Skip to content
octubre 15, 2010 / Roberto Giaccaglia

En qué se están yendo los días (8)

Ahora estoy escuchando a Van Halen, un grupo al que en mi juventud le presté poca atención, si es que alguna. Me molestaban tantos teclados, y ahora son justamente las canciones guiadas por ellos las que más me gustan. Por caso, “I’ll Wait”, una canción que David Lee Roth le escribió a una chica que usaba ropa interior masculina, o “Jump”, que no sé de qué habla pero que recuerdo que pasaban seguido en el boliche cuando yo empezaba a salir —eran otros tiempos, y en los boliches de vez en cuando uno podía encontrar un dj inspirado (para la fiesta de la primavera en mi ciudad, hace unos días, fui a ver a uno, y me sacó canas verdes. El tipo se creía un Chemical Brother, pero la faltaba química, mucha. Pero claro, es música para jóvenes, y yo ya no la entiendo, ahora me entusiasmo con Van Halen). Por supuesto, por entonces también me molestaba David Lee Roth, esos saltitos que pegaba, las contorsiones, los trapos de colores que se colgaba, el pelo oxigenado, la pose de querer conquistar a tu novia, o acaso a tu mejor amigo. Como todo eso no era heavy metal, yo despreciaba a Van Halen.
Encima, Eddie era un guitar hero, ya una leyenda por entonces, a pocos años de su irrupción en el mundo de la música. El tipo salía en cada número de Guitar Player o de Guitar World o de Guitar for the Practicing Musician que compraba, hacían de él un dios, y para mí dios era Jimi Hendrix, o si acaso Dave Murray o Adrian Smith, estos dos más terrenales, es cierto, pero igualmente inalcanzables (por mí), y de ninguno de ellos se hablaba tanto como del bueno de Eddie Van Halen, que para colmo tenía el tupé de usar su apellido como nombre para su grupo —es cierto, ya había existido The Jimi Hendrix Experience, pero no quiero entrar en detalles mínimos.
Un amigo, guitarrista también, me había contado que Eddie tocaba de espaldas al público en ciertos tramos de sus recitales, para que no le copiaran la técnica que había inventado: el tapping. Nunca supe si la leyenda es cierta, o si fue él, de hecho, quien inventó el tapping (al parecer, ninguno de sus colegas famosos lo reconoce como inventor de tal cosa, pero esto suele decirse más que nada por envidia), pero de todo lo que se decía de Eddie era precisamente lo único que me atraía. Me figuraba que el tipo tocaba para sí, y que si compartía algo con el público era de casualidad nomás, porque de algo tenía que vivir. Si justamente en los pasajes más alocados Eddie se daba vuelta para que nadie viera lo que hacía, bueno, pues eso era justamente lo contrario a lo que estilaba su compañero, David Lee Roth, que se la pasaba haciendo caritas y piruetas, para salir siempre en la foto.
Mucho más tarde, cuando me puse a estudiar más o menos seriamente la guitarra, un profesor me mostró una encuesta de la Guitar World, en la que se elegía al mejor guitarrista de todos los tiempos. Los lectores habían tenido todo un año para votar. Eddie había salido primero, holgadamente. “Estos están todos locos”, me dijo el profesor, lamentando, como yo, el magro puesto al que había sido empujado Hendrix, que había terminado quinto o cuarto —por arriba de Ace Frehley, eso sí.
Y bueno, se ve que ahora estoy más viejo, porque los teclados prominentes en muchas de las mejores canciones de Van Halen no me molestan tanto, así que después de años de rechazo lo que más escucho por estos días es 1984, el disco que contiene “I’ll Wait”, y Van Halen, el primero, de 1978, que no tiene teclados, que se me antoja menos inspirado, y que según parece llegó a la categoría de disco de diamante por la cantidad de placas vendidas (¡”placa”!, ¡qué palabra tan antigua para referirse a un disco!), cosa que no sé si logró algún otro grupo de hard rock alguna vez.

