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febrero 8, 2010 / Roberto Giaccaglia

Cómo nos arruina el kirchnerismo

La manera en que el discurso kirchnerista ha contaminado el pensamiento intelectual argentino es triste, penosa. Desde el asunto del campo vs. gobierno —oportunidad en la que muchos escritores (jóvenes, viejos, más o menos, famosos, ignotos, más o menos) se acoplaron al tren del matrimonio presidencial, sin importar dónde los llevara, con tal que no fuera hacia la temible derecha—, el asunto se ha polarizado de tal manera que es imposible que a uno lo dejen afuera. O estás con una de las partes (Kirchner), o estás con la otra (Clarín), como si nos fuera imposible criticar a ambos, preocuparse por las formas y los contenidos discursivos de ambos, asustarse o reírse de sus estupideces cuando no queda más remedio.
Estos intelectuales dicen que si no estamos con los Kirchner se viene la derecha destituyente, por lo que hay que aguantarles todo, incluso las mentiras que tengan para decirnos, su patoterismo, etc. Como ya no hay bueno por conocer, se conforman con lo que consideran “menos” malo: su temor pasa por lo que las corporaciones económicas aliadas a los militares en décadas pasadas le hicieron a este país. No “creen” que los Kirchner formen parte de eso, así que tratan de “armonizar” con ellos. Lo contrario a esta “armonización” serían los De Narváez, los Macri, etc., es decir la derecha destituyente, por lo que la unión de los intelectuales con Kirchner no la provocaría el amor, sino el espanto.
Igualmente, me resulta muy extraño que todavía haya gente que confíe en las virtudes humanitarias y distributivas de este gobierno, como si la buena de Cristina les hablara a los descamisados (mientras que, obviamente, los De Narváez y los Macri les hablarían a los de la Sociedad Rural, por ejemplo, a los gorilas malos y esas cosas). Lo que hace Cristina, en realidad, es burlarse de los pobres, aprovecharse. Juega a ser Tinelli, confiando en que sus seguidores la van a entender mejor y a festejar, como se festeja una broma bruta, simple. Esta creencia constituye, de hecho, un aprovechamiento, una reducción, una caracterización lastimosa y en sí racista. Eso es lo único que los Kirchner tienen para darle a los pobres.
Pese a estas evidencias que cualquiera puede ver, los intelectuales argentinos (“progres”, porque de otra clase no hay) se empeñan en tragarse la píldora de lo contrario, y sacan a relucir, como argumento de su apoyo al gobierno, aquello de la distribución, como si la clase trabajadora o los pobres hubiesen sido favorecidos por el gobierno (cuando todos sabemos que la tibia mejoría se vio con Lavagna, tanto en el período de Duhalde como al principio de Néstor Kirchner). A los que en realidad favoreció el gobierno fue a punteros, a sindicalistas amigos y a grandes empresarios, entre los que se encuentran, cómo no, muchos sojeros: aquellos que tienen miles de hectáreas y contra los cuales el gobierno, durante el conflicto agropecuario, no ha ido.
“Ya iremos contra ellos también”, me decía anoche, justamente, un intelectual y profesor de letras, aunque a él le guste identificarse más como escritor a secas: llamémosle “X”, ya que sus dichos no fueron públicos, sino en el ámbito de mi casa. Este intelectual, “popular”, como se llaman a sí mismos ahora los intelectuales, cree seguramente que los Kirchner forman parte de cierta “clase” que los englobaría a él, a los que festejan el discurso kirchnerista contra el campo, y a la gente a la que la presidenta se dirige con palabras más propias de Tinelli que de un presidente respetable. Después de todo, la presidenta suele referirse a “nuestra clase” cuando habla.
Al decir “Ya iremos contra ellos también” lo único que está demostrando este escritor es ignorancia, porque para los Kirchner ir en contra de “ciertos ellos” es ir en contra de sí mismos, pues la verdadera clase a la cual defienden y verdaderamente pertenecen es la “clase calafate”. Se lo dije al escritor en cuestión, mientras seguía empinando unos vinos que había en la mesa —lo que seguramente “ayudó” en su reacción posterior.
Para desacreditar mis dichos contra su amada presidenta, este escritor (que no cocina tan mal, hizo unas empanadas muy ricas anoche, aunque sus pollos a la parrilla son un desastre) me acusó de tener una casa con patio y pileta: se le ocurrió que mis críticas al matrimonio reinante eran por una cuestión de clase; como no soy desposeído, contraatacó por ese lado: agotados ya los argumentos a favor de la política y del estilo de los Kirchner (que son los argumentos citados arriba, lo de todo intelectual argentino progre: o aplaudimos a Kirchner o aplaudimos a la derecha, así que aplaudimos a Kirchner), trató de desvirtuarme con el tamaño de mi casa: es demasiado grande como para que yo pueda hablar de los pobres o de la situación económica del país, o de la distribución.
Con intentos de desautorización como este, se termina toda charla, y el matrimonio rey se vuelve incuestionable. Si yo no los puedo criticar por una cuestión de clase, supongo que el único que podría hacerlo es el pobre: pero apuesto a que si estos criticaran a Cristina, el fanático diría que están idiotizados por Clarín, o TN, ya que el periodismo hace mella precisamente en las clases de bajos recursos, que no tienen para educarse ni cuentan con los materiales para ver la “realidad” —palabras de intelectual progre. Pero la realidad se ve clarita: inflación, retroceso del campo y de las industrias derivadas, empobrecimiento general, en especial en los pueblos. No veo sinceramente cómo Clarín ha podido influir en todo esto.

