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enero 29, 2010 / Roberto Giaccaglia

Se vienen días aún más extraños

Jerome David Salinger, 1919-2010, Estados Unidos.

Parece mentira, pero dicen que se fue Salinger nomás. Estaba hecho un viejo choto. Obsesivo, manipulador, entusiasta de medicinas alternativas, y muy pagado de sí mismo. Probablemente se creyera un Mesías. En los últimos años se había dedicado a demandar a cuanto biógrafo se le pusiera a tiro. No contento con eso, demandó también a un pobre autor sueco que se inspiró en su obra cumbre, The Catcher in the Rye, para hablar del personaje cincuenta años después, en un libro que encima no leyó nadie. Bebía su propia orina, creído de que iba a llegar más lejos. Cosas de la Cienciología. Pasaba varias horas por día sentado en una silla de metal, cuarzo y resina de poliéster, combinación propuesta por el austrohúngaro Wilhelm Reich, inventor y psicoterapia corporal, creador de la teoría del orgón, a la que JD era adepto: las energías positivas pueden ordenarse en nuestro favor si contamos con la polaridad adecuada, la cual la daría la combinación de materiales arriba citada. Puede ser, la verdad que tiene bastante sentido. Tan triste y absurdo como suicidarse en una luna de miel. O alegre y lleno de fe, como salir a cazar peces-banana. Hacía rato que no escribía, o que escribía para después romper lo escrito: no vaya a ser que alguien lo robara y lo vendiera fuera de su mansión, donde estaba recluido. Una vez alguien le sacó una foto yendo al supermercado, parecía otro hombre, un poco como Syd Barrett: a ambos se los puede ver siempre jóvenes y geniales, o, en su defecto, como vejestorios absolutamente normales viviendo dentro de un ocaso perpetuo. Se había desentendido del mundo hacía rato. Me gusta eso. Las noticias abruman, no dejan ver la realidad. Nunca se supo dónde se había metido exactamente, dónde estaba su cabeza quiero decir. Escribió cosas maravillosas. Sus críticos dicen que no han soportado bien el paso del tiempo, o que se dejan leer apenas por adolescentes que compran sus primeros libros serios. Yo cada tanto releo Levantad, carpinteros, la viga del tejado, o Nueve cuentos, o Seymour: una introducción, mi preferido, todo a pesar de las horribles traducciones con las que vienen a estas tierras, y no siento nada de eso, sino a lo sumo gratitud.

El rey ha muerto.  Aguante Ray Loriga.

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