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mayo 12, 2010 / Roberto Giaccaglia

El nombre del juego

El Tercer Reich, Roberto Bolaño, 362 págs., 2010, Anagrama, Barcelona.

Me lo imagino a Bolaño en su pequeño departamento español o quizá en su casilla de cuidador de camping, desplegando sobre una mesita enclenque un mapamundi, tal vez un tablero de TEG, por qué no, y sobre él, el mapamundi o el tablero, trazando líneas y más líneas, conformando rombos, y después más líneas, achicando los espacios, y conformando ahora hexágonos, para después con una birome finita enumerar columnas y filas y al final los propios hexágonos, calculando, de paso, qué región de qué país forma parte de qué hexágono, o de qué fila, o de qué columna, para asentar mejor, acabadamente, mejor decir, las estrategias de cada bando, los cuales dispondría en forma de soldaditos de plástico, o de goma, como esos que venían antes, con una gran base oval bajo sus piernitas, y también en forma de tanques, o de cañones, incluso de aviones y de barcos, que compraría seguramente en un quiosco cercano, a su departamento o al camping del que era cuidador, diciéndole al dependiente “Son para mi sobrino, lo vuelven loco los juegos de guerra”, y llevándolos en una bolsa que pondría bajo su campera o chaqueta o lo que fuera, como quien lleva una botella de alcohol barato para pasar la noche, solo, para después con manos temblorosas vaciarla sobre el piso de donde viviera y acomodar los juguetitos sobre el tablero o el mapamundi e imaginar así batallas de conquista o de reconquista, desembarcos, expulsiones, defensas, y luego de todo eso escribir alocadamente en una especie de diario el resultado de cada confrontación, de cada episodio de esa guerra, contando para lo cual con información fidedigna de las lecturas raras a las que era afecto, Gerhardt Boldt, por ejemplo, oficial del ejército alemán que escribió sobre sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial, o Basil Henry Liddell Hart, historiador militar francés que se ocupó de “detallar” la misma guerra (¡como si fuera posible detallar semejante cosa!), o Alexander Werth, otro escritor, pero esta vez ruso, y otro también obsesionado con la guerra, corresponsal para más datos, lecturas todas estas, las de Boldt, las de Hart, las de Werth, tan útiles a su propósito de jugar a la guerra como las que le habrán presupuesto las lecturas de Karl Bröger, editor de un diario socialdemócrata de Alemania, y escritor que se llamaba a sí mismo “el escritor de los trabajadores”, y que publicó textos que serían citados por Hitler, orgulloso de contar con alemanes así, al que sin embargo encerró en Dachau, o Heinrich Lersch, otro trabajador alemán afecto a las letras, que se unió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, el de la esvástica, o Max Barthel, también trabajador, también escritor, también alemán y también, como todos los otros, con un nombre y una trayectoria que parecen inventados, inventados por el propio Bolaño, claro, que si para un género literario era un verdadero maestro era para el de la biografía ficticia, terreno donde era amo y señor, y que le ayudó a pergeñar obras cumbres como La literatura nazi en América, un diccionario de literatura inventado en el cual cada capítulo cuenta la historia de escritores americanos afines al nazismo, y que sirvió, de paso, para que se lo emparentara con Borges, porque a nuestro cieguito máximo le encantaba coleccionar biografías imaginarias, algo, esto de coleccionar biografías imaginarias, que Bolaño hizo toda su vida, inventó a Benno von Archimboldi, por ejemplo, otro escritor, y otro escritor, encima, con nombre que suena a nazi, cuestión esta, la de los escritores y su relación con el nazismo (o no ya “nazismo”, sino con todas las formas del autoritarismo), que le encantaba explorar, y también inventó a Cesárea Tinajero, y la inventó tan pero tan bien que uno al final no sabe si la buena de Cesárea Tinajero existió o no, si vale la pena buscarla o dejarlo todo en manos de los poetas del real visceralismo Arturo Belano y Ulises Lima, que apuesto que sí existen, como los peligrosísimos escritores citados más arriba, los corresponsales de guerra primero y los trabajadores alemanes después, todos los cuales le dieron letra al joven Bolaño recluido en un departamento seguramente de morondanga o bien en su casilla de cuidador de camping para que a los treinta y pico de años desplegara un mapamundi o