Skip to content
diciembre 24, 2009 / Roberto Giaccaglia

Post final… de año

Como cada año, siempre cerca de las fiestas, al autor se le da por reflexionar acerca de cuestiones que no tienen que ver con nada, pero que él presume de interés para lo que hace en esta humilde bitácora: precisamente eso.

Los libros, los libros
Varias veces me prometí hacer lo que voy a hacer a continuación y que el diablo me perdone la vanidad: un racconto de las editoriales con las que me he peleado. No tiene la menor importancia (detallar el fracaso no es más que una de las tantas formas del orgullo, y una bastante enferma, por eso pedí perdón recién), pero puede llegar a ser divertido, no a la altura, digamos, de una lista de novias que se han alejado, o de mujeres que nos han rechazado, pero por ahí va la cosa. O sea, hacia ningún lado, terrenos poco fértiles, donde a lo sumo se dibuja nuestra propia estupidez o si acaso la del objeto que antes representaba algo importante para nosotros.
Aviso a los señores editores: si me olvido de insultar a alguien, lo siento, no es mi intención, es que me ningunearon tantos que por ahí perdí la noción de alguno.

En primer lugar, fue la editorial Alción, cuyo editor en jefe, el señor Maldonado, cada vez que iba a tratar el tema de las pequeñas regalías de mi obra, esquivaba el bulto. Todo el mundo estima en grado sumo al señor Maldonado, en Córdoba es casi un prócer de la edición y tengo al menos para mí que debe de ser el único en toda la provincia que entiende qué es lo que tiene que hacer un editor: leer. En Córdoba, los editores no leen, o les importa tres pitos la literatura que llega a sus manos. Pero el señor Maldonado es otra cosa: lee y entiende sobre lo que lee, mejor que nadie, tiene ojo para encontrar escritores, para rescatarlos, sabe de qué se trata su trabajo y ciertamente lo ama. Pero me resultó medio complicado tratar algunas cuestiones con él, o una sola en realidad: lo que debía pagarme por las ventas de mi novela, la cual había accedido sacar por una pequeña cantidad de dinero, Las cosas mínimas.
Después de decirle un par de cosas que no le gustaron, canceló inmediatamente la deuda conmigo, me entregó los ejemplares prometidos y nunca más me dirigió la palabra.
El otro día me lo crucé en la presentación de un libro de poesía. No voy a presentaciones, menos de poesía, pero el tipo que presentaba el libro es un conocido, así que ahí estaba yo, invitado, y él, Maldonado, editor del libro en cuestión.
Miró para otro lado cuando sin querer nos levantamos al mismo tiempo de nuestras sillas. Me había descubierto. Después de eso, agarró a su mujer, que es quien vende los libros en las presentaciones, y muy apurado empezó a irse, con los libros de quien presentaba el libro esa noche: la presentación había terminado para él, pero el autor tuvo que salir a correrlo por detrás, para pedirle que no le llevara todos los libros, que podía seguir vendiendo, que la presentación, al menos para el autor, el autor y sus amigos y familiares, todavía no había terminado.

