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octubre 9, 2010 / Roberto Giaccaglia

Esa mujer, esa voz

Cheap Thrills, Big Brother and the Holding Company, 37:11, 1968, Columbia.

Janis Lyn Joplin, 1943-1970, Port Arthur, Texas.

Hay algo gastado en la voz de Janis Joplin, como si hubiera vivido demasiado. Murió a los veintisiete años. Es de esos artistas que no lo son por elección, sino por fatalidad. Nadie puede imaginarse a Janis levantándose una mañana y diciendo Mamá, quiero ser cantante. Habrá empezado a cantar como Hendrix empezó a tocar la guitarra, porque estaba ahí, dentro suyo, un pequeño demonio que la corroía por dentro. Simplemente agarró lo que tenía a mano para hacerlo salir.
Su vida, como la de pocos artistas, es un ejemplo mayúsculo cuando se quiere hablar de la estrecha relación entre genio y autodestrucción.
Seguramente algo de eso hay, pero no alcanza a explicar de dónde venía la voz de Janis, de qué estaba hecha su garganta. Aunque no nos engañemos: mucho menos asegurará una comprensión acabada  cualquier examen racional que dejara de lado cosas que no se pueden asir. Lo cierto es que nada que valga la pena contar puede hacerse dejando estas cosas de lado.
¿De qué sirve encarar la historia de Kurt Cobain, por caso, y traer a colación nociones socioeconómicas o psicoanalíticas que explicaran su biografía o dieran cuenta de su desarrollo y final? Nada de eso nos aclara por qué lo seguimos escuchando o cómo hizo para crear riffs y canciones memorables sin siquiera saber afinar su guitarra. Lo mismo (genio y autodestrucción) uno encuentra en Syd Barrett, que después de fundar quizá la mejor banda de todos los tiempos se encerró en el sótano de su madre a decorar el piso y soñar con anfetaminas.
Parece que después de cierto punto ya no hubiera nada más por hacer, que a partir de un límite que sólo algunos ven no valiera la pena seguir, y entonces decir, sin más preámbulo, que hay artistas que se consumen en su propio fuego es la única forma posible de hablar con cierta justicia sobre ellos, de por qué hacen lo que hacen y de por qué terminan como terminan. Tal vez porque en esencia nunca llegamos a conocer nada, y menos que menos el porqué de una voz que se nos antojará para siempre proveniente de un corazón agrietado y no de otro lugar.

Sabemos que Janis fue una niña rara, y que fue aún más rara de adolescente. Gorda, fea y sin noción alguna de lo que debía llevarse puesto (la llamaban “El hombre más feo del campus”), era el centro de todas las burlas de sus compañeros, una especie de Carrie en potencia, que desataría tarde o temprano huracanes desesperados, movería cosas con sólo proponérselo, partiría corazones en dos y todos los cristales de la casa —o del bar donde se la estuviera escuchando. Janis Joplin, al final, hizo todo eso, con una fuerza aún mayor, pero ella no era Carrie. Su fuerza no provenía del odio, del resentimiento, del rencor. Nadie que cante así puede guardar dentro tanta malicia, o hambre de destrucción.
Además no necesitaba vengarse de nadie: cuando cantaba se volvía hermosa, adorable, y esto lo sabe todo el mundo. (Por eso es comprensible, y tan cierta, aquella escena de School of Rock cuando Tomika, la chica gorda que no se anima a cantar en público, por su apariencia, le confiesa su miedo al profesor Dewey —Jack Black—, quien simplemente le dice que él también tiene un problemita de peso, pero que arriba del escenario todo el mundo lo ama, porque ante el micrófono no se para el gordo feo, sino el artista, la belleza personificada, el elegido.)

No fue extraño entonces que cuando los muchachos de la Big Brother And The Holding Company vieron a Janis se quedaran prendados, estupefactos. Claro, no sabían que les iba a arruinar la carrera. Deberían haber sospechado de esa sonrisa compradora, de esa ropa casual, casual para la época, claro, y casual, sobre todo, si uno era un artista del bajo fondo. Se viste como mi mamá, dicen que dijo el guitarrista de los Big Brother. Así que la contrataron.
Como los muchachos hacían todo mal, entre ello cantar, e iban de mal en peor, Janis se les habrá figurado una especie de ángel redentor: esa voz, que venía de otro mundo, probablemente del cielo, los iba a salvar de la ruina. Tocaron en algunos clubes de San Francisco sin demasiada repercusión, pasaron por Los Angeles, Seattle, Boston, etc., hasta que a alguien se le ocurrió invitarlos al festival de pop de Monterey, cosa que los salvó. Al igual que sucedió con Hendrix, el festival sirvió para que el gran público por fin reconociera que se había estado perdiendo de algo.

