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marzo 12, 2010 / Roberto Giaccaglia

Baruch de Spinoza, una aproximación

Baruch de Spinoza, 1632-1677, Holanda

Baruch de Spinoza, 1632-1677, Holanda

Gilles Deleuze, 1925-1995, Francia

Por Mirtha Makianich (*)

Uno de los filósofos contemporáneos que se ha ocupado (yo diría que con pasión) del pensamiento de Spinoza, fue Gilles Deleuze (**). Los que somos simples aficionados, nunca sabremos exactamente el grado de reescritura de su intervención. Pero lo que sí nos es dado saber es el interés indudable que G.D. siempre dispensó  al que llamaría “príncipe de los filósofos”.

Spinoza nace en 1632 en el barrio judío de Amsterdan de una familia de comerciantes acomodados de origen español o portugués. ¿Cómo se produjo la lenta conversión filosófica que le hizo romper con la comunidad judía, con los negocios, y le llevó a la excomunión de 1656?  Muchas versiones se han tejido en torno a este hecho. Lo cierto es que la vida se le hacía difícil y luego de un hipotético intento de asesinato, nunca comprobado, se traslada a Leyden para proseguir sus estudios. Spinoza no rompe con el medio religioso únicamente, sino que rompe a su vez con el económico: abandona los negocios paternos. Aprende la talla de cristales, se hace artesano, filósofo-artesano provisto de un oficio manual idóneo para captar y seguir la orientación de las leyes ópticas. También dibuja.

En 1663, se instala en Voorsburg, suburbio de La Haya. Más tarde se establecerá en la capital. Lo que define a Spinoza como viajero no son las distancias que recorre, sino su capacidad para frecuentar pensiones amuebladas; ausencia de vínculos, de posesiones y de propiedades como consecuencia de su renuncia a la sucesión paterna. En 1665, interrumpe provisionalmente su Ética y emprende la redacción del Tratado teológico-político, una de cuyas cuestiones principales es: ¿por qué el pueblo es tan profundamente irracional?; ¿por qué se enorgullece de su propia esclavitud?; ¿ por qué es tan difícil, no ya conquistar, sino soportar la libertad?; ¿por qué una religión que invoca el amor y la alegría inspira la guerra, la intolerancia, la malevolencia, el odio, la tristeza y el remordimiento?  En 1670 aparece el Tratado, anónimamente y en una falsa edición alemana.

Injurias y amenaza para el autor y seguidores; incluso para aquellos críticos que no fuesen lo suficientemente duros. Un libro explosivo conserva para siempre su carga explosiva: todavía hoy no puede leerse el Tratado sin descubrir en él la función de la filosofía como empresa radical de desengaño, o como ciencia de los “efectos”. Hasta en su trato con la religión pule anteojos Spinoza, anteojos especulativos que develan el efecto producido y las leyes de su producción.

Avatares políticos (asesinato de los hermanos De Witt) hacen que no pueda publicar su Ética. Cada vez más solo y enfermo, no acepta la cátedra de Filosofía en Heildelberg, 1673: “No habiéndome nunca tentado la enseñanza pública, no he podido decidirme, aunque haya reflexionado largamente sobre ello, a aprovechar esta magnífica ocasión”. El pensamiento de Spinoza se ocupa ahora del problema más reciente: ¿cuáles son las posibilidades de una aristocracia comercial?; ¿por qué se malogró la república liberal?; ¿a qué achacar el fracaso de la democracia?; ¿es posible convertir a la multitud en una colectividad de hombres libres, en lugar de un conjunto de esclavos?

Todas estas preguntas animan el Tratado político, que queda sin acabar, simbólicamente, al comienzo del capítulo sobre la democracia. En febrero de 1667, muere.

II

El sentido de la soledad del filósofo reside en el hecho de que no habiendo en absoluto otra vida para él, la presente no se vive conforme a la necesidad en función de medios y fines, sino conforme a una producción, una productividad, una potencia, en función de causas y efectos. No puede integrarse en el medio social aunque pueda preferir alguno con mejores condiciones para su vivir, su sobrevivir. En cualquier sociedad se trata de obedecer y sólo de eso: por esta razón,  las nociones de falta, de mérito, de demérito, de bien y de mal, son exclusivamente sociales y atañen a la obediencia y a la desobediencia. La mejor sociedad será entonces aquella que exime a la potencia  de  pensar del deber de obedecer y evita en su propio interés someterla a la regla del Estado, que sólo rige acciones.