Lo que no deja de asombrarme, es el grado de violencia de los fanáticos kirchneristas. Lo hacen amparados en la izquierda, como si esto los protegiera de algo, o les proporcionara un reparo moral desde el cual cometer cualquier tropelía, o decir barbaridades. Stalin se arrinconaba en algo parecido. Así, para estos izquierdistas las retenciones son redistributivas, y la patota de D’Elía un frente contra la clase dominante (sic).
“X”, quien no me extrañaría que dentro de poco se convirtiera en un escritor conocido (su ambición lo puede llevar a eso, entre otras cosas; una vez me dijo, convencidísimo: “Yo voy a hacer una gran obra para Córdoba”), piensa de esta manera, por lo que festeja esta violencia, la justifica y la aplaude. Dice que los que están en contra de D’Elía es porque al fin le han dado el micrófono a un negro. No creo. Me parece que las quejas son por las cosas que dice, porque golpea a tipos por la calle rodeado de su patota, porque está amparado por el gobierno y porque seguramente vive de él. A esta gente, en realidad, le importa un comino la igualdad, la solidaridad, la justicia, nadie que justifique la corrupción, la mentira y los actos violentos puede estar a favor de la igualdad. No por citar a Marx van a dejar de ser lo que son, rabiosos inconsistentes que en realidad desprecian a los pobres, porque a la larga los usan para tener de qué hablar, hacerse los justicieros y tener a alguien a quien dominar. Es otra forma de poder, que los intelectuales progres, o “del pueblo”, no quieren ver.
Pero la sorpresa mayor (ya que a esta altura no es “sorpresa” que un intelectual se enferme de kirchnerismo) estaba por llegar:
De bien que estábamos discutiendo, “X” repitió pues las palabras de D’Elía: “Si hay algo que odio es a los gringos y a la gente de plata, los detesto”. Textual. Entonces se levantó y se fue. Su mujer, muy educada, no saludó, ni a mi mujer, ni a mi hija ni a los demás invitados, simplemente lo siguió, con la cabeza baja y la boca en trompa.

¿No es interesante, acaso, cómo nos arruina el kirchnerismo, como nos separa, la clase de pensamiento que genera, los odios que alimenta, el recelo con el que nos hace mover, la desconfianza, los reparos que pone en marcha hasta para compartir una cena con “amigos”?
Con “X” yo tenía más de una cosa en común, al menos literariamente hablando, e incluso defendí desde estas páginas su obra —defendí su obra, por supuesto, antes de conocerlo personalmente, porque creía en ella, no por amiguismo. Ahora me da ganas de ser Dan Brown, sólo para separarme de él, en todo sentido, porque me da asco su desprecio, me da asco que para él la política signifique insultar al otro, desacreditarlo, intentar por todas las maneras posibles de humillarlo, me da asco que se niegue al diálogo oponiendo “repulsión” de piel y de clase (“X” es más bien gringo, hay que aclarar, así que tendría que conseguirse por ahí algún tinte para diferenciarse de mí en ese sentido), me da asco que no se preocupe por los aprietes a gobernadores, legisladores y periodistas, me da asco su arrogancia, me da asco que use a los desaparecidos como caballito de batalla y a los pobres como escudo, me da asco que no se dé cuenta de que los Kirchner perdieron las últimas elecciones no por Clarín, sino por su forma de gobernar, de mentir y de manejar la economía. Por supuesto, todo esto que ahora me da asco en “X”, es lo que ya me daba asco en la presidenta y en su marido, porque los modales de “X” son los del matrimonio gobernante, los mismos que se encuentran en D’Elía y en todo defensor a ultranza del gobierno.
El discurso kirchnerista nos contamina, esa manera vil de separar los tantos, como si sólo hubiera un lado y el otro y nada más. Todo esto de lo único que hace gala es de una intimidación cobarde y de un autoritarismo ramplón. Nuestros intelectuales de fama (y repito: por méritos propios, más una cruda ambición, “X” va camino a serlo) están defendiendo estas cosas, la intimidación cobarde y el autoritarismo ramplón, más la ignorancia, más el racismo, más el odio y el recelo. El famoso discurso aquel de la presidenta en que mencionó a “los piquetes de la abundancia” caló hondo en profesores de literatura, escritores y bibliotecarios: se lo han creído. No se han puesto a pensar en el lujo de la ciudad, las carteras, los autos importados y los hoteles cinco estrellas en la Patagonia, sino en las camionetas 4×4 de los gringos, que son, mal que les pese, un instrumento de trabajo, no de ostentación, como lo anteriormente citado. Envidian (odian) estas camionetas, porque es lo que la presidenta les ha mandado a hacer. Nada más que con eso los ha convencido de que defender al gobierno los acerca a un Agustín Tosco y los aleja de lo que ellos llaman “oligarcas” (sin alentar la sospecha de que en realidad los oligarcas están en el gobierno).
La sensación que queda, pues, es que estamos cercados: si son justamente los que escriben y cuyo trabajo es pensar, los que nos brindarían los “materiales” para salir de este atolladero y reflexionar un poco, los más reacios al diálogo, los más violentos, rencorosos, racistas y ciegos, no creo que tengamos muchas posibilidades.

