Skip to content
mayo 27, 2010 / Roberto Giaccaglia

Final bendito

“The End” (Lost), Temporada 6, Episodios 17 y 18, mayo de 2010.

Toda gran novela tiene un inconveniente enorme: su final. No debe de haber tarea más ciclópea para un escritor que esta, la de dar buen término a la obra que ha pensado y masticado y sobre la que ha sudado encima e incluso se ha desangrado. Tanto sacrificio a veces, a veces no: la mayoría de las veces, no se ve recompensado por el resultado final, porque por más bien que venga una obra casi siempre termina descarrilándose. Es el apuro de los últimos momentos, claro, que hace estragos. ¿Pero cómo no apurarse si las ansias de poner el punto final a cierta altura se vuelven insoportables? El escritor transita un largo recorrido y llega con la lengua afuera, harto, cansado, no da más, y cualquier cosa le parece buena como conclusión, un vaso de agua o una Guinness bien helada, le da lo mismo, quiere el descanso, el desahogo. Los que tienen la paciencia suficiente para aguantarse el último paso antes de trasvasar la llegada y esperar la Guinness bien helada son contados con los dedos de una mano. Llegando al epílogo casi todos corren y se conforman con el vaso de agua.
Que lo digan los lectores de Stephen King, si no, uno de los mayores novelistas y tejedores de historias y también el más apresurado y torpe para terminarlas.
En esto somos todos amateurs, no hay vuelta que darle. Al gran escritor lo opacan los finales tanto como le fastidian la vida al pobre aprendiz. Alguien podrá decir que no estamos ante un gran escritor entonces, y sí, es cierto, porque tal vez el grande en serio sea el que sabe esperar el momento justo, no el que arrebata al lector la posibilidad de un gran final culpa de su ansiedad. No sé cómo hace el gran escritor para terminar sus obras, pero arriesgo que sí sé cómo hace el aprendiz. Lo soluciona fácil: pone algo como “Y al final todo era un sueño” y listo, asunto arreglado. “Carlitos se despertó y siguió entonces su día de rutina y blah blah blah”. O “… ¡es que estaban todos muertos!”, que es más o menos lo mismo.
Acá no estamos hablando de “vuelta de tuerca”, o algo como eso, por ejemplo las cosas que hace Night Shyamalan en sus películas, que ha hecho de la cuestión su marca de estilo —¿es sorpresa si esperamos la sorpresa? La vuelta de tuerca le queda grande a un escritor apresurado. El final acostumbrado, aquel de “Y entonces despertó”, o “Estaban todos muertos”, no es una vuelta de tuerca, sino más bien un desenlace plausible… pero plausible cuando a uno no se le ocurre otra cosa. Está bien, se podrá decir que mejor desencadenar todo hacia el terreno de lo esperable, de manera tal de que el público quede satisfecho, cumplir con todos, que al menos se entienda. Pero uno como lector o espectador (consumidor) se siente un poquito subvalorado.

