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junio 2, 2010 / Roberto Giaccaglia

Clásicos metálicos, y baratos. Sepultura, Beneath the Remains

Beneath the Remains, Sepultura, 42:10, 1989, Roadrunner.

No sabíamos que había un país que se llamaba Brasil. Creíamos que antes de la Bay Area no había nada. Por lo menos todo lo que nos interesaba venía de ahí. Bah, recibíamos cómo no cosas de Inglaterra, pero ya era viejo eso, no le interesaba a nadie. El New Wave of British Heavy Metal simplemente había pasado a la historia, ya no era New ni era Wave y ni siquiera era Metal. Ahora el Metal era guitarras aceradas, gritos y doble bombo. Algunos decían que en Japón se estaban cocinando cosas interesantes, pero nunca pensamos que estuvieran hablando en serio, así que no les prestamos atención. Se mencionaba Alemania también, y ahí sí: de allí venía Sodom, que a la hora de hacer riffs ensordecían con las palmas de las manos las guitarras, tal como hacían los muchachos de la Bay Area, y a eso encima le sumaban el doble bombo, por lo que a pesar de la guturalidad extrema de las gargantas (todos borrachos, más vale) nos sonaban familiares, y después teníamos a Kreator, que eran igual de malos y de encantadores. Igualmente, nunca nos terminaron de convencer los teutones. ¿Habrá sido por su uso del trémolo casi como única alternativa a la hora de hacer un solo de guitarra rápido y ruidoso? Nos parecían impresionantes, pero sólo nos lo parecían. No resistían muchas escuchas, quiero decir. Así que básicamente para nosotros existía la Bay Area, un destino inalcanzable, que no visitaríamos nunca, pero que igual se nos figuraba como una especie de patria, o de cuna. Se sabe: la patria de todo hombre es su infancia. Y para nosotros, aunque ya creciditos, la educación básica que necesitaríamos hasta el fin de nuestras vidas y que nos determinaría había venido y seguía viniendo de la Bay Area: cuna del thrash metal y de nosotros como oyentes metálicos.

En la Bay Area, que nunca supimos bien si era un barrio, una zona, un pedazo de ciudad, un pueblo costero o qué, se habían juntado a principios de los ochenta unos tales James, Lars y David, más otro que no pasó a la historia (Cliff Burton aparecería después), y tocaban una canción, “Hit the Lights”, a partir de la cual todo fue desarrollándose más o menos rápido, sucio y furioso, y siempre alrededor del mismo lugar: el sur de California. Después nos fuimos enterando de la existencia de Exodus, de Slayer, de Megadeth, de Anthrax, de Overkill, así que lo más al norte que conocíamos era también lo más al sur, la bendita Southern California, nuestra Meca, y pará de contar. No escuchábamos música que viniera de otro lado.
Hasta que alguien cayó con un ejemplar de la Metal Hammer, donde se comentaba un disco que tenía una tapa al menos interesante: una calavera vieja ya, de la que salía humito, adornada con flores, con un pequeño demonio adentro.
Al leer el nombre de la banda, Sepultura, imaginábamos que algún listillo de la Bay Area había pasado al español la palabra “Grave”, o “Sepulture”, que no estaban nada mal para nombrar a un grupo de thrash metal. El nombre del disco, después de todo, estaba en inglés: Beneath the Remains. Pero no, leyendo un poco nos enteramos de que mucho más cerca de nosotros de lo que jamás creímos había un país que producía bandas que posiblemente llegaran a gustarnos. El país se llamaba Brasil. ¿Brasil? De algún lado nos sonaba, Pelé, carnaval, garotas, esas cosas, ¿no? Sí, ¿pero thrash metal? Eso al menos decía el ejemplar de la Metal Hammer, que en Brasil también se hacía thrash metal, y posiblemente mejor que en cualquier otro lado. La prueba era la reciente salida de Beneath the Remains, tercer disco de Sepultura, sí, el tercero (o sea que ya nos habíamos perdido dos), y sí, de una banda que se llamaba Sepultura.