Las cosas cambian. Incluso ahora veo fotos de Eddie cuando joven y pelilargo y lo noto un poco parecido al actor Ewan MacGregor, no sé lo que esto pueda significar, ni siquiera me gusta tanto Ewan MacGregor, pero era algo que en todo caso se me había pasado por alto hasta estos días.
Lo que no se me pasó por alto fue el gesto que tuvo Eddie en el entierro de “Dimebag” Darrell, en diciembre de 2004. Al parecer, a Darrell, guitarrista de Pantera, a quien un loco le pegó varios tiros mientras daba un recital, le gustaba mucho una de las guitarras de Eddie, la que aparece fotografiada en el arte del segundo disco de Van Halen, Van Halen II, una guitarra amarilla y negra, tipo stratocaster, pero de la marca Charvel —no sé si Eddie tocó una Fender en su vida. Así que Eddie puso su guitarra, no una copia, sino la original, a descansar junto a Darrell, en su ataúd. Es cierto, se la pudo haber regalado antes, cuando Darrell todavía podía tocarla, pero, si vamos al caso, en el ataúd de Darrell también cupieron veinte botellas del whisky que le gustaba, y si hay alguna manera de aprovechar un buen whisky no es esa precisamente, pero nadie podrá negar la simpatía que acciones como estas (sin utilidad alguna) generan en la gente.
Bah, “gente”. La ceremonia de despedida de Darrell no fue abierta al público, sólo había familiares y amigos, pocos, y Eddie llevó su guitarra nada más que para darle acaso el último gusto al pobre flaco. Nadie lo esperaba llegar con una guitarra en la mano y mucho menos depositarla junto a su amigo muerto. Eddie llegó acompañado al funeral, por su Charvel amarilla y negra, y se fue solo, nada más que con su gesto alrededor —tal vez caminando en otra dimensión, posiblemente iluminado (es un guitar hero, vamos). No conozco fotos ni mucho menos filmaciones del hecho, lo que se sabe acerca del gesto de Eddie fue conocido gracias a la viuda de Darrell, una tal Rita, que lo contó meses después en una entrevista.

Un “gesto” es por definición algo que nos cuesta poco realizar, y que sin embargo puede tener para el otro un valor enorme. Es innegable que nuestra vida se compone también de gestos, propios y ajenos, por más que no seamos Eddie Van Halen o podamos poner a descansar una de nuestras guitarras favoritas junto al cuerpo sin vida de un amigo.
Levrero rescata, en su novela luminosa, el gesto de una desconocida, que lo paró en la calle simplemente para decirle que lo admiraba, y que después desapareció sin más. Eso bastó para alegrarle el día, quizá la semana. Dice Levrero que cuando una persona es bondadosa siempre encuentra el modo de alegrar el espíritu de otros. Y lo de Eddie en el entierro de Darrell fue pura bondad: se dejó ver solamente para regalar su guitarra a la memoria de un colega —hacía meses que no aparecía en público, ni concedía entrevistas—, pequeño desprendimiento si se quiere, por lo menos para un tipo a quien las marcas de instrumentos le regalan guitarras todo el tiempo, pero sin embargo un desprendimiento —un gesto— que habrá hecho soltar lágrimas a más de uno.

Leí hace poco El otro de mí, la última novela de Miguel Vitagliano, un escritor más bien triste. Me pareció una novela de gestos, pero en este caso los gestos los da un hombre que tira más bien manotazos de ahogado, tal vez sin darse cuenta o tal vez simulando otra cosa.
El personaje central es un padre que no sabe cómo componer la relación con su hija, ya mayor. Quiere arreglarle el depósito del inodoro, clavar un cuadro en la pared de su departamento, se preocupa por lo que come, por su salud, la llama por teléfono, etc., cualquier cosa, con tal de tenerla cerca, aunque sea un ratito, demostrarle que la quiere. Son acciones que no le cuesta nada hacer, pero que, se nota, pesan mucho en su corazón, porque del otro lado ya no hay quien pueda recibirlas, sólo una cáscara vacía, que de lejos aparenta ser su hija, esa que perdió hace mucho tiempo, cuando le mintió o no se animó a decirle qué había pasado con su madre, años atrás.
Vitagliano tiene la obsesión de la melancolía, de la soledad y del desamparo, sus personajes viven en la intemperie, sin refugio, y uno lo nota en esas acciones mínimas y en apariencia insignificantes, que se repiten incansables, con las que van tejiendo una larga trama, o un gran círculo, mejor, en el que al final terminan enredados. Algo similar ocurría en su novela anterior, Cuarteto para autos viejos, que me gustó más. Allí también personajes abatidos se desvivían no por ser felices, sino por aceptar los límites que la vida les había impuesto. Sin aspiraciones, se quedaban dando vueltas, hasta morderse la cola, tratando de hacer lo mejor con lo que les había tocado en suerte. Si Vitagliano fuera un director de cine, tal vez sería Mike Leigh, por lo menos el de All or Nothing o Secrets & Lies: melodramas casi típicos de los que uno piensa que puede encontrar un ejemplo en cualquier familia que conoce, por lo menos aquellas pobladas por seres introspectivos, un poco vacíos, que no saben bien qué hacer con sus emociones, si está bien tenerlas o no, pero que terminan aceptando como normal el hecho de no disfrutar de nada, de no gozar; de no vivir, en suma.

Deben de ser los años, no sé, pero así como ahora le presto atención a Van Halen, que para mí, antes, se ubicaba cómodamente en los terrenos del Adult Oriented Rock, género despreciable si los hay, ahora reniego de las novelas tristes, al menos de las que son tristes todo el tiempo: me parecen una impostura. Tiendo a pensar que sus autores se toman demasiado en serio a sí mismos: no se permiten la ironía, el cinismo, la gracia, el más mínimo sentido del humor, como si la vida fuera una herida absurda, sólo eso, y quisieran no otra cosa que hablar acerca del dolor que les representa estar vivos. Tal vez para esto con una sola novela baste y sobre —como al señor Mike Leigh le habría bastado con  Secrets & Lies, ya que All or Nothing fue en todo caso una desmesura, una exacerbación de lo que ya venía contando: el mundo es un lugar feo, su gente básicamente también y relacionarse es humanamente imposible, quizá también a Vitagliano le habría bastado con Cuarteto para autos viejos.

Pero Vitagliano tiene buen ojo. Es difícil no encontrar en El otro de mí, por ejemplo, los cruces que uno mismo se ha dado con su propio padre, los tropiezos que uno y otro hemos tenido, cierto quiebre inevitable, golpes, topetazos, y, también, los intentos por despejar los caminos, allanarlos, que no son, después de todo, otra cosa que señalizarlos, marcarlos bien, por acá yo, por allá vos. Esta división, tajante, terrible, es la supresión de todo gesto, sustraerse de toda bondad, olvidar el espíritu del otro.
El personaje de Vitagliano sufre, me parece, y mucho, porque todavía no aceptó esto, porque cree que todavía hay tiempo para arreglar las cosas, por más que algo dentro de él le señale todo el tiempo lo contrario. De ahí que no sepa qué contar o cómo, porque no esta seguro de quién es todavía, si es el otro (el que realiza “gestos”, el que se ofrece) o si es él mismo (el que prefiere la soledad y el alejamiento, que no da nada), o acaso un tercero (no sé si más racional y calculador o absolutamente desprendido), en medio de los dos. A partir de esto surge creo yo el conjunto de voces narradoras de El otro de mí, su rasgo original, que son, sin embargo, siempre la misma: el narrador se duplica, se triplica, es uno y es todos a la vez, versiones de él mismo que terminan ocultando al original, si es que alguna vez lo hubo.

Tal vez el hombre, todos los hombres, en cada gesto, en cada desprendimiento, en cada renuncia, sean un poco “otro”, se conviertan en otra cosa. Alegrar el espíritu de alguien más, quizá tenga que ver con eso, con dejar de ser “yo”, de pensar en uno, de separar caminos.
Levrero lo comprueba a su manera, metafísica o esotéricamente, como uno prefiera. No importa, si hay algo que uno agradece en Levrero es su falta de racionalidad, su locura, vamos, su falta de cálculo, lo que podría llamarse espiritualidad, o, un término menos feliz, impracticidad: esto es lo único con lo que cuenta un hombre que reniega de la televisión, los diarios, la política, la religión, el dinero y, sobre todo, del trabajo. El mismo lo dice: todas esas cosas destruyen el cuerpo y la mente. Su consejo a los jóvenes es que se alejen de esas cuestiones como de la peste. “Sólo en tu alma, muchacho, está el camino. Dale cuerda, y que sea lo que Dios quiera”. Es un consejo precioso. De no seguirlo y caer, como caemos todos, en la utilidad práctica de las cosas, corremos el riesgo de perder para siempre la posibilidad de experimentar algo que valga realmente la pena. Ojo.
Retomo, entonces.
En su novela luminosa, Levrero relata un extraño episodio, de los que suceden, con suerte, una vez en la vida. Conteniendo cierto impulso amoroso al parecer irrefrenable, en pos, digámoslo así, de una dama que no quería saber nada, experimenta, ahora tomado de la mano de la mujer, tratando de calmar los latidos de su corazón y de su entrepierna, cómo se escapa de su cuerpo el ser que anidó en él hasta entonces y se conjuga, por encima de la pareja, con otro, proveniente, claro está, de la mujer en cuestión, y juntos forman algo nuevo, un “otro”. Algo se movía fuera de nosotros y en nosotros, dice, y ese algo no era exactamente yo o ella, sino ella y yo, y en un secreto lenguaje lo sabíamos todo el uno del otro.
Lo de Levrero fue una renuncia. Es al fin y al cabo de lo que trata un gesto. Tener un gesto hacia el otro es renunciar a algo, sea renunciar a una guitarra o a una noche de sexo feroz. Es la llave que Levrero encuentra para entrar en una dimensión que no es ni la cuarta ni la quinta, sino la “dimensión ignorada”, lo sublime, lo que no se tiene en cuenta, lo que no está en ninguna parte y puede estar en cualquiera.
Apuesto que el bueno de Eddie, mientras caminaba, solo, habiendo dejado una de sus guitarras favoritas dos o tres metros bajo tierra, para siempre, sintió algo de eso.

Fotografía de Eugenia Brusa

2 comentarios

Dejar un comentario
  1. La joven vida de / Oct 26 2010 1:01 am

    El texto está bueno, la foto excelente.

  2. Roberto Giaccaglia / Nov 2 2010 8:28 pm

    Eso es porque la foto es de una profesional. Y el texto, no.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: