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julio 19, 2010 / Roberto Giaccaglia

La vida breve (o la necesidad de tener un corazón abierto y hacerse preguntas)

En la línea recta, Martín Blasco, 118 págs., 2010 (reimpresión), Norma, Buenos Aires.

I
Como bien dice el amigo Belcore, campea en la literatura argentina la fragmentación de la novela en capítulos pequeños, una estrategia que quizá obedezca al gusto de los concursos literarios que se celebran en el país, o tal vez a un mero capricho de la actualidad, es decir el estar a la moda o en boga junto al lector, esa entelequia a la que de tanto en tanto se le presumen antojos acordes a una época. Así, el escritor argentino estaría hoy por hoy escribiendo o bien para ganar concursos o bien para conformar lectores. Aclaro que no por eso deberíamos confiar plenamente en novelas que intentan exactamente lo contrario, por caso el salto al vacío (con todo lo loable que es el intento), porque suele ser precisamente vacío y no otra cosa lo que el lector encuentra, y no sólo el lector, sino también quien las escribe. Como así también deberíamos prever que no por ser verdadera la sentencia de Belcore, que se comprueba con sólo un breve examen empírico de nuestras actualidades literarias, aquella no debería hacernos perder de grandes obras que utilizan dicha fragmentación en capítulos breves para contar sus historias.
Por caso, En la línea recta. En ella hay treinta y ocho capítulos en apenas 118 páginas. Se podrá decir que la justificación de la estratagema (o del estilo, cosas que a veces son tristemente lo mismo) obedece a que En la línea recta forma parte de una colección de literatura juvenil, pero si nos quedáramos con eso perderíamos de inmediato la confianza en nuestros jóvenes. Pero no sólo eso, sino, otra vez, en la propia obra, ya que palabras como efímero, precario y pasajero se nos vendrían a la cabeza, y no estaríamos sino abusando de los lugares comunes, haciéndonos creer a nosotros mismos lo que se dice por ahí, que los jóvenes sólo se interesan por lo fácil y lo inmediato. Todo eso nada más porque esta gran obra que es En la línea recta cuenta con un montón de capítulos breves, brevísimos, algunos conformados por un párrafo, otros por un breve recuento de los días de la semana y hasta hay alguno que sólo menciona una lista de almacén.

II
Escribir largo, por supuesto, no es garantía de nada. Hay quienes que por no tener nada que decir, lo dicen todo. Eso también campea bastante en la literatura, y no sólo en la argentina. El sueño que persigue a los escritores de Estados Unidos, de elaborar de una vez por todas la Gran Novela Americana, produce mamotretos de no menos de seiscientas páginas en letra cuerpo diez o nueve, donde se cuentan vidas enteras, con todos sus días y pormenores, en la que lo accesorio, circunstancial y secundario roba toneladas de papel y litros de tinta que habrían sido mejor usados en la exploración de lo esencial, de la profundidad, de lo insondable.
No hace falta ser pródigo en páginas para acercarse a esos terrenos. El desarrollo exhaustivo de un personaje (o de sus amigos y primos y vecinos y novias) a veces desemboca no en otra cosa que el despilfarro y el derroche, el novelista termina disipándose, contando de forma automática, llenando espacios con palabras que después se olvidan. Lo que hace falta para acercarse a esos terrenos (los de lo insondable, los de la profundidad) es cierta visión, cierta sutileza, y sobre todo cierta valentía. Una valentía, creo yo, que podríamos llamar carveriana: la de encontrar una historia y después ponerle las comas donde van. Listo. Parece tan fácil.
Pero es todo menos eso. Lo de Carver, que escribía corto, que cortaba en seco, era un trazo fino y sobre todo preciso de formas de vida que a otro escritor le demandarían varias hectáreas deforestadas cubrir. Sucede que para contar lo preciso los grandes escritores no le dan demasiadas vueltas: abren su corazón y chau. Allí está lo esencial, en un corazón abierto. No todos los que escriben se fijan en eso. Hay mucha mentira en la escritura, mucho palabrerío, mucha resaca sin ton ni son, mucho experimento y mucho invento. Eso también ayuda a ganar premios literarios.

III
En una librería de viejo compré una novela que en 2001 fue galardonada con el premio La Resistencia (resistencia a los libros, me imagino), organizado por Alfaguara y un sitio de Internet que ya no existe. El jurado no era moco de pavo: Juan Villoro, Alberto Fuguet, Rodrigo Rey Rosa, entre otros (pero eso no es todo: Ricardo Piglia ensalza la novela, y compara al autor de la obra ganadora con Arlt, en un despiste todavía mayor que su arreglo con Planeta), quienes al parecer no habrían podido declarar premio desierto —al menos es lo que sospecho, para seguir confiando en estos autores. La novela en cuestión se llama Entre hombres, es de un tal Germán Maggiori, y es un ejemplo claro, clarísimo, de palabrerío, resaca y sobre todo invento, mucho invento. Ambientada en los suburbios de Buenos Aires, la novela narra episodios escabrosos de los que participan jueces, políticos, policías, travestis, prostitutas, emigrantes paraguayos, maridos que golpean a sus mujeres, fiolos que matan a sus empleadas, etc. Es una escalada de maltratos y sangre continua, donde cada escena pretende ser más cruenta que la anterior, entrometiendo en la empresa crónicas policiales, avisos clasificados y algún toque de cine negro aquí y allá. Salta a la vista el denuedo del escritor por impresionar al lector, por hacerlo asquear, por shockearlo, entendiendo por literatura lo que, por caso, Gaspar Noé entiende por cine: la provocación por la provocación misma. Este es un tipo de espectáculo (llamarlo arte está de más, no corresponde) obediente de la cultura de masas aún más que el que lleva adelante el escritor que escribe corto para no cansar al lector o al jurado. ¿No sabemos acaso todos, no estamos inmersos en ello, todos los días, gracias los medios, acerca de la corrupción política y policial? ¿No nos llegan con frecuencia noticias de crímenes sexuales? Maggiori no hace más que brindarnos el detalle de estas noticias, que tanto para él como para los medios como para nosotros como público adiestrado en la cultura de masas no son más que un espectáculo morboso que a la larga no tiene nada, pero nada, para decirnos. Por más sangre, semen y golpes que haya en la literatura de Maggiori o en el cine de Noé, ambas cosas no tienen para decir más acerca del género humano que lo que tiene para decir Tinelli cada vez que muestra a una gata contoneándose en el piso de su estudio.
El desempleo, la injusticia, la pobreza, la ignorancia, la violencia como escapismo (en las canchas, en la televisión), generan un tipo de literatura también (la que va de Washington Cucurto a Pablo Ramos, y que pasa obviamente por este Maggiori), no sólo desazón, pues parecen ser los nutrientes de muchos escritores, al menos de esos que plasman en sus libros de alguna manera lo que ven en las noticias. No dejan de practicar cierto populismo, uno que se justifica tal vez sin que ellos lo sospechen en el odio, en el odio cómodo, ese que carece de política, que es inútil e inconducente, un poco idiota y por eso mismo peligroso. La literatura que nace de este “clima” es pues una literatura fascista, que precisa del humor social para ser respaldada. Pero no sólo precisa de ese humor, sino que lo reproduce, como los taxistas fachos y los periodistas de Radio 10. Los políticos y los policías son corruptos, nos dice esta literatura… ¿no lo sabíamos ya? Todo es una mierda, nos dice… ¿no lo sospechábamos? No hay en ello nada de inquietante, sino a lo sumo de insultante. Es una literatura que mata la sensibilidad, que anestesia, que aburre y cansa, como los noticieros que copian la fórmula de Crónica TV, el canal del pueblo. El arte que existe sólo para reproducir el humor social se torna espectáculo fundamentalista, y además falso, un arte del artilugio, de las apariencias. Y vaya a saber por qué, pero se nota. Germán Maggiori miente cuando escribe, se esfuerza demasiado, quiere impactar manchándolo todo, ensuciándolo, no proviene del mundo que narra, ni lo entiende, sino que lo usa para poner en escena lo que cree le dará réditos.

El arte no tiene nada que ver con eso. El arte existe para que sea dicho lo que no puede decirse de otra manera (para retratar la violencia de la forma en que lo hace esta literatura, ya existe Crónica TV y en ello es insuperable).
¿No extrañan, en la literatura argentina, las preguntas? Yo creo que son la base de la buena literatura. Y es por eso que duele tanto escribir, pero escribir en serio, y no es para nada doloroso, en cambio, poner escenas cruentas en un libro, donde corra la sangre y se quiera causar cierta impresión. Del morbo es capaz cualquier infeliz.
Cuando uno escribe, se encuentra con uno mismo y no suele ser placentero lo que encuentra, uno se pone en contacto con ciertas zonas de su alma, de las que sin saber es prisionero. Lo dije en otro lado: la obra de arte es un animal omnívoro que se alimenta más que nada de nosotros mismos. Nos consume, nos devuelve, nos regenera, cuestionándonos, siempre cuestionándonos, porque la obra de arte, por más que a veces la busquemos para encontrar respuestas, es más que una respuesta una pregunta, o cientos de preguntas, que nos obligan a conversar con aquello que somos y con aquello que fuimos.

IV
Por eso vuelvo al corazón, al alma y a la literatura de En la línea recta, por más que sea un libro compuesto en capítulos breves y en unas cuantas páginas y, lo que muchos acusarán, forme parte de una colección destinada a los jóvenes.
¿Y? ¿No es, acaso, El guardián entre el centeno un libro de literatura juvenil?
Es de hecho un misterio para mí que ciertas obras pertenezcan a la literatura juvenil. ¿Es sólo eso, literatura juvenil, de lo que forman parte obras como El guardián entre el centeno o En la línea recta? ¿Nada más porque sus personajes tengan, qué sé yo, 15, 16, 17 años? ¿Cómo es, entonces, que el relato de una vida breve puede condensar más misterios, inquietudes, tribulación y al fin misterio e interés que tantos otros que intentan con personajes supuestamente llenos de experiencia y calle aleccionarnos acerca de la vida o por lo menos abrumarnos con sus variopintas desgracias? Repito: ¿no extrañan, en la literatura argentina, las preguntas? ¿No están hartos ya de las certezas de los tipos con experiencia y tanta calle?
Si a En la línea recta no se la hubiera etiquetado de esa forma, quizá se le prestaría la atención que merece. A no ser que los editores se hayan decantado por el historial del autor, quien previo a esta novela escribió unas cuantas obras infantiles, y con eso en mente le hayan encargado una obra para venderle a los jóvenes. Pero Blasco les vendió (a los editores) la novelita de un adolescente con demasiadas preguntas. Esta muy bien puede ser una obra por encargo, destinada a un público, pero juro que no se nota —lo dicho: Blasco les vendió una obra con demasiadas preguntas, tantas que parece haber sido hecha por un escritor que no quería “hacer” un libro, sino a lo sumo escribir, cosa que suele ser otra cosa, todo otra cosa.
Y en todo caso, ya que estamos, que sea para jóvenes no viene mal, por el simple hecho de que todo adolescente merecería leer alguna vez un libro así, el de una historia mínima e insignificante que espera de una obra artística para ser reflejada.
¿Cuántas vidas jóvenes que permanecen ocultas e invisibles, un poco apáticas y hasta dolorosas, frágiles, vidas cansadas, hastiadas, no están presentes en este librito? Muchas. A Andrés Caicedo le habría encantado. ¿Y no les habría encantado, acaso, a los pobres muchachos de Rosario de la Frontera, imposibilitados, al parecer, de hacerse todas las preguntas que esta novela se hace? ¿No podría haberlos salvado? (Sé que es un libro que se leyó bastante en colegios secundarios.) El joven que retrata En la línea recta es un joven como Caicedo, y también, arriesgo, como los pobres muchachos de Rosario de la Frontera, jóvenes frágiles, ocultos e invisibles, un poco apáticos y hasta dolorosos, jóvenes cansados y hastiados. El de En la línea recta, además, está enamorado de la música (¡Caicedo!) y sin embargo decepcionado por ella, porque un buen día deja de darle respuestas a todo lo que tiene para preguntarle:
¿La canción “Imagine”? ¡Es una mierda la canción “Imagine”! ¿Qué es eso de “sin religión todo el mundo viviendo en paz”? ¿Para que seamos felices debemos pensar todos lo mismo? ¡Eso es fundamentalismo hippie!
Es lo que contesta el joven Damián a un profesor de música que quiere hacerle creer que la canción de Lennon es lo más de lo más. Pero él acaba de perder a su padre y todo lo sólido que lo rodeaba se va disolviendo y de pronto ya nada tiene sentido, su hermano menor se agarra a trompadas cada dos por tres en la escuela, su madre parece perder la cabeza (cree que la persigue alguien que siempre va delante de ella, terrible), él tiene que vender sus discos y salir a trabajar, disfrazarse de Pantera Rosa para animar un trencito que de alegre no tiene nada, etc., y todo mientras van cruzándose frente a sus ojos miles de cuestiones que son, cómo no, las mismas que alguna vez se nos han cruzado a nosotros, y que pueden resumirse más o menos mal en la pregunta ¿Para qué seguir, eh, decime, para qué seguir? (cosa que Damián se pregunta varias veces a lo largo de la novela, de una manera u otra, por ejemplo: ¿Qué sentido tiene acumular discos? Creo que si yo mismo lo supiera tal vez dejaría de comprarlos, no sé… Como otras en el libro, la cuestión me parece inquietante, pero al mismo tiempo me tranquilizo confiando en que nunca encontraré la respuesta).

V
Pero por más bien escrita que esté y por más cuestiones que plantee, no se me escapa la posibilidad de que En la línea recta me haya gustado tanto porque quizá de alguna forma tenga que ver conmigo. Cuando hablamos del placer que nos proporciona una obra, irremediablemente aparecen las nociones de gusto y de criterio. Es frecuente el placer culposo, aquel que nos proporciona una obra tal vez no del todo buena que tiene que ver con nosotros de alguna manera. Aquí se suspenden las cuestiones de valor, y todo queda en manos del gusto. El punk, dijo el novelista Hanif Kureishi, es una música excelente, pero no para escuchar. A veces creemos que una obra artística se dirige únicamente a nosotros, y no nos importa del todo la manera en que está realizada, la obra nos interpela, nos habla, nos interroga, se preocupa por lo que fuimos, por lo que somos. Es el encuentro entre artista y público, que muy rara vez se da, y que provoca la extrañeza del segundo por sentir que de alguna manera está presente en eso que está leyendo, o viendo, o escuchando. La obra como espacio para nosotros. Y como es probable que el adolescente que alguna vez fui más o menos esté presente en esta novela, no debería hablar tan bien de ella. De una manera tal vez tácita o por lo menos no tan consciente, estamos comprometidos con ciertas formas artísticas, y con cierto contenido, de ahí la grata sorpresa que de vez en cuando nos encontremos con ello.
Pero el crítico debe aprovechar sus sensaciones, no negarlas. Así que aprovecho para decir esto: En la línea recta es, hecha y derecha, una novela admirable, sea para el joven que alguna vez fuimos o el lector en el que ahora nos hemos convertido.

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