Skip to content
mayo 18, 2010 / Roberto Giaccaglia

Si me llaman, yo voy

You Don’t Know Jack, Barry Levinson, 134:00, 2010, Estados Unidos.

Sanar no se sana, morir no se muere, ¡y matarlo da no sé qué!

(famosa conversación de pueblo entre el familiar de un anciano convaleciente y un amigo)

Esta es una de esas películas que valen más por el tema que pueden instalar que por sí mismas. Los cinéfilos las odian, y con justa razón. Esta clase de películas no son del todo “cine”, sino a lo sumo un “producto cinematográfico”, que es otra cosa. Por lo que son, por lo que pretenden, y por lo que llegan a veces a conseguir, bien podrían ser o mutar en un reportaje televisivo, por ejemplo, o viajar en cualquier otro soporte mediático. De hecho, estamos frente a una película pensada para la televisión, no para el cine. El hogar es el ambiente ideal para verla, si es posible después de una cena, con los niños ya dormidos. Las opiniones cruzadas no tardarán en aparecer. Esto si los comensales soportan la película y tienen ganas de ponerse a charlar sobre temas poco banales y no por caso acerca del último culo que mostró Tinelli en su programa.

Pero no quiero entrar en la banalización de nuestras charlas de sobremesa. De eso ya se encarga la revista Veintitrés en su último número. El panfleto kirchnerista habla acerca del “peligroso éxito” de la mala televisión argentina. Están hablando de Tinelli, claro, y de su frivolización de temas como la violencia de género, la homofobia, las desigualdades sociales y la discriminación de los portadores de HIV. Son temas “graves”, que hacen a un debate de sobremesa cuando los comensales no quieren charlar sobre banalidades. Así, la revista se asusta de que Pachano (¿no son de Bob Dylan esos bigotitos?) le diga en cámara a Viviana Canosa que es portador de HIV, por ejemplo, o que haya trascendido que el mismo Pachano le pegó a Graciela Alfano por llamarlo “puto de mierda” o “sidoso de mierda”, no sé bien, quizá fueron las dos cosas.
La televisión es capaz de banalizarlo todo, eso se sabe desde hace rato. Funciona como un filtro al revés: en vez de que lo que se pasa por ella salga limpio y aprovechable, libre de impurezas, queda contaminado. Siempre obtenemos un poco más de lo necesario acerca de los temas que circulan por la pantalla, una “visión” de las cosas que es imposible de despegar. Quejarse de esto también es banal. En todo caso, el filtro verdadero debe proporcionarlo uno mismo. Tinelli le agrega a los temas “serios” el sensacionalismo propio de la clase de personajes que desfilan por sus tertulias. Es un programa para divertirse: mal que le pese a los bienpensantes, hasta el sida y la violencia de género se vuelven una excusa para la chanza. No está del todo mal porque las supuestas “víctimas” desean someterse a ello. Es más, les pagan para que así sea. Venden su historia, su vida es su mercancía y con ella pueden hacer lo que se les antoja, están en pleno uso de sus facultades y son libres de menospreciar su vergüenza cuanto quieran. Distinto es cuando se intenta “usar” las miserias ajenas o la vergüenza o el dolor del otro sin que el portador de tales cuestiones haya dado el visto bueno. Es lo que sucedió cuando la troupe de Tinelli se aprovechó de la pobreza y de la “ignorancia” (“ignorante” aquí es todo aquél que no pertenece a la esclarecida troupe) de personas de Corrientes y les hizo creer que les iban a expropiar las tierras en que viven, haciendo llorar a los niños y desesperar a los mayores. Eso sí merece reprobación, porque es el poder jugando con aquel que está en posición de debilidad. Lo de Pachano y Alfano, en cambio, es el poder jugando consigo mismo, masturbándose en público para regodeo de la plebe, o sea puro cinismo. Es parte del show, un espectáculo que entendemos todos, incluso el que goza con ello. Es increíble que la revista Veintitrés crea otra cosa.

