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julio 25, 2010 / Roberto Giaccaglia

Los malos son los otros

Kynodontas (Dogtooth), Yorgos Lanthimos, 95:00, 2009, Grecia.

Night Shyamalan intentó algo parecido hace unos años atrás con The Village: padres asustados recluían a sus hijos haciéndoles creer que el mundo de afuera era inhabitable. Un profesor de historia a quien le habían matado un familiar reúne a un grupo de amigos, quienes habían sufrido algún tipo de violencia, y los lleva a vivir en medio del bosque, en una parcela rodeada por una cerca natural. Los niños que nacieran allí, nunca conocerían otra cosa. Se les haría creer que tras la cerca natural se agitaban bestias que se alimentaban de carne humana, por lo que vivirían para siempre encerrados y sólo se relacionarían con sus pares, en un ambiente que los mayores habían construido para ellos, un ambiente supuestamente más seguro y sano, libre de la corrupción moderna, y también por supuesto de todo tipo de avance tecnológico, porque el progreso es peligro, toda vez que implica necesariamente más información.
Lo de Night Shyamalan no funcionó por su apego a los giros de tuerca. Es un director con demasiado amor propio, a quien lo persigue una fórmula desgraciadamente parecida a la que el director técnico de nuestra selección usa para justificar su juego: Night Shyamalan hace el cine que le gusta a la gente. Y todo porque supieron aplaudirlo en sus primeras obras. En fin.
Todo lo calculado que era The Village, echaba a perder pues una trama por lo menos interesante, que se focaliza en un asunto moderno, que cada vez toma mayor auge: el de los niños que viven encerrados, aislados de una realidad que sus padres consideran demasiado cruenta como para ser conocida. No con otra premisa han proliferado countries y barrios cerrados. Desconozco qué tipo de individuos producen esos barrios, nunca he estado en uno, pero sí conozco el tipo de idea que los sustenta. Es, sencillamente, la del miedo al otro. Es el mismo miedo del que viven los políticos, o lo señores de bien. Vuelta a vuelta se dejan oír propuestas de tapiar alguna villa miseria, cercarla, aislarla del resto de la ciudad, transformarla en otra cosa, como así también movilizar tropas hacia la frontera, de manera tal de no confundir las cosas, separar los tantos: los otros y nosotros.

El miedo a mezclarse es generado por lo que escuchamos a diario, y nadie parece darse cuenta de que de una manera u otra se alienta casi de forma natural, como si la endogamia en vez de una aberración fuera una manera deseada de protegerse y de proteger a los propios. Night Shyamalan, que será cada vez más un cineasta mediocre, pero que no es ningún pavo, captó este humor social y escribió un guión en consecuencia (aunque algunos dicen que The Village es producto de un plagio de una obra literaria juvenil), donde un grupo de personas elabora un sistema endogámico para defenderse de los demás, los que se quedan afuera y nunca podrán entrar, aislados para siempre de los de adentro, protegidos, cómodos y calentitos (¿pero quién es el preso al fin y al cabo? —pregunta que, ya lo sé, se hace toda ama de casa que vive enrejada y no sale después de las siete de la tarde. Al final, no es nada difícil pensar como uno más, como todos. Estas películas retratan un miedo burgués, y una patología, y no son menos burgueses los espectadores a quienes están dirigidas).

Ahora, el griego Yorgos Lanthimos sube la apuesta y vuelca todo ese miedo no ya en una comunidad formada por unas cuantas personas, sino en una familia: encierra a tres jóvenes con sus padres en una casa enorme, con un jardín imponente, y se sienta a esperar la catástrofe que sí o sí ha de venir.
Esta vez la cerca que separa al mundo de afuera no es natural, sino de acero, concreto y madera, aunque las mentiras que los padres deban emplear para mantener a sus hijos dentro sean todavía más fantásticas (y bestiales) que las que empleaban los asustados padres en The Village. Por ejemplo, les hacen llamar “teléfono” al salero, y “concha” a las lámparas, con lo cual se ponen en evidencia dos temores fundamentales de estos padres: la comunicación y el sexo, que son, dicho sea de paso, los temores que cualquier padre de hoy en día tiene cuando mira crecer a sus hijos. Esto dicho con conciencia de que existen diferentes grados de “temor” para estas cuestiones, por supuesto, pero es que en esencia estamos hablando de lo mismo. Si en las escuelas hay reticencia de los padres a que se imparta Educación Sexual, estamos hablando de lo mismo: aislar a un niño de esta educación es también de alguna manera ponerle un nombre extraño al objeto “lámpara”, como hacen los padres en Kynodontas. Y también lo es, uno supone, decirle que en la escuela no hable con ciertos niños, o que no tenga ciertos amigos. Es el miedo a “las malas influencias”, eso que puede venir de cualquier lado y que cada cual relaciona conforme a sus propios temores. (A veces proteger al hijo de esas “malas influencias” es protegerlo en realidad de los propios miedos, o de las propias culpas, o de los propios fracasos.)
Los padres en la película no quieren sacar provecho alguno del encierro al que someten a sus hijos, a no ser ciertos trabajos que al no mediar el cariño parecen simplemente impuestos debido a una cuestión de rango. Nadie podría culparlos si sólo nos atuviéramos a sus intenciones: protegerlos. Pero se sabe de qué está pavimentado el camino al infierno. Y hacia allí se dirige la historia de la familia, indefectiblemente.
El otro tema presente en la obra es no ya la “protección” de los hijos, sino el guardarlos para sí (una cruel envidia que habita los corazones de muchos padres, la peor de las codicias: la de la juventud, que no sé a qué conducta psicológica extraña obedece, quizá al terror de envejecer solo) pero este tema es una variación del primero, es decir proteger lo que más se estima, lo que más se valora, y a la larga lo que más tiempo desea uno conservar, cuando se vuelve patológico, como en este caso, redunda en la anulación de la cosa estimada. El temor a que alguien dañe eso que se ama, provoca que “eso” termine consumiéndose, asfixiado. ¿No son, acaso, conductas burguesas equiparables el proteger y el acumular?

“Kynodontas” en griego es “colmillo”, y el título de la película hace referencia a lo que los padres les prometen a sus hijos: podrán salir al mundo exterior cuando el colmillo se les caiga y vuelva a crecer. Es decir, nunca. El control que los padres de Kynodontas desean sobre sus hijos es total y absoluto. Y para ello nada mejor que el miedo, por supuesto, como debería saberlo cualquier sociedad presa, o cualquier votante. Por eso lo de este joven director, Yorgos Lanthimos, que tiene ya un par de films en su haber, es tan importante: su película es un recorte, una muestra representativa de las poblaciones actuales de las grandes ciudades. La exacerbación de lo que sucede es un mero dato cinematográfico, y uno que vuelve a esta película no ya importante como “lectura” de nuestro mundo, sino como hecho artístico en sí.

Hay mucha cámara fija, por supuesto, lo que obedece a lo que dejé dicho en un principio: la apuesta del director por sentarse a esperar que las cosas pasen, que todo ocurra sin su intervención (las escenas de sexo son ejemplares en cuanto a esto, para nada estilizadas, como si hubiera un “grado cero” allí, infranqueable, que sería mejor mostrar tal cual), que sobrevenga la tragedia, lo que en un marco tal no puede tardar en aparecer. De allí, del propio marco de las cosas, la tensión que recorre de punta a punta el film.
Pero hay muchas cosas en juego en Kynodontas, cosas que tienen que ver con la capacidad artística de su director para resolver cuestiones de todos los días, o por lo menos bastante habituales, esas que suelen generar en otro tipo de películas preguntas metafísicas (y pedantes) que aquí se dirimen meramente con simpleza y talento. ¿Qué hacer con el tiempo, por ejemplo? ¿Cómo divertirse día tras día “encerrado” si no se cuenta más que con la imaginación que permiten un cielo por el que de vez en cuando pasa un avión o un televisor donde lo único que puede verse son los videos familiares? No hay libros en la casa más que los manuales de anatomía que los jóvenes estudian, ni revistas, y sí un único disco, uno de Frank Sinatra, cantando para ellos en un idioma incomprensible. ¿Y con las necesidades sexuales, con el apetito que para los hijos empieza a crecer en alguna parte del cuerpo? ¿Y con los sentimientos violentos, que parece que no son producto después de todo de “las malas influencias”? ¿Qué hacer con ellos? Con el odio, por ejemplo, los celos, la desconfianza, la envidia, el rencor, cosas que tarde o temprano nos agarran a todos, al menos alguna vez, en un día malo por lo menos.
Son preguntas que el espectador de una gran película como esta no merece que se le respondan en una crítica. Kynodontas es una obra a descubrir por uno mismo, como cualquier miedo, como cualquier recelo, como cualquier hecho artístico notable, único, ejemplar.

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