Así que de pronto existía lo que era conocido como “thrash metal brasileño”, la bestia acababa de aparecer ante nuestros ojos. Las revistas ahora empezaban a bombardear con información, pero lo difícil era conseguir los discos. No sé cómo llegó una copia de Morbid Visions a nuestras manos, una copia grabada en cassette, con un sonido espantoso. Después descubriríamos que no era enteramente culpa del cassette, o de quien lo había copiado: Sepultura sonaba así.
Morbid Visions fue grabado y mezclado sólo en siete días, en 1986, y muestra deficiencias diversas, que en parte fueron salvadas con Schizophrenia, el disco que siguió, donde ya estaba Andreas Kisser. De Andreas Kisser las revistas de entonces coincidían en algo que todavía me parece correcto: Nunca va a impresionarte su velocidad, pero de no haber llegado a Sepultura la banda jamás te habría llamado la atención. Las influencias que trajo Kisser a la banda, más melódicas, más heavies que thrashers, hicieron de Sepultura un conjunto por fin audible. Antes estaban demasiado confiados en volverse la banda más pesada, sucia y veloz del planeta, cosa que no les quedaba bien: sus canciones eran buenas y no tenían por qué poner ese empeño en arruinarlas. Así que una vez que los coqueteos con el death metal quedaron totalmente fuera de lugar, eso y el apego por el hardcore más nocivo que siempre caracterizó a la escena de Brasil, el verdadero Sepultura estaba listo: aquel que firmaría con la joven discográfica Roadrunner Records, que los haría famosos en todo el mundo.

Otro que no sabía de la existencia de Brasil era Scott Burns. Ahora el tipo se dedica a las computadoras, pero antes era un productor notable. Desde Florida, su lugar de residencia, se encargó de los discos más notables de la primera ola del Death Metal, produjo a Death, a Cannibal Corpse, a Morbid Angel y a Obituary, es decir lo más granado del estilo. Ya era famoso cuando Sepultura estaba por entrar a grabar su tercer disco, y muy requerido, así que cuando la gente de Roadrunner Records lo contactó para que se encargara del trabajo, pensaron que el bueno de Scott les iba a salir un ojo de la cara. Los de Roadrunner no querían arriesgar demasiado con la banda que acababan de fichar, apenas iban a destinar ocho mil dólares en la grabación del disco. Si Scott les pedía más, el productor tendría que ser otro. Pero Scott aceptó por apenas dos mil, simplemente porque sentía mucha curiosidad por ir a Brasil a grabar a una banda de thrash metal.
Así que Scott se trasladó a Río de Janeiro, antes del carnaval, para su desgracia, y con un presupuesto acotado grabó a la banda en algo más de diez días, durante la noche, y hasta altas horas de la madrugada, seguramente porque era más barato.

No hay que engañarse. El sonido de Beneath the Remains es malo, horrible. Por momentos, los instrumentos no se distinguen entre sí. Todo suena sin matices, como grabado en un armario —o apretado como culo de monja, como suele decirse—, pero las canciones tienen una calidad y una fuerza indiscutible, como a Sepultura le costaría volver a alcanzar (Roots es brillante, pero es otra cosa, no entra todavía en la categoría de clásico).
No sé bien cuál fue el trabajo de Scott Burns (tal vez sólo levantar más allá de lo decente los platillos del baterista, que es lo que más se escucha durante todo el disco, al punto de que se vuelven un siseo demasiado presente), pero se nota que mucho filtro no aplicó a las canciones. Pero así como no parece haber depuraciones, tampoco hay rellenos. Es un disco honesto, tal vez uno de los más puros y quizá por ello intensos de toda la época.

Debe de ser un disco para escuchar en vinilo, por raro que parezca (no tengo la suerte de poseer esa versión, aunque sí tengo en vinilo el disco que siguió, Arise). La edición en CD de Beneath agrega todavía más compresión a la que tiene la grabación de por sí, y ni hablar si las nuevas generaciones de metálicos escuchan una de las obras cumbres del género en mp3. No se oye nada, simplemente, a no ser los ritmos machacantes de mazazos como “Inner Self” (tal vez una de las mejores canciones de toda la historia del thrash metal), “Stronger Than Hate” y “Slaves of Pain”, otra de mis favoritas. Son puro ritmo. Andreas Kisser hace lo que puede, el bajo de Paulo Jr. algo se deja escuchar, mientras que sobresalen los hermanos Cavalera, sobre todo el que se sienta detrás, Igor, dando sostén con su doble bombo a todo el asunto, por el que pasan las líneas vocales (¿vocales?) del inglés todavía chapucero de Max y su guitarra de cuatro cuerdas —creo que todavía no tocaba con una de cuatro cuerdas, pero apuesto que más de esa cantidad no usaba (¿para qué?).
Hay algo de distinción, por supuesto, como en los acordes iniciales de la canción que da título al disco, los cambios abruptos de ritmo, o los raros pasajes de calma, donde queda el bajo sonando o si acaso algún chirrido solitario, pero después todo se vuelve más o menos parecido, es decir una masa indistinguible de guitarras enmudecidas con las palmas de las manos y el resto de los instrumentos trabados en lucha. Brillante.

