Skip to content
abril 21, 2010 / Roberto Giaccaglia

Peleando a la contra

Facing Ali, Pete McCormack, 2009, 102:00, Canadá-Estados Unidos.


“Creo que mientras estaba festejando me tiré un pedo”, cuenta Leon Spinks, mientras se ríe, o, mejor dicho, se caga de risa, ya hacia el final de Facing Ali, cuando es su turno de rememorar su enfrentamiento con Cassuius Marcellus Clay, también conocido como Muhammad Ali, un boxeador más o menos notable.
Bueno, no vale hacer bromas al respecto. Ali fue el más grande. Y no lo digo yo, un espectador común y corriente, sino una larga lista de boxeadores cada uno mejor que el otro.
Por ejemplo, George Chuvalo, un canadiense que no logró el título del mundo pero que dio que hablar bastante en su momento. Era algo así como la esperanza blanca, una esperanza que nunca llegó a concretarse en cinturones importantes, pero sí en combates legendarios.
Es de agradecer que una de las voces más presentes en el documental sea precisamente la de Chuvalo. Es un gran narrador, de los mejores que yo haya visto a la hora de traer al presente viejas historias sobre el cuadrilátero. Eso sí, siendo, como dicen que es, una película sobre Ali, no termino de entender el porqué de la inclusión de episodios de la vida de Chuvalo con tanto detalle. Por caso, la pérdida de tres hijos culpa de la heroína, sobre lo que Chuvalo se explaya largo y tendido, dando, si cabe, una lección de vida, la que puede dar un tipo con experiencias cruentas para que otro tipo no las repita. A no ser que ante Facing Ali estemos en presencia no de un documental sobre Cassuius Clay, que es lo que nos quieren hacer creer, sino sobre los hombres que lo enfrentaron en el ring. Ahí sí tienen relevancia para la película las palabras de Chuvalo, y se convierten en algo más que una escena dramática. Por eso, el llamado de atención sobre este film no debería ser la figura de Ali, sino, a lo sumo, la siguiente pregunta: ¿Qué fue de los hombres que gracias a su combate con Ali pasaron a la historia? Yo creo que esas deberían ser las palabras impresas en el afiche (¿qué es eso de “The Time Has Come to Set the Record Straight”?).
A algunos de ellos, cabe aclarar, Ali no les habría hecho tanta falta, ya eran grandes o igualmente lo hubieran sido sin Ali. Por nombrar un par, George Foreman y Joe Frazier. El primero podía voltear un toro antes de que el puño llegara a destino. Y el segundo, simplemente, era un espectáculo de precisión y furia. Los tres, Foreman, Frazier y Ali, forman un triángulo difícil de comprender: Frazier le dio la paliza de su vida a Ali, Ali le dio la paliza de su vida a Foreman, y Foreman le dio la paliza de su vida a Frazier. Claro que de las tres peleas sólo dos pueden figurar como los mejores combates de toda la historia del boxeo: el de Ali contra Frazier en el 71 y el de Ali contra Foreman en el 74. Es cierto, “algo” tenía Ali que lo volvía todo mejor, insuperable, ganara o perdiera. Era la forma, lógico, el baile, la rapidez, la sorpresa. Sobre todo, la sorpresa.
Mi viejo solía hablarme de ese combate entre Ali y Foreman del 74, en Zaire. Con los años, le iba sorprendiendo más y más. Siempre le pareció increíble la manera en que Ali se había recuperado: de estar perdiendo por puntos después de haber sufrido round tras round los embates de Foreman, de buenas a primeras se plantó y liquidó el pleito con tres o cuatro trompadas. La historia comenzó a decir que fue una estrategia de Ali recibir golpes toda la noche, hasta decir basta. El “basta” ya lo tenía preparado: cuando notara el cansancio de Foreman, aburrido de pegarle, harto de que no se cayera, y de que tampoco se callara, empezaría a pegar él. Y cuando el grandote bajó la guardia (¿qué duró eso? ¿un segundo, menos?), Ali lo remató. Hay una película genial acerca de este solo combate: When We Were Kings, de Leon Gast. Ganó el Oscar, no recuerdo en qué año, a mediados de los noventa, seguramente. De aquella película participa Norman Mailer, que era cronista de boxeo. En Facing Ali se lo deja ver al gran Norman, como espectador, a un costado del ring, con esos ojos y esa melena que sólo podían ser suyos. (También aparecen Woody Allen y Miles Davis, en imágenes fugaces, aguardando porque empiece la llamada “pelea del siglo”, o sea Ali contra Frazier en el 71. No sabía que a Woody y a Miles les gustara el boxeo). Hubiera sido lindo contar con las palabras de Mailer también aquí, como en When We Were Kings, pero, ey, Facing Ali es una película sobre los púgiles que enfrentaron a Ali, no sobre los hombres que escribían sobre él o se ilusionaban cada vez que subía a un cuadrilátero. Así que sigamos con los verdaderos héroes.