Aunque no haya querido entrar en la banalización de nuestras charlas de sobremesa tuve que hacerlo porque You Don’t Know Jack trata precisamente sobre eso: la película es una propuesta para hablar de “asuntos serios”. Y el que nos ocupa es quizá uno de los más graves de todos: decidir si está bien que un enfermo terminal que elige morir pueda llevar a cabo su deseo. O sea, ¿la verdadera forma de ayudar a una persona que decide terminar con su vida es facilitarle la muerte?
No de otra cosa se encargó el doctor Jack Kevorkian en la década del noventa, época en la que ayudó a morir a más de cien pacientes.
Al principio usaba una máquina de su invención: el “Thanatron” (o “máquina de muerte”, lindo nombre para un grupo de heavy metal), un aparato muy simple que consistía básicamente en pequeños contenedores de veneno a los que se adosaba mangueras que terminaban en agujas incrustadas en los brazos del suicida. El veneno era “liberado” por la persona en cuestión tirando de una cuerda, luego de que Kevorkian dejara todo listo, los brazos del suicida incluidos. No pudo usar mucho tiempo esta máquina porque se le quitó su licencia de doctor, así que le fue imposible conseguir las drogas necesarias para hacerla funcionar. Como un simple trámite burocrático no lo iba a detener, comenzó a usar en sus pacientes una mera máscara de gas conectada a un tubo de monóxido de carbono. A esta segunda máquina la llamó “Mercitron”, que puede traducirse como “máquina de la piedad” —lindo nombre para un grupo gótico.

Kevorkian es un hombre práctico, también un moralista y un testarudo. Es práctico por el simple hecho de que desea evitar el dolor, el sufrimiento, el letargo, la espera, el largo caminar hasta el destino irrevocable cuando ese caminar se hace un padecimiento continuo. No en vano, Kevorkian es avaro, quiere ahorrar, ahorrar siempre, es una de las características más presentes en la película. Y tiempo en este mundo es lo que quiere ahorrarles a sus pacientes, que en el caso de ellos no es un tiempo digno de ser vivido. ¿Para qué seguir, se pregunta él, si no pueden aprovecharlo? Así, Kevorkian es arrogante, como asegura después de todo que es cada médico (Todos tuercen la naturaleza de las cosas, porque intervienen en el cuerpo para sanarlo, ¿o no?, todos los médicos se creen dioses —afirma), y con su arrogancia (o su practicidad) desafía a los dioses, a los dadores de vida, se planta frente al destino de sus pacientes y hace que éste acuda prontamente, antes de tiempo. No cree que el hombre deba someterse a un poder que lo supera (lo que supuestamente los dioses han elegido para nosotros), hasta ese terreno lo lleva su practicidad. Es por esa razón que también es un moralista.
No es una contradicción: sé bien que la ciencia es amoral. Debe serlo. Los conocimientos irrumpen en la naturaleza, son algo terrible porque coartan el equilibrio espiritual, la Biblia nos lo enseñó: el que goza de conocimientos no puede permitirse vivir como un necio que sólo ha de seguir mandatos divinos. Kevorkian sale disparado del paraíso, pero lo hace a paso de baile, consiente de que ha elegido bien. Esa es su moralidad: actuar del modo que cree adecuado para que la persona que está sufriendo deje de sufrir, por más que pese sobre todos nosotros el mandato de la necedad.
Así, su practicidad y su moralidad lo llevan indefectiblemente a convertirse en un testarudo. Para imponer su práctica de ayudar a morir al moribundo, ha tenido que luchar contra viento y marea. A sus ochenta y pico de años lo sigue haciendo.

La película lo muestra por supuesto en estas lindes. No es un biopic, esos mamotretos aburridos con que nos regala de vez en cuando Hollywood. No hay, como en esos dichosos biopics, escenas que lo muestren degradado o que lo muestren como un tipo malo o que lo muestren sufriendo o haciendo sufrir a los demás o que lo muestren atrapado en un vicio del que no puede salir. You Don’t Know Jack es más bien el testimonio de una lucha. Empieza cuando Kevorkian ya está grande, o sea que nada sabemos acerca de su infancia, adolescencia, etc., o por qué se convirtió en lo que se convirtió: un activista de la muerte digna. La película no explica nada de eso, pero lo da a entender: cuando era joven, Kevorkian tuvo que vivir el sufrimiento de su madre enferma de cáncer, y soportarlo estoicamente, como lo soportaba ella, porque otra cosa no había para hacer. Los estoicos son gente interesante. Kevorkian lo fue en un principio, seguramente, pero se asqueó de ello. Los estoicos creen que el destino decide lo que sucederá y que es el azar lo que determina el cómo y el cuándo (y hoy el concepto se limita a la actitud de tomarse las adversidades de la vida con fortaleza y resignación). Kevorkian inutilizó destino y azar anteponiendo su capacidad de discernir, de pensar, de razonar: ¿qué es lo que conviene hacer? ¿Soportar? No, nada de eso. Si hay algo que Kevorkian no es, eso es indiferente. Kevorkian actúa.
De entrada, ya, se lo ve actuando. La película lo muestra proponiéndole a un cuadrapléjico ser el primero en usar su máquina de la muerte. Los doctores del hospital donde está internado el pobre tipo lo sacan a patadas. Pero antes se ve el primer dejo de compasión al que alienta la película: el cuadrapléjico se entusiasma tanto con la propuesta que su corazón se acelera y las máquinas conectadas a él empiezan a chirriar. Pero esto es inevitable. En una película de estas características, digo, el aspecto sensible es inevitable. Más adelante, hay más muestras, cada una más acabada que la otra. Aunque hay que decir dos cosas: primero, que son lo suficientemente estilizadas como para no provocar la convicción de que nos quieren vender un drama sensiblero, y segundo que es después de todo lo que hacía Kevorkian: sensibilizar.

