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octubre 24, 2010 / Roberto Giaccaglia

Realismo, ni sucio ni limpio

Monstruos perfectos, Miguel Ángel Molfino, 284 págs., 2010, Viceversa (Ediciones Recovecos/Editorial Cuna), Córdoba.

Tal vez sólo por obviar la selección de Granta (¡los mejores narradores jóvenes en español!) y las polémicas en torno, o buscando, de hecho, estar lo más lejos posible de ambas cuestiones, traté de dar en las librerías con alguna novela escrita por un escritor argentino sin fama ni publicidad a cuestas, sin ambición ni delirios de estrella, que probablemente no supiera qué es un agente literario, y que por supuesto no hubiera sucumbido a los galleguismos de la madre patria, que ni siquiera tuviese un blog y que no lo leyeran en Puán, que todavía no sé bien qué es, o saliera en los suplementos culturales, con alguna pose desafiante o por lo menos rara, diciendo que no lee a sus contemporáneos, o que sí los lee porque son sus amigos y los admira mucho.

Fue difícil. Pero al final di con uno, un tal Miguel Ángel Molfino, conocido, al parecer, del librero que me lo recomendó: un pibe del Chaco, muy amable. “Este estuvo en el ERP”, me dijo el librero, casi con una reverencia, convencido de que eso, haber militado en el ERP, otorga cierta chapa, o prestigio. Mirá vos, me limité a contestar, no sabía que el ERP hubiese tenido un taller literario. No escuchó la broma, o hizo como si no, compré el libro y me fui, muy contento.
La edición del libro es a primera vista, y al tacto, excelente, muy buen papel, muy bien encuadernado, y encima Molfino, desde la foto de solapa, tres cuartos de perfil izquierdo, se parece vagamente a mi tío Negro, que es buen tipo, aunque unos años mayor que Molfino, que nació en el 49. La ilustración de tapa, así como su diseño, son también muy buenos.

Todo estuvo bien durante algunas páginas,  incluso creí estar leyendo de nuevo A sangre fría (en un pueblo perdido y olvidado, un matrimonio es asesinado; su hijo, un poco tarambana, sin tener nada que ver esconde los cuerpos y desaparece del lugar, mientras personajes de toda calaña le salen al cruce, engarzando nuevas historias, alternando vidas, balas y sangre).
El género me gusta: un policial bastante oscuro, y escrito, esta vez, por alguien que no ha visto de lejos la violencia, o por televisión. Cuando la policía interroga a los sospechosos en la novela, Molfino debe de estar escribiendo como un testigo directo, con los recuerdos grabados en la propia carne quiero decir. Es más, noté en la escritura de Molfino algo similar a lo que creí ver en Celestino Campusano, una escritura que se lleva a cabo sin saber muy bien cómo, a los tropezones incluso, pero que de alguna manera logra salir adelante. Lo de Celestino, en su Mitología marginal argentina, que hasta donde sé es su único libro, son recortes de su propia vida, una vida encima de la moto y sobre la ruta, a toda velocidad, cruzándose a cada rato con personajes poco recomendables, putas, dealers, estafadores, locos y choros (o chorros, como dicen algunos). Claro, mucho tiempo para leer se ve que no ha tenido, y se nota, porque sus relatos están escritos así, a los gritos, impresiones inmediatas de correrías varias, el diario enfermizo que le gustaría haber escrito a Roberto Arlt, sin un diccionario a mano, lógico, y también sin confort, siempre corriendo o escapando de algo.
El problema está en que mientras Campusano nunca pretende ser literario o dotar a sus relatos de preciosismo alguno, embellecerlos, volverlos legibles y acaso más que eso, una obra de arte, por caso, Molfino pareciera intentar precisamente eso, y en la operación fracasa, o no digamos que fracasa, sino que sucumbe a un ideal destinado a naufragar de antemano, a volver parodia los hechos que pretende narrar.
La clave para escribir bien es la sinceridad. Por eso molestan los galleguismos de Pron, por ejemplo, o de Neuman, o las bravuconadas de Pablo Ramos. Bueno, tal vez me fui de tema. O no tanto. Retomo: la clave para escribir bien es la sinceridad. El escritor sincero escribe sobre lo que sabe, sobre lo que le gusta, sobre lo que conoce, y lo hace con los materiales con los que cuenta. Tal vez Molfino tenga una base sólida en la que poner de pie su relato, hechos vividos, la realidad que conoció, etc., pero a la hora de echarlo a andar, me temo, intenta emular al escritor que no es (y en el que no tiene por qué convertirse).

Algunos dicen que para escribir hay que vivir mucho, otros que lo que hay que hacer es leer mucho, y no tanto vivir, que de eso se encargan los personajes de las historias, al menos cuando están bien hechos. Yo creo que las dos cosas ayudan, porque tanto vivir como leer hace que uno le escape a los estereotipos.
Molfino, a mi entender, es un escritor que ha vivido, pero sin embargo intenta escribir como uno que sólo ha leído (y quizá no lo suficiente).
Por ejemplo, yo creo que Campusano en sus relatos es fiel al estilo de vida que supo conocer, mientras que Molfino, en su novela, es fiel a una concepción de la literatura bastante estereotipada: tiende a  volver “arte” lo que quiere contar. Repito, tal vez haya vivido mucho, y tenga material de sobra para contar, pero por alguna razón se ha quedado a mitad de camino, y en vez de elegir la sinceridad a la que se aferra Campusano —que escribe feo, muy feo, como desaconsejan en los talleres literarios, pero que a él le va perfecto—, se aferra a un concepto de calidad que, de hecho, con la calidad no hace más que cagarse a palos. Por intentar el “lirismo”, que aquí debería haber puesto en mayúsculas, y con música de ópera, Molfino pierde el lirismo natural, el de la calle, el que usa Campusano, por caso, para dar cuenta de sus aventuras en moto.

Nada importa tanto en una novela como la naturalidad de la prosa: si la resonancia de las palabras se extravía en pos de vaya uno a saber qué costumbres o preconceptos errados, la historia se pierde, es lo de menos, nadie le presta atención.
Escribir suele confundirse con amontonar acciones que no son llamadas por su nombre. Es el concepto, bello y operístico, que muchos tienen de “literatura”. Pongo un ejemplo de un párrafo en extremo literario de Monstruos perfectos (las cursivas son mías):

Si existía algo que a Lucio Maciel le daba felicidad, un placer enorme, un estado próximo al nirvana, era el momento en que su presa, como un cobayo, entraba en su celdita para hacerlo trizas. Prendió un Cohiba con un fósforo largo como un escarbadientes. El resplandor de la llama lamió sus pómulos gruesos y recién afeitados. Durante unos segundos chupó del cigarro repetidas veces hasta que vio nacer la brasa. Aspiró y destejió una nube de humo olorosa. La voz de Sara atravesó la puerta de caoba del despacho y se estrelló en las volutas bermejas que ondulaban en el aire.

Vamos a decirlo de otra manera, como si la crítica recién empezara.
Los encargados de leer manuscritos en las editoriales reciben muchos libros como Monstruos perfectos, plagados de adjetivos y con un respeto casi reverencial por el “arte”.
A estos manuscritos se los identifica fácil: sus autores están convencidos de que mientras más palabras distintas usen para la misma acción, mejor será. Así, para referirse a quién dijo qué cosa en un diálogo, y no usar una y otra vez el “dijo”, que parece tan poca cosa, esta clase de autores suele despacharse con: “deslizó”, “barbotó”, “comentó”, “replicó”, “gruñó”, “tronó”, “arañó”, “murmuró”, “informó”, “sonrió”, “resopló”, etc. Pretenden darle al lector la mayor cantidad de imágenes posible, nutrir su imaginación, que pueda perfilarlo todo, las acciones, las cosas, las personas, los paisajes.
Son construcciones que uno adivina aprendidas en talleres de escritura creativa, o sus equivalentes, y no en horas y horas de lectura, que es lo que conviene.
Por eso, de este libro lo que más me extraña es la recomendación de Mempo Giardinelli, quien define al autor como “el más norteamericano de los escritores argentinos”. No me parece. Los autores norteamericanos, sobre todo los que escriben policiales, son lacónicos, precisos, y trabajan sus textos sin adornos ni fruslerías, se dirigen al punto de la cuestión y si usan alguna que otra analogía o se les da acaso por “ilustrar” la escena o lo que sienten los personajes, estos añadidos son diminutos y cercanos a la cuestión principal, nunca alocados o traídos de los pelos, antojadizos, tratando de sumar palabras a lo que no lo merece.
Por ejemplo, en Monstruos perfectos nos encontramos con frases como esta: “La tensión era tan insoportable que a cualquiera le hubieran dado ganas de salir corriendo para asistir a un musical o beber vodka hasta emborracharse”. Bueno, no, porque no a todo el mundo le gusta el vodka o emborracharse o siquiera los musicales. Para distenderse hay muchas cosas, infinitas casi, y nunca pueden caber en una o dos elecciones, siempre antojadizas si se usan de esta manera, de forma tajante, como si la alternativa fuera natural y uno esperara con ansias una situación de tensión sólo para desear un vodka o un musical.

Muchos autores estiman tanto lo ampuloso de su imaginación, que les parece poco probable que el lector no llegue a experimentar lo mismo. Pecan de irrefutables, por eso se permiten nombrarlo todo y ponerle a cada cosa una cualidad: “yerba incandescente”; “refulgente Impala”; “confusa vocinglería”; “armónica nube zen”; “voz isócrona”; “atmósfera armoniosa como un durazno”; “desasosegadas depresiones”; y hombres que por los nervios se convierten en un “envase de nitroglicerina”.
En fin, se podría decir que cubrirlo todo de palabras es una de las tantas formas de esconder la falta de talento, o al menos de disfrazar la falta de ideas, pero vaya uno a saber si es este el caso. Tal vez no. Tal vez, simplemente, Molfino crea que se debe escribir así, tratando de mostrar más de la cuenta, más de lo que en realidad hace falta mostrar o más de lo que pide o necesita el lector —y ni hablar de la historia.

Como si la realidad fuera poca cosa (para bien o para mal, o el realismo algo siempre inacabado), la mirada de algunos escritores a veces pareciera querer transformarla, de alguna manera enriquecerla, dotarla de atributos, por eso escriben con giros que en la vida diaria nunca usarían. Una de las máximas que seguro los escritores norteamericanos de buenos policiales aprendieron —y que Molfino pasó por alto, así como Giardinelli, que se anima a compararlo con aquellos—, es que no deberían usarse en una narración adjetivos que se verían ridículos acompañando a un sustantivo en la charla con un amigo.
Esa clase de palabras, que en la charla con un amigo quedan feas de escuchar y en una narración tan feas de leer, constituyen no otra cosa que vericuetos, laberintos que alargan sin sentido el transcurrir de la historia.
Pero si a esta novela se le quitaran sus vericuetos, ¿qué quedaría? Pocas páginas, y al final del largo proceso de extirpado, o de barrer la hojarasca (trabajo que se debería haber tomado un editor serio, no meramente preocupado por la encuadernación y el diseño de tapa), habría resultado un libro tal vez demasiado flaco, a primera vista de pocas pretensiones, y quizá Molfino quería más, demostrar otra cosa, que puede llenar todas las páginas que se le antojen.
Que la opinión de Giardinelli lo haya secundado en sus pretensiones (y las consecuentes y fuera de foco comparaciones con narradores norteamericanos) no habla bien de él como lector, ni mucho menos como recomendador de buenas lecturas, pero sí por supuesto como amigo, y eso es lo que cuenta.

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One Comment

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  1. Daniela / Jun 12 2013 5:27 pm

    Qué podés esperar de Giardinelli!!!! No sé qué te asombra de ese fenicio

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