Si bien Chuvalo, Foreman, y sobre todo Joe Frazier se roban buena parte de la película con sus anécdotas, y con su presencia, justo es decirlo, también aportan lo suyo Larry Holmes, Ron Lyle, Ken Norton, Earnie Shavers, Leon Spinks y Ernie Terrell. E incluso el inglés Henry Cooper, ¡un Sir!, quien a priori podría ser el menos interesante de todos debido justamente a su personalidad: a Cooper, aparte de ser un desabrido, le interesa hablar de Cooper, no de Ali, aunque esto no haga más que ratificar lo que la película en realidad es: un documento sobre los rivales de Ali, y no tanto sobre él, por más que sea muy gracioso, por ejemplo, ver cómo se ríe Ali de la monarquía inglesa al subir vestido de rey al cuadrilátero de Wembley antes de enfrentar a Cooper —¡es el Antonio Rattín del desarrollo!
Cooper es el único que no trata con respeto a Ali, aunque esto no sé si es porque fue el primero que logró derribarlo (no creo que Ali haya recibido en su vida un gancho a la mandíbula como el de Cooper, para mí que no) o si lo hace por ostentar un título honorífico que lo hubiera puesto por encima de la leyenda que supo enfrentar. Hay algo de Cooper que no está presente en los demás rivales… ¿Será envidia?
En los otros no hay esta falta de respeto, lo que sí hay es falta de condescendencia, que no es lo mismo. En el propio Chuvalo, por caso, quien llega a decir que una de las peleas de Ali frente al desaparecido Sonny Liston estaba arreglada y que no oculta lo que sabe o al menos sospecha acerca de los contactos con la mafia que tenía Ali. O Terrell, un hombre muy simpático, que le canta canciones jocosas que aluden a una supuesta “cobardía” de Ali en el ring (le compuso la canción “Won’t You Come Home Dear Cassius”, sabiendo cuánto odiaba Ali que lo llamaran así, “Cassius”, su nombre de esclavo según él) y quien además dice con todas las letras que Ali era muy sucio para pelear (no “mañoso”, sino “sucio”, así como suena).
Estos muchachos, simplemente, no se quedan en la figura idílica de Ali, sino que escarban un poco, hasta dar con el hombre, el ser humano detrás del mito, el flujo sanguíneo que hacía de todas esas maravillas algo posible. Esto es algo lógico, no hay nada más agradecido, espontáneo y tal vez emotivo que las palabras de un gran boxeador retirado (aquí se queda afuera Cooper, que de estas tres cosas no tiene nada, pero ellas abundan en hombres como Ron Lyle o Ken Norton o Earnie Shavers, los más felices de haber peleado contra Ali, ser por ello parte de la historia, con H mayúscula).
Por otro lado, hay muchas críticas (de Spinks, por ejemplo, también de parte de Shavers e incluso de Foreman y de Frazier) en contra de lo que parecía ser una convicción de Ali:  creerse invencible, y no sólo invencible, sino también irrompible, que es peor. Todo el mundo le cuestiona el hecho de que no se hubiera retirado antes (Frazier lo lamenta con lágrimas en los ojos: dice que si lo hubiera hecho, hoy estaría disfrutando de la vida que disfrutan todos ellos). Pero el boxeador que está en las últimas es así, un jugador empedernido que cree recuperar en una próxima pelea todo lo que perdió en las dos o tres anteriores. Y a partir de cierto momento de su vida, Ali empezó a perder. No estoy hablando de su fase política, algo que fue relevante en grado sumo y que le hizo conocer la cárcel, el descrédito y el odio de buena parte de sus compatriotas e incluso de varios de sus colegas. Estoy hablando simplemente de su cuerpo. La hipótesis que manejan quienes enfrentaron a Ali es que éste no sufriría hoy de un Parkinson tan severo si hubiera dejado la actividad boxística temprano (luego de pasar a la historia, por ejemplo, cosa que logró muy joven). Sin decirlo, concuerdan en que la ambición lo cegó.
