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abril 2, 2010 / Roberto Giaccaglia

Easter sucks

Justo ahora, hay unos vecinos a toda cumbia. Están a la vuelta, la música sale de un Ford Focus gris. Ese auto nunca me terminó de convencer. Bueno, en realidad no soy “una persona de autos”, entiendo más bien poco del tema y recién pasados largamente mis treinta pude conseguirme uno. Escuchar música dentro del auto es un placer enorme. Últimamente se me ha dado por Neutral Milk Hotel, tal vez la banda indie definitiva, la banda, es más, que terminó con el indie, con el indie y con todas las demás categorías añadidas, el lo-fi, el pop universitario y demás etiquetas abrasivas e inútiles. Después de canciones como “Two-headed Boy” no hay mucho más de qué hablar acerca del género.
Y al frente tengo unos vecinos a toda marcha. Son de Santa Fe. Hablan a los gritos. Pero es lógico, porque de otra manera no se escucharían.
Mi ciudad, de repente, se ha llenado de turistas. Los lugareños de sitios turísticos, del lugar que sea, desde Mar del Plata hasta Calafate, y desde Puerto Iguazú a Ushuaia, odian a los turistas. No importa que traigan dinero, los turistas son seres realmente trágicos, que arrasan con todo. El problema es cuando uno se transforma en turista, cuando cae en la tentación de conocer lugares. Qué ser más odioso que puede llegar a ser uno mismo.
Pero eso sí, yo no pongo Neutral Milk Hotel a los pedos con las cuatro ventanillas abiertas del auto, para que todos sepan qué escucho o cómo lo disfruto. Más bien, me encierro a escuchar Neutral Milk Hotel, tratando de no prestar atención a los ruidos de los demás.
Salir en esta época es un problema. Hoy, apenas asomé la nariz afuera vi un accidente. Con autos por todas partes y con avenidas angostas, cada accidente es un hecho normal y hasta esperable. Sucedió cerca de la casilla de turismo, justamente, así que había mucha gente en ese momento. Y la gente empezó a gritar, parece que era grave. Vi una mujer policía correr hacia su patrullero, seguramente para avisar por radio de la tragedia.
La gente pasea mucho en Pascua. Lo cual también es absolutamente natural. ¿No significa “éxodo” acaso? Al menos es lo que nos enseñaron en Catecismo, pero yo tengo una memoria de mierda para estas cosas (de mi secundario fui uno de los dos que se llevó Catequesis en toda su historia), así que no sé hasta qué punto es así. Creo que “Pascua” tenía que ver con cierto paso del Mar Rojo o algo por el estilo, y con unos esclavos judíos varados en Egipto. Ahora no hay tal cosa, pero la gente se sigue escapando en Pascua.
Miles de hombres y niños y hasta animales emprenden por estas fechas alguna clase de huida, que por lo general es corta, el regreso es inminente y uno se pregunta para qué lo hacen después de todo, pues se la pasan puteando los unos a los otros, molestándose y poniéndose nerviosos. Es culpa de los autos, claro, que se amontonan tanto que hasta el aire se hace irrespirable. Es de cajón, casi una tradición, y forma parte de la agenda anual de los medios, mostrar muchos accidentes en las rutas durante esta época. Hace un rato se cruzó una vecina, quizá aturdida por la música de los santafesinos, y lo primero que nos dijo fue que acababa de chocar un colectivo de no sé qué empresa y que el chofer la había palmado.
Al final, no hay bagnacauda que nos cure de tantos males.
Bah, yo hablo de la bagnacauda y por ahí no hay uno solo que haya oído hablar de tal cosa. Es algo de gringos, de italianos del Piamonte. Muchos pueblos del interior cordobés están formados por gente de esa zona, así que el curioso fanatismo por este plato nos viene de ahí, o de allá, mejor dicho, del Piamonte.
Dicen que es signo de buena amistad servirlo, de hospitalidad, una señal de que se quiere a todo aquel con el se comparte. Y debe de ser así, porque se trata nada menos ni nada más que de poner una enorme olla con salsa caliente en medio de la mesa y que cada comensal pinche una verdura o un poco de pan y lo pase por ahí, frente a las narices de todos y, lógicamente, dejando en el proceso parte de lo que se pinchó, así como la saliva que queda en todo tenedor luego de usarlo.
