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mayo 24, 2010 / Roberto Giaccaglia

¡Qué fantasma ni qué niño muerto!

Hierro, Gabe Ibáñez, 92:00, 2009, España.

Si alguien nos dice que el cine de España últimamente es de terror podemos tomar la afirmación de dos maneras: a) que el cine de España es muy malo, y b) que cada vez salen más películas de terror de la península. A veces, las dos posibilidades coinciden en una sola respuesta, o lo que es lo mismo: ambas resultan ciertas.
La posibilidad b) tiene que ver con una moda (aunque es cierto que el cine de terror español tiene cierta tradición —por más que casi ningún nombre notable (¿Edgar Neville? ¿Narciso Ibáñez Serrador? ¿Jesús Franco?); y la a) con una pequeña desgracia.
Ambas cosas son pasajeras, aunque no veo por qué habría que preocuparse por la posibilidad b). Al menos, el cine de terror (no exageremos tampoco, digamos más bien el fantástico) le ha dado algunos dividendos al cine español, eso es seguro, o no al Cine Español, con mayúsculas, sino a sus productoras. Por lo menos desde Los otros (que es más bien un thriller, es cierto), a España le ha ido bien con el género: El orfanato (que tiene los derechos adquiridos por una compañía de Hollywood para hacer una futura versión allá) y REC (que ya tiene su versión allá), por caso, han gozado de éxito; El laberinto del fauno, por otro lado, no sólo ha gozado de éxito, sino de premios y hasta de prestigio; y El espinazo del diablo no sé de qué ha gozado (¿de Federico Luppi?), pero al menos se ha hablado de ella. Ah, y algo habría que decir también de La habitación del niño, es cierto, que no por ser una película pensada para DVD deja de ser un exponente vital de la avalancha terrorífica hispana —y además tal vez sea la mejorcita y la que más asusta de todas (esta película forma parte de la serie Películas para no dormir, otra apuesta de España por el género, serie en la que participa Jaume Balagueró, quizá la estrella hoy por hoy de todo este asunto, responsable de REC y también de Frágiles y de Darkness, de las que se ha comentado poco por estos lados).

Quitando REC (no vi Darkness), que dicho sea de paso es la que menos me ha gustado de todo el conjunto, las demás giran alrededor del mundo de los niños o los tienen como excusa —por lo general es un niño que se pierde. Me pregunto si no habrá hecho mella aquí lo que siempre tuvo presente Stephen Edwin King: nada más aterrador que las imágenes infantiles fuera de lugar. “Pensá en un payaso haciendo dedo a las tres de la mañana bajo una tormenta y decime si te no te entran escalofríos”. Pero la más notable de las influencias, con todo, quizá no haya sido el maestro King, sino el cine de terror japonés (otra moda). El clima del cine de terror hispánico es también el del japonés, o está siendo.
Tal vez haya que dejar fuera a El laberinto del fauno, que si bien tiene que ver con el mundo del niño, tiene otras pretensiones, otras pretensiones que obedecen, por supuesto, a que su director es Guillermo del Toro, a quien parecen atraerle más los cuentos de hadas y esas cosas, utilizados de manera macabra, eso sí.
Vuelvo a lo del “clima” del terror japonés en el cine de terror de España.
El cine de terror japonés es sobre todo triste, al menos su mejor exponente. Dark Water, por caso, es sobre todo una película triste, que asusta, pero que más que nada hace llorar. The Ring, para hablar de la más famosa, también lo es: el fantasmita está solo, y espera. Muchas películas de terror españolas parecen deudoras de esta idea: un niño se pierde y al final un fantasma espera. De ahí en más, para que la historia avance, se necesitan una madre preocupada y si es posible otro niño, uno que haga de mediador entre el mundo en el que el niño extraviado ha ido a parar y este, el nuestro, que empieza a enrarecerse culpa de los contactos esotéricos entre un sitio y el otro.
¿Y cuál es el meollo que se ubica entre los dos mundos? Siempre es lo mismo: un secreto escondido, algo aterrador que quiere volver del pasado, una “cosa” que no debería haber vuelto pero que lo hace para avisar de un peligro o bien para vengarse. Entonces, “la madre” debe descubrir esa oscura verdad y proteger al niño que ha quedado a mitad de camino de los dos mundos.
Así las cosas, es a priori bastante fácil hacer una película de terror española. Se cuenta con mucho material de donde ir a sacar ideas (Japón tiene un cine de horror próspero), y la premisa, por lo demás, es bastante sencilla y casi que se encamina sola hacia el cierre.

No hay de qué quejarse, tampoco, porque los japoneses también lo hacen. Mientras otros se inspiran (o copian) en ellos, ellos parecen inspirarse (o copiarse) en sí mismos, una y otra vez. Dark Water tiene al igual que The Ring a un niño que se ahoga y que se transforma en un espíritu que anda por ahí, asustando gente, y vaya uno a saber cuántas historias más habrá parecidas en Japón.
El problema es que hay que asustar, para eso se hace una película de terror, o un thriller psicológico (como Hierro), y esto se vuelve harto complicado si uno toma prestado sus ideas siempre del mismo lugar: es casi imposible que el cineasta impacte con una escena que no nos parezca sacada de otro lado. Lo que asusta es la novedad, lo inesperado. A propósito, ¿no hay demasiada agua en Hierro como para que no pensemos una y otra vez en Dark Water?
Si yo veo a alguien mirando por una mirilla porque escuchó un niño jugando en el pasillo (o porque el fantasma de un niño lo persigue) sé lo que “busca” ese ojo: lo que en realidad no es, lo que en realidad no está, lo que sólo ese ojo “podría” ver: el fantasma del niño que busca o el fantasma del niño que lo persigue. Y si yo veo pájaros en el cielo acompañados de una música que sólo aparece cuando ellos lo hacen, sé qué esperar también: nada. Parecen señales, pero en realidad son nada: como la mosca en The Ring: aparecía, llamaba la atención, la acompañaban unos acordes, pero en realidad era nada. Un elemento distractivo que simula ser un aviso sordo enviado desde el más allá. Esto para no hablar de ese ocasional movimiento de los personajes en stop motion acelerado: cuando sueñan o imaginan o recuerdan o deliran, sobre todo cuando deliran, y van pasando detrás y delante de ellos imágenes que resumen la historia, que la cuentan para atrás o para adelante, según de qué lado nos pongamos. Es muy difícil ver esta clase de escenas y no pensar (ya me cansé) en el video maldito de The Ring: ahí también hay escenas en backward o en forward que cuentan o resumen la historia una vez que ya tenemos todo claro, hacia el final de la historia, y que antes de eso no hacen sino anticiparla. Y todas son imágenes que resultan de una mala digestión, claro, pesadillescas, terribles. Lo único que falta en este cine, y que sobra cuando los yanquis hacen una remake, es el fantasma moviéndose como los personajes de Marilyn Manson en sus videos, con esos gestos ampulosos, robóticos y calculados, como los de una araña a control remoto, y que vienen de donde ya sabemos, los benditos fantasmas vengativos japoneses (The Grudge, por caso).

Bueno pues, de todo esto está hecha Hierro, el último de los intentos más o menos notable (bah, creo que ha pasado bastante desapercibida) de alcanzar con un niño que se pierde, una madre preocupada y un fantasma que va y viene algo de crédito para el cine de terror español, un cine que en los últimos años parece tener más que nada este tipo de películas para ofrecer. Es más, no sería raro que al finalizar Hierro alguien nos dijera algo como: Me parece que últimamente el cine de España es de terror. Y por lo menos ahora tendría toda la razón.

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