El miedo al fracaso es algo terrible para un escritor: lo vuelve popular, lo hace regirse por patrones creados con el fin de garantizar que un producto será aceptado y consumido por mucha gente. Es la entrega final, la demagogia del artista, la lisonja más cruel que el autor se permite hacia su público, la última vergüenza.
Hay quienes dentro de estos “patrones” son capaces de prodigios, de proporcionar entretenimiento de calidad, pero si se descuidan los terminan jodiendo los benditos finales, como si a fin de cuentas fuera imposible escapar de lo previsible, de lo trillado, de lo tan acostumbrado. ¿Culpa de haber experimentado con la cultura de masas y haber tenido éxito, quizá? Tal vez, pero habría que tener el valor suficiente como para encarar las expectativas y al final torcerlas, pero torcerlas del todo.
¿No es lo que hizo desde el comienzo Lost, si vamos al caso? ¡No paraba de torcer expectativas, no paraba de sorprender, no paraba de dar vueltas y más vueltas, tergiversando en el siguiente capítulo lo que ellos mismos habían hecho en el previo!
No siempre estaba bien, pero Lost a cierta altura comenzó a parecerse a un “proceso”, no a una “obra”. De pronto, en la televisión teníamos vanguardia.
Las series televisivas se habían vuelto un conjunto de obras para satisfacer paladares adormecidos. Lost terminó con las restricciones, no con todas, pero sí con algunas de ellas, como antes habían hecho Twin Peaks y Seinfeld, cada una a su manera. Twin Peaks fracasó porque estiró demasiado la paciencia de la gente (enrarizó por demás —ya no parecían locos los productores sino el mismo espectador por ponerse a verla), y Seinfeld triunfó por saber parar a tiempo: dejó a la gente esperando y por eso la gente todavía ama a Seinfeld, que, como dicen los chicos, “no se vendió”.
¿Pero Lost? Lost pasaría a ser la obra que de ahora en más guiaría procedimientos. Cuando dicen que ya nada será igual a partir de Lost, hablan de esto, de su capacidad para gestar otras obras. Hay un peligro en esto, lógicamente: que las series que vengan se preocupen demasiado por sorprender y que introduzcan para ello elementos traídos de los pelos, o de la filosofía y de la religión, que si hablamos de Lost es más o menos lo mismo: traer elementos propios de la filosofía y de la religión a una serie masiva suele ser “traer algo de los pelos”.
Pero no hay que confundirse, que hasta su precipitado final Lost lo estaba haciendo bastante bien. Por lo menos con el asunto de la filosofía, no sé si tanto con el de la religión. El vitral de la sala velatoria omnipresente en las últimas secuencias del capítulo final lo dice claramente: trataron de dejarnos conformes a todos. Ese vitral muestra seis símbolos diferentes, cada uno representando a las religiones mayoritarias. Como quien dice: “Miren, con este asunto de la muerte los estamos teniendo en cuenta a todos”. Qué hacer con los muertos o dónde van, es un asunto que compete a todos los credos. Resumidos en ese vitral, o más bien haciendo notar su presencia en forma de símbolos, no se quiso dejar a ninguno de lado: todos vamos hacia el mismo lugar, así que no hay por qué no entenderse.
Haber optado por la religión para concluir la serie, con los principales personajes poniendo cara de santos y abrazándose los unos a los otros —y el padre de Jack oficiando de fantasma con experiencia, un Virgilio que los guiará a todos hacia el paraíso, más esa luz brillante horrible que aparece al abrirse la puerta de entrada de la sala velatoria, por donde adivinamos partirán nuestros héroes rumbo a su descanso final—, es bastante significativo de la manera en que se terminaron las cosas en Lost. Todos necesitamos fe, esperanza, amor y hasta redención, y una obra popular puede dárnoslo a través de sus personajes, para que nos lo creamos y nos sintamos mejor (de eso se trató siempre la televisión), no hay inconveniente en ello. El problema es el trazo grueso, la dejadez, el apuro, la falta de tacto y al fin la absoluta falta de originalidad con lo que todo está planteado. Si Lost venía siendo una obra radical, pero también muy contenida, es decir equilibrada, cosa que le faltó a Twin Peaks (cuyos productores deben de haber tenido una visión comercial más bien nula), tiró la toalla en el capítulo que más importa después del Piloto: el final. Pero con un agregado terrible, un agravante de tipo criminal: decir “Estaban todos muertos” es como decir acá no ha pasado nada, que es lo mismo que decir nada de lo anterior importa.

Es raro cómo uno evalúa hacia atrás una obra después de su final. Si este es perfecto, una obra mediocre de pronto toma un nuevo sentido, se revitaliza y hasta es posible que la encaremos con nuevos ojos y nos parezca luego mejor de lo que creíamos. Pero si el final es banal o directamente estúpido, el armazón que venía sosteniendo nuestro gusto por la obra se cae a pedazos, se desmorona hasta el andamio mejor ensamblado. Nosotros mismos nos venimos a pique. ¡Cómo pudimos pasar seis años pegados a la pantalla para que todo terminara así! Y eso que nos quisieron complacer.
Buscaban satisfacción emocional, eso se nota, cierta paz, que pudiéramos continuar de ahora en más con nuestras vidas sin extrañar nada de lo que sucedía en esa maldita isla. Pero uno se queda con la sensación de que nos han metido el perro. No hablo de los cientos de misterios que quedaron sin resolver, o de las vueltas atrás —que si el humo negro es un espíritu maligno o un mecanismo de defensa, como planteó un capítulo y como olvidó otro, que si Jacob estaba o no en la cabaña que aparecía y desaparecía—, hablo a fin de cuentas de toda la serie, de sus montones de capítulos ahora encapsulados en cajitas que no sé si tengo ganas de volver a ver. Es como si de tan original y rica en posibilidades —las historias dentro de la isla, las historias fuera de ella—, la multiplicidad de caminos resultante hubiese agotado no ya la imaginación de los realizadores, sino su memoria. Quisieron corregir hacia adelante, no volver demasiado la vista atrás, y limpiar de un plumazo todas las dudas: “Estaban todos muertos”. Y chau, san se acabó.
Pudo haber sido la obra de un principiante. Empezar algo de forma atrapante, lo empieza cualquiera.

Possibly related post: Perdiendo mi religión

Anuncios

One Comment

Dejar un comentario
  1. toni Nievas / Jun 3 2010 7:26 pm

    Te ha pasado? 4. La serieweb

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: