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septiembre 21, 2010 / Roberto Giaccaglia

En busca de W. (3)

Al capitán Dunwich le llevó dos meses y medio dar con la isla. Yo he consumido, hasta ahora, más de tres meses en el mar. No hay desesperación en mis hombres, en mis hombres, en realidad, no parece haber nada. Han perdido, como yo, cabal cuenta de los días. Digo tres meses, pero todo desde aquí no puede ser más que estimativo. Nada puedo saber con certeza, he anotado los días, sí, he puesto en estas hojas cada una de las cosas más o menos significativas que han ido ocurriendo, el vuelo del extraño pájaro por encima de nuestras cabezas, por ejemplo, los ojos extraviados de mis oficiales, el vano asentimiento y acaso ufanarse de Aurich, también, como los otros, con sus ojos extraviados, y sobre todo mi extraña quietud al contemplar todo eso, pero muchas de esas hojas mientras escribo esto están ahora en blanco, un blanco que se me figura enorme, como un abismo. Abro el cuaderno y puede muy bien estar lleno, pero si lo cierro luego de escribir en él difícilmente recupere lo escrito. Como si una fuerza me empujara sólo a revisar, no a agregar nada, apenas escribo, contrariando vaya uno a saber qué voluntad, las viejas notas desaparecen, para hacerse patentes recién cuando dejo mi pluma de lado y me pongo, simplemente, a leer.
Pero aún así, por más que intente, digo, leer y nada más que leer, no me es sencillo apreciar en su justa medida lo que llevamos vivido. Como si fuese otro y no yo mismo quien hubiera puesto por escrito lo que ha venido ocurriendo, la lengua en la que todo, absolutamente todo, al parecer, está detallado, me resulta extraña, o por lo menos apenas descifrable, y no sin un esfuerzo que al menos en estos momentos no puedo llevar a cabo. Tal vez por aquello que dicen acerca de cualquier imagen, que se vuelve nítida recién a la distancia, los detalles aún menores que mi memoria puede más o menos poner en claro, se nublan ante mi vista. Por eso, creo yo, me limito ahora a escribir, a tratar, al menos, que sea alguien más y no este humilde capitán quien se entere de lo que ocurre y cómo, si acaso esto fuera posible y no le sucediera ante estas hojas a cualquier otro lo mismo que a mí.
Para quien vaya a leer estas notas, supongo, de lograr hacerlo, las mismas constituirán una cosmología, el origen de cierto universo, el que se formó alrededor de un puñado de hombres comandados por un capitán absorto, sin rumbo, como lo habrán sido o de hecho sí que lo fueron las notas que el naturalista Albert B. Edwin fue tomando a bordo del bergantín Beagle —un barco diseñado no con la idea de descubrir ninguna cosa sino con el pensamiento puesto en derrotar a Napoleón, cosa para la que ciertamente no iban a alcanzar sus diez cañones, que luego fueron reducidos a seis—, con la esperanza de dar con alguna clase de explicación acerca de nuestro nacimiento, o, al fin, de cómo fue que hemos ido poblando la tierra, a partir de qué clase de resolución o de qué materia. Las nuevas tierras desde las que llegaban viajeros maravillados por las especies de fantasía que decían haber encontrado, tanto de animales como de plantas como de costumbres humanas, alimentaron la creencia de que en su seno anidase alguna clase de pista, una estela que, por así decir, hubiese sido puesta allí por alguna clase de fuerza, con la esperanza de que algún día algún hombre pudiera seguirla y encontrar para todos nosotros una respuesta, la que, de ser así, sería la definitiva: el misterio de los misterios, de dónde venimos.
Albert B. Edwin partió pues de las costas inglesas con esta ilusión, tan asida a los sueños como lo son después de todo las ilusiones necesarias, o a la larga las elementales, las verdaderamente importantes. Llevó consigo una bolsa de viaje, un par de zapatos, una lente confeccionada por Bancks&Son, un compás, una brújula y otros instrumentos, barómetros, por caso, y algo más, de lo que no ha quedado nombre registrado, y que al parecer era de su invención y servía para medir la magnitud de los terremotos, así como dos pistolas, un rifle, una caja de lápices, varios cuadernos y libros, algunos escritos en español, con la confianza de ir entre tanto aprendiendo algo del lenguaje con el que se iba a encontrar, pues visitaría colonias españolas, literatura, también, pero no cualquiera, sino esa literatura que leen geógrafos, naturalistas y exploradores, Humboldt, Lyell y Hutton —de quien, no sin placer, yo guardo en mi recámara Theory of the Earth; with proofs and illustrations—, y, su objeto más estimado de toda la carga, un amuleto confeccionado con el cabello de su amada, que llevó prendido todo el tiempo de sus ropas mediante un broche de hueso.
Albert B. Edwin era apenas un invitado en el barco, nada más, pero gozaba de la plena amistad del capitán Fitzroy, con quien surgieron tales discrepancias durante el viaje que hablaron poco y nada al arribar a las costas del Brasil, y menos aún después, cuando siguieron hacia al sur.
Fitzroy, quien por su condición de hombre por decir así ungido de poder real, se daba lo justo y necesario con la tripulación, a quienes consideraba de una categoría tal que a veces ni se dignaba a mirar, debía comandar un barco destinado a precisar aún más la cartografía de las nuevas tierras, o sea un relevamiento de datos que su reino estimaba necesario para la expansión del imperio, detenido, por entonces, muy hacia el norte, pero la presencia de Albert B. Edwin no estaba de más, ya que éste era el mayor experto por entonces en animales y plantas exóticos, así como un geólogo notable y un gran escritor. Cuando Fitzroy comentó su idea al poder central de llevar consigo a un compañero letrado de la clase de Albert B. Edwin, se dispuso incluso que el estudioso ocupara la parte más grande y cómoda del bergantín, la sala destinada a los mapas y a los instrumentos de navegación, así como la parte del barco donde, por la distensión que su holgura proporciona, se toman a veces las decisiones más relevantes. Esta sala se encontraba, incluso, por encima de la habitación del capitán, una cabina varios palmos más baja y hasta más estrecha y oscura. Tal vez haya sido por esto mismo que Fitzroy le haya tomado ojeriza a Albert B. Edwin, con quien, se dice, no había compartido pocas rondas durante años y años. En un punto, todos menos Fitzroy estaban muy complacidos con las tareas que el naturalista iba a llevar a cabo en las nuevas tierras, quien vio en la oportunidad brindada la posibilidad de consumar toda una vida de estudios, comenzada en Edimburgo y luego continuada en Cambridge y destinada, en parte desde el terreno indómito, salvaje y tan nutrido de las nuevas tierras, y en parte desde su mera especulación, en el corazón de una cabina espaciosa y llena de luz, en la que llenaba a diario hojas y hojas con sus teorías e hipótesis, a cambiar nuestra visión del mundo.
Luego de casi cuatro meses Albert B. Edwin llegó pues a las costas del Brasil. Empiezan a aparecer en sus cuadernos nombres de animales: nombra a varias estrellas de mar, a varios erizos, a algunos pájaros y peces, orugas, mariposas y armadillos, que son, por mucho, lo que más llama su atención. Tal es así que hay un cuaderno entero dedicado a la especie. Cree notar en su caparazón el entramado de todas las respuestas. Would not be surprising, escribe, that these small animals kept on the outside a set of answers, as if a treaty had been conceived in its structure, an essay about times past and times to come. Más adelante en su viaje los disfrutará como cena: descubre que asados son una delicia, y algo más, que viene según él a corroborar sus sospechas y lo pone a ahondar en la relación de estos modestos animales y la historia natural del mundo: encuentra el fósil de un gliptodonte, al que inmediatamente compara con los restos de la última cena que acaba de tener con unos gauchos de la Patagonia: la similitud es sorprendente. I have no doubt, se apura en anotar, about the relationship between the living world and the one which became extinct, but I wonder if this was a real progress or not. Aún hoy creo yo la pregunta persiste.
Tan prendado queda, por decir así, de los armadillos y de los secretos por revelar escondidos en las tramas de su caparazón, que en poco lo sorprende hallar huesos de un megaterio, o perezoso terrestre, un monstruo de garras filosas que parado sobre sus patas traseras podía llegar a medir más de seis metros. El hecho de que pese a su tamaño y sus garras el animal haya sido inofensivo motiva, eso sí, cierto pesar en Albert B. Edwin, que, como se ve, encuentra en cada cosa de la naturaleza su equivalencia humana. Para peor, conseguido vaya uno saber dónde, tal vez en el Perú, donde al parecer abundaban, se decía que los reyes de España guardaban uno, que sólo dejaban ver a sus más inmediatos allegados. Fitzroy, para congraciarse con sus propios reyes, quiso extirpar de la tierra el esqueleto, para obsequiarlo a su regreso, pero Albert B. Edwin no estuvo de acuerdo, como si esta vez los huesos del animal no constituyeran algo a descifrar, sino, por el contrario, alguna especie de poema que es mejor dejar intocado.
Ante los continuos desplantes de Albert B. Edwin, los marineros temen que su capitán Fitzroy comience a sufrir, si es que no ha comenzado ya, de la honda depresión que le tocó padecer al primer capitán del buque en el que navegan, el Beagle, es decir el capitán Pringle Stokes, que en medio de cierta misión rumbo a la Patagonia, la primera, de hecho, que realizaba el Beagle, se encerró en su cabina para suicidarse con una pistola de un tiro en la boca, al parecer de mera desesperación, o por el viento del sur, que enferma, que trae consigo quién sabe qué y enferma, siendo, como es, no un viento, sino la voz del fin del mundo, o de lo que alguien talló en su tumba: He died from the effects of the anxieties and hardships incurred while surveying the western shores of Tierra del Fuego, nada más, como si eso pudiera explicarlo todo y no fuera lo ocurrido al capitán Stokes, acaso, algo de la misma naturaleza que los huesos de aquel megaterio que B. Edwin quiso dejar intocado, una especie de canción que narra historias y pesares peregrinos, pero canción inaudible al fin, por más que uno pegue sus sentidos a ella y quiera, a su pesar, develar lo que cuenta, lo que dice, lo que advierte.

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