un tablero del TEG y sobre él soldaditos y cañones y tanques de guerra y aviones e imaginara un juego entre perverso e infantil (tal vez todo lo perverso contenga algo de infantil, y viceversa) donde los jugadores se juegan sin saberlo la suerte del mundo, como aseguraba Borges (¡nuestro máximo cieguito, nuestro máximo coleccionista de fábulas!) que hacen los ajedrecistas cada vez que ponen un tablero cuadriculado en marcha, un juego, el que juega Bolaño en El Tercer Reich, que, de hecho, se parece mucho al ajedrez y que se parece mucho a la vida misma, y quizá también y por qué no al mundo, un juego donde se cruzan no ya ráfagas de ametralladoras o explosiones o bombardeos, sino la sagacidad, la templanza, la falta de piedad, la sangre fría o como uno quiera llamarle, el poder de decisión, el poder de subyugar al otro, el poder de enjuiciarlo, cuestiones todas que hacen no solamente a un buen juego perverso, peligroso de jugar, sino también a la literatura, materiales (la sagacidad, el poder subyugar al otro, la sangre fría) con los que no cualquiera se mete, con los que no cualquier escritor se mete quiero decir, porque hay que ser muy valiente, pero mucho, para jugar a encontrarse a sí mismo en un tablero, hay que ser muy valiente para desplegar un mapa de uno mismo sobre la mesa e intentar allí encontrarse y poner por escrito lo que va saliendo, es el diablo, claro, no otra cosa lo que respira cerca nuestro cuando intentamos algo así, y vaya si lo habrá sabido el joven escritor que era entonces Bolaño, en ese departamento de morondanga o en esa casilla de cuidador de camping, porque si bien todo el mundo lo creía solo allí dentro, jugando, no lo estaba, no señor, estaba acompañado, y muy mal acompañado, tanto así que puso al personaje en el libro resultante de la experiencia, lo puso con pelos y señales y hasta con nombre, un nuevo nombre, claro, que no voy a reproducir en esta reseña por mera cobardía, pero cuya presencia es notable, o notoria, y que planea con hambre por sobre todo el libro, o por sobre todo el tablero, en cada margen, en cada rincón, y que lo vuelve todo oscuro, sombrío, profundo y asfixiante, como tal vez hayan sido los días del Bolaño aquél, joven, valiente, desconocido, solo, alejado de su tierra, un extraño en tierra extraña, confiado en que estaba perdido para siempre, a la intemperie, como le gustaba estar, por otro lado, tal vez para alejarse de lo que según él contamina la literatura de sus compatriotas, y los de toda América tal vez, o sea los conceptos de Apocalipsis y Nación, pero los dos juntos, cosa que quizá conforme, ahora se me ocurre, la figura del escritor nazi, y figura a la que el Bolaño aquél ya empezaba a escaparle como a la peste, y que por ello tal vez le haya servido tanto pero tanto para escribir, la figura del escritor nazi y los conceptos de Apocalipsis y Nación, porque quería exorcisarlos, sacárselos de encima, que no lo contaminaran, o acaso denunciarlos, presentarlos ante el mundo como lo que son, falsedades, impostaciones, ¡escritores del pueblo, ja!, ¡escritores populares, ja!, ¡escritores que gustan a todos, ja!, y todo mientras jugaba, y todo mientras empezaba a escribir, digo y aseguro y firmo y apuesto, una de las obras más bellas y resplandecientes y hasta aterradoras de toda la historia de la magnánima Lengua Española, que él, claro está, un irrespetuoso, un verborrágico, no habría escrito con mayúscula, aunque tal vez sí, quién sabe, tal vez sí porque a lo mejor entendía, como entiende el joven alemán y jugador profesional de wargames Udo Berger, protagonista del libro, que la vida es precisamente eso, ¡un wargame!, y qué mejor terreno para pelearlo que justamente el de la lengua, la Lengua Española como cabeza de playa, por ejemplo, o como una de las regiones del Tercer Reich, el juego, no el libro, donde Udo Berger (¡Bolaño!) se lo juega todo, con plena confianza de que va a perder, es decir con la plena alegría con la que juegan los valientes.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. ANA / Ago 1 2010 5:45 am

    hola me gusto mucho el blog estoy satisfactoriamente nutrida de sus personalidad reflejada en su blog,me parece que es un paso mas en relacion a la triste dehumanizacion que esxiste hoy en dia

  2. Roberto Giaccaglia / Ago 1 2010 4:37 pm

    Gracias por la observación Ana. Efectivamente, trato de mantener este blog lo más humano posible.

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