Yo creo que esto puede compararse con lo que cité recién, la actividad política de Ali. Era un testarudo, un cabeza dura. Como algunos revolucionarios, él prefería estar equivocado hasta que la historia demostrara lo contrario. Se arrepintió varias veces de sus decisiones, darle la espalda al líder negro Malcom X, por ejemplo, pero en su momento, por más que todo el mundo lo aconsejara en contrario, creyó otra cosa y se mantuvo en sus trece. Cuando tuvo la chance de expedirse nuevamente sobre el tema, ya era tarde: Malcom ya estaba muerto y no podía recibirlo de nuevo. En lo que sí se mantuvo inquebrantable, pese a las consecuencias, fue en su rotundo no a la guerra de Vietnam (No tengo nada contra el Viet Cong, se animó a decir en pleno corazón de la América persecutoria). En eso sí que la historia le daría la razón.
Pero dejemos eso, Facing Ali es una película de boxeo. Una película de cierta importancia política, histórica más bien, pero todavía una película de boxeo, una película que habla del Islam y de la Nación del Islam, de los Musulmanes Negros, de Elijah Muhammad y de Malcolm X, de la Guerra de Vietnam, de la pobreza y de la inmigración y del racismo y de la perfidia moral, religiosa y política de los Estados Unidos como nación, así de como de los yerros humanos, sólo humanos, de un gran hombre, pero sigue siendo, como digo, una película de boxeo.
Y una de las buenas.

Aprovecho para hablar de Sergio Maravilla Martínez, ya que estamos en tema. La otra noche le ganó de forma memorable a Kelly Pavlik. A mí, la verdad, me encantaba Pavlik. Era hasta la otra noche un boxeador muy fino, certero, una avispa furiosa e insistente. Lo perdía su gusto por los golpes, eso sí. Tal vez eso lo hiciera un gran boxeador, pero lo descalificaba como hombre. Cuando Foreman recuerda en Facing Ali su pelea con Ali, dice que cuando estaba tocando el piso Ali lo pudo haber rematado con una derecha, pero no lo hizo. “Yo lo habría hecho”, dice Foreman. “Eso lo enaltece”, recalca, “lo convierte en el mejor boxeador de la historia”. Bueno, esto Pavlik no lo respeta. Vi pegarle con saña a sus rivales. A Miranda le dio más de la cuenta, es decir cuando ya no valía la pena seguir pegando. Pero ante el argentino Maravilla Martínez, Pavlik simplemente no tuvo nada que hacer. Como un buen equipo que juega al ataque tentando con espacios que son más bien una fantasía, Martínez “borró” a Pavlik del ring. Lo convirtió en lo que su mote dice que finalmente es: un fantasma. A lo Macho Camacho, dando espectáculo, jugando con la paciencia del rival, y con bastante de elevado paso de comedia, Martínez lo volvió loco. Pavlik lo encontró muy pocas veces en la noche, dos o tres, con puños que apenas si hicieron sonreír a Martínez. Es de destacar la preparación física del argentino, increíble. Pocas veces vi un boxeador de su edad (35 años) tan bien preparado, creo que nunca. Hacía ver al joven Pavlik (28) como un nonito, un abuelo flacucho que sale a buscar un poco de sol y se tambalea en el parque. Hablo en pasado de Pavlik porque va a ser muy raro que vuelva a boxear después de esta pelea. Y si vuelve, ya no será el mismo. Sus lágrimas al final del match algo dicen al respecto, por caso: que por fin encontró la horma de sus zapatos, pero no sólo eso: frente al boxeo heterodoxo de Martínez, Pavlik hizo el ridículo, y de eso rara vez se regresa con fuerzas. Foreman, después de Ali, no regresó con fuerzas. Después de ese combate en Zaire, se consideró acabado, por más que pudiera seguir volteando rivales a discreción. Así que se hizo religioso y cambió de actividad, empezó a pregonar la palabra de Dios. Alí, ganándole como le ganó, le cambió la vida. Y apuesto que lo mismo le ocurrirá a Pavlik.
La de Pavlik-Martínez iba a ser una de las peleas del año, todo el mundo esperaba el combate entre el noqueador Pavlik (32 de 36 victorias) y Martínez (una promesa todavía, a pesar de la edad), y yo me deshice hasta encontrar un canal para verla, porque no tengo Direct TV, pero no fue así, no fue la pelea del año, ni mucho menos, y tal vez ni siquiera califique entre las diez primeras, por la sencilla razón de que esa noche, el 17 de abril pasado, en el Boardwalk Hall de Atlantic City, Nueva Jersey, sólo hubo un boxeador arriba del ring: Sergio Maravilla Martínez.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: