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julio 1, 2010 / Roberto Giaccaglia

En qué se están yendo los días (5)

Si hay algo de lo que estaba enfermo Andrés Caicedo no era de tristeza, o por lo menos no era de lo único que estaba enfermo, también de nostalgia, sino y sobre todo de literatura. Qué manera de escribir. Simplemente no podía parar. No podía tener otro destino que el de la escritura constante un hombre que creía en vampiros y en empleados públicos que un buen día abren la ventana y salen volando.
¿“Hombre”, dije? Un niño, eso era Andrés Caicedo, un niño. En su carta de suicidio, o en una de las tantas tal vez, porque esta que digo la escribió en el 75 y se mató dos años después, se despide como “Andrecito” y deja bien aclarado de que publiquen de él una foto de cuando “estaba niño”.
De la edad de “hombre” Andrés Caicedo sólo guardaba la peor parte, la de la desesperación, y una parte en su caso bastante exacerbada. Pero por lo demás, era pura ilusión. No creo que suceda de otra manera en escritores como él, tan entregados a lo suyo, que van por la vida casi sin importarles nada más. Los niños, decía Caicedo, son los que andan por la calle desprevenidos de su libertad y de su belleza. Tal vez en algún punto rumió que le estaban pidiendo otra cosa, que se diera cuenta, es decir: que fuera productor de algo útil, y no lo soportó.
No entendía de negocios, ni de relaciones de influencias, o sea más o menos lo esperable para quien en algún punto debe empezar a crecer, hacerse grande, llevar adelante algo más que fantasías que si acaso sólo perviven en las películas que tanto le gustaba ver.
Hay algo de Bukowski en Caicedo: una suciedad cariñosa, la de cualquier poeta que se desnuda cuando escribe para que se le vea el cuerpo flaco y feo y las pelusas y los granos y sin embargo lo haga con gracia y esperando que el otro se ría también y no haga muecas de asco. No vale la pena ponerse a pensar cuál de los dos fue más valiente, Bukowski o Caicedo, si el que murió porque nació con la muerte adentro o el que murió porque una vez lo encontró la leucemia. En realidad, los dos tenían la muerte adentro. Bukowski, nada más, la invitaba ir de copas, o la distraía apostando a los caballos. De vez en cuando se la encontraba en el espejo. De eso tratan mucho de sus cuentos. Era otro que escribía y escribía y carecía de ambición y uno hasta diría que no le importaba nada más que seguir escribiendo.
Para mí, es lo único que cuenta, tanto en Bukowski como en Caicedo, como en cualquier otro. En el caso de Caicedo, no me interesan sus problemas emocionales, o la tan mentada idea que dejaba escapar de vez en cuando y que hasta dejó escrita de que vivir más de 25 años es una tontería. Hay algunos que consideran seriamente no llegar ni a eso, y problemas emocionales tenemos todos, pero nada de eso nos convierte en artistas, y mucho menos en artistas desmedidos, como lo era él, que simplemente no paraba.
Yo lo único que quiero es dejar testimonio, primero a mí de mí. Para el lector que anda buscando por ahí un escritor verdadero no hay palabras que valgan más que estas, así que las repito: Yo lo único que quiero es dejar testimonio, primero a mí de mí.
¿No decía acaso Nietzsche que hay que desconfiar del que se pone a escribir un libro? Bien dicho. Lo que hay que hacer es ponerse a escribir y ver después en qué se convierte eso. No me cabe duda de que Caicedo no tenía otra aspiración: Lo que yo hago no produce dinero, dejó dicho, en una carta en la que se sabe perdido en el centro del horror, abominando de quienes le piden que se ocupe de sus cosas, se consiga una carrera, se consiga fama. Lo que yo hago no produce dinero, dejó dicho, pero queriendo decir no sólo que lo que hacía no era para ganar plata, como si estuviéramos hablando de un hobby, algo que cualquiera tiene (conozco a una señora que colecciona naipes encontrados en la calle), sino como aceptando sin más su lugar en el mundo: el del atravesado, el bueno para nada, el empantanado.
