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agosto 10, 2010 / Roberto Giaccaglia

En qué se están yendo los días (7)

Carancho, de Pablo Trapero, tiene un final malísimo. Me hace acordar a esas canciones que terminan yéndose de a poco, evanesciéndose, como si el compositor, extraviado, no hubiera sabido cómo o dónde poner el último acorde. Pero acá es peor, siempre en cine es peor, porque de todas las artes parece por alguna razón ser la más moral, o, mejor dicho, donde las cuestiones morales se dirimen más claramente. El final de Carancho es un final temeroso, ni chicha ni limonada, como si al director le hubiera costado jugarse por alguno de sus personajes y hubiera elegido el azar como juez definitivo. Y un cierre así, para colmo, te arruina toda la película, que tan mal no venía. Alguien podrá compararla al final de Reservoir Dogs, y sí, claro, donde los pistoleros, que no son todos tan malos, que no son todos tan buenos, se disparan entre sí, queda uno solo vivo (y otro más o menos), se escucha un disparo y la pantalla se funde en negro, mientras se oyen, todavía, como en una letanía, palabras que van apagándose, son las de nuestra memoria, todavía prendida del destino de Mister Pink (Steve Buscemi, que sale corriendo antes de los tiros), que nunca tendremos claro. Pero el cine de Tarantino es todo así, efectista. En cambio a Trapero le queda mal un final de esta clase para su película, no por tratarse de un cineasta más sutil, cosa que nunca fue (en Mundo grúa, todavía su mejor película, no había sutileza, sino sensibilidad, que es otra cosa), sino más bien por sus pretensiones de seriedad, las cuales al fin y al cabo pasan a ser una tomadura de pelo si todo queda en la nada. El desempleo, la desesperanza, la marginalidad, la corrupción, el sistema que fagocita todo lo bueno, y que si acaso deja algo de margen para el amor, es decir las cuestiones que Trapero viene tratando desde siempre, y con las que nos hace preocuparnos por las vidas de sus personajes, de pronto, con toda la carga y tensión que nos venían haciendo acumular a lo largo de la película, se dirimen con un choque lateral de un vehículo a toda marcha. Dejate de joder. En el cine argentino, me temo, viene ocurriendo lo mismo que en su literatura: la dicha y la felicidad se consideran grasa. Y no es grasa, extrañamente, la reducción del cine o de la literatura a la tarea de noticiero cruento y supuestamente valiente (también amarillista), que día a día nos quiere mostrar la realidad cruda, es decir sin procesar, como si cierto “marco realista” garantizara al mismo tiempo verosimilitud, o como si ésta, ya que estamos, fuera de por sí un elemento digno de tener en cuenta. La autenticidad acaso esté en otro lado. Tal vez en el amor por el cine, cosa que Carancho muestra menos que su pretensión de realidad y, dios y José de Zer nos libren, de denuncia social.
(Leo a Fernández Porta: Toda obra realista se basa en una apelación directa a la identidad de clase del espectador. Puede ser, la frase es rebuscada, pero algo de razón tiene. Así, un habitante del conurbano bonaerense podrá decir: Sí, es así, tal cual, con lo que Carancho le puede parecer una maravilla, en su condición de registro exacto, o de lo que por lo menos ese espectador considera exacto, ya que su experiencia nunca será lo suficientemente exhaustiva. Pero habría que ver qué tiene para decir un verdadero carancho. Aunque no sé si esto tiene mucho que ver con el cine, repito. Y, en todo caso, ese final tragicómico da con todos estos asuntos de la “autenticidad” por tierra: un final de esta clase es más bien una “intromisión” autoral, y una bastante desafortunada.)
Disfruté mucho más de Les herbes folles, la última de Alain Resnais, quien parece tener cuerda para rato, como decíamos en el pueblo de los viejos pertinaces, enamorados de su profesión, que nunca dan el brazo a torcer. Si hay algo notable en Les herbes folles es justamente lo mismo que hay para señalar en Tarantino, al que mencionaba recién ya no recuerdo por qué: amor por el cine. Así como Tarantino se la pasa citando a sus cineastas preferidos, o a sus héroes de algún otro tipo, criminales por caso, y rindiéndoles homenaje, como el Mister Blue de Reservoir Dogs, Edward Heward Bunker, Alain Resnais hace lo propio y no escatima lujo ni bondades a la hora de mostrarnos en quién y en qué cosas se ha inspirado, en Hitchcock y en Lynch, por ejemplo. Su película es una colección de aciertos memorables, pura forma por donde transita una historia sin importancia, de amor y de desencuentros. Alain Resnais, a esta altura, ya no nos quiere contar nada. Más bien nos dice de lo que es capaz su ojo todavía, su buen gusto, su talento. El final de Les herbes folles también sorprende, porque no entendemos nada. Pero esto habla más del humor de su director que de un capricho moralizante o un cierre a las apuradas, cosas que sí se pueden encontrar en Carancho.
Recién mencioné a Edward Heward Bunker, y no sé si casualmente, sino porque desde que leí su historia el tipo me está dando vueltas en la cabeza. Este Tarantino, las cosas que rescata. Lo rescató a John Travolta, cuando estaba más para Bailando por un sueño que otra cosa, y antes ya lo había rescatado al delincuente este, Bunker, que al parecer fue escritor también, para hacer justamente de delincuente en Reservoir Dogs, y rescató por supuesto a “Pam” Grier, la estrella negra de la blaxploitation, de la que nadie se acordaba ya. Es más, si alguna vez Tarantino se retira del cine, podría armar una versión todavía más camp (por no decir “berreta”, que es menos cool) del programa de Tinelli, otro que se dedica a rescatar del ostracismo a figuras perimidas.
Pero bueno, a lo que iba, Edward Heward Bunker. No me hago el piola, no lo conocía. Pero el otro día, el sábado nomás, leyendo la Esquire, revista que no compro (por cara), pero que sí hojeo, gratis, cuando visito a mi viejo, que tiene quiosco, veo una nota sobre este tal Bunker —ladrón de bancos, narcotraficante, falsificador, chantajista y por último actor y escritor, dos cosas que seguramente le habrán resultado un poco más aburridas que el resto, aunque hasta donde yo sé no ha tenido problemas con la ley por ellas. No hay caso, siempre pensé lo mismo: las historias de tipos duros deben escribirlas los tipos duros. Por eso me molestan tanto esas novelas cargadas de violencia y de personajes que se comerían cruda a tu hija, pero que uno presiente todo el tiempo que están escritas por algún profesor de literatura. Hay un tono que los delata, una pretensión, la de volver eso que tienen en la cabeza (y que no vivieron ni de lejos) un best seller. Vuelvo al tema de la autenticidad. Por eso me sentaría con ganas a leer Little Boy Blue o Stark, novelas seguramente violentas, con personajes miserables y llenos de odio, perdedores que deben probar el crimen para ver si ganan alguna vez, pero escritas por un hombre así, como en un tiempo me senté con ganas a leer Los hombres duros no bailan, de Norman Mailer, otra novela hard-boiled feroz, escrita por un hombre de cierta fama y dinero, es cierto, pero que al menos acuchilló a su mujer.

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7 comentarios

Dejar un comentario
  1. carlos / Ago 11 2010 12:50 pm

    siempre pensé que las mejores novelas de Mailer eran las que no estaban encorsetadas en la pretensión de La Gran Novela Americana, las novelas aparentemente menores: Los hombres duros no bailan, Un sueño americano, El parque de los ciervos.

  2. Roberto Giaccaglia / Ago 11 2010 11:12 pm

    Sí señor, esa pretensión ha arruinado muchas novelas, ha hecho que los buscadores de tamaña empresa escribieran varias páginas de más. La Gran novela americana son los cuentos de Cheever, o los relatos de Carver, todos juntos, en un solo volumen.
    No leí El parque de los ciervos, será cosa de buscarla, gracias por recordármela, un abrazo.

  3. carlos / Ago 12 2010 6:59 pm

    yo tengo una edición bastante baqueteada, si te interesa te lo presto cuando vengas a buscar tu novela

  4. Koba / Ago 13 2010 4:47 pm

    Hola Roberto, tanto tiempo.
    Qué cierto eso de que solo los tipos duros deben escribir historias de tipos duros, sin dudas Mailer cumple esa regla. Otros ejemplos, Cormac Mccarthy y James Ellroy.
    En cuanto a Carancho, me dieron ganas de verla, ¿tan flojo el final?
    Abrazo

  5. Roberto Giaccaglia / Ago 13 2010 5:30 pm

    Koba, ¡qué gusto!
    Mirá, me parece que el final de Carancho va a ser más famoso que la propia película, pero mirala y después decime.
    En cuanto a los escritores duros, y sí, es cierto. Alguien podrá alegar que Bradbury no visitó Marte antes de escribir sus crónicas marcianas, pero no es lo mismo. Ya dije una vez que en un libro no se puede uno mandar la parte, escribir, por ejemplo, que la vida es una mierda, que todo está podrido y después agradecer en la última página al agente literario que nos consiguió el contrato. Son detalles. Ellroy, por caso, es un tipo antipático, y así es su obra. Para no hablar de casos extremos, como Céline, o Houellebecq, que es peor. A uno le podrán o no gustar sus libros, pero nunca podrá decir nada acerca de su autenticidad.
    Un abrazo.

  6. lanoviadetroll / Mar 25 2011 4:00 am

    Adhiero final ruin, culposo…el pibe no sabia si hacer una de Genero o de Denuncia/ “realismo”…asqueado de sí mismo decidió un final “de género” que reniega de sí mismo por su aparatosa “oscuridad” y “pesimismo” – en ese sentido el final de Pizza Birra y Faso (también con el doble registro genero / “realismo”) resolvía mucho mejor la cosa dando un cierre al personaje pero dejando que la “maldición” o el problema continuara no resuelto, en fuga (el gurí por venir)…

    Más alla de eso hay un par de escenas que están muy bien filmadas: la mejor, supongo, es la de los Barra Bravas reventados y peleandose en el hospital, saliendo por la puerta “equivocada” y cn los medicos en el medio: LMAO

    Salú

  7. Roberto Giaccaglia / Mar 25 2011 2:08 pm

    Esa escena estuvo bien, es cierto, tal vez lo mejor de la película.

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