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junio 21, 2010 / Roberto Giaccaglia

En qué se están yendo los días

No sé bien en qué se fueron todos estos días. Acabo de terminar Conejo es rico, una gran novela de John Updike. Hacia el final, el protagonista, en el living de su casa, se sabe “harto de estar sentado junto a otros millones de bobos que ven lo mismo”. El lo está diciendo por un partido de fútbol americano importante, una final de liga o algo así, pero imposible no pensar en el Mundial que se está celebrando actualmente. Creo que eso también me ha robado algunos días, el Mundial. Bah, es una excusa tonta. Los partidos me interesan tan poco que no puede ser por eso que no escribo más seguido. Es otra cosa.
Todo esto viene a cuento porque hace mucho, o por lo menos bastante, que no publico nada en este blog y que hasta carezco de la motivación necesaria, lo que es peor. Antes era costumbre, tal vez no del todo sana, poner por lo menos unas tres o cuatro notas por semana (¡Por semana! Ahora no llego ni a dos o tres por mes). Pero la inspiración es así, al igual que la salud, la fortuna y el amor: es algo que va y viene. Las lecturas me han robado algunos días, sí, la de Conejo es rico, que ya mencioné, más algo de Philip K. Dick, más algo de John Wyndham, más algo de Tomás Abraham. Pero total ya lo dijo nuestro cieguito máximo, leer es una actividad superior a la de escribir. No dijo eso exactamente, pero en todo caso lo modifico para justificar por qué no estoy escribiendo nada para el blog.
(Un blog en el que no se publica seguido parece medio muerto. Por suerte apareció el otro día Diego Fonseca, muy buen escritor, y sin querer me dio una mano acercándome un texto que publiqué con gusto en la sección Invitados. Si por mí fuera, este blog debería mantenerse con esas entradas nomás, las de la sección Invitados, quedaría mucho mejor.)
Quizá resulte que me he aburrido, o que me divierto más con la música o con las películas, que ocupan mucho de mi tiempo, o con las series americanas, que ocupan el restante.
Estoy viendo The Wire, por caso, la tercera temporada, que para mí viene más floja que las dos anteriores, mucho más, pero ya estoy metido de cabeza en ella y no pienso abandonarla. Gracias a Koba, un amigo de la casa, que no sólo insistió desde su blog para que el mundo entero viera la serie, sino que me consiguió unos links para poder bajarla a la computadora —no es la mejor manera, pero es también la única disponible, ya que AVH, la empresa de San Luis que distribuyó la caja de la primera temporada, en una muy buena edición, no ha sacado todavía la segunda.
Eso por un lado. Por el otro, la música. Hay gente muy amable que se encarga de ripear vinilos inconseguibles y de subir el resultado de su trabajo a sus blogs o de postearlos en sitios comunitarios tipo Demonoid. Parece increíble, pero de esto me he enterado hace bien poco. Yo pensaba que en la web sólo había lugar para mp3’s de calidad pobre, que si acaso sólo podían estimular la compra de un disco como dios manda. Pero el sonido de los vinilos ripeados es tan diferente (Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me suena delicioso en vinilo) que hasta ha cambiado mi manera de escuchar música: de pronto me he vuelto exigente. Me estaba acostumbrando a esa porquería de los mp3’s, o a la ridícula compresión de los cd’s que se graban hoy en día. ¿Nadie ha escuchado hablar de la guerra del ruido? En realidad, se llama “guerra del volumen”, pero creo que es mejor llamarla “del ruido”. Es una guerra cruenta, a la que la industria musical nos ha empujado, junto a sus aliados, los grupos de moda y los fabricantes de celulares y de reproductores baratos. Paradójicamente, es decir a pesar de las posibilidades, la tecnología ha hecho estragos en nuestra manera de apreciar la música (basta ver a los jóvenes de hoy “disfrutando” de su música en esos parlantitos de cuarta que llevan a todos lados). Hay que huir de esto como de la peste, y exigir otra cosa, más dinámica, más definición, menos compresión, mayor calidad, más matices, y que no busquen impactarnos con bajos saturados y efectismo de corto plazo, ese que cansa los oídos y nos hace creer que la música es para escuchar fuerte.
Gracias a la música bien grabada estoy viendo el Mundial, por más que los partidos me interesen poco y nada. ¿Cómo carajo se entiende esto? Pues porque los partidos se suceden uno detrás de otro conmigo sentado en el sillón prestando atención a lo que sale por los parlantes del equipo situadito encima del televisor. Los partidos son terriblemente aburridos y parecidos entre sí. A veces cierro los ojos y simplemente escucho. Ningún equipo parece disfrutar mientras juega, en vez de jugar a ganar juegan a no perder. Los discos son otra cosa.