Gracias a la sorpresa que causaron, grabaron un disco, Big Brother & the Holding Company (debut en estudio de la Janis), que pasó sin pena ni gloria, luego forman parte de otro festival, con Hendrix y Buddy Guy, participan de un programa de televisión, The Dick Cavett Show, donde empiezan a ser presentados no como “Big Brother And The Holding Company”, como se los conocía hasta entonces, sino como “Janis Joplin And Big Brother And The Holding Company”, lo que es muy distinto.
Todo el mundo se daba cuenta de cómo venía la cosa: lo que contaba en el grupo era Janis: detrás, en los instrumentos, podía tener en realidad a cualquiera, porque la gente sólo le prestaba atención a ella.
Ya algo de todo esto debieron de maliciar los integrantes de la banda cuando asistieron a la proyección de la película del festival de Monterey: en las escenas donde aparece la música de Big Brother & the Holding Company, sólo se la ve a Janis, como si estuviera solita en el escenario, cantando no junto a un grupo de rock, sino encima de una cinta. Como ellos mismos dicen, de ser un grupo que presentaba a la cantante Janis Joplin, “invitada” a cantar con ellos, pasaron a ser su grupo soporte.

En la aceptable película Nine Hundred Nights (Michael Burlingame, 2001) se muestra esta tensión entre los miembros de la banda y Janis. Una tensión alimentada por la prensa, que aplaudía cada cosa que Janis hacía y criticaba cada cosa que hacían sus compañeros, y en parte por el manager que supieron conseguir, Albert Grossman, uno de esos tipos que da el perfil exacto del hombre de negocios sin corazón que arruina carreras. Al parecer, Grossman se la pasaba susurrándole al oído a Janis promesas millonarias, para lo cual debía sí o sí dejar a los incapaces de sus compañeros, que la retrasaban en todo.
Grossman había sido quien les consiguió el contrato con Columbia para la grabación de Cheap Thrills, segundo y último disco de Janis con los Big Brother. Pero a los Big Brother, que entraban por primera vez a un estudio profesional como Dios manda, la cuestión les quedó demasiado grande.
No éramos buenos en el estudio, recuerda el bajista en la película, quien asegura que algunas canciones le llevaban al ingeniero de grabación no menos de sesenta tomas, porque siempre había alguien que comenzaba mal, o le erraba en el medio. Janis, por su parte, hacía lo suyo en no más de dos: nunca necesitó más de eso. Con Janis era así: se usaba la mejor toma, mientras que con el resto de los muchachos se usaba la toma que se pudiera usar. Pero a Janis esto no le importaba: en la película se la ve diciendo que no importa que tan mal toquen, ya que es su voz lo único a lo que el oyente le prestará atención. Palabras más, palabras menos, termina diciendo eso. Tienen que realmente arruinarlo para que no se pueda usar lo que tocan, les dice en un momento, así que déjenlo como les salga y pasemos a otra cosa.

La grabación del Cheap Thrills sigue siendo para los integrantes del grupo algo duro de recordar. La única que afinaba era la cantante. Y todos los demás, opacados, ansiosos por hacer algo bien, o quizá por destacarse como ella, debían grabar una y otra vez sus partes, que nunca, pero nunca, terminaban saliendo como querían.
Al final, Cheap Thrills terminó siendo uno de los discos más desnudos y sinceros de la historia del rock. Tan limitado como Never Mind the Bollocks, quizá, pero sin la menor impostura. Si hay un disco que mereció el nombre de Raw Power es el de los Big Brother con Janis Joplin, no el de los Stooges con Iggy pop.
Cheap Thrills es un disco áspero, que suena como grabado en un garage con equipos rudimentarios y sin ensayar. Es tan puro y sin procesar el sonido, tan cansados estaban todos de intentar hacerlo bien y que no les saliera, que efectivamente parece grabado en vivo, cuando en realidad sólo tres de las canciones lo están, una de ellas mi preferida, “Ball and Chain”, un viejo éxito de la blusera Big Mama Thornton —de quien, supongo, Janis tomó tanto y lo usó a su manera como, digamos, Beth Gibbons y tantas otras tomaron de Janis.

Yo me topé con Cheap Thrills a los quince años. Un amigo lo tenía en cassette (recuerdo acercarme el cartoncito con el arte de tapa a los ojos, para ver mejor los dibujos de Robert Crumb, sin lograrlo), con los nombres de las canciones pasadas al castellano —lógico, era una edición argentina—, así que escuchaba encantado “Tiempo de verano”, “Blues de la tortuga”, “Bola y cadenas” e incluso “Necesito amar a un hombre”. Y pensaba que era un disco en vivo, grabado en un bar de mala muerte, uno de esos donde los parroquianos se tiran con vasos o se los tiran a la banda cuando suena mal.
Hasta no hace mucho pensé igual. Viví mucho tiempo en el error simplemente porque no podía imaginarme a los Big Brother en un estudio grabando “eso”, tantos ruidos, tantas desprolijidades, tantos pifies, tanta crudeza, y a Janis gritando bien arriba de todo, sobresaliendo casi sin querer o en realidad queriendo, tratando de tapar los abucheos del público, que seguro los había.
Es así, cada cosa en el disco suena amateur. Ni siquiera Janis canta del todo bien. O no canta tan bien, digamos, como cantaría más tarde, en sus producciones solistas comandando a los Full Tilt Boogie Band, es decir ya sin los Big Brother, a los que había abandonado dejándolos en la ruina, sentimental, económica y artística.

Al irse del grupo, Janis se llevó consigo una parte todavía más grande de lo que aportó con su llegada, porque los Big Brother, después de Cheap Thrills, eran un poco mejores, un poco más famosos, un poco más evolucionados, aunque sin Janis todo lo construido se vino abajo, se evaporó, y al final quedaron reducidos a un espejismo. ¿Quién de todo su público no extrañaba a Janis cuando tocaban? ¿Quién no llegó a reclamar, aunque en silenciosa protesta, sin tirarles vasos ni nada, la presencia de la gordita que se desgañitaba sobre el escenario?

Bueno, tal vez no la extrañara James Gurley, guitarrista principal de los Big Brother y estrella de la banda hasta la llegada de Janis, que lo eclipsó. A James se lo ve muy enojado en Nine Hundred Nights, celoso y lleno de rencor, muy despectivo —tal vez fuera toda la inquina guardada lo que terminó por reventarle el corazón no hace mucho, el año pasado. Pero hay que decir que tocaba al menos de una manera peculiar. Lenny Kaye, guitarrista de Patti Smith, y presente en la película aportando su mirada acerca de Janis y de los Big Brother, admira mucho a Gurley, dice que su guitarra era una fiera a la que uno debía mantener enjaulada. Es cierto, no se puede decir mejor. La música de los Big Brother junto a Janis era pues incontrolable, una sorpresa constante, hacían que el límite que separa a la experimentación del riesgo inútil, después de lo cual todo empieza a sonar difícil de comprender y acaso de escuchar, se difuminara, se evaporara entre los acoples, los gritos y los mosaicos que Gurley improvisaba en el mástil de su guitarra.
Tal vez fuera eso, justamente, lo que los hacía ver como unos completos amateurs. Kaye, que sabe del tema, prefiere sobre todo esta etapa de Janis, y obvia toda la demás, que no fue muy larga, es cierto, ni tampoco tan prolífica: después de los Big Brother, Janis, con dos grupos distintos, graba algunas sesiones memorables, más pulidas, más eficientes, sin tanto ruido detrás, guiada por manos profesionales y aún ella misma sabiendo guiar a los demás, sin preocuparse por el bajo desempeño de sus compañeros o por un rendimiento por lo menos discutible. Pero como suele decirse, nada sería igual…

O quizá, en realidad, siempre se trató de lo mismo: Janis nunca fue feliz, nunca se sintió cómoda con nadie, y es eso, como si hubiera sido demasiado para este mundo, demasiado ella misma como para estar rodeada de gente todo el tiempo, demasiada cosa su voz no ya para crear una música que la acompañara sino para su corazón, y es eso, digo, al fin y al cabo lo único que cuenta: que sin ser feliz no iba a poder seguir, no iba a durar mucho más, le consiguieran los músicos que le consiguieran,  contratos millonarios, marquesinas con su nombre y fotos grandes en primer plano, cubriéndolo todo.
Me pregunto si su deseo de fama, como asegura Gurley que tenía, se vería hoy satisfecho con todos los homenajes que se hacen en su nombre, estatuas, canciones, discos tributo, pinturas, películas en producción e incluso obras de teatro… o si ya habría tenido suficiente con The Rose, película sobre una cantante un poco alienada interpretada por Bette Midler y basada en lo que todo el mundo más o menos conoce sobre su vida…
Pero es mentira, no conocemos nada.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. carlos / Oct 12 2010 1:48 am

    Para Janis Joplin
    (fragmento)

    a cantar dulce y a morirse luego.
    no:
    a ladrar

    así como duerme la gitana de Rousseau.
    así cantás, más las lecciones de terror.

    hay que llorar hasta romperse
    para crear o decir una pequeña canción,
    gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia
    eso hiciste vos, eso yo.
    me pregunto si eso no aumentó el error.

    hiciste bien en morir.
    por eso te hablo,
    por eso me confío a una niña monstruo.

    Alejandra Pizarnik, 1972

  2. Roberto Giaccaglia / Oct 12 2010 2:01 am

    Gracias Carlos, no lo conocía.
    Mi ignorancia poética me lo había hecho perder (hasta ahora).

  3. Anónimo / Sep 3 2011 1:16 am

    lindo relato la verdad, coincido en muchas cosas
    aguante la musica

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