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agosto 2, 2010 / Roberto Giaccaglia

Con toda intención

Hélice, Gonzalo Castro, 226 págs., 2010, Editorial Entropía, Buenos Aires.

I
Este libro se puede empezar a leer desde muchos lugares. Por ejemplo, desde otros libros. Estaría bien empezar desde William Seward Burroughs y leerlo como uno de sus collages narrativos, con territorios inventados incluidos, y tal vez post-apocalípticos (Nueva Colombia, en el caso de Hélice). Sin la experiencia de Burroughs también se lo puede leer, por supuesto. Vale casi lo mismo haberse cruzado alguna vez con Rayuela, que total es un libro que nunca terminó nadie. Empezar desde el propio libro (es decir desde Hélice) e intentar leerlo en forma convencional es poco conveniente, uno se cansa enseguida. En caso de empezar desde aquí, conviene abrirlo en cualquier página, al azar, leer un capítulo entero (son cortos, son muchos), y luego descansar. Y si tuviéramos la suerte de empezar por la página 113, nos toparíamos enseguida con la clave de la obra: “(…) escribir de corrido exige una determinación, una fluidez; es inalcanzable para el hombre moderno”. Pero siempre es mejor que el lector encuentre su propia clave. Total, en la estructura no lineal cualquier cosa está permitida, incluso no leer el libro, prestarlo, por caso, y que otro nos lo comente —con lo cual podríamos enriquecer la novela, haciendo una “lectura” de la “lectura” que otro haya hecho.

Más claves, que Hélice va dejando caer mientras transcurre, lo que no sé si habla de la necesidad de justificarse (teorías) o de llenar espacios con cosas ya dichas (teorías): “Pensaba si un mundo de alucinaciones felices sería en verdad malo. Sí, entendemos que la destrucción de la cadena de sentido (que va de una punta a otra de la vigilia diaria) es algo atemorizante. Pero si esa ruptura trae una fantasía benéfica, de ilusión completamente tangible, ¿sería tan malo? Y si pudiéramos diferenciar de la puesta real, si identificásemos los compartimentos, aunque no controláramos los métodos de producción…” Así, Hélice es una novela que mete miedo, exclusiva, que lucha afanosamente contra el lector, como si éste fuese un extraño entrando a una fiesta que no le pertenece, una fiesta para el regodeo del autor y nadie más.

Todas estas señales apuntan a lo mismo: solamente yo existo, o sea la convicción metafísica de que nada más que la propia mente tiene importancia, que cosas como “la realidad” o “el mundo” son demasiado misteriosas como para ocuparse de ellas, y que al fin y al cabo no valen la pena, por inescrutables: no hay manera de describirlas, así que mejor hablemos de otra cosa, de la propia mente, claro está, y si hubiera acaso manera alguna de describir el mundo o la realidad, esta tendría que ser a través de lo que se nos va ocurriendo. El protagonista de Hélice, de una manera u otra, lo hace todo el tiempo, lanzando hipótesis cada dos por tres, “Supongo que lo que denominados maldad es cierta anestesia que insensibiliza hacia el dolor ajeno”, “La gente a caballo siempre es un poco ladina”, “El universo del crédito, si bien es fundamentalmente vacuo y neutro, entraña una profunda amenaza para aquel que intenta dejar atrás la realidad de las pasiones…”, “La amistad no tiene temperatura propia, como el amor”, “El sentido del olfato es un dispositivo destinado, probablemente, para emergencias, un órgano de seguridad”, visitando a su psicóloga de tanto en tanto, cosa que suponemos le hace falta. Así, cada cosa que pasa cerca no pareciera ser más que producto de su pensamiento, y éste lo único digno de ser narrado, por más que el propio narrador dude de las virtudes de su mente, de su propia salud o claridad: “¿Tengo yo todas las respuestas? Al parecer sí, en la medida en que reformulo muchas de las pregunta en voz alta, y Matsumi, como un rayo, las responde. Y yo escribo, a mi manera, con mis desviaciones, pero nada es lo suficientemente claro”.

II
Umberto Eco habla de la “intentio operis” para referirse al lector abandonándose al texto, es decir el lector con toda su atención puesta en lo que el autor está contando. Y luego está la “intentio lectoris”, donde es el lector el sujeto de más peso, pues su subjetividad se hace cargo de las cuestiones que ocurren en la lectura (esta vez, el texto se abandona al lector. Pero no sólo eso, sino que es el lector y no el autor quien hace que las cosas ocurran): la obra queda presa de las intenciones del receptor.
Tengo para mí que ciertas obras poseen una capacidad mayor para la “intentio lectoris” que para la “intentio operis”. Mientras leía Hélice, yo pensaba en cualquier otra cosa.

Pero debo que decir que tal vez la culpa sea mía: no soy el “lector modelo” de Hélice —otra categoría de Eco.
Jamás me sentí bien leyendo novelas que se sostienen más en la interpretación que se haga de ellas que en sí mismas. Como si para poder abarcarlas necesitáramos de una estética cuyos meandros se encontraran menos en el libro que tenemos en la mano que en otros que vinieran a respaldarlo. A veces para leer correctamente una obra (si tal cosa es posible) hay que dejar de leer, sentarse a discutir o a escuchar a otro que pueda instruirnos. No hablo ya de “pluralidad de significados”, o de ambigüedad, eso lo tiene hasta Platero y yo. Me refiero más bien al procedimiento: conducir la interpretación de la obra por fuera de ella.

Hay novelas que nunca encontrarán su “lector modelo” —que a mí me gustaría llamar “ideal”: un lector que coopere con el texto, que interactúe con él: un lector, en este caso, que goce de la libertad que el texto no ya sólo le concede, sino que le exige.
Son justamente las novelas que piden demasiado. Descodificar el “mensaje” en los mismos términos en los que el autor lo produjo es una tarea poco probable, pero a veces se vuelve no ya poco probable, sino directamente imposible. Como si el autor no quisiera en realidad que lo entendieran. Como si no escribiese para expresar alguna cosa, o para contar nada, sino precisamente para expulsar al lector, tarea que de tener éxito (hoy los lectores son cada vez menos persistentes) haría inútil las tareas de expresar o contar.

III
Podríamos algún día inventar libros que no se escribieran para ser leídos —libros que expresamente quisieran carecer no sólo de “lectores modelo”, sino también de los de cualquier otro tipo.
Bueno, la idea no es nueva. Reynols publicó un disco que carecía de disco: es decir, uno compraba la cajita vacía, con su arte de tapa y todo, pero sin nada dentro. Y seguramente habrá algún vivo que editó un libro con las páginas en blanco. El problema de los experimentos artísticos es que suelen llegar tarde. Después de ese maldito mingitorio expuesto en un museo, innovar es humanamente imposible. Pero me quedo con la idea de un libro que pretenda a la fuerza carecer de lectores, que los expulse de su universo, que los haga pensar en cualquier otra cosa, menos en lo que el lector va leyendo. Un libro así, podría tener frases como esta: “Los concesionarios habían desarrollado un sistema hipertecario basado en un coeficiente de evolución inherente, por el cual aquellos que menos se desarrollaban iban perdiendo su capacidad de crédito hasta extinguirse” (Hélice, página 14). O esta: “Bueno, supongamos que sí, que doy mi mejor empeño en emprendimientos que sólo sirven para movilizar créditos, para alborotar ciertos osciloscopios financieros, y para mineralizar, capa por capa, las policromáticas estructuras fiduciarias de algunos grupos que ya no te interesan” (Hélice, página 16). Puff. Si Horacio González escribiera una novela, le saldría algo parecido a estos párrafos: atentando contra la sutileza, no sólo sin preocuparse por las escorias retóricas, sino cubriéndolo todo con ellas, adrede.

Un libro así podría ser el de la novedad perpetua, o sea un libro que fuera dejando afuera por cansancio a todo lector que se atreviera a agarrarlo. Pero tampoco. Apuesto a que algún académico caería sobre él, hambriento de sus raciones joyceanas y lacanianas, y se lo devoraría sin más.

Lo que molesta de la vanguardia no es, a esta altura, su futilidad, sino su empecinamiento. Con lo cual, como todo el mundo habrá adivinado, deja de ser vanguardia. No se puede ir contra la norma (o de lo que se cree es la norma: contar una historia lineal, en este caso, que se entienda, etc.) a punta de pistola, porque esto ya no constituiría ir en contra de nada, sino que se estaría obedeciendo a alguien (¿a quién?, me pregunto, ¿a Tabarovsky?). ¿Qué clase de revolución hay allí? La vanguardia debe proponerse la revolución, o quedarse en casa, a escribir para nadie. O no para nadie, sino para otros escritores, colegas que a su vez deberán practicar algún tipo de heterodoxia (o de sectarismo).

Off-topic
Escribir para uno mismo no es igual a ser solipsista. El solipsismo no supone un escritor aislado, a la intemperie, sino, por el contrario, un escritor protegido por los de su especie. Una progenie de individuos que escriben para ver quién la tiene más larga. Siempre que se escribe dentro de un grupo, se escribe a salvo. En el solipsismo, siempre habrá alguien que nos festeje. No es difícil encontrar amigos en los cócteles, en las presentaciones, en las redacciones, en la propia editorial. Es la famosa camarilla intelectual, o la del favor con favor se paga. Así, la crítica literaria es un asunto complicado, por no decir inexistente, que vale tanto como las contratapas de los libros. El mundillo literario es tan pequeño que todos se conocen, y leer una crítica mala de un escritor más o menos nombrado se vuelve cada vez más difícil (las reseñas suelen escribirlas los propios colegas, cuando no compañeros de trabajo del propio escritor). Todo se vuelve palmadita en la espalda. Dale, seguí así, que no te entiendo un comino, pero vas bien (siempre y cuando, a tu turno, digas lo mismo de mí).

IV: El mal cine es aquél que no tiene centro (Roberto Pagés)
La interpretación de Hélice no está sostenida por el texto, sino por las intenciones de su lector, que hará lo que quiera con la novela, o lo que pueda. El texto en sí es incapaz de excluir los puntos focales que se le atribuyan, por más variados o alocados que sean. Nada de lo que el lector piense es injusto en esta novela. El narrador puede hablarle a un amigo/a o a un novio/a, puede ser un hombre corpulento o alguna clase de animal o de extraterrestre, viviendo en este planeta en un futuro lejano, o en el presente en un mundo distinto. Hélice no tiene centro, pero tampoco bordes.
Agustín decía que si una interpretación parece posible en determinada parte de un texto, dicha interpretación sólo puede ser aceptada (o por lo menos no negada) si se confirma en otra parte del mismo texto. Es la “intentio operis” de la que habla Eco. Algo que no preocupa en absoluto al autor de Hélice. Es más, si le preocupara conseguir un lector que se abandonara a su texto, debería esperar sentado. El autor de Hélice espera más bien, si es que espera algo, que el lector haga de la historia su propia historia, que los elementos “descritos” en lo que se va contando obedezcan a lo que el lector se está contando a sí mismo.

Podríamos leer Hélice como lo que podría llegar a ser, una novela epistolar del futuro, ¿pero para qué? Conviene más pensar en otro tipo de obra, exactamente el que queramos. ¿Ciencia ficción? Sí, claro, ¿por qué no, si hay alguien viviendo en la luna? ¿Cyberpunk? Dale, total hay espejos de rayos equis, burbujas de realidad virtual, autos que andan solos, y los personajes no saben dónde están parados. ¿Y si fuera una novela rosa sobre un triángulo amoroso? Sí, también se puede.
Hélice es un texto abierto, con una infinita cadena de interpretaciones, cada una de las cuales legitimables a su manera. La novela, en su incompletud, nos obliga a esto, a leerla como se nos venga en gana: su lector modelo es aquel que no para de ampliar el universo del discurso. Es decir, muy pocos. Beatriz Sarlo, tal vez, y alguno más. Me vienen a la cabeza más palabras de Umberto Eco, esta vez graciosas y acerca de las lecturas posibles de El proceso, de Kafka: decía que se puede leer como si fuese una historia policíaca. “Legalmente podemos hacerlo”, dice Eco, pero “textualmente” el resultado sería lamentable, empobrecedor. “Más valdría usar las páginas del libro para liarnos unos cigarrillos de marihuana: el gusto sería mayor”.
Con Hélice no existe ese problema. Cuanto mayor sea el texto que se nos ponga enfrente, menos nos favorecerá a nosotros como lectores la “ampliación” de su universo. Pero, en cambio, tal vez le vengan muy bien a un texto menor esta clase de aportes. Para completarlo, ¿no?

V
¿Es una literatura del lenguaje, acaso? ¿O de la forma? Todo eso ya sería algo, o más bien sería bastante, pero no. Hélice es más bien una literatura de la indulgencia. Uno está tentado a pensar que Castro no se tomó el trabajo de corregir, sino que primero pensó en publicar, emprendiendo una cruzada contra la calidad, a lo Aira (un Aira de otra clase, porque el verdadero no se habría permitido un libro donde el lector no se riera al menos una vez), preocupado más por el proceso que por el resultado, desoyéndose a sí mismo acaso, o al menos al superyó, que le gritaba que todavía no entendía lo que estaba haciendo.
Si fuera una literatura del lenguaje, no se lo estaría derrochando en frases como esta: “El camión de recolección de residuos estaba cinco pisos debajo de la ventana, comprimiendo basura”. Eso es lo mismo que decir que el camión de la basura estaba en la calle trabajando, ¿no? Pero eso no es todo lo que Castro puede decirnos del camión de basura: “Las grandes paletas retráctiles de la compactadora engullían y liberaban el buche para seguir ingiriendo todos esos pequeños contenedores, berberechos que quedaban vacíos”. Antes de que el camión termine su trabajo, el lector ya se durmió.

Así, Hélice es también una literatura del capricho. Lo es, sobre todo, porque no hay nada esencial en ella. Nada, por ejemplo, que nos haga levantar la vista con admiración y ponernos a pensar un poco en lo que acabamos de leer. No hay asombro. Alguien podrá argüir que ya no se escriben libros esenciales, o que pretendan la admiración, o siquiera que nos hagan levantar la vista. ¿Y para qué se escriben libros hoy entonces?

VI: En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte (Susan Sontag).
Vuelvo a decirlo: no soy el lector modelo para esta novela, no me rijo por la teoría a la hora de sentarme a leer, sino por el sentido común: algo me gusta o simplemente no. De eso trata la erótica de una obra, de si hace mella o no en los sentidos del lector. De ahí viene la frase de Sontag. La hermeneútica sirve acaso para defenestrar, o para ponerse un poco odioso (como ya me puse yo), no para justificar nada —un gusto más elevado, por ejemplo. Cuando hace falta que recurramos a eso, la hermeneútica, para hablar sobre una obra, no creo que hayamos disfrutado mucho, ni siquiera intelectualmente. El gusto (el placer) sopla donde quiere, también en las ideas.
Pero en este caso ni falta que me hace eso de la hermeneútica. Para que esta novela me gustara, tendría que ser un tilingo, o un crítico cool, subordinar mis sentidos al esnobismo (porque esta es una novela distinguida, para cierta clase de lectores), o a un contracanon tal vez, o a la vanguardia como método, modalidad u organización: como si fuera imposible leer por fuera de la academia o de los cócteles editoriales. Me quedo mil veces con la simpleza, llanura y aún acritud de Bajo este sol tremendo, aunque sepa que también la acritud esté de moda, que sea una práctica usual, y que cosas como la dicha o la felicidad se consideren grasa en la literatura argentina. Por lo menos en la novela de Busqued hay rigor, aquel que nos obliga a seguir leyendo. Curiosamente, en Busqued tampoco hay riesgo (o hay, a lo sumo, la misma clase de riesgo que había por ejemplo en Di Benedetto, el riesgo de encontrar la palabra más limpia posible, por más que en Di Benedetto esa palabra dijera más, un poco más —aunque esto sea quizá cuestión de tiempo: es la primera novela de Busqued), pero yo leería de nuevo Bajo este sol tremendo, por más que supiera que en el libro no encontraría nada nuevo, como la primera vez, en realidad. En cambio a Hélice no la agarraría de nuevo ni borracho, por más que, a su vez, seguro esta vez se me ocurrirían cientos de cosas nuevas, todas distintas a las de la primera vez.
Ahí reside la diferencia entre un texto cerrado y otro abierto.
Que de estos últimos se encarguen los profesores de literatura, o los críticos tilingos.

3 comentarios

Dejar un comentario
  1. juno / Ago 2 2010 7:55 pm

    uy, dios, que crítica tan farragosa, Roberto! entonces es malo que un texto esté abierto?
    no entendí un catzo.
    y los fragmentitos que citás no están tan mal, debo decir.
    da la sensación de que escribiste enfurecido, sin pensar demasiado bien nada.
    supongo que si la idea era que no te confundieran con un crítico tilingo, lo lograste.

  2. La joven vida de / Oct 26 2010 12:59 am

    “juno” debe ser Castro, ningún otro dejaría un mensaje así. juno o Castro: hacete cargo: si te salió una novela fea, y bueno, qué les va hacer.

  3. Daniela / Jun 12 2013 5:37 pm

    Bueno es tener una editorial, si de publicar este tipo de libros se trata.

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