La bagnacauda es algo muy rico, seriamente hablando. La tradición implica prepararla en familia, uno pela los ajos (por lo general el tonto del grupo), otro limpia y prepara las verduras, otro limpia las anchoas (que tampoco es una actividad grata), y después se la cocina al entrar el primer invitado. Es de cocción rápida. Es un plato que se consume caliente, muy caliente, porque ya tibio es asqueroso. El problema reside en que por la época en que aquí se lo come, suele hacer un calor de locos. Así que es de locos comer bagnacauda. Claro, al ser un plato de la región nordoccidental de Italia, Suiza al norte y Francia al oeste, se entiende que se trata de una comida pensada para climas fríos. Es lindo imaginarse nieve afuera y dentro una ollita con salsa caliente a base de anchoas y ajo, pero eso no sucede por aquí. Hoy hizo 32 de térmica, y mañana, que es viernes santo (día de la bagnacauda), está anunciado un poco más. Así que a todo lo que hay que agregarle a este plato con amigos, hay que ponerle también el sudor, las gotitas en la frente y esas cosas.
Por suerte está el vino, claro, que debe tomarse caliente. No hace falta que sea un buen vino, con uno de seis o siete pesos está bien. El sabor de la comida es tan intenso que no vale la pena poner un vino que compita. Por otro lado, los amigos raramente traen un vino demasiado bueno cuando se los invita a este plato, sabiendo que en este caso quizá sea mejor la cantidad que la calidad, porque suele beberse profusamente, a causa de la cantidad de sal que contiene la receta (culpa de las anchoas, porque sal no hay que agregarle). A lo mejor de ahí viene la idea de que el vino puede ser baratón, no lo sé. O que debe ser un vino ácido el que se emplee, y la mayoría da por descontado, no sé por qué, que el vino más ácido es también el más barato.
Como sea, la digestión que todo esto produce es catastrófica. Si se come en exceso y se bebe en exceso esta clase de platos y esta clase de vinos, a eso de las tres de la tarde uno cree en que nunca más probará bocado en su vida, que el acto de comer ha quedado descartado para siempre, que a lo sumo tomará alguna vez un caldito frío con galletitas Express acompañado con un modesto vaso de soda, para erutar. Eso es lo que se quiere hacer sobre todo después de este plato: erutar y erutar. Y aveces lo que sigue, en una hora o dos… Es decir, la mezcla de gases de sonido y olor característicos. Sucede que la bagnacauda contiene muchas levaduras simbióticas, no hay que olvidarse que es una mezcla al fin y al cabo de oligosacáridos, y crema, cebollas, batatas, ¡nueces!, brócoli, repollo, y mucho pero mucho pan, con la consecuente ingesta de levadura con sus hongos, lo que puede provocar ciertos riesgos y algún que otro problema más que cierto también.
Antes, mucho antes, pasábamos Pascua en Embalse, que aparte de ser el título de una novela alocada de César Aira es un lindo pueblo con un complejo hotelero que se hizo durante el Segundo Plan Quinquenal de Juan Perón. Bueno, al menos de eso estaba orgulloso mi padre: me llevaba a ver los siete hoteles abandonados (no sé qué es de ellos ahora) y me decía que habían sido hechos por Perón y que eran de categoría y etc. A lo que iba: en el casino de Embalse, una noche previa al viernes santo, es decir la noche previa a la bagnacauda, mi padre estaba jugando unas fichas a la ruleta, le iba bien, pero tuvo que salir pitando porque, como él mismo dijo, como el mismo dijo y encima gritó, para que todo el que estuviera cerca lo oyera, lo oyera y se matara de risa, “alguien había comido la bagnacauda por adelantado”. Y en la sala no se podía estar.
El chocolate de los huevos pascuales, de los huevos o de los conejos, por otro lado, no arregla en absoluto nada de esto, sino que lo empeora: suele ser grasoso y cubierto de un azúcar coloreada que no puede esconder nada bueno. Los hay de buen chocolate y productos nobles, pero son más caros de lo que realmente valen. Y no tienen el verdadero espíritu pascual, que es el de regarlos porque sí. Nadie regala un huevo pascual de ciento veinte pesos porque sí. A los baratos y pintarrajeados, es decir los verdaderos, los dan como souvenir por estos días, en cualquier almacén de barrio. De hecho, acabamos de liquidar unos que nos obsequiaron en una verdulería hace un rato, donde compramos las verduras para la bagnacauda de mañana. Estaban horribles.
De chico, a los huevos de pascua yo los llamaba “papacuecos”. No sé de dónde saqué semejante nombre, pero así les decía. Una vez, fui solito a una panadería que hacía huevos de pascua. El local estaba lleno de ellos. La señora detrás del mostrador me preguntó qué quería. “Un papacueco”, dije yo. “Qué es eso, yo no vendo papacuecos”, contestó, muy contenta. Y como el lugar estaba a reventar de ellos pensé que me estaba tomando el pelo, así que le dije que era una gorda puta y me volví llorando a casa, con el billete que me había dado mi vieja para comprar uno de esos dichosos huevos de mierda bien apretado en una mano y el corazón lleno de bronca.

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