Luego de la experiencia con Alción, creo que vino la de editorial Brujas, que ya más o menos conté en otro lado. Le entregué al poeta Esteban Nicotra, que trabajaba en la editorial, un cd con un par de cositas: mi ensayo Crítica creación, y una novela, Teoría del vacío. Volví al mes, como me pidió. Nicotra se hizo el sota y dijo que me iba a atender el editor en persona, o sea su jefe. El “editor” era un tipo que no se levantó de su silla. Todavía no habían leído nada, y me dijo muy suelto de cuerpo que si quería que leyeran el “material” debía pagar. Así es, esta gente me estaba pidiendo que entregara dinero a cambio del tiempo que les insumiría leer mis originales. Di media vuelta y pedí a la secretaria mi cd rom, pero no lo encontró, lo habían extraviado o algo, me prometió que lo iban a buscar, se deshizo en disculpas y yo me fui puteando bajito. Después, ya más tranquilo, y en la comodidad de mi hogar, les envié un mail mandándolos a la mierda.
Es el “espíritu de la escalera”, eso que nos ataca cuando ya nos hemos alejado de la tensión: es justamente ahí cuando se nos ocurren las mejores ideas para retrucar al infeliz que nos arruinó el día.
Luego vino la editorial Comunicarte. Allí llevé, recomendado por un amigo en común, un escritor y profesor universitario de cierto prestigio, que conoce bien a la dueña de la editorial, mi ensayo Crítica creación, porque al parecer Comunicarte se especializa en no-ficción (además de literatura para niños), así que a las novelas las dejé en casa.
La editora en jefe de la editorial, Karina Fracarolli, me recibió muy bien, dijo que efectivamente confiaba en alguien que fuera enviado por el escritor y profesor que ella también conocía y me recibió el ensayo, esta vez en papel. Se lo iba a dar “a una experta”, me dijo, , con esas palabras: una experta a la que confiaba todo el “material de este tipo”. Pasaron los meses. Le envío entonces un mail, solicitando respuesta, me contesta a los pocos días diciendo que el material “es demasiado académico” y que no podían publicarlo. La excusa era de una estupidez tal que se notaba a la legua que lo que menos habían hecho era leer mi ensayo, que puede ser cualquier cosa, una porquería incluso, pero ciertamente no es académico. Es más, está abiertamente en contra de esa forma de escribir, o de demostrar algo.
Le dije a Fracarolli que era una lástima que me hubieran mentido. Y ella dijo que era una lástima que “reaccionara así”. El “espíritu de la escalera” me traicionó de nuevo, porque cuando me alejé se me ocurrieron más cosas para decirle.

Entretanto, una editorial de menores pretensiones me contrató para realizar algunos trabajos, como escribir para una revistita cultural que sacaba. Cuando le comenté al editor, un señor que en realidad no leía ni había leído nunca al parecer, que los libros que elegía sacar estaban desprestigiando tempranamente a la editorial, porque eran una soberana porquería, se enojó y me echó del plantel. Ahora se dedican a la autoayuda y cosas así.

Después probé en editoriales como Ferreyra Editor, Fojas Cero, El Copista, etc., todas de la ciudad de Córdoba (sólo la última es de cierto renombre, y acotado a la ciudad), dejé mi “material” allí, meses y meses, y nunca recibí respuesta, me tienen que avisar todavía ahora, ni siquiera me devolvieron los originales. Es que para editar los tipos querían plata, y yo por entonces no tenía, así que no me prestaron la más mínima atención.

Luego me enteré de que había abierto una nueva editorial: El Emporio Ediciones. El editor era un hombrecito simpático, que había hecho una carrera que nada tenía que ver con las letras, ingeniero, pongámosle, y que entendía de libros como Condorito de medicina. Estaba ahí, simplemente, y creo que sigue estando, porque su suegro era dueño de la librería que dio nacimiento a la editorial.
Allí llevé mi ensayo y una novela, Los que pierden. El ingeniero dijo directamente que el ensayo no, pero que la novela podía ser. “No tengo plata para editar”, le dije enseguida. Ah, dijo. Pero me empleó para hacer trabajos de corrección. Además de eso, leía las cosas que iban llegando, el material inédito de escritores por lo general también inéditos. Trabajé un tiempo allí, pero mi novela seguía sin ser considerada. Al final, el “editor” consintió en mandar mi novela a un escritor amigo, que ya había publicado en El Emporio: dijo que la novela estaba muy bien, pero que “sola no va a poder venderse”. Era “caro” apostar por ella, y la editorial no lo iba hacer. Hacía falta plata. Mentira, plata les llovía, porque todo el mundo que llevaba sus libros y tenía con qué sacarlos terminaba publicándolos, por más malos que fueran: El Emporio Ediciones cobraba mucho, pero eran tiempos en los que algunos podían darse el gustito. Como la literatura no le interesaba en absoluto al bueno del “editor”, sino que lo único que quería era dinero en su cuenta corriente, me harté y me fui.