Acá vuelve Tinelli. O no tanto, pero se aproxima al menos en los métodos. Así como Tinelli compra rating intercambiándolo por miserias a las que adorna con chanzas y amarillismo, Kevorkian compraba atención mostrando a la mayor cantidad de gente posible el dolor insoportable que sufrían sus pacientes antes de que él entrara en acción. En efecto, el doctor Kevorkian era un propagandista de sus acciones y para hacerlo elegía, cómo no, la televisión: filmaba las confesiones de los enfermos y el llanto de sus familiares y seres queridos, documentaba los padecimientos de todos ellos y el deseo de morir que andaba revoloteando en cada hogar que visitaba. Y ocasionalmente, mostraba todo eso en programas periodísticos, sin ahorrarse ninguna imagen. Ven, les decía a los televidentes, si yo no actuaba, estas personas seguirían sufriendo inútilmente y en forma indefinida. La cuestión, como en Tinelli, es impactar. ¿Pensaría la revista Veintitrés que esto también es “televisión cloaca”?
Yo creo que se acerca más a una acción política. Una bastante arriesgada. En 1998, Kevorkian le llevó un video a un periodista para que éste lo emitiera en un programa de televisión. En el video aparecía Thomas Youk, un hombre de 52 años gravemente enfermo, que apenas podía moverse, más su mujer, aceptando la decisión de Thomas de morir. Pero en este caso, al estar Youk totalmente incapacitado para realizar la acción, Kevorkian mismo administró la inyección fatal. Y de paso, mientras lo hacía, clamaba porque la Ley, si había alguien “responsable” mirando, se animara a hacer algo en su contra. Desde su perspectiva, no estaba haciendo otra cosa que invocar el concepto de “dignidad humana”, algo que, pensó, le serviría de escudo contra los ataques que seguramente le caerían encima. Lo sentenciaron, le tocó una pena de diez a veinticinco años, pero salió después de unos ocho, por buen comportamiento. Para la Justicia, había cometido un “crimen”. Pero para Kevorkian el enfermo tiene el derecho a elegir libremente el momento de su propia muerte. Su activismo, llevado en este caso a sus máximas consecuencias, tiene que ver con una política focalizada en los derechos humanos. Kevorkian nota una fisura de tamaño gigantesco en la tan pregonada “libertad” de la que decimos gozar en democracia, así que se encarga, con la televisión, con sus videos caseros, de mostrarnos la grieta por donde se cuela parte de nuestro libre albedrío, de nuestra libertad, de nuestro poder de elegir, de dejar que sea uno quien decida qué hacer con uno mismo.

¿Qué es lo que nos libera, lo que nos permite vivir bien, actuar como ciudadanos y no como esclavos? Cierta capacidad, antes que nada, cierta capacidad que Kevorkian ve en cada ser humano y que en determinados casos cree que es una capacidad exacerbada: simplemente la capacidad de elegir. ¿De elegir qué? De elegir la libertad. ¿Cuál libertad? La de morir antes. Esta capacidad de “elegir” el momento de la propia muerte es lo que Kevorkian “ve” como exacerbada en ciertas personas, como si su enfermedad terminal los hubiera al menos congraciado con esa lucidez. Hasta la posee una enferma de Alzheimer. Lo único que sabe (que recuerda) es que quiere morir.