Estoy corrigiendo, también. Un libro que salió finalista del letra sur el año pasado. Para mí que el jurado estaba en pedo, con tantos errores que tiene no entiendo cómo llegó a finalista —¡los otros no pueden haber sido tan malos! Un escritor cordobés que sacó su libro hace poco, en una editorial cordobesa, me confió que él había mandado su librito al mismo concurso, y que no figuró, a pesar de haber salido finalista del Clarín y del Emecé con la misma novela. Cosas que pasan, inentendibles. ¿Qué criterio usará esta gente? Nunca lograré entenderlo. Hace poco vi en la tapa del suplemento Vos, del diario La Voz del Interior, a este escritor en cuestión. Parecía un colegial, con sus cuadernos (Gloria, el de la tapa naranja) al costado del cuerpo y sus libros, la mirada pícara del traga del curso, que se porta bien pero que tiene pensamientos terribles todo el tiempo. ¿A quién se le ocurre posar así? ¿A qué clase de escritor se le puede ocurrir figurar en la tapa de un suplemento de espectáculos como un estudiante de secundaria con cara de no prestar los útiles y de delatar al compañero que se copia?
Puff, el eterno problema, la eterna pregunta: ¿para qué escribimos? Ojalá que no sea para salir en fotos como estas. Ojalá que no sea, tampoco, para ganar concursos. Ojalá que no sea, tampoco, para esperar algo a cambio. Lectores, por ejemplo. Esto lo vuelve todo un poco raro, ¿no? Pónganse a pensar si no es estúpido querer escribir a contracorriente, sin esperar que a uno lo lean, y quejarse luego de que a uno no lo lee nadie.
Culpa de cuestionamientos así, este blog del demonio parece cerrado. Uno no entiende qué hace acá, en serio. ¿A quién sino a mí mismo pueden interesarle devaneos propios acerca de películas, libros y clásicos metálicos? Aunque si fuera por lo mismo, Tomás Abraham no habría sacado su último opúsculo, Historia de una biblioteca. A lo mejor es por este libraco que no estoy produciendo mucho últimamente. Me desconcierta que salgan libros así, pero al mismo tiempo me llenan de coraje: no es más que el producto del mero gusto de quien le pone la firma, un tipo que ha sacado libros fantásticos, como Situaciones postales y otras gemas no ya de la filosofía, sino de la literatura argentina, porque Tomás Abraham no es sólo uno de los mejores filósofos del país (¿qué es eso, después de todo?), sino uno de sus mejores escritores, a pesar de su tono canchero que sólo por momentos es simpático, y del que ciertamente abusa en Historia de una biblioteca —es más, hasta se puede decir que con este libro Abraham se ha dado el lujo de sacar su primer libro mediocre.
Así que acá ando, es decir en nada. Corrigiendo un libro, ojalá que pronto a salir, escuchando mucha música de otros años, viendo partidos soporíferos y leyendo Historia de una biblioteca. Las desavenencias entre escritor y editor son eternas, muy molestas —o como dice justamente Tomás Abraham: “(…) publicar un libro a veces implica sinsabores entre autor y editor…”—, y como me he peleado mucho con ellos, temo que el mal humor que me ataca a la hora de hacer negocios con estos comerciantes de la literatura me arruine otra vez la posibilidad de editar. Ojalá que no sea el caso. Sobre todo porque la tapa del libro saldría con una pintura de Carlos Ardohain y no quiero que se arruine esa posibilidad.
¿Ven? De algo ha servido tener un blog, por más que hoy por hoy parezca echado a perder. Gracias a Crítica creación, el blog, no el libro, he conocido a Koba, que me ha alcanzado The Wire, a otros como Guillermo Belcore, que me ha alcanzado lecturas, al ya citado Diego Fonseca, y claro está a Carlos Ardohain, que es un artista de puta madre y que hará, si la fortuna me acompaña y mi recelo y desconfianza no empañan la relación comercial entre escritor y editor, la tapa de mi próximo libro.
Con todo, no escribir seguido en este blog me ha provocado cierta urticaria, cierto malestar, un pesar incontenible. No creí que fuera a afectarme, o que necesitara escribir acá. Pero es así. El dos de junio pasado publiqué la última cosa escrita por mí, y me parece una eternidad. A pesar de lo que puse más arriba, no escribo aquí para nadie, ni mucho menos para captar la atención. A veces se me ocurre que lo hago nada más porque puedo. Como el tipo que subió al Everest y le preguntaron por qué lo había hecho. Porque estaba ahí, contestó. Escribir así, al cuete, tiene algo de locura, o de eso que tiene el borracho que se queda solo en la barra, comentando sus penas y sus alegrías cuando ya todos se fueron y el barman mira para otro lado.
¿Y?

Fotografía de Eugenia Brusa

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Guiasterion / Jun 21 2010 9:48 pm

    Estimado:

    Está equivocado, me temo. No escribe por escribir, escribe para lectores como yo. Disfruto mucho su blog. Admiro su nivel de interpretación, muy por encima de la media. Encuentro aquí, también, información útil. Sería una pena que lo discontinuara. Acabo de leer una pseudo autobiografía de Murakami que estable tres condiciones del buen novelista: talento, poder de concentración y constancia. Sería una pena, Roberto, que no cumpliera sus aspiraciones por renunciar a la última de las cualidades. Creo que, de alguna manera, los trabajos bien hechos terminan conquistando su espacio.

    Mis respetos
    G.B.

  2. carlos / Jun 23 2010 6:19 pm

    Roberto, te agradezco tus palabras que muestran tu generosidad.
    Ojalá que salga nomás el libro, sobre todo porque tengo ganas de leerlo. Las cosas mínimas me gustó mucho.
    Y con respecto a tu pregunta sobre por qué escribir, coincido con guiasterion, este es un gran blog, y tus comentarios son muy agudos y a veces inesperados, pero además, en lo que a mí respecta, creo que es una pregunta para hacerse al terminar de escribir, nunca antes.

    un abrazo.

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