Recalé en Ediciones del Boulevard, vaya uno a saber por qué. Como había ahorrado unos pesos, el editor me dijo que sí enseguida: Crítica creación se publicó de inmediato.
Las críticas estuvieron bien, a no ser la de El Amante, lo leyeron con algo de bronca, como hacen con casi todo, pero a Lamujerdemivida le gustó mucho, por ejemplo, y un poco menos al crítico de La Voz del Interior.
Como el libro había recibido algo de prensa, creí que ya podía confiar en que el editor, Javier Montoya, pudiera echarle una ojeada a una de mis novelas, que por entonces ya se habían acumulado en buen número. Además, había pagado por la edición de mi libro y el libro era considerablemente bueno. Más a mi favor, para que me prestara atención, digo, o al menos para que no quisiera cobrarme por publicar,  había comenzado a trabajar para la editorial como corrector —cobraba muy poco, pero esa es otra cuestión.
Bueno, no importa cuán esperanzado y hasta favorecido me haya sentido, porque Montoya no me dio ni cinco de pelota cuando le dije que la plata se me había acabado. Creo que al mencionarle tal cosa, “No tengo más plata para editar”, perdió el interés en mí.
Le dije que no se diferenciaba mucho del tipo con el que había trabajado antes, el ingeniero-editor ávido de dinero, al que él despreciaba, y me fui. Dejé incluso de corregir para ellos, porque cuando le pedí un aumento se hizo el boludo.

Entonces, desilusionado con Córdoba, empecé a mandar mails a editoriales de Buenos Aires. La única que me dio una respuesta digna fue Entropía: la chica que me escribió se tomó la molestia de explicarme por qué no iban a editar mi novela, Teoría del vacío. Por primera vez, por única vez en realidad, me sentí tratado como corresponde.
Era como yo trataba a los ilusionados escritores que llegaban al Emporio Ediciones con la esperanza de ver editadas sus obras. Es decir, los trataba como a personas, y gratis, porque el Emporio sólo me pagaba por lo que yo corregía, no por lo que leía, por más que me costaba tiempo y esfuerzo. Eran obras en su enorme mayoría malas, aburridas, mal escritas, nacidas por el mero afán de ver el propio nombre en letras de molde, lo que casi siempre genera fatalidades y tiempo perdido para los demás, o sea yo, el lector del Emporio Ediciones, una editorial berreta y miserable, manejada, cuándo no, por alguien a quien los libros le importaban tres pitos.

Siguieron los mails, fundamentalmente a editoriales porteñas. Casi ninguna contestó, por muy pequeña o mediana o grande que fuera, ni saludos mandaban. A las que se hicieron eco, dos o tres, les mandé alguna novela como archivo adjunto, por más que protestaran, porque querían recibirla impresa, empaquetada. Algunas, como Aurelia Rivera, recibieron la novela, pero nunca se preocuparon por contestar qué pensaban, por más que les insistiera una y otra vez. De la misma manera me trató la editorial de Florencia Abbate, cuyo nombre honestamente no recuerdo: recibieron la novela y se olvidaron de ella, de mí, se hicieron los sordos. Mansalva y Eterna Cadencia fueron más prácticos: ni siquiera contestaron a mi propuesta de mandarles alguna obra. Otras, como Ediciones del Dock, contestaron que la novela estaba muy bien, Los que pierden, pero que debería mandarla a un concurso, no buscar publicarla en una editorial chica, lo que me parece una respuesta más bien cobarde. De todas ellas, repito, la única responsable fue Entropía, que se molestó en decir por qué no se publicaba mi novela, qué cosas no le habían gustado, qué no llegaba a convencerles.

Entonces supe que acá nomás, en Córdoba, ahora había una editorial que funcionaba más o menos bien: Recovecos. Quise comprobarlo, y compré algunos de sus libros. No hacen feas ediciones, terriblemente irregulares en cuanto a la calidad literaria, es cierto (creo que lo único bueno que publicaron es lo de Gaiteri), vaya a saber por qué parámetros se rigen, qué escritor les paga mejor, quizá, o a tiempo, pero qué le iba a hacer, perdido por perdido. Los contacté, tardaron un mes en contestarme, y les mandé una novela. Entonces desaparecieron. Ante los cientos de mails sin respuesta, me hice de un tiempo y fui a la editorial, quería verles las caras. Me encontré con una imprenta. Y con el hermano del “editor”. Me dijo que el editor “nunca está acá”. Hmm, contesté, mientras pensaba en que ya conocía muchos editores que no trabajan de editores y que no tenía por qué asombrarme. Le dejé mi número, el “editor” me llamó a la semana. Me dijo cualquier barbaridad sobre mi novela. Demostró que no la había leído, me había hecho esperar en vano, lo que dijo le salió de apuro. Eso sí: todavía no sé si habrá influido en sus “apreciaciones” el hecho de que lo llamé imbécil ante un librero que luego fue corriendo a batirle mis dichos.

El blog, el blog
Y bueno, acá estamos ahora. No hace muchos años que escribo, unos veinte pongámosle, y es muy posible que lo siga haciendo, por más que me lean dos o tres, o nadie. De hecho, lo que publico en el blog viene manteniendo la misma cantidad de lectores más o menos desde su inicio: unos ciento cincuenta por día, a veces menos, a veces más. Es verdad que muchos llegan por error, con frases del tipo “me atrae mi hermana” o “me fracture la mano y mi mama me baña” puestas en el Google, o cosas por el estilo, es decir gente que busca consejos de psicólogos, cosa que acá no vendemos, pero no tengo manera de descontar con precisión a quienes caen en Crítica creación buscando otra cosa, eso que acá no hay. Además hay que tener en cuenta que quienes caen por error a veces deciden quedarse, tal vez solamente de lo al pedo que están, o tal vez porque hay algo que les interese. Hay para todos los gustos, total. Que son mis gustos: discos, clásicos metálicos, películas, libros, recuerdos, ensayos, todo lo que me está dando vueltas en la cabeza cada día y que viene a parar aquí en forma por lo general de catarsis, a veces con algo de suerte y a veces no tanto.

Casi nada de lo que escribo me provoca orgullo. Por otro lado, no sé si importa demasiado, porque de cualquier manera no escribo ni para los que vienen al sitio a buscar respuestas que no doy ni para los que llegan aquí sabiendo lo que van a encontrar. Vaya uno a saber por qué escribo, no sólo en este blog, lo que ya sería difícil de averiguar, porque no creo que me reporte fama ni dinero ni un empleo estable, sino que ni siquiera sé por qué escribo en general. Y eso que traté de averiguarlo varias veces, con escritos varios. Tal vez el porqué resida en la misma pregunta que intento de vez en cuando contestarme, pero esto ya lo dijo otro, y mejor, eso de que se escribe para saber qué escribiríamos si escribiéramos.
No es esa, seguramente, una razón que atraiga a los lectores de este blog: una que dijera que uno lee para saber qué leería si leyera. Me late que la razón principal por la que se llega a este blog es la de conseguir información. Se quiere saber la opinión sobre algún disco, alguna película, o por qué el pelotudo de James Hetfield compra en Armani.
Sin embargo, yo preferiría que los lectores llegaran aquí atraídos por el hecho de que no saben qué leerían si supieran leer, o si les interesara. Me gusta esa razón, es más estética, más filosófica si cabe, y hasta más profunda, tiene que ver con uno mismo, intrínsecamente, como diría una profesora redundante que tenía y que me enseñó con ejemplos prácticos qué era un pleonasmo, entre otras cosas.
Ahora hay que hacer una salvedad.
Al principio de este blog, los lectores se acercaban en su mayoría por esa razón, justamente: les gustaba cómo escribía yo, no tanto lo que tenía para decir, sino cómo lo decía. Me acuerdo de los nombres de V.V., Estrella, Maguila, Koba, un uruguayo al que le perdí el rastro, El Warren creo que se hacía llamar, y otros, un tal Mario Skan, por ejemplo, que tenía o tiene un blog sobre libros, todos ellos buscaban lo mismo y dejaban comentarios en consecuencia. Una vez hablé en contra de los comentarios, de los comentarios en general, habrán pensado que era un desprecio y en su mayoría dejaron de comentar, y si acaso de visitar el sitio. Eran otras épocas para este blog, no sólo una época de lectores interesados en la estética y no tanto en la información, cosa que se encuentra en cualquier lado… sino también una época de amigos.
Por razones de diseño, de minimalismo diría yo, hoy por hoy ni siquiera tengo linkeados en este sitio a los dos o tres que todavía no me borraron del suyo: el elegante caballero de la Biblioteca de Asterión, el simpático y cinéfilo Koba, el más que buen artista Carlos Ardohain, el periodista y narrador que se hace llamar Gemelo Malvado… Si me olvido de  alguno, perdón, pero creo que básicamente son esos. Pero la razón de cierta soledad es quizá más seria que la de mantener el minimalismo. Y es un razón que se me escapa. Seguramente se me ha contagiado de algún lado, de una película, de un libro, y tiene que ver con alejarse, con ir perdiendo de a poco las ataduras, hacerse el pistola y no darle bola a nadie, jugarla de resentido.