Hay quien dice que Beneath the Remains se parece bastante a Reign in Blood, de Slayer, no sólo por su condición de hitos, de piedras basales en la historia de ambas bandas, y de discos admirados por todo el mundo, sino sobre todo porque ambos son discos que marcaron tendencias. No sé si es cierto. Para cuando Beneath the Remains salió al mercado, no había mucho más que agregarle al thrash metal. La combinación de death y thrash de Beneath probaría tener menos posibilidades que la combinación de death con otros elementos que impondría Entombed, por ejemplo, cuya influencia sí se manifestó marcadamente. Por otro lado, los propios Sepultura renegaron de este disco ya en el siguiente, Arise, y ni hablar en Chaos A.D., que ya demostraba su inclinación definitiva hacia el groove, el coqueteo con la música industrial, la música étnica y en el medio coros y estribillos más amables.
Lógicamente, Beneath the Remains no tardó en parecerle primitivo a Sepultura, como el propio Reign in Blood no tardó en parecerle primitivo a Slayer. La diferencia estriba en que Sepultura avanzó más que la banda de Araya. La velocidad y la fiereza, después de Beneath, fue algo que no necesariamente tendría que ver con la música de Sepultura, mientras que para Slayer siguió siendo una obsesión. Pero si los mismos Sepultura comenzaron despacio pero firmemente a dejar en el pasado a Beneath the Remains (a pesar de que para Igor, por ejemplo, “Inner Self” permanezca como la canción favorita de todo su repertorio), ¿qué se puede decir de las demás bandas, que nacieron por esa época? Sepultura era una banda a seguir. Nadie copiaba lo que hubieran hecho antes, sino lo que estaban haciendo en su momento. Eran un huracán hacia adelante, que se llevaba todo consigo, incluso su historia y lo que iba naciendo a la par de su camino. Así, Beneath the Remains influyó a los metálicos de la época hasta la llegada de Arise (un álbum donde la banda no sólo amplió sus horizontes, sino que mejoró notablemente su sonido —aunque aquí el presupuesto y la confianza de Roadrunner Records se habían incrementado en cuarenta mil dólares), que a su vez influyó hasta la llegada de Chaos A.D., que a su vez influyó hasta la llegada de Roots, donde es muy probable que todo se haya detenido, que el huracán, digamos, haya aminorado su fuerza, simplemente porque Roots es un disco humanamente imposible de copiar y tal vez de superar.

De Beneath yo tengo la edición argentina, en CD, que sacó Radio Trípoli SRL en 1992, bajo licencia de Roadracer/Roadrunner. Es francamente lamentable, pero también lo único que se conseguía en la época. De cualquier manera, ni aún hoy se consigue algo mucho mejor que eso.
A fines de los noventa se hizo en New York, en los estudios Sterling, una remasterización digital, a cargo de George Marino, que supo encargarse de trabajos de Iron Maiden, Dio, Metallica, Danzig, AC/DC, Guns’ N Roses, Anthrax, y hace poco de la reedición del primer disco de Nirvana y para qué seguir. Contiene un cover de Os Mutantes, gran banda brasileña, más un par de bonus más bien insignificantes (¡los drum tracks de “Inner Self” y de “Mass Hypnosis”! Un relleno inútil a no ser que uno estudie batería). Hay una versión más, del mismo señor Marino, de hace apenas dos años, para Japón. Ambas son apenas superiores a la original y no sé si vale la pena pagar por ellas. Tal vez uno mismo pueda trastear con algún programa tipo Izotope o Foobar o Audacity y lograr algún tipo de milagro. Esmerarse en conseguir un torrent, por más que sea en formato flac, con las versiones de Marino, no cambia mucho las cosas: será apenas superior a los mp3 de la versión original del CD. Tal vez la culpa, simplemente, la tenga la gente de Roadrunner, que pensaron en su momento que Sepultura era una banda de apenas ocho mil dólares.

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2 comentarios

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  1. cabezademotor / Sep 17 2010 11:01 pm

    Que tal maestro, no puedo coincidir mas en la review pero para mi beneath the remains se destaco por su sonido HIPER POTENTE, aparte fue un salto de calidad de la banda, si comparas los discos anteriores. Por ejemplo, schizophrenia con el sonido de ESTE DISCO hubiera sido mucho mas tenido en cuenta, ya que contiene riffs memorables,pero que quedaron aislados por la pesima calidad. Si este no es el caso, de hecho es un disco que sigue influyendo hoy , es por que el sonido es una BOMBA. literalmente

    un cordial saludo!

  2. Roberto Giaccaglia / Sep 18 2010 1:11 pm

    Efectivamente, Schizophrenia podría haber sido mucho mejor, hubiera merecido acaso que un productor interesante pusiera el ojo en ellos, el ojo y bastante plata. no sé, se me ocurre que si esta banda hubiera nacido en la Bay Area ya de entrada habrían grabado discos memorables.

    Gracias por pasar, un abrazo.

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