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junio 10, 2010 / Roberto Giaccaglia

¿Ves uno o dos dedos?

Por Diego Fonseca

Me gusta caminar con lentitud, como saboreando un helado, las cuatro o cinco cuadras a ambos lados de casa en Washington, DC. En estos días, Connecticut Avenue está hinchada de árboles reverdecidos. Los del Rock Creek Park, al frente de casa y a un lado del exclusivo Kennedy-Warren Building, parecen listos para llenar el aire de polen.

La primavera es muy agradable. Es una estación confiable. Todo florece con la previsibilidad y certeza que encantan a los contadores públicos. Lo mejor es el sol tibio. Se te puede ir el día leyendo en los bancos de cemento del puente sobre el parque. No sé cómo puede haber gente que no tenga a la primavera entre sus estaciones favoritas. Conozco a varios. Tipos mal entrazados, agotadores, lectores de Harnecker.

En estas cosas pensaba mientras volvía del trabajo a casa, pastoreando entre la estación del Metro en Cleveland Park y el National Zoo, cuando una sucesión de ruidos y gritos me devolvió a la calle. Primero fue un golpe seco a mis espaldas, como el de un coco cayendo al piso; inmediatamente después, frente a mí, la boca de una mujer se abría para dejar salir un grito de espanto, silabeado para exagerar.

—Oh-my-God!

El grito venía de una señora platinada: cigarro blanco largo como sorbete en la mano derecha; celular pegado a la oreja en la izquierda; labios rojos y sombra de ojos gris eléctrico. La mujer corrió en mi dirección y casi choca mi hombro al pasar. El apuro le hizo perder las formas. Quise insultarla.

Lo próximo que vi fue la marea. El dependiente de The Cereal Bowl, la chica que habla farsí sin acento en la juguetería donde compré el primer regalo para mi hijo —un león multicolor de felpa—, el vendedor de tickets del cine, el cocinero del restaurante griego: todos corrían hacia el coco que había caído al piso.

El coco resultó ser una cabeza sangrante. Su dueña, una morena de unos veintipico que se revolvía dolorida sobre los cuadrados de cemento. Era una Barbie negra, desproporcionadamente atractiva. Camiseta blanca de D&G, zapatos con un taco aguja capaz de competir con la hoja de un cuchillo de cocina; un dragón, bordado al celeste, desperezándose y sacando la lengua a lo largo de toda la pierna izquierda del jean azul.

Tras la caída, el coco-cabeza, la camiseta D&G y una porción del jean se tiñeron de rojo. La sangre también había ganado espacio en el piso; formaba un charco del tamaño de una pelota de básquet. Quedaba poco rastro del trabajo de peluquería en la masa pringosa en que se iban convirtiendo los cabellos.

Pero no era un asunto dramático. Sobreviviría. Su excitación era más producto del golpe y la agitación general que del daño. De hecho, la troupe de vecinos estaba más aterrorizada que ella. La platinada se atropellaba gritando los hechos a alguien en el celular. Nunca soltó el cigarro. La juguetera se tomaba el rostro, pegando los codos al pecho. Era un palo tieso, la novia muerta en Corpse Bride de Burton.

Me fijé especialmente en el cocinero griego, el más sobresaltado. Tenía tallada el motivo de los nervios en cada pliegue de la cara. La chica había caído a cinco metros de la puerta de su local, famoso en el barrio por un guiso de cordero y la ensalada fresca de pepinos y feta.

—¿Estás bien? Dime que estás bien. ¿Qué ves aquí? ¿Ves uno o dos dedos? Holly shit! Holly shit!

***

Pocos días antes de la precipitación de la morena, Barack Obama había firmado con 20 bolígrafos la ley de reforma del seguro de salud aprobada por el Senado y la Cámara de Representantes. Atrás quedaron meses de voncinglerío en los medios e Internet; por delante, un ejército de bárbaros golpeando las puertas de Washington, velando armas de regresión masiva bajo el camaleónico nombre de Tea Party.

La ley, definida por el vicepresidente Joe Biden como the big fucking deal, debe permitir que más de 30 millones de americanos y residentes legales accedan a cobertura sanitaria de menor costo y mayor calidad. Buena parte del asunto pasará por humanizar el agujero negro de sobrecostos que empuja el gasto en salud a unos US$ 7.300 per cápita, equivalentes a casi 2,5 veces el gasto promedio de los países miembros de la OCDE.

***

No me moví. No fue por desinterés en la suerte de la morena, sino porque no veía razón para tanta acción. Los autos desaceleraban y congestionaban el tránsito. Calma: no había urgencia. La chica no tardaría  en reponerse; no tenía más que un tajo grande. Su comportamiento no era errático. Tengo un sexto sentido para esto.

Más paseantes se unieron al cerco de mirones y yo me concentré en, a mi juicio, lo único importante: encontrar qué la hizo caer. No había desniveles pronunciados y las dos agujas seguían clavadas a la suela de los zapatos. No me tomó mucho tiempo dar con la pista clave: una vulgar cáscara de banana. Estaba a poco menos de un metro de la chica, con un extremo apisonado, algo deshilachada por la fricción contra el cemento. El rastro del resbalón —una línea gris y babosa de un pie de largo— todavía sobrevivía a la creciente acumulación de testigos.

Una voz me sacó del trance.

—¡Llama al 911!

Era el vendedor de The Cereal Bowl, un jovencito con voz de niña, largo y muy pálido que usaba anteojos de marco invisible y tenía los pelos rubios acabados en mil puntas. Se dirigía a mí, claro. Pero yo no hice nada. El sexto sentido: esto ya pasa.

—¡El 911! —insistió.

Tipo pesado, Fido Dido. Hay gente que no entiende de economía.

***

Es difícil que los costos bajen si no se reduce, entre otras cosas, el uso indiscriminado e irracional de los servicios de salud. Hace no muchas noches, uno o dos días después de que Obama firmase la reforma sanitaria, Nightline, el noticiero de última hora de ABC, emitió un reportaje sobre la Engine Company 10 (EC10), una estación de bomberos de Washington, DC, considerada la más ocupada de Estados Unidos.

La mayoría de las más de 7.000 llamadas que la EC10 recibe al día no son emergencias. Puede ser un borracho con dolor de estómago; un peluquero al que le tiembla la mano; la señora Prescott, preocupada por Mr. Feebs, su gato, trepado por enésima al árbol del vecino.

***

—No tiene sentido: no es de vida o muerte. ¿Para qué llamar? Al frente está la farmacia. Vaya y cómprele gasa, alcohol, band aids.

No sirvió que explicara mi punto: para Fido Dido, el tajo de la morena, que ya no sangraba, exigía la presencia de una ambulancia y el equipo de rescate del barrio.

—¿Cómo puede saberlo? ¿Acaso es médico? Si es así, atiéndala.

No respondí. Quise marcharme, pero entonces se sumó el boletero del cine.

—¿Por qué no llamas entonces? ¿No quieres gastar tu celular? Es gratis.

Tampoco reaccioné.

—Usa el mío, anda. Los bomberos están para servir. ¿Qué esperas?

—No espero nada. Es sólo que no voy a llamar. No hay ninguna necesidad, créeme.

La respuesta encendió el carácter del tipo del cine. Fido Dido le cedió la bandera de combate.

—Holly cow! ¿Qué debo hacer para que dejes a un lado tu egoísmo? Los demás ayudamos —estaba enfadado pero controlado: no iba a pelear— ¿Puedes tú ayudarnos a nosotros?

—Mover una ambulancia cuesta —repuse finalmente—. ¿Ella pidió por una ambulancia?

Escupió aire y dijo que no, pero, ¿acaso eso era importante?

—La ley nueva dice que ahora todos tienen que ser atendidos —dijo Fido Dido, determinado y terminante.

***

Movilizar equipo de salud es costoso en EEUU. Echar a la calle un carro de bomberos con equipo y personal cuesta a la EC10 US$ 87.500 al día, a razón de US$ 3.500 por cada una de las 25 urgencias que atiende en 24 horas. En ciudades más baratas, como Tampa o St. Petersburg, en Florida, nunca es menos de US$ 218 o US$ 332 por viaje.

Los costos inmediatos no finalizan ahí. A diario, contó un oficial a Nightline, la EC10 recibe llamados para recoger al mismo hombre, un homeless usualmente borracho, y llevarlo al hospital. Allí come y pasa la noche. Al día siguiente, el hospital lo deja ir, nada más para que a las pocas horas alguien más llame a la estación y todo vuelva a empezar. En ciudades como Chicago, el viaje en ambulancia cuesta de US$ 400 a US$500. Es el taxi hospitalario más caro del mundo.

Nada de esto incluye los costos médicos directos,: US$ 15.000 por un parto natural, US$ 20.000 por una césarea; US$ 1500 por recibir dos intravenosas con antibióticos y suero en el ER del George Washington University Hospital; enfermera y anestesista para una sola cirugía: US$ 4.000… Todo eso sale del bolsillo de los contribuyentes de manera directa, vía mayores costos en los seguros, o indirecta, a través de aumentos de impuestos.

***

El griego escuchó a Fido Dido y el boletero brotarse por mis sinrazones y tomó el asunto entre sus manos. Quitó el celular a la vieja del cigarro y llamó él mismo el 911. Los bomberos llegaron de inmediato: están a una cuadra. No vinieron caminando, por supuesto. Traían la ambulancia de rescate con tres hombres abordo, pitando sirenazos que causaban más impresión que la sangre de la chica.

Para cuando llegaron, la morena ya estaba de pie, pidiendo paso para irse. Su mayor preocupación era el desastre en que se había convertido la D&G. Maldijo sin cuidado. Dijo que ahora tendría que ir, otra vez, a arreglarse el cabello y se desprendió de sus ayudantes.

Fido Dido y el boletero regresaron con ella; yo seguí en mi lugar. Empezaba a divertirme de verdad —por algo es primavera.

Los bomberos separaron al grupo y acompañaron a la morena hasta la ambulancia. Caminaba con gracia y solvencia, como si nunca hubiera sucedido nada. Se sentó en el escalón trasero de la ambulancia mientras le limpiaban la cabeza con gasas y alcohol. Se negó al agua oxigenada: le arruinaría más el cabello.

Más cerca de mí, la rubia platinada se reunió con el griego. Lo felicitó por su resolución. El cocinero la invitó a tomar un café. Se fueron. Mientras abría la puerta del local, le apoyó la mano en la espalda con suavidad.

La chica de la juguetería, la que habla farsí sin acento, seguía aun con las manos sobre el rostro. Noté que tiene los dedos largos como los tacos aguja de la morena. Parecen grisines tostados. También me dí cuenta de que, de todo el grupo inicial, ella era la única que seguía sin abrir la boca. Parecía seguir superada por la situación. Me agrada esa gente silenciosa: terreno para la exploración. ¿Estaría a favor o en contra de llamar a los bomberos?

Ya estaba dispuesto a irme en paz de allí, pues todo mi trabajo estaba hecho (¿?) pero el dependiente del The Cereal Bowl tenía otra idea.

—Con gente como tú —dijo apuntándome con el dedo a la cara— se pudo haber perdido una vida. Eres un inconsciente, más cuando todo esto no cuesta nada.

—¿Por la ley, verdad?

—¿Tienes alguna duda?

Otra vez silencio. Fido Dido sólo quería desahogarse y hacer una manifestación política. Me mostró un dedo, le devolví una sonrisa comprensiva. Se fue a su local, tomó un trapo y se puso a limpiar las mesas.

***

La morena sacó el celular de la cartera —también D&G, cuero blanco— que hasta ese momento no había visto. Curiosamente, la bolsa estaba impecable, sin una mancha de sangre.

Los bomberos ya estaban terminando de limpiarla. Uno le dijo algo, ella sonrió y volvió al teléfono.

—How ‘ya doing, gal —dijo a alguien al otro lado de la línea, aclarándose la voz.

Pidió disculpas por estar a little bit demorada por something que le pasó en plena calle por no querer gastar en un taxi.

—Son muy caros —dijo—. No son momentos para derroches innecesarios.

One Comment

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  1. silvia durando / Jun 11 2010 5:22 pm

    qué lindo que escribís Diego! Me encantó!

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