, un personaje muy aburrido, que al parecer no disfruta de nada, ni siquiera del sexo que le ofrece Paz de la Huerta o de las conversaciones con las que intentan llenarle la cabeza los artistas con los que se cruza, y a los que viene a defender, con una cuerda de guitarra, la mirada fija, la boca sellada y mucho pensamiento, pero mucho.
Tal es así que el personaje de Isaach de Bankole, que carece de nombre en el film, se la pasa imaginando e imaginando, no sabemos qué, pero al menos pone cara todo el tiempo de estar imaginando algo, mientras mira la lluvia, o se detiene ante un cuadro, o escucha música o los otros le hablan, Isaach de Bankole mira y piensa, duerme con los ojos abiertos, no sueña, piensa, toma café todo el tiempo, y hace algo parecido al Tai Chi, o como se llame ese ejercicio respetuoso y lento, donde el cuerpo se contrae y se expande, preferiblemente a realizar en espacios abiertos, y no donde el personaje de Isaach de Bankole espera la “acción”, habitaciones mínimas, departamentos claustrofóbicos, el baño de un aeropuerto.
Al parecer, uno de los culpables del último intento de poesía de Jarmusch es William Burroughs, de quien me habría gustado mucho saber su opinión si supiera que su obra sirvió de inspiración para The Limits of Control, una película rara, sí, difícil, sí, enigmática, libre, sí, también, sobre todo esto último, o sea una película burroughsiana, pero sin insectos, sin sexo, sin sustancias peligrosas, sin nada, en definitiva, que genere el riesgo que proclama, a no ser el de no ser comprendido, que visto y considerando la obra de Jarmusch a esta altura es un riesgo menor.
Burroughs escribió mucho acerca del “control” al que somos sometidos, de la sugestión permanente, de las apuestas que se hacen todo el tiempo para desviar nuestra atención, para cambiarnos, para metamorfosearnos según le convenga a quien ostente el poder de turno, y dijo que para ello se usan tanto las adicciones promovidas desde todos los medios posibles —deportes, televisión, economía, medios que a su vez son un objeto de perdición por sí mismos—, como la coerción directa, a veces por esos mismos medios-objeto, cuando la adicción no parece prender en nosotros o no es lo suficientemente fuerte como para tenernos a su merced.
Igualmente, son las palabras el principal medio para acceder a nuestras mentes, sin ellas aparecen tarde o temprano justamente los “límites” de esas fuerzas de coerción, por lo que se hace imperioso para el poder establecer cierta policía gramatical, o sintáctica, que provea de formas verbales al significado que se quiere transmitir e imponer, y que lo haga todo el tiempo, a cada rato, de manera tal de anular toda posibilidad de que otra palabra aparezca, una palabra distinta, una forma inusual que vendría por su belleza o impracticidad a romper con el esquema propuesto.
O sea, Jarmusch recupera bien o mal un uso político de la palabra, o más que de la palabra de la imaginación, que es el arma más peligrosa, como todo revolucionario sabe, y como lo sabe de sobra el personaje interpretado por Isaach de Bankole, que no es un artista, no, sino un asesino a sueldo, un especialista, a la larga un burócrata, un empleado del gremio de los poetas, pintores, músicos, etc., gremio tan necesitado de libertad y de una jubilación decente.
(Por eso Isaach de Bankole no habla, o habla poco, y deja en cambio hablar, y mucho, y al cuete, a los artistas que se le acercan, aquellos interpretados por algunos grandes o medianos nombres de la cinematografía actual, siempre cool en todo caso.)
Así, una película en apariencia chiquita e insignificante, termina teniendo grandes aspiraciones, porque en ella se juega todo lo que le robaba el sueño no ya a neuróticos y persecutas extremos como William Burroughs, quien afirmaba que el gobierno yanqui (¿o yonqui?) tenía un plan para matarlo, sino lo que le roba el sueño a todos los artistas de este mundo… —al menos a los fracasados, que creen tener enemigos por todas partes, o que la gente no los “entiende” porque fuerzas superiores orquestadas desde las alturas vacían la mente del público.
Ahora habría que decir que lo de “grandes aspiraciones” es una broma de mal gusto, no sólo porque a The Limits of Control la verá poca gente, sino porque cada quien que lo haga —si no se levanta antes de la butaca ni se queda dormido— la interpretará a su manera, y esta es justamente la mejor si no la única forma de ver una obra como esta, abierta a cientos de posibilidades, muy vaga y difusa, sin asidero y llena de los caprichos de su realizador, un poeta con todas las letras, que ahora, como nunca, se tomó toda la libertad que quiso, sin límites, sin control, a lo Burroughs.
Y así le salió.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. El Gemelo Malvado / Ene 22 2010 2:00 am

    Cerraste los comments del post de fin/inicio de año.
    Una sola cosa: uno escribe. Lee quien quiere. Y ya.
    Buen año

  2. Roberto Giaccaglia / Ene 22 2010 1:49 pm

    El editor no lee porque “quiere”, sino porque “debe”. Si no, que se dedique a otra cosa, por ejemplo: publicar libros sin leerlos, tarea que lo transforma no en editor, sino en imprentero, noble oficio del cual se nutren muchas de nuestras editoriales, comandadas, efectivamente, por esforzados imprenteros, especialistas de offset y guillotinas automaticas, pero, oh, no por lectores…

  3. El Gemelo Malvado / Ene 22 2010 7:31 pm

    Por “lee quien quiere” me refería al que pasa por un blog, no al editor.

    Aunque también es aplicable: es una decisión no leer algo o hacerlo. Y un asunto relativo: yo mismo no he leído material de algunos colegas porque me concentré en otros. Eso no me hace necesariamente malo como editor. Quizás me perdí una gran historia pero encontré también otras. ¿Existe el árbol caído que no veo?

    Lo que no es serio es prometer (leer, amar, presidir) y no cumplir, como parece hicieron con tus textos. En esos casos, comparto tu criterio.

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