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julio 6, 2010 / Roberto Giaccaglia

La banalidad del mal y otros problemas de la literatura argentina

Bajo este sol tremendo, Carlos Busqued, 182 págs., 2009, Anagrama, Buenos Aires.

UNO: LOS RASGOS CIRCUNSTANCIALES
Guillermo Martínez, en un ensayo que escribe más bien para desquitarse, o para contratacar —la bronca no es buena consejera, produce panfletos de los que después uno se arrepiente, pero en este caso no está tan mal que digamos—, rescata unas palabras que a su vez rescata Tabarovsky supuestamente de Pizarnik, quien habría dicho (parece que no es así) que nunca escribiría una novela porque en ellas siempre hay alguien que sale con algo como “Hola, cómo estás, ¿querés un café con leche?”. Más adelante, Martínez nos cuenta que Aira ya se había dado cuenta de este problema, son los rasgos circunstanciales: todo lo que el escritor inventa para que su personaje se sienta cómodo y el lector con él: la ropa, los muebles, la comida, lo que piensa, lo que hace, datos, datos, datos.
Una novela, al fin y al cabo, se compone de datos, los cuales son por supuesto creaciones del escritor, que sitúan la acción y orientan la mirada del lector, o por lo menos le indican qué es lo que debería estar imaginándose. “La puesta en escena”, dice Aira, algo que, sigue diciendo él, un buen día empezó a parecerle ridículo de inventar: un detallismo de la fantasía. Y cuando lo dice suena peyorativo.
Martínez se enoja un poco con esta queja de Pizarnik (digamos que fue de ella, y chau), porque si le prestáramos atención tendría que invalidarse toda novela que de aquí en más cayera en la trivialidad y en la mera circunstancia, y también habría que invalidar montones de novelas viejas, claro, pero conviene enfocarse en las novelas por venir.
El del café con leche es un problema serio para el trabajo de cada escritor. ¿Cómo hacer para no caer una y otra vez preso de los rasgos circunstanciales y al mismo tiempo poder entregar una novela que valga la pena? Quiero decir, siguiendo ahora a Aira, no componer una obra abstracta y descarnada, donde no se entendiera nada y las palabras fueran puro desvarío.

DOS: NADIE NADA NUNCA
Yo creo que es un problema sobre el que vale la pena indagar. Hace un tiempo, me entusiasmé mucho con la primera novela de Bermani, Leer y escribir. En ella, básicamente no pasa nada. La comparaba a la película El otro, de Ariel Rotter, donde un tipo, aburrido, decide no regresar de un viaje, para después terminar regresando porque se aburre. En el medio, come, habla con gente, duerme, mira el techo, piensa, y hace rato que la vi y no me acuerdo del todo, pero a lo mejor también fuma, y seguramente camina, pasea, etc. Lo mismo sucede claro está en Leer y escribir, con variaciones mínimas. Las vidas de estas personas son esencialmente vacías, y sus gestos son gestos vacíos, sin importancia, casi automáticos, los personajes no hacen más que aburrirse, y de tanto aburrirse a veces tienen breves y gallináceos vuelos metafísicos, en los que se miran las manos, por ejemplo, extrañados de que estén ahí, pensando si no convendría morirse y pasar a otro nivel, como en un trance del que los despierta alguna cosa mínima que viene a poner un poco de acción. Por ejemplo, un perro que ladra, o una vaca que se cruza en medio de la ruta, o un teléfono que suena.
Ya no me entusiasma tanto la novela de Bermani. La capacidad de su mirada, o su cualidad para detenerse en las minucias imperceptibles, la descripción y la enumeración de detalles absolutamente triviales, que yo encontré interesante en su momento, no sorprende en una segunda lectura, sino que aburre, distancia, como si de hecho se esmerara en colocar un vacío entre lo que se cuenta y el lector, vacío en el cual hace sus cosas el personaje central, que son las detalladas más arriba. Y eso que no está construida a la manera, digamos, de un Saer, que hacía de las descripciones algo así como un ejercicio literario, una prueba que se imponía a sí mismo, a ver hasta dónde era capaz de llegar, como si la literatura fuera una demostración de habilidades, de capacidad técnica. Si efectivamente Saer se propuso esto, lo logró con creces, es abrumador. Aunque no haya hecho por momentos más que detenerse en ello dio en obras como El limonero real una clase magistral de narrativa aplicada al detalle (hasta el día de hoy creo que la novela El limonero real, ambientada en un pueblo, como no puede ser de otra manera, es un experimento, y uno bastante ambicioso, a lo Joyce, casi un reto al lector y poco comparable con lo que hoy se estila, donde se tiende más a aburrirlo). Pero repito, se detuvo en ello de una manera absolutamente consciente: la exploración de un estilo, o más que de un estilo de una forma: lo suyo era el trabajo sobre la forma, sin proponerse otra cosa que agotar sus posibilidades, ardua tarea que por momentos se convirtió en una proeza realizada.
Lo que está sucediendo ahora debe de tratarse de otra cosa: ¿la triste convicción, por caso, de que ya no hay nada que contar, de que ya todas las historias fueron contadas? Podría ser, pero me parece que esta es una convicción vieja, de la que ya se habían percatado largamente los autores conscientes del asunto del café con leche, aquellos que nutrieron de ideas al minimalismo y corrientes así.
Tal vez lo que suceda ahora sea algo todavía más triste que esta convicción, y tenga que ver con la banalidad de nuestras vidas, de las que los escritores recién ahora (o apenas algunos años atrás) parecen haberse dado cuenta. No creo que estén ensayando, como Saer, o incluso jugando con la paciencia del lector, tampoco que lo suyo obedezca al trazado de un plan comprometido con cierta estética, o, peor, que viniera a hacer de lo contingente y circunstancial una ética literaria, si tal cosa existiera, como si salirse de la matriz de lo cotidiano y sin importancia traicionara una política. Es más bien que compenetrados con la época que nos toca vivir escriben en consecuencia: sin épica, sin memoria, sin ganas, totalmente vencidos.