(A propósito: el próximo libro de “X” sale en la editorial de un gringo de plata. Ah, otra más: “X” se presentó —y fue finalista— a un premio Clarín de novela. ¿Y si ganaba? ¿Le daba un beso a la Ernestina, a quien desprecia por oligarca? Lo pregunto porque, consecuente con mi pensamiento, yo nunca me presentaría a un concurso organizado por Carta Abierta.)

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5 comentarios

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  1. anonimo / Mar 5 2010 12:13 am

    Buenas tardes, algunos comentarios.
    No te parece que quien “nos arruina… separa..alimenta odios…” no son solamente los Kirchner pero en mucho mayor medida los medios económicos y de comunicación (que si no son lo mismo?) dominantes, los políticos tibios y penosos de la proclamada “oposición” y por último pero no menos importante, vos mismo con el discurso que acabas de escribir?
    Es cierto que la polarización de la política no es más que triste, pero no por aquello se debe culpar a quien gobierna (el peronismo es un hecho histórico inherente a la sociedad argentina, y ha asentado con fuerzas su institucionalidad en la política del país, lo cual lamentablemente acabó con todo intento de reforzar posibles movimientos socialistas… pero no están determinados los argentinos a tener gobiernos peronistas… o radicales?)
    Pero si justamente quien parece no estar ni del lado de la oposición (respaldada por sectores de intereses claramente individualistas como la Sociedad Rural y Clarín) ni por supuesto del oficialismo, se mete de lleno en el juego de descreditar al gobierno, destacando solo sus defectos o vicios, abriéndole asi la puerta a que los de derecha alimenten su odio aberrante… entonces estamos en problemas, porque ni siquiera podemos encontrar una vía alternativa (esta debería tratar los puntos positivos de esta gestión, resaltando que claramente es un proyecto productivista y no demasiado socialista con mandatarios millonarios…. pero que a fin de cuentas es.. vamos a decirlo, un poco mejor que si Macri, De Narvaez o Cobos (Dios no lo quiera) o Carrió (Dios no lo quiere!!) estuviesen al mando.
    No es un comentario ilustradísimo, pero es lo que me parece por vivir y sobrevivir en esta sociedad, por suerte con pensamientos e ideas muy distintos a los que determina este sistema.

  2. Gastón C. / Mar 5 2010 2:11 pm

    Aporto lo mío, si puedo: parece que para no “separar o alimentar odios” no hay que hablar entonces. Shh, callémonos que la gente se enoja. Dejemos hacer piola piola a la presi, dejemos hacer piola piola a la oposición. Que la primera se mande sus discursos odiosos y que los segundos aprovechen la volteada como mejor les plazca. Veamos una cosa, que nadie parece entender: al gobierno hay que controlarlo siempre, sea de derecha o de izquierda. A mí me gusta Binner. Si Binner fuera presidente no le andaría por detrás apludiéndole cada cosa -eso me parece patético, propio de tarambanas, de miedosos y de cagones. Me esmeraría más en encontrarle defectos que virtudes. ¿Le “abro” por esto la puerta a los de derecha? Para hablar de los puntos positivos de una gestión, ya está la gestión. Los demás, todos los otros, debemos señalar lo que está mal. Por otro lado, me parece idiota por parte del escritor “X” tener la mente tan nublada. Me gustaría saber quién es para no comprarle un libro en la puta vida. A algunos les dan asco los gringos o la gente de plata, a otros los negros y los pobres, pero a mí me dan asco los plumíferos bienpensantes tipo Horacio González. O “X”, ya que es quien nos ocupa en este artículo.

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