En tanto el pensamiento es libre, y por lo tanto vital, la situación no es peligrosa; cuando deja de serlo, todas las otras opresiones son igualmente posibles y, una vez llevadas a cabo, cualquier acción se vuelve culpable y toda vida amenazada.  En ningún caso confunde sus fines con los de un Estado ni con las aspiraciones de un medio social, puesto que requiere del pensamiento fuerzas que se sustraen tanto a la obediencia como a la culpa y erige la imagen de una vida más allá del bien y del mal, rigurosa inocencia sin mérito ni culpabilidad.

Deleuze ofrece una suerte de diccionario con los principales conceptos; comenta las llamadas cartas del mal (correspondencia del filósofo con Blyenbergh); distingue etapas o menciona el problema de una evolución de Spinoza. Todos, temas que han merecido ya arduas lecturas y desarrollos específicos; pero Deleuze se ocupa de hacernos medir la importancia de la fórmula: “Spinoza y nosotros”. En ese sentido, no sólo escritores y poetas, músicos y cineastas,  pensadores, sino hasta lectores ocasionales, pueden descubrirse spinozistas.

Abordar ese diccionario que he mencionado es sumamente complejo y arduo para una simple lectura. Pero lo que resulta destacable es que para Spinoza la vida no es una idea, una cuestión teórica. Es una forma de ser, un mismo y eterno modo en todos los atributos. Erige una imagen de la vida positiva, afirmativa, contra los simulacros con los que se conforman los hombres. En un mundo roído por lo negativo, él tiene, sin embargo, suficiente confianza en la potencia de la vida misma. Denuncia sin cansancio el odio y el remordimiento como los dos enemigos capitales del género humano. Y, en relación al pensamiento (acentuando que tan sólo la vida explica al pensador), entiende que las demostraciones son los “ojos del espíritu”. Es esa visión la que le permite ver la vida más allá de todas las apariencias falsas, las pasiones y las muertes.

En aquellos conceptos que hacen a la diferencia entre la ética y una moral, el filósofo holandés denuncia mistificaciones en torno al tema; mistificaciones que aún hoy en pleno siglo XXI se suelen escuchar.

La desvalorización de la conciencia en beneficio del pensamiento, es una de sus denuncias. Spinoza es materialista y no deja de recordarnos lo que puede un cuerpo. Como dirá más tarde Nietzche, nos extrañamos ante la conciencia pero “más bien es el cuerpo lo sorprendente…”.

En esta línea de pensamiento, nuestro filósofo prohibe toda supremacía de uno de ellos sobre el otro. Según su Ética lo que es acción en el alma es también necesariamente acción en el cuerpo, y lo que es pasión en el cuerpo es también necesariamente pasión en el alma. Trata de mostrar que el cuerpo supera el conocimiento que de él se tiene, y que el pensamiento supera en la misma medida la conciencia que se tiene de él. No hay menos cosas en el espíritu que superan nuestra conciencia, que cosas en el cuerpo que superan nuestro conocimiento. Descubre un inconsciente del pensamiento, no menos profundo que lo desconocido del cuerpo.

Por supuesto, una vida y un pensamiento de tal envergadura son inagotables. Poco, muy poco, he sabido de esa vida y de ese pensamiento, pero en el intento he recibido una serie de “afectos”. Otros, que han pasado por una experiencia similar, lo han llamado “encuentro amoroso”. Acepto el nombre y cierro con un poema:

Distorsiones para mirarte, Baruch de Spinoza

fueras

ráfaga o viento arrebatado

ingenuo geómetra del mal

renegado de un pueblo y de su raza

fuga de Dios entre los seres

la mosca o la tela de la araña

pensamiento en escolios derivado

eres

el que compone relaciones

así en el cuerpo

como en el alma

eres

aquél que afecta de alegría

eres

en el reposo o el movimiento

el que pule los cristales

incansable.

(*) Profesora y Licenciada en Letras Modernas, Universidad Nacional de Córdoba. Su escritura poética incluye: En la intemperie (1997); Dispersión, (1997 —inédito); Sin balanza que lo pese (1999); De mi jardín (2003 —inédito); Derivas (2005 —en colaboración con Roxana Carrizo); Saerianas (2007).

(**) Spinoza: Filosofía Práctica, Fábula, Tusquets Editores, Bs.As., 2004.

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