Kevorkian no cobra por lo que hace, ¿cómo podría? Morir es gratis. Así que ni siquiera es la condición social un aspecto restrictivo. Kevorkian clama por una ley que le permita a todo ciudadano morir bien, gratis y bien, como quien clama por educación laica o asistencia en la tercera edad o computadoras para todos. Su pedido pareciera ser el más fácil de cumplir, y sin embargo desde que viene clamando por él le han quitado la licencia, lo han encarcelado varias veces, ha hecho huelga de hambre, lo han atacado en la calle, etc. (Pero no todo es mala prensa: Kurt Vonnegut se inspiró en él para una serie de cuentos en los que el autor “habla” con personalidades fallecidas, el libro God Bless You, Dr. Kevorkian; Public Enemy le dedicó una canción, “Kevorkian”, Strapping Young Lad otra, otra más los L.A. Guns y también los canadienses Anvil… en fin.)
Pero no importa, él sigue adelante. Es increíble que la película no aburra pese a que es siempre lo mismo: un hombre al que le ponen trabas y que sin embargo sigue, y sigue. Intenta poner una clínica para ir a morir. Esta parte de la película es surrealista, ¿a quién puede ocurrírsele instalar una clínica que en vez de sanar mata? A Kevorkian, por supuesto, que es un gran desmitificador y, si cabe, un artista patológico, que no para de inventar cosas. La clínica logra terminar con un paciente, pero después el dueño del inmueble decide no alquilarle más el lugar, cuando la existencia de la “clínica” toma estado público.

You Don’t Know Jack no ficcionaliza demasiado. No le hace falta. La persistencia de Kevorkian es en sí misma interesante. La de él y la de los pobres tipos que acuden a él para que su sufrimiento termine. Ellos también se imponen contra viento y marea. Palabras en estos casos un poco vacías como “ética” y “religión” acuden en su contra. Kevorkian nunca les prestó atención. ¿Qué es la ética? Un conjunto de preceptos que permiten a una persona hacer lo correcto. Kevorkian, según sus propios preceptos, hacía lo correcto, él mismo “elaboraba” una ética, la que le hacía falta y la que, estaba convencido, le hacía falta a sus pacientes. Así de volátil es la palabra, así de útil y maleable. ¿Y la religión? Kevorkian, lo dice en la película, tiene una sola, que vaya uno a saber si sirve para esto: es la que tiene como dios a Johann Sebastian Bach. Otra, al menos para él, no existe.
You Don’t Know Jack no ficcionaliza porque la historia es de por sí atrapante, condición ésta que no en vano eligen las películas destinadas a la televisión: no hay mucho más que hacer, o agregar. La película se cuenta sola. Me acuerdo del Dr. Muerte, como llamaban a Kevorkian. Varios medios argentinos se ocuparon más o menos de él durante los noventa y de sus máquinas para facilitar la eutanasia. Pero en algún punto su labor se “difuminó”, se perdió tras otras noticias más importantes o supuestamente más importantes, y al final el Doctor Muerte quedó rebajado a la condición de Quijote innoble. Es al menos lo que los medios de la época nos quisieron hacer sentir. Y es lo que dice de manera bastante parecida la jueza que lo condenó a terminar su vida en prisión, cosa que como todos sabemos no ocurrió —pero que puede ocurrir si Kevorkian en vez de “solamente” dar charlas en favor del suicidio asistido, cosa a la que se dedica actualmente, lo pone otra vez en práctica.
Por suerte llegó esta película para que otra vez podamos debatir en torno al asunto, aunque más no sea en la sobremesa —por ahora.

Ah, me olvidaba: Al Pacino está muy bien.

4 comentarios

Dejar un comentario
  1. carlos / May 19 2010 2:43 am

    al principio cuando vi el afiche me asusté: me pareció que era una foto de Marcos Aguinis, una película de terror

  2. Moby / May 19 2010 3:03 pm

    yo en cambio pensé que se trataba de una de esas donde el tipo se vuelve loco y mata a toda la familia, a los amigos y a los que están mirando, en un centro comercial por ejemplo o en un Macdonalds. me gusta de lo que va, Kevorkian rules!

  3. Otro Carlos / May 19 2010 7:06 pm

    Es innegable la pasión que ponía este hombre en lo que hacía, pero no me gustaría que gobernara. La película es del montón, pero es cierto que plantea un debate interesante.

  4. Roberto Giaccaglia / May 19 2010 11:38 pm

    ¿Marcos Aguinis, Carlos? Sí, puede ser. A mí me hace acordar más a Mario Bunge.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: