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septiembre 14, 2010 / Roberto Giaccaglia

En busca de W. (2)

Bitácora del capitán: he mirado por el círculo de cristal los camarotes de los oficiales. Los noté pálidos, con los ojos hundidos, casi diáfanos y totalmente extraviados. Desde el comienzo de la confusión, son los únicos que no se han despegado de sus lechos. Da lo mismo, pues no creo necesitarlos.
Únicamente el oficial Aurich hizo algún movimiento desde su litera. Creí, por un momento, que sus ojos se reponían y lograban ver algo entre la maraña de sensaciones que seguramente pasaban frente a ellos, tal era la vaga expresión de su rostro, tal el caos y el desconcierto de su mirada. De pronto pareció fijarse en mí. Creí, incluso, que asentía ante mi muda presencia desde el círculo de cristal de su camarote, dándome a entender que comprendía nuestra situación o tal vez haciéndome figurar que él tenía razón después de todo, pero que sin embargo se abstendría de culparme.
De haber podido hablar, de haber podido, quiero decir, hacerme entender, no sé qué cosa podría haber contestado a esa mirada. Pero yo estaba tan en silencio como lo estuve ante el pájaro que nos sobrevoló en los días pasados, y pensé que ese pájaro y los murmullos que por así decir iban con él tras sus plumas y la mirada de Aurich que parecía entenderlo todo o bien reprocharme quedamente nuestros avatares, tenían algo que ver, estaban compuestos de lo mismo. Siempre es igual ante una desgracia: nos reprendemos por no haberla visto venir, a pesar de las señales, que ahora se nos hacen tan patentes, en parte porque no ha de faltar el vuelo de algún pájaro o la mirada de un compañero que nos diga que al fin y al cabo sucedió lo que tenía que suceder.
Comprendí, entonces, como quien de pronto ve lo que siempre estuvo ante sus ojos, que yo lo había desoído, que en algún punto no había prestado atención a sus advertencias, y que por ello nos encontrábamos así ahora, navegando sin rumbo aparente y con nada más que en nuestras cabezas la presencia de la isla o de W., y en ningún otro lado visible o por lo menos probable, aunque supe también que confiar en esa repentina revelación mía no era más que entregarme a la misma clase de habladurías que los marinos borrachos mentan las noches en que oyen aullar a los lobos o, peor, en las noches en que no oyen nada, esa clase de chismes o maledicencias que convierten, por caso, al relato de Jonás y la ballena en una premonición certera de lo que le ocurre a un hombre cuando pretende mediante trucos o maquinaciones escapar a su destino.
Quedé un largo rato contemplándolo, incapaz de hacer ninguna otra cosa, y recordé el extravío de esos mismos ojos a su regreso de la tierra de los nahuas, adonde había ido como oficial de Francisco de Frisio, uno de los últimos capitanes de los países bajos en alimentar todavía cierta disputa contra los españoles en lo que hace a los terrenos de Mesoamérica.
Al parecer, cierta noche, luego de que Francisco de Frisio se hubiera hecho entender a base de regalos y de advertencias varias sobre los españoles, que se le habían adelantado, y que, por así decir, ya se habían encargado ellos mismos de corroborar lo que ahora de Frisio les estaba diciendo a los indios, el capitán fue invitado a un banquete en su nombre, al que, le dijeron, podía invitar a uno solo de quienes lo acompañaban, un hombre, le avisaron a su vez, que debía ser de su mayor confianza y por el que debía profesar la amistad verdadera. El capitán no dudó, y llevó consigo a su oficial Aurich.
Los nahuas habían estado preparando durante todo el día en una olla enorme una comida cuyos vapores embriagaban los sentidos, no había marino en todo el Duitsen Bloed, el barco de de Frisio, que no sintiera acometer los más feroces ruidos de su estómago ante la presencia continua y creciente del aroma que salía de esa olla. Pero sólo dos hombres del Duitsen Bloed estaban destinados a dar cuenta de al menos parte del contenido: el capitán y el por entonces su oficial preferido.
La ceremonia fue breve, de Frisio y Aurich se sentaron enfrentados al jefe de los nahuas, quien luego de unas reverencias para ellos incomprensibles extendió a cada uno un par de cuencos de forma irregular, aunque se diría ovalados, uno de madera, un poco más pequeño, y el segundo de piedra. Entendieron, por las señas del jefe, que uno debía ocuparse para servirse de la olla y el otro para colocar la porción. Cantando, un sacerdote encabezó la entrada de la olla, que fue traída con unas enormes y gruesas varas atravesando las asas y portadas por indios en respetuoso silencio. La olla fue colocada en el centro de los tres participantes del banquete. El aroma, en efecto, provocaba por sí solo un placer indescriptible.
Aurich se fijó sin más en el contenido: sobre una espuma amarilla producto de lo que parecían granos de maíz cocidos de más y aplastados, flotaban dos muslos de hombre joven, brillantes, bañados por una tibia capa de grasa seguramente proveniente de la propia carne y algo rojo, que quizá fuera alguna clase de rode peper. Aurich sintió desvanecerse, pero ante su sorpresa de Frisio se sirvió de forma ávida, llenó hasta el borde su cuenco de piedra y desgarró uno de los muslos, con ayuda del cuenco de madera, posándolo brevemente allí, medio metido en el caldo, y tomando trozos de la carne caliente con las puntas de los dedos. Antes de que Aurich levantara la vista, el jefe de los nahuas ya le estaba ofreciendo pedazos del muslo restante. En sus manos, la carne parecía de cerdo, jugosa y llamativa, de un suave color marrón, pero sin importar el animal del que proviniera, el pedazo de carne desgarrado y gentilmente ofrecido era después de todo ante sus ojos de hombre todavía hambriento, y esto fue lo que terminó de espantarlo, simplemente carne, eso y nada más, un pedazo de carne.
Me costó no sentirme renovado luego de ingerir el plato, me dijo Aurich, pero todavía siento el sabor de la comida en mi boca. Yo no soy un dios, dijo, tal vez por eso, tal vez porque no me correspondía estar ahí comiendo y disfrutando es que todavía siento ese sabor. Esa sangre estaba destinada a lo que ellos creen que satisface al jaguar y al águila, al mono y a la serpiente y a las plantas, al sol y a la lluvia, no a un humilde servidor de su reina, católico, por demás, un obediente oficial de su capitán, que esa noche vio cómo tragaba desaforado lo que antes de cocinarse había sido un hombre.
Sus ojos, mientras me lo contaba, estaban hundidos. Por lo impropio que me pareció la cena para un hombre de mis condiciones, siguió diciéndome, en extremo modestas quiero decir, anduve turbado, preso de excesos, delirios de grandeza, se diría, ufanado, como mi capitán de entonces, creído capaz de hacer cualquier cosa. Yo tenía la Machtgefühl, la convicción de que se es dueño de un poder supremo, la peor de las enfermedades del espíritu. Y era lógico, pues esa comida estaba destinada a dioses, o por lo menos a grandes reyes, cosas de las cuales mi pobre condición no había hecho más que alejarse. No sé por qué, pero se me ocurrió que si esa carne también había sido para mí, todos podríamos serlo para cualquiera. Desde entonces, siguió diciéndome, todo emprendimiento humano me parece destinado a ser parte de alguna clase de sacrificio, como si nunca dejásemos de ofrendar algo de sangre, sea la nuestra o de alguno con menos suerte que cayera bajo nuestro control, siempre injusto y aprovechado. Debería pues retirarme de toda actividad, debería pues esconderme, o bien vagar solo, y descuidarme, convertirme en algo menos que un pordiosero, vivir apenas de los restos, o caminar hasta desaparecer. Pero descubro para mi horror que todo eso me es más costoso que simplemente entregarme al desuello de los días. como uno más, como uno cualquiera, como quien todavía no lo hubiera entendido y siguiera viviendo y alimentándose como siempre, procurándose lo mismo de ayer y de antes de ayer y así hasta que el recuerdo de cómo empezaron las cosas se funda en el final al que todos estamos destinados.
El capitán de Frisio no iba a contar con él para el próximo viaje, pues Aurich, a costa de ser degradado a la condición de marinero raso en caso de necesitar trabajar para los servicios oficiales nuevamente, o incluso arriesgándose a pertenecer a esa difusa cofradía que componen desertores y conspiradores, por lo que estaba poniendo en riesgo no ya su honor sino su cabeza, se enlistó en un barco ballenero rumbo a la estación establecida por Smid Hippkis en cercanías de la colonia de New Holland, es decir en la mitad más apreciada del Gran Banco de Arena Australiano, justo en el punto donde el río Moyne se une al océano, uno de los sectores de la Dhauwurd wurrung preferidos por convictos y demás gentes en problemas con la ley, que se asentaron en la zona, junto al misionero Hippkis, gran arponero, y su mujer, todavía más dura que él según dicen, llevados por el capitán Woodriff para poblar aunque fuera con lo primero que se encontró disponible, bandidos y curas, las tierras de ese gran desierto antes de que lo hicieran los franceses. Aurich entabló relaciones con uno de los descendientes de Hippkis, de nombre Gleneg, y logró aprender varios dialectos de las tribus de la Dhauwurd wurrung, e incluso de regiones de más al este, entre ellos el de los Knarn Kolak, por ejemplo, que le resultó extrañamente familiar al nuestro propio. Tal es así, que a Aurich no le parecía en absoluto un error establecerse para siempre allí, junto a hijos de bandoleros y de misioneros, comandando tal vez un día su propio barco ballenero, viviendo de lo que el mar tuviera para darle y del reposo que el desierto de su nuevo hogar le propusiera cada vez que pisara tierra firme. El barco ballenero se volvió sin él, y Aurich vivió relativamente feliz un tiempo. Pero su reino no lo iba a abandonar así como así: un hijo del capitán Woodriff, es decir de aquel mismo que ayudó a poblar la Dhauwurd wurrung y demás terrenos aledaños con bandoleros y curas, en un navío hecho en parte con los restos del Calcuta, o sea el barco de su padre abatido por mercenarios en el Atlántico —mercenarios, se dice, pagados por el Reino de Francia, que siempre estimó en demasía las tierras de Sahull o Sahoel, es decir el Gran Banco de Arena Australiano—, lo descubrió y lo trajo de vuelta: Aurich no le debía sólo su lealtad a la reina, Aurich le debía también al capitán de Frisio, que olvidó su amistad y acaso la cena compartida con los nahuas años atrás, y lo degradó al rango de lustra cubiertas, en supuesta condición de la cual lo tomé yo para mi barco, antes de salir rumbo a W. Una vez a bordo, le restablecí sus honores.
¿No será un error, me dijo entonces Aurich, volver a encargarme del puñado de hombres que todavía quieran obedecerme, en vez de simplemente fregar y echar agua allí donde me lo pidan? ¿No temes que traiga la desgracia a este barco, que mi destino, siendo otro, arrastre consigo a todos quienes habrán de acompañarte?

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