TRES: EL ARTE DE NARRAR
¿Hay que volver a contar historias? Tal como están hoy las cosas, sería un riesgo. No faltaría el “moderno” que tildara a quien lo intentara de populista, o de algo peor, de facilitarle las cosas al lector, por ejemplo, acercándole algo interesante que leer. Tanto empeño en sacarnos de encima el compromiso de elaborar una historia con principio, nudo y desenlace han provocado esto: el miedo a escribir como antes, el miedo de adentrarnos en ideas relevantes o, ¡por favor!, en historias bien contadas.
Yo mismo escribí que Bermani tenía razón en escribir como escribía, porque total ya está todo contado, y ya está todo, incluso, adjetivado, por lo que al autor lo único que le quedaría sería señalar las cosas, guiarnos, hacernos ver, que nos interesemos por las cosas sin importancia, que nos interesemos no paradójicamente en lo carente de interés, en lo de todos los días, en las cuestiones donde no perdemos un segundo y que sin embargo condensan nuestras vidas. Poner a un tipo así en una novela es ponernos a nosotros mismos, o poner por lo menos al vecino, o al tipo que sale en la televisión, todos hombres tranquilos sin ninguna relevancia que tratan día a día de ir tirando. No cambia las cosas el hecho de que ese al que se lo tenía por tranquilo tenga a una mujer secuestrada en el sótano, por caso, o coleccione películas pornográficas que hacen de la crueldad y no meramente del sexo su materia.
En Bajo este sol tremendo hay tipos que coleccionan esas películas y que secuestran gente y la meten en un sótano, pero no dejan todo el tiempo de ser personas absolutamente normales. Como si el autor acabara de descubrir que el ser capaz de cometer atrocidades pudiera ser cualquiera, es decir el vecino o uno mismo, agazapa el “mal” en los pliegues de los días comunes y corrientes, lo esconde en sus intersticios, lo hace pasar como una distracción, un episodio breve y hasta insignificante de la cotidianidad y la ramplonería con la que básicamente se cubren las horas y se va terminando la jornada.
Los criminales de Pulp Fiction mataban gente mientras discutían acerca de hamburguesas, específicamente de la manera en que se pesan en América y de la manera en que se pesan en Europa, como si el hecho de disparar una pistola contra un ser humano fuera tan poco relevante o incluso menos que un poco de carne picada aderezada y puesta entre dos panes. En su época, se festejó mucho esta ocurrencia de Quentin Tarantino de introducir diálogos absolutamente irrelevantes y estúpidos en escenas radicales, donde se mataba o se violaba. Y en una película española cuyo nombre no recuerdo ahora, una película no tan mala, un tipo de lo más normal, con un trabajo, una novia y cuyos intereses básicos consistían en mirar la televisión y comer, de vez en cuando se distraía asfixiando a alguna persona más o menos fácil, es decir una mujer débil o algún viejo.
No parece haber en la cabeza de estos autores, Tarantino y el español que no recuerdo, y ahora también en Busqued, más que una muda aceptación de que los asesinos se toman o invitan a tomar de vez en cuando un café con leche. Hasta ese punto ha llegado la banalización de nuestras vidas, a que incluso el cine y desde ya la literatura no hagan más que poner en una misma línea horizontal hechos aberrantes junto a naderías como la contemplación atónita de sus manos por parte del protagonista, mirar documentales en la televisión o charlar de pavadas todo el tiempo.
Se trata, en parte, de que el autor no juzgue, es decir de dejar tranquilos a sus personajes —en principio, me parece bien, Busqued “respeta” a sus personajes como pocos escritores que yo haya visto, lo que es loable, sin embargo hay cosas que decir sobre el tema, así que en un rato volveré sobre el asunto. Es una idea que algunos todavía encuentran provocadora, o significante, o valiente, como si mostrar casi sin querer, como al pasar, hechos criminales o al menos moralmente cuestionables, y no señalarlos especialmente, simplemente soltarlos ahí, en medio de otros pobres asuntos, liberara al escritor de responsabilidades. Creo, sí, que es importante que el autor no se la pase sentenciando, que deje respirar a sus personajes (Bajo este sol tremendo da cátedra de ello), pero así como la frialdad de los criminales de Pulp Fiction ya hoy por hoy no asusta tanto, o la literatura de tipos como Bermani parece más bien un pantano que un mar de posibilidades, tarde o temprano tampoco lo harán las novelas donde ambas cuestiones se solapen y respiren juntas, a sus anchas.

CUATRO: CRITICA DE LA RAZON PURA
Fue Hannah Arendt quien primero nos habló de la banalidad del mal. Lo descubrió siendo testigo del juicio a Adolph Eichmman. Supongo que habrá quedado virtualmente paralizada, estupefacta, las palabras de Eichmman y sobre todo su tranquilidad mientras las decía habrán socavado sus cimientos no ya filosóficos, sino también humanos, morales, vitales. ¿Podía hacerse el mal sin pasión? De pronto, el mal era un asunto burocrático, un trámite, una operación desganada, un trabajo más en pos de un resultado, un asunto sin importancia, partes de un engranaje. “Usted me pregunta por los métodos de exterminio”, dice Eichmman durante el juicio, y pasa a detallarlos como si hablara de la cadena de ensamblaje de la fábrica Ford.
Eichmman carece de sentimiento de culpa porque estaba haciendo un trabajo. Muchas novelas argentinas se parecen a esto: un trabajo sin pasión ni placer que pone en evidencia vidas que carecen de lo mismo, pasión y placer, vidas anodinas, trabajos anodinos. Eichmman relata los hechos de los que fue partícipe como si el exterminio judío hubiese sido nada más que una puesta en escena. No otra cosa es buena parte de nuestra literatura, una puesta en escena: muchos detalles alrededor de nada, sin pasión, sin placer y también sin culpa ni conciencia. La banalidad es justamente eso: carecer de culpa y de conciencia, para lo cual antes hay que carecer de otra cosa: Arendt entiende que sin pasión en hacer el mal, no puede haber luego arrepentimiento: si no se disfrutó con el daño causado, si fue una mera operación administrativa, el criminal no puede creer que se le reproche alguna cosa por lo que hizo. Eichmman estaba convencido de su poca importancia, de su carácter de trabajador cumplidor de órdenes, por eso vivía sin pena ni gloria en la Argentina hasta que un comando israelí lo encontró y se lo llevó al banquillo. “Usted me pregunta por los métodos de exterminio”, dice Eichmman desde el banquillo. Y bueno, pasa a detallarlos, con pelos y señales, convencido de su ordinariez e incluso de lo ordinario de su trabajo, convencido de su falta de culpa, de su falta de crueldad.
Los criminales así, ¿pueden efectivamente llamarse criminales o habrá que buscarles otra categoría para dar cuenta del horror que cometen? La criminalidad implica una conciencia de lo realizado: y esa conciencia viene de una pasión o placer previos. Libre de culpa, el “criminal” convencido de su inocencia no puede más que culpar a la sociedad de la que forma parte. El mecanicismo aplicado al crimen provoca seres sin conciencia e irrefutables, guiados sin saber por el imperativo categórico: hacer sucumbir la propia voluntad para que una ley general o acaso un poder mayor e incuestionable pueda ser llevado a cabo. Es el hombre transformado en animal, o el hombre sin importancia (Busqued se la pasa comparando a sus personajes con animales más bien inescrutables: cuando se les nota la malicia son calamares de ojos fosforescentes que salen a cazar, cuando es el aburrimiento lo más notorio son ajolotes que perciben el vacío y se dejan estar, esperando que les den de comer), lo que es lo mismo que decir, claro, el hombre sin conciencia ni voluntad, regido por una voz que se parece bastante a la del instinto: haz lo que debas hacer para sobrevivir.
En el caso de Eichmman, era matar, matar y matar. Cualquier otro lo podría haber hecho. Eichmman no estaba dotado de una inteligencia superior, ni de cualidad destacable alguna. Era absolutamente normal, incluso típicamente normal, absurdamente común. Es lo que aterra a Arendt: que cualquiera pueda ser Eichmman, que la maldad absoluta pueda ser obra de un hombre tan simple y corriente.
Incluso de un hombre estúpido.
El mal así entendido se desmitifica, no es demoníaco (lo que sería mucho pedir), pero ni siquiera es humano. No le sirve a la literatura un mal así, tan corriente y superficial, porque la literatura debe por su propio bien intentar la profundidad, y al enfrentar un mal de esta clase no puede más que llevarse la desagradable sorpresa de que no tiene nada que decir. Por eso es banal. Y por eso, también, Bajo este sol tremendo no dice nada.
Yo siento que mucha de la literatura argentina actual es así, carente de conciencia, de culpa y de pasión. De ahí que Busqued no cuestione a sus personajes. Para Busqued, sus seres aburridos, insignificantes, pusilánimes, superficiales y criminales son culpa de la sociedad, que los hizo así. En ese sentido, más que de una sana actitud que se alejaría de la costumbre bienpensante, que señala y condena, esta novela tiene mucho de totalitaria: iguala a víctimas y a victimarios, como si el papel asignado a unos y otros pudiera ser intercambiable y no fuera en esencia más que una cuestión de detalle, o de grado, un mecanismo peligroso que tiende a confundir las cosas, a borronear los límites, o escribirlos por encima, tergiversando las nociones de lo que está bien y lo que está mal, como una elaboración a las apuradas de la teoría de los dos demonios puesta en práctica ahora no para explicar crímenes de lesa humanidad o justificarlos, sino para justificar un estado actual de la sociedad, teoría agria, me parece, agria y amarga, de la que literatura se está haciendo eco en pos de vaya uno a saber qué.
Aunque no es tanto, ni tan poco. Porque Busqued no puede evitar el juicio a la larga, poniendo en cintura a por lo menos dos de sus personajes (tal vez los que le caen menos simpáticos), castigándolos, dándoles lo que se merecen, apareciendo por fin en la novela, con su mano de autor, sellando la suerte de sus seres, poniéndose de golpe de cierto lado del mundo y no del otro, marcando distancia, como quien dice —como si al final lo hubiera atacado el prurito de no dejar sueltos a dos personajes tan desalmados o no resistiera ser tan irresponsable.

CINCO: BUSQUED EN SACANTA
Los personajes son tres, Cetarti, Duarte (un ex militar) y Danielito. El primero vive en un barrio pobre de la ciudad de Córdoba, los otros dos viven juntos, en un pueblito del Chaco. Ven televisión todo el tiempo, documentales sobre animales marinos, o sobre aviones de guerra, y fuman todo el porro que pueden, comen porquerías, comen porque sí, y van y vienen, cuando se cruzan charlan sobre alguna cosa, sobre elefantes, por ejemplo, tema sobre el que parecen entender bastante. A pesar de la distancia, Cetarti se parece mucho a Duarte y a Danielito, un gordo de casi cuarenta años a quien, como a los otros dos, no le interesa particularmente nada, más que aguantar y seguir tirando, pero quien parece cargar con más responsabilidades en la novela, atender los caprichos de su madre, por caso, o lidiar con el fantasma de un hermano muerto, evitar hacerse pis en la cama cada mañana y cumplir las órdenes de Duarte, el encargado de conseguir víctimas para sus secuestros. Cetarti los conoce de casualidad, y como quien no quiere la cosa se ve metido en los crímenes del dúo, sin preguntar ni preguntarse nada, sin cuestionar ni cuestionarse nada, es después de todo lo que los otros dos: un autómata de gestos vacíos que ve televisión todo el día, pasea sin contemplar nada y fuma porro como si se tratara de su combustible. Lo echaron del trabajo por vago, o algo parecido, no tiene nada que perder, así que se entrega sin más a la molicie y al delito, sin pena ni mucho menos ambición de gloria. Al principio de la novela se entera de la muerte de su madre y de su hermano, pero toma la noticia de la misma manera que se toma cualquier otra cosa o suceso o novedad a lo largo de toda la serie de sucesos anodinos de Bajo este sol tremendo: como si nada. A Danielito también se le muere su caprichosa madre, y lo mismo le da. Son seres calcados.
La novela de Busqued es curiosamente estadística: sus personajes son números intercambiables, carentes de particularidad: ¿cuántas personas están haciendo lo mismo en este mismo momento? Si no hubieran sido Cetarti, Duarte y Danielito, podrían haber sido otros cualesquiera, repartidos esta vez no en un barrio pobre de Córdoba o en un pueblito del Chaco, sino en cualquier otra parte a lo largo y ancho de una república carente de otra significación que la de la normalidad lisa y llana de sus habitantes, uno más aburrido y pedestre que el otro.

(Si bien Busqued respeta a sus personajes, lo que no respeta es el mapa: en un momento, los personajes viajan de Villa María a Sacanta, con la idea de volver al Chaco, y paran en Sacanta para dejar allí al que vive en Córdoba, como el punto más cerca donde lo pueden dejar antes de seguir a su pueblito chaqueño. No se entiende este desvío —les habría convenido ir directamente desde Villa María a Córdoba, por la vieja ruta 9 si todavía no estaba lista la autopista o le tenían miedo a la Caminera: reparo que no creo que Busqued haya tenido—, no hay un porqué, como no hay ruta alguna que les haga necesario o conveniente “desviarse” si la idea es irse para el Chaco y dejar lo más cerca posible de Córdoba a uno de ellos: ya que están, más les conviene seguir hasta Córdoba desde la propia Sacanta —donde pararon a comer en una parrillada a las tres y pico de la tarde, y juro que no hay parrillada abierta a esa hora del día en Sacanta, menos que menos un día de semana—, ya que hicieron el insólito desvío, dejarlo ahí, y después seguir viaje —lo de ir por “caminos laterales” o “evitar los accesos principales” no cierra, porque parar te pueden parar en cualquier lado, y encima va contra la idiosincracia de los personajes: seres despreocupados, sin miedos, sin cuidados. Son detalles menores, es cierto, que no hacen a la extraña seducción que esta novela provoca, pero dignos a tener en cuenta si hablamos justamente de datos, datos y datos, es decir “rasgos circunstanciales”, los que constituyen la esencia de la obra, su prioridad, que en virtud de que no otra cosa parece distinguirse en esta novela o respirar en ella, a no ser lo ya dicho: la desazón del mundo en que vivimos, la falta de esperanzas, deberían ser lo más ajustados a la realidad que se pudiera. Los autores así, no deberían darse el lujo de que sospecháramos de nada.)

¿Tendrá la culpa tanta información de que ya no nos asustemos? ¿Tanta televisión, tanta noticia, tanta violencia? No lo sé, pero creo que un poco nos hemos anestesiado. El novelista tiene graves problemas, no sólo evitar el café con leche en sus historias.
Los personajes de Bajo este sol tremendo y sus acciones no provocan escozor, sino una profunda antipatía, la cual tiene más que ver con su automatismo y pobreza existencial que con las cosas malas que efectivamente llevan a cabo, que pasan tan desapercibidas como tazas de café con leche. Lo que no pasa desapercibido es que sus vidas insignificantes bien pueden ser reflejo cruel de lo que vemos a diario: eso es, en realidad, lo que altera. Sus personajes, como muchos, muchísimos de la narrativa argentina actual, al menos de la narrativa seria o la llamada de calidad, la que da por descontado el uso y abuso (sobre todo abuso) de los detalles y de las contingencias y de lo circunstancial, no participan ni hacen nada interesante, son inconmovibles (ni de realismo sucio puede hablarse, o de algo como lo que se vive en los suburbios carverianos. ¡Si ni siquiera problemas maritales tienen!), seres fatalistas que aceptaron su destino desde hace rato, que se hacen preguntas que ellos mismos contestan y con eso les basta y sobra. No participan de conspiraciones, ni de atentados, no quieren cambiar nada ni parecen necesitarlo, hasta han obviado de sus vidas la fantasía. A lo sumo, tienen pesadillas que se parecen en mucho a su vida real, como si de ni soñar como la gente fueran capaces. Si Bajo este sol tremendo (un título grandioso, realmente) logra alguna cosa es de que por momentos temamos de nosotros mismos, de convertirnos en eso que se está contando.

8 comentarios

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  1. Guiasterion / Jul 6 2010 6:31 pm

    Estimado Roberto:

    Un comentario excelente. Arrojar la sonda a tal profundidad no merece otra cosa que elogios. Bueno, creo que deberé comprar el libro. Si suscita semejantes reflexiones es una lectura impostergable.

    Un abrazo

    G.B.

  2. El Gemelo Malvado / Jul 13 2010 5:26 am

    Lo de Sacanta es imperdonable. Digo, que no haya asado a las tres de la tarde. Y es cierto:lo único que hay (había) es la terminal de buses que tiene unos sanguches de queso y jamón resecos.
    Cuando vuelva por aquellos lares –no Sacanta– tendré que hacerme con el libraco. Años que no veo a Busqued.

  3. Roberto Giaccaglia / Jul 17 2010 3:33 pm

    Tal vez si la pandilla hubiera parado en Las Varillas habría tenido más opciones alimenticias, aunque parrillada tampoco habría encontrado. Curiosamente, en Arroyo Algodón sí habrían conseguido algo, y barato, además. Ese parador no deja de ser una opción interesante. Pese a las moscas y a la higiene en general, que por supuesto son cosas menores.

  4. gabrielaa. / Jul 22 2010 12:52 am

    Guiasterion, usted agarre y compre el libro y léalo. hace meses que se lo vengo diciendo. serádedió.

  5. bardamu / Jul 22 2010 1:29 am

    Buen chiste, Guasterión.

  6. Gus Nielsen / Jul 22 2010 3:36 pm

    Roberto: estyo buscando este libro, me lo recomendaron mucho. Tu reseña es extraña, pero simpática. Mandame un meil que quiero preguntarte una cosa. Abrazo.

  7. Valeria / Ago 7 2012 10:54 am

    Este libro me parece lo mejor de literatura argentina que lei en los ultimos tres años, junto con “Agosto” de Romina Paula (Ed. Entropia). Saludos

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