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febrero 1, 2010 / Roberto Giaccaglia

…y justicia para todos

Anvil! The Story of Anvil, Sacha Gervasi, 80:00, 2008, Canadá.

No le estoy dando mucha pelota al blog, es cierto, pero de vez en cuando, una vez por semana o así, me doy una vuelta por las estadísticas, a ver qué lee la gente, ahora que ando por otro lado. Y la gente que últimamente pasa por aquí lee sobre James Hetfield: todo el mundo busca datos acerca de su mujer argentina y cosas por el estilo. Creo no haber escrito nada al respecto, no sabía que tenía mujer argentina y si la tiene muy bien. Yo también tengo una. En fin. La cuestión es que buscan datos, entonces, sobre el co-fundador de la multinacional Metallica, empresa especializada en la industria del entertainment, y muy exitosa en los últimos años, y alguno que otro cae en Crítica creación. El interés debe de ser porque la multinacional del espectáculo anduvo por Argentina y zonas aledañas en estos días, desparramando su merchandising entre los jóvenes consumidores. Como sea, lo que yo escribí en una oportunidad sobre el director ejecutivo James Hetfield, no tuvo que ver con su mujer argentina, sino con cuánto amaba yo su música en una época y cuánto me desilusionó al volverse un comerciante más, un patriotero envanecido porque sus canciones se escuchan en la sala de torturas de Guantánamo, un cazador de animales para adornar sus paredes, un perseguidor de fans que bajan su música por Internet y, en definitiva, un paleto cogote colorado de lo peor que se ha visto, por lo menos desde el personaje de Sawyer en Lost a esta parte. Encima con cara de malo. Sépanlo: un millonario no tiene de qué enojarse. Desconfíen de los acaudalados que salen mostrando los dientes en las fotos, por más que tengan una guitarra colgada y un poco de humo de utilería saliendo por detrás.
Digo todo esto porque en contraposición con esta vileza manifiesta existen todavía metálicos de ley, sí señor, músicos de los buenos, que siguen haciendo canciones y grabando discos por el mero placer de hacerlo, ya que no los compra nadie. Parecen un poco patéticos, eso sí, porque a los cincuenta y pico de años vestirse con tachas y cuero y remeras rockeras da un poco de lástima. Pero si hay algo que dignifica a un metálico de corazón es su falta de vergüenza a la hora de mostrar sus gustos, su amor.
De esto se trata Anvil! The Story of Anvil, por lejos una de las mejores películas del año pasado: el retrato de una banda metálica seminal, que estuvo así de lograr el éxito, merecido, por otro lado, allá cuando empezó, a fines de los setenta, en Canadá, y que por una cosa u otra (mala suerte, ubicación geográfica equivocada, mafia corporativa de las discográficas, modas que empeoraban las orejas de los oyentes y que ellos no aprovecharon, lo que sea) no lo logró. La joda es que lo siguen intentando. A rajatabla y con los ojos cerrados, con la fe de un paracaidista borracho que se olvidó el quipo en casa, como si todavía estuviéramos en los ochenta y nada de lo que sacudió al heavy metal en estos años hubiera sucedido todavía.
Estos vejetes le dan duro y parejo, tocan para dos o tres, en boliches de mala muerte, se pelean a trompadas con los dueños de los boliches, que no les quieren pagar, ven cómo ninguna compañía quiere sacar sus discos, golpean puertas que nadie abre, piden préstamos a los parientes para seguir existiendo, ruegan por conseguir un productor como la gente, discuten entre ellos, lloran, lloran mucho, se abrazan, se vuelven a amigar, piensan en el suicidio, no se animan, lloran de nuevo.
Debe de haber pocas cosas más tocantes que un metálico llorando en cámara. Para colmo, un metálico con varios años encima. Ya lo había visto llorar a Dave Mustaine en Some Kind of Monster en el momento en que cuenta cómo lo echaron de Metallica, cuando era primera guitarra de la banda, y me rompió el alma. Ahora se puede ver cómo se enternecen los Anvil, al menos dos de ellos, los que fundaron la banda y los que persisten hasta ahora: el cantante y guitarrista Steve “Lips” Kudlow (repartidor en una empresa de catering que sirve a colegios de su ciudad), y el baterista Robb Reiner (albañil). Además de ellos vemos a sus descreídos hijos (que seguramente se dedicarán a otra cosa, menos a ser músicos), a sus descreídas esposas (hartas ya de soportarles tanta pena y tantos intentos vanos, infinitas promesas de lograrlo, de comprarles un auto nuevo o por lo menos una multiprocesadora), a sus hermanos (como se han dedicado a cosas más redituables, trabajos mundanos, todavía pueden prestarles plata, guardarles un poco de esperanza), a algunos músicos famosos que dicen haber sido influenciados por ellos y/o que los admiran (Slash, Lemmy Kilmister, Scott Ian, Lars Ulrich, Tom Araya, todos contando simpáticas anécdotas, un poco bobas también y, por qué no, bastante intrascendentes: a no ser Slash; Slash está bastante bien en lo que dice, mucho más divertido que Ulrich, por ejemplo, que aquí es tan aburrido como cuando se pone detrás de una batería), y a sus amigos y fans, muchos de ellos de una presencia lamentable, un poco retardada diría yo, pero es lo que pasa, quizá, si uno se vuelve fan de una banda así: el amor desmedido a ciertas cosas hace estragos, aunque sea algo noble.
Además, vemos el día a día de la banda cuando no es una banda: la mujer de uno de ellos haciendo hamburguesas, el cantante preparando (mal) una comida rápida para su hijo, luego charlando acerca de su hipoteca, más tarde tratando de encontrar otro trabajo, después festejando Navidad, el baterista mostrando sus pinturas… no es un gran pintor, pero en sus obras, así como en los momentos anteriormente citados, puede “leerse” su idiosincrasia, parte de su vida, sus aspiraciones, su desdicha. Son pinturas acerca de la soledad: casi no aparecen personas, y cuando lo hacen se ven muy chiquitas, insignificantes dentro del paisaje en el que son plasmadas, por ejemplo una plaza en cuyo centro no hay otra cosa que una gigantesca escultura de un… ¡yunque! (o sea, un “anvil”). El arte habla por sí solo, a veces dice barbaridades y otras veces cosas de las que nadie quiere enterarse: ni siquiera el propio artista.
Bueno, entonces, el que quiera saber realmente de qué se trata el metal, que deje a Hetfield tranquilo, y a la compañía que maneja con brazo de hierro, y vea este maravilloso documental, rodado por uno de los ex-plomos de Anvil, verdadero fan y ahora incondicional amigo (Sacha Gervasi, quien, de paso, también es guionista y co-escribió una de las mejores películas de Spielberg: The Terminal), cualidades estas que le permitieron al director seguir a la banda por todas las lamentables presentaciones europeas de una lamentable gira promocional, más los lamentables intentos por conseguir dinero para grabar, y, en fin, otras cuestiones igual de penosas para un par de artistas que se precian de tal y que son, en mi humilde opinión, la más notable encarnación de la pasión por una música y, es más, un estilo de vida que dista mucho, pero mucho, de lo que nos muestran en MTV, Much Music, la Rock and Pop y la Rolling Stone acerca de lo que el rock, y especialmente el metal, debe ser. Esos no saben nada. Los que saben son los de Anvil.
Lamento mucho que sea gracias a su enorme fracaso e incontables decepciones que se pudo hacer un peliculón como este. Pero, ey, no hay mal que por bien no venga. Por supuesto, deseo con todo mi corazón que triunfen. Imposible desear otra cosa después de verlos sufrir así en pantalla.
El metal es esto, puro huevo y si acaso dos o tres lágrimas.

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