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marzo 3, 2010 / Roberto Giaccaglia

Cómo bloquear el paso de luz

Parte doméstico, Oliverio Coelho, 236 págs., 2009, Emecé, Buenos Aires.

Hay en los relatos de Parte doméstico —no los llamemos “cuentos”, no llevan a ningún lado— una extrañeza en la manera de narrar que viene a complicar la aparente normalidad de lo que se cuenta: hombres que quedan atrapados por sus destinos. Es solo eso, nada más, pero Oliverio Coelho, apellido problemático si los hay, se las ha arreglado para complicarlo todo. Por momentos, parece que nos quisiera sumir en escenarios más propios de la ciencia ficción que del mero drama del tipo que le busca sentido a la vida en medio del caos. Agrego: del caos de lo cotidiano, que siempre será el peor de todos. O sea que aquí deberíamos hablar de escritura, del proceso por el cual relatos corrientes de chico que busca chica o de chico que busca un trabajo y al final queda preso de una y/o de otro, se transforman en algo especial, llamativo si se quiere, digno de quedar en alguna parte de nuestros recuerdos.
Será difícil que alguien vuelva a los relatos de Parte doméstico, su lectura no provoca placer. De hecho, no provoca nada más allá de cierta incomprensión ante el mundo o los mundos que aquí se narran, que son los nuestros, lo trillado. Al leer Parte doméstico, todo se transforma, pero dura hasta que sacamos la vista del libro, o abrimos la puerta y salimos a la calle. Hay una literatura así, difícil de comentar y acaso de apreciar. Una literatura bien escrita, con soltura, formalmente aceptable, bien construida, donde cada cosa ocupa el lugar que corresponde, pero cuyos efectos no son perdurables. No se me escapa que lo primero es característica de las verdaderas obras maestras, pero tampoco que lo segundo viene a desmentir la condición de maestría, o por lo menos de gran obra: la obra maestra debe pasar desapercibida apenas aparece, sus coletazos se hacen sentir con el tiempo, y no creo que sea precisamente esa la cualidad de esta colección de relatos: la rareza con la que todo está narrado golpea enseguida, se hace sentir, y uno está tentado o bien a dejar el libro o persistir e intentar ver qué hay detrás. Y detrás rumia la insatisfacción, la soledad, las oportunidades perdidas, las revanchas mínimas y desabridas, el retraimiento. Todo eso parece esconderse en cada recodo de esta colección, apenas volteamos cada página para seguir adentrándonos en un misterio que no es tal, que es apenas supuesto. La confusión es posible porque la narración es siempre elusiva, las cosas nunca se llaman por el nombre que otros ya usaron, y así cualquiera mezcla las cosas, hasta el lector más avezado, o hasta el más “aireano”.
Coelho opta por la originalidad. Y ojo, que acierta mucho en la elección de los adjetivos, como cuando llama “afantasmado” a un teléfono que lo sobresalta con su “chicharra”, o “excesivo” al mote de “doctor” que se da a sí mismo cierto personaje. De esa clase de precisión está repleta el libro, pero también de elecciones menos felices, como la molesta intromisión de lo perverso, a veces irrumpiendo en un sueño, en una risa, en un cuerpo, en una descripción de los seres que pueblan una calle, en las costumbres de las personas que se acaban de conocer. Pero siempre está ahí: como si ningún protagonista tuviera la posibilidad de toparse alguna vez con un día normal, o de por lo menos vivir uno de estos relatos con cierta calma. Y ni siquiera estamos hablando de la aparición de lo fantástico. Es la realidad misma la que se retuerce ante los ojos de los protagonistas de cada relato.
¿Es posible que cada asunto se presente como un desafío, que cada cosa sea un peligro en potencia? Para lograr esto, volverlo todo extraño, el artista tiene sus artimañas, que son las mismas que se usan para no nombrar con los nombres de siempre las cosas habituales. Pero así como es digno de destacar la imaginación precisa de Coelho en el uso de ciertos adjetivos, algo hay que decir de sus desbordes: “(…) va escaleras arriba en la oscuridad mordida, espléndida como un anillo, y siente que el aire desplomado de los pasillos trae una reververación que lo agita y define la necesidad de asfixiar por fin la risa”. Cosas así me parecen exageradas. Todo esto en un relato que pretende causar cierto temor, o al menos una carga: Coelho es un escritor poco cómodo. Pero no es lo que narra lo que incomoda, sino las formas que pone en juego.
Coelho no tiene dotes de poeta, no deslumbra, no agita los resortes interiores, tampoco provoca nauseas, pero sin embargo emplea sin tapujos los elementos de la poesía, evitando por momentos con astucia y otros con atropello decir entre otras cosas que la vida de todos los días aterra y que, efectivamente, estamos atrapados.
Dicen que cada cosa (cada vida también, supongo) lleva en sí misma la historia que la explicaría. Hasta la matemática se ha hecho eco de esta especie de teoría con aquello de los mecanismos físicos presentes en cada función. La elipsis que practica Coelho opera justamente en el camino contrario: no quiere conocer, ni saber, ni entender, tan sólo contar, y siempre hacia adelante, suprimiendo lo esencial a fuerza de llamarlo de otra manera, como si todas las cosas (y cada vida también, supongo) no fueran más que composiciones mentales.
En la literatura de Coelho no hay respuestas, pero supongo que tampoco hay preguntas.

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