Incluso he borrado dos de las páginas que en una época eran las más visitadas de este blog: “Acerca del autor” y “Sobre este sitio”, páginas, de hecho, con las que este sitio nació, que explicaban más o menos de qué se trataba y quién era su autor. Ya no me interesa. Me parece más apropiado, en todo sentido, la creación de “404 Not Found”, una página que contiene condensada toda la información necesaria para saber de qué va este blog o de qué la va su autor. Es como decir: “Si bien usted no se equivocó, lo que busca ya no existe, ha cambiado, es otra cosa, tanto el blog como la persona que lo hace, por lo que no podrá hallarlos nunca, pero nunca, por más que siga viniendo y acertando siempre. Conexión hay, pero no la que usted esperaba”.
Resentido soy, si no lo fuera me habrían caído mejor las bufonadas del Premio Letra Sur (no me habrían importado al menos), o el trato que me dispensaron durante tanto tiempo las benditas editoriales que visité, en persona o virtualmente.
Experiencia. Siempre me faltó eso. Es algo que se gana tarde, que se consigue cuando la oportunidad para usarla ya pasó. Pero vaya uno a saber si no tendría que estar después de todo contento con mi resentimiento. Debe de haber en él, no en el mío en particular, sino en la calidad misma del resentimiento, un componente ético, el mismo que habita en el hastío, en el cansancio moral, en el desgano social.
Es difícil de explicar, escritores mejores que yo lo han intentado sin éxito. Incluso ese batracio de Michel Houellebecq lo hace todo el tiempo, escribiendo sus novelas despreciativas, y pese a su talento nunca le sale del todo. A ver. Supongo que tiene que ver con que uno de pronto se da cuenta de que no le gusta el rumbo que está tomando el mundo. Por una razón u otra, uno se siente un excluido, demasiado atrás de todo, medio lelo en comparación hasta con un chico de diez años, que sabe lo que es Twitter y hasta lo disfruta. Uno ve las tapas de los diarios, preocupadas por lo que el mediocre de Abel Posse tiene para decir acerca del rock, siendo que hay tantas cosas interesantes para tratar y se quiere matar, o dejar de escribir, o esconderse y no salir más. Cometer algo en todo caso irreparable, terminal. Por ejemplo, dejar de tener amigos, no darse con nadie.
Nunca tuve muchos, es cierto, y los pocos que me quedan vaya a saber si lo son. Allá en el pueblo, claro, donde tarde o temprano volveré a mi puesto de canillita, o sea de vendedor de ilusiones y tragedias, cosas que la gente compra todo el tiempo, de las que no se cansa nunca.
Así, no es de extrañar que en este blog no sean los “amigos”, precisamente, quienes dejan comentarios, en todo caso escuetos y a contar con los dedos de una mano, o media.
No entiendo, dentro de todas las cosas que no entiendo, los blogs de amigos —y eso que de una u otra manera he participado de algunos—, de gente amable por demás, que escribe posts invitando a participar, a dejar opiniones, a enjuiciar cada cosa que uno hace. Aquí los que dejan comentarios son los que se enojaron por alguna cuestión, una opinión que presumen desmedida sobre su artista favorito y cosas así.
No suelen importarme los que se enojan, a no ser que pequen de insistentes, y sé que no debería explicarles nada, como hacen esos blogs cuyo estilo y contenido no me gusta, a los que les va bien de público por la sencilla razón de que el público se siente parte, ya sea alabando o puteando.
Tengo un blog distinto. No bueno, ni mejor que otro, sino distinto, nada más que por la sencilla razón de que todo me chupa un huevo y lo digo sin esconderme tras un nick, como le dicen ahora a los apodos. Si no pongo mi foto es sencillamente porque soy feo. Y este blog tiende a la belleza.
Por otro lado, los comentarios a este post están cerrados, así que fuck you y buen año para los que se lo merecen.

A %d blogueros les gusta esto: