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marzo 17, 2010 / Roberto Giaccaglia

La tierra baldía

The Road, John Hillcoat, 112:00, 2009, Estados Unidos.

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija…

T. S. Eliot

Es la voz de Viggo Mortensen, por supuesto, diciendo que el mundo se detuvo. O que ya no hay nada.
O son los ojos de Viggo Mortensen, sus ojos y la piel de la cara pegada al hueso, o su barba crecida y sucia, o sus uñas crecidas y sucias, o quizás sean sus arrugas. Su hambre, en todo caso.
Y puede que sean sus ropas también, grises y hechas jirones, y también sucias, como todo lo demás, y cubiertas de cenizas, como el suelo y los árboles y los autos abandonados y las casas abandonadas y los pueblos.
Los árboles desnudos. Ya no hay hojas en los árboles, ni pájaros que los habiten o los sobrevuelen. Y los árboles se van cayendo uno a uno.
También puede ser la mirada sorprendida de Kodi Smit-McPhee, que sigue a su padre, Viggo Mortensen, por más que no hay lugar a donde ir. Y también su hambre, claro.
Vaya uno a saber qué es. Pero pocas películas en los últimos tiempos son tan tristes, desgarradoras y emotivas como The Road.

La dirección de fotografía algo habrá tenido que ver. Dónde ponemos la cámara y qué hacemos con la luz, cómo volvemos arte el simple recorrido de un padre y su hijo por un terreno devastado. Viggo Mortensen y Kodi Smith-McPhee van hacia el sur, llevan un revólver con ellos y dos balas: no son para defenderse, sino para quitarse la vida cuando ya no den más. Imaginan un sur soleado, o por lo menos más cálido, con algo de vida en él, así que se dirigen hacia allí, con un mapa roto como única orientación y dos pares de zapatos gastados.

El argumento de la novela The Road, de Cormac McCarthy, es así de simple: de pronto, la civilización, las plantas y los animales han muerto. Un padre y su hijo emprenden camino hacia el sur, buscando buena gente, como ellos, porque al parecer donde hace frío ya no se encuentra posibilidad de hallar tal cosa. Empujan un carrito de supermercado y lo que pueda serles útil en él. Los acompañan la nieve, las lluvias, ríos de color amarillo, incendios forestales, y el frío, siempre el frío. De vez en cuando, se topan con pandillas de caníbales. Y bueno, otra cosa para comer no hay, por lo que en medio del drama aparece también el horror, el más sórdido.
A veces, es el padre quien recibe lecciones del niño. Este todavía aguarda, o al menos quiere creer eso —que hay algo por lo que esperar—, así que intenta transmitirle fe. Y otras veces es el niño quien recibe lecciones del padre, aunque le llegan lejanas, como dichas en un idioma que no entiende o que no quiere aprender: el padre le enseña sobre la desconfianza y sobre lo malo que hay que volverse para sobrevivir entre los malos.

Viggo no tiene nombre en la película, es “El hombre”, o “El padre”. Y Smith-McPhee tampoco, es “El hijo”, o “El niño”. En un mundo donde todo se ha perdido, de nada vale una identidad, nadie es nada en la película, ni proviene de lugar alguno, las ciudades han perdido sus nombres, y valen acaso los puntos cardinales. Hasta los recuerdos se han cubierto de cenizas y de árboles muertos. Todavía vale la risa, por eso aparece en pequeñísimas dosis, mínimas, mínimas y por eso tan significantes. El niño descubre los colores del arco iris, y los ve como lo que en realidad son, una maravilla inexplicable. Y el padre descubre una cascada, y la ve, claro, como lo que es. Y luego un escarabajo, quizá el último que queda. O quizá el primero de un nuevo comienzo, eso no lo sabemos.

Cormac McCarthy en The Road se encargó de escribir sobre la desesperación misma, la falta de ganas de seguir, de ánimo, de aliento, y sin embargo la obligación de hacerlo, de meterse sin más en medio de la oscuridad y seguir caminando. El australiano John Hillcoat —quien dirigió The Proposition en 2005, un western en el que se había encargado de ilustrar el primitivismo y la barbarie y la imposibilidad de que alguna vez todo eso fuera vencido por ley humana alguna— tenía méritos pictóricos suficientes para encargarse de llevar a la pantalla el color gris perpetuo de la novela de McCarthy, que no es más que la historia de un par de corazones humanos a punto de ser ganados por las sombras que afuera parecen ocuparlo todo.
Al igual que McCarthy, Hillcoat es preciso y conciso, no cuenta demasiado, no cuenta de más, muestra apenas lo justo y lo necesario, deja que se escuche, que la obra hable por sí misma, no hay desenfrenos en The Road, sino a lo sumo tensión, si es que “tensión” es uno de los nombres que se le puede dar a ese estado triste y errante de los caminantes que no encuentran su camino.
Debe de haber algo kantiano en la manera en que tanto McCarthy como Hillcoat logran transmitir belleza a pesar de que no queda absolutamente nada en el mundo que sea bello. No hay más que fantasmas de lo que alguna vez fue, no hay más que perdición, terrenos vacíos y restos, pero pese a ello se agita en alguna parte el sentimiento de lo sublime. Lo “sublime” no sólo es una categoría estética que denunciaría una obra de gran belleza, tan grande que se vuelve irritante, imposible de entender o de asimilar, sino también la sensación de un dolor inentendible, que poco y nada tiene que ver con lo físico. A esa categoría pertenece The Road, o quizá a ambas.

¿Y dónde está el secreto? Al principio mencionaba la voz de Viggo. Yo creo que es fundamental. En la novela de la que nace la película, hay una parte en la que es el protagonista quien pasa a contar la historia. Veníamos asistiendo a una narración en tercera persona, pero de pronto es El hombre quien se encarga de todo. Algo similar, por caso, a esa otra gran obra difícil de ver sin lagrimear (The Thin Red Line, sublime).
Es sólo un párrafo, un párrafo en medio de una discusión durante este viaje hacia ningún lugar. No tiene que ver con la película más que con su duración. Pero a Viggo le basta para capturar el clima de toda la obra y hacérselo sentir al espectador. Igual pudo lanzar un puñal, que provocaría algo bastante similar.

Viggo es un actor total. Quiero decir, sabe hablar. No todos los actores saben hablar. Muchos hablan, pero miramos para otro lado y nos da lo mismo. Cuando Viggo habla hay que fijarse en la pantalla. La cadencia y la musicalidad y el tono de su voz al inicio de The Road es el de un orador experto ante un auditorio transformado y oscurecido. Nos está leyendo The Waste Land, el poema de T. S. Eliot, pero no menciona a abril como el mes más cruel, como el poeta, sino octubre, o lo que él cree que es octubre. Perdió su calendario hace años, pero igual nos va a hablar de octubre. Hace frío en octubre. Eso nos dice y ya estamos dentro del túnel. Hace frío y siempre pienso en la comida, en la comida, en el frío y en los zapatos, y en la cara del niño, ahí está la voz de Dios, y si no es eso, es que Dios nunca habló.

Acompañando la voz de Viggo (quien dicho sea de paso no casualmente grabó varios discos de spoken word, todos bellos y extraños), está la música de Nick Cave y Warren Ellis, conocidos del director en su anterior film, The Proposition, que está además escrito por Cave. La música de Nick Cave y Warren Ellis es desértica, de a ratos abrumadora, un viento difícil de soportar, uno de esos que traen a la memoria siempre lo mismo, melancolía y arena. Las palabras de Joe Penhall, guionista de la película, y de Cormac McCarthy viajan sin problemas en ese viento y, como digo, abren la obra de forma inmejorable y perfilan toda la evocación y la pena que se nos vendrán encima.

Cormac McCarthy es valiente, mucho más que cualquiera de los lamentables escribas sociales que fundan en la desdicha y en la injusticia sus historias, para celebrar ciertas venganzas o al fin una retribución. The Road es una vieja historia de coraje y de justicia, como las que el personaje de Viggo le cuenta a su hijo para animarlo. Podemos adivinar que McCarthy fue un buen lector de El señor de las moscas (que también leen en Lost). The Road también es una fábula distópica acerca de la naturaleza humana. En la lucha por sobrevivir, todo vale, los valores morales se suspenden y sólo los verdaderamente grandes salen a buscarlos, los que cargan consigo, todavía, el preciado fuego interior. Ambas son obras radicales, en las que la realidad se vuelve más perversa aún que lo peor que hayamos conocido. Ya no hay siquiera tiempo para imaginar una sociedad ideal, hay que emplearlo en sobrevivir. En el Apocalipsis no hay clases sociales, ni historia, ni privilegios, tampoco explicación. The Road es inimaginable y fantasiosa como Lord of The Rings, también épica y añorante, rodeada de abismos y sin embargo lista para explorar rincones secretos, como un guerrero tenaz. Pero es que estamos hablando después de todo de lo de siempre, la historia de un padre y de un hijo, del amor que se impone sobre cualquier desventura, y todas lo son. McCarthy hace caminar a sus personajes porque no les queda otra. Descansar es morirse. No importa que encuentren de vez en cuando algo que se parezca a un refugio, o alimento que no sea un humano, o ropa: hay que seguir. El caminar y el caminar puede ser, cómo no, parte de una simbología, pero es más bien parte de una tradición: la ya citada del antiguo guerrero que debe lanzarse ante lo desconocido. De cosas así están llenas las historias que nos encantaban de pequeños, las odiseas literarias, los grandes relatos, las mismas, claro está, que “El padre” le cuenta a “El niño”. Simplemente, lo sublime, aquello que en los grandes artistas (T.S. Eliot desde ya, pero también McCarthy, Viggo y ahora Hillcoat) se confunde con goce estético, simplemente con goce estético, por más que lo trascienda, lo eleve a otra categoría, algo excelso y acaso inminente, como un peligro cierto e intimidante: un enorme árbol vacío de hojas que empieza a caer en medio de un bosque, arrastrando consigo a todos los demás.
Y nosotros, en el medio, incapaces tanto de huir como de apartar la vista.

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