Escribir aunque lo que escriba no sirva de nada, anotó. ¿Se daba cuenta de que escribía más o menos bien? A lo mejor sí, o a lo mejor escribía más o menos bien de puro intento nomás, le ganaba a la calidad por cansancio. Preguntarse por el talento también está de más. El talento no es nada, se consigue habiendo nacido con un poco de suerte. Y de esto, suerte, Caicedo carecía por entero. A ver, nadie que nazca con suerte necesita de la escritura para vivir, o para no continuar bajando por el infierno, como también anotó, porque Caicedo cuando escribía en realidad no fantaseaba, sino que recordaba. Cada visión como una incomodidad que hay que sacarse de encima.
Soy nuevo en esto, me enteré de Caicedo, como muchos, leyéndolo a Casas en sus ensayos bonsai. Pero seguro a Casas se la va la mano en los elogios. Dice que los libros de Caicedo son peligrosos. Mmhh, no sé. ¿Peligrosos cómo? Espero que no crea que pueden contagiar su estilo, algo imposible, más que nada porque se notarían a la legua los síntomas del contagiado y uno ya se alejaría de ante mano de esa lectura, espantado por la copia (para escribir a lo Caicedo hay que ser Caicedo, su lengua es suya y nada más). Pero no, Casas dice que los infectados del influjo Caicedo se vuelven adolescentes, y uno puede agregar: temibles y desvergonzados. ¿Será esto un peligro? A no ser que sea cierto lo que el propio Casas sigue diciendo, que la lectura de Caicedo produce libros como Cosa de negros, de Washington Cucurto. Es ciertamente una prosa temible y desvergonzada la de Cucurto, aunque también se puede pensar en otra clase de temeridad y de desvergüenza, la aplicable a la vida, por caso, que puede a veces tener resultados trágicos. Eso sí.
El otro día leía sobre los suicidios de Rosario de la Frontera y no pude menos que pensar en Caicedo. Esos chicos podrían ser sus personajes. Algunos dejaron cartas en una lengua suya (o privada, como pone Casas), cartas extrañamente poéticas, donde se dicen hartos, cansados, y piden perdón. Estos chicos ofrecen en sus cartas una “cercanía” o “inmediatez” que seguro no se parece en nada a lo que tuvieron en vida, vidas a las que uno imagina lejanas a todo, o por lo menos donde nada bueno se acercaba. Así, los chicos de Rosario de la Frontera son los chicos de Caicedo en su Cali de Colombia, chicos empapados de pena, de una pena que viene de vaya uno saber dónde, atrapados todos en cierto destino trazado desde mucho tiempo atrás, el mismo, seguramente, que supieron sufrir sus padres o sus maestros o sus tíos o vecinos, y del que salieron más o menos airosos, o por lo menos más o menos vivos. Pero los chicos de Caicedo en su Cali de Colombia lo quieren todo o nada, no se conforman con el más o menos. Para los angelitos atravesados, hartos del todo, debe de resultar atractiva la nada.
Pero me estoy yendo de tema. Yo nada más quería referirme a esta extraña enfermedad de Caicedo, la de escribir y escribir. Cuentos, poemas, novelas, ensayos, críticas, cartas, teatro, lo que venga. Todo eso, claro está, conforma un diario, un diario caótico, urgente y desquiciado, pero diario al fin, escritos en trozos o trozos de escritos que ya se encargarán sus albaceas de hacérnoslos llegar. Como Alberto Fuguet, por caso, que dirige y monta Mi cuerpo es una celda, título que no sé si mucho tendrá que ver con lo que Caicedo era o todavía es. No creo que Caicedo hubiese querido escapar de su cuerpo cuando se tomó todas esas pastillas. Sin cuerpo no hay con qué escribir.

One Comment

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  1. Alex Tambas / Jul 1 2010 12:41 pm

    Gracias, Roberto. Muy bonito lo que escribió sobre Andrés.

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