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noviembre 2, 2010 / Roberto Giaccaglia

En qué se están yendo los días (9)

Diario de la enfermedad. Jueves 28/10. Todo empezó con un lagrimeo en los ojos, y un picor que se fue haciendo poco a poco insoportable. Se pusieron rojos, y de tanto rascarme se fueron hinchando. Parecía un boxeador que la estuviera pasando mal. Y yo de eso no sé nada. Mi última pelea a trompadas fue a los quince años. Es cierto, no tuve una vida muy excitante. Y entonces el flaco con el que me agarré no me dio en los ojos, sino debajo, un par de veces. Yo le acerté en la nariz, una nariz flaca y huesuda. Empezó a sangrar y los que nos rodeaban pararon la pelea. Después nos tomamos una cerveza.

¡Cómo no me gusta Fernández Porta! Algo bueno tuvo la conjuntivitis: pude suspender sin culpa la lectura de Afterpop (Anagrama, 2010, España), el celebrado ensayo de Eloy Fernández Porta. Me siento un antiguo. A pesar de que Fernández nombra todas cosas que conozco (películas, discos, libros), y que disfruto, somos del mismo año, vamos, y sospecho que hasta tenemos gustos parecidos, quedo descolocado ante el libro, apabullado ante una erudición inútil, a la que no le encuentro la vuelta o el propósito. Con un promedio de 220 citas por página, en un mundo sin nombres propios Fernández Porta no podría escribir una sola línea. Imposible no acordarse de Imposturas intelectuales, el libro de Sokal y de Bricmont que desnuda la vacuidad de ideas de muchos ensayistas que ante su incapacidad para elaborar alguna teoría o hipótesis que valga la pena, citan sin ton ni son nombres y más nombres, términos de otros campos, hacen un revoltijo y terminan diciendo nada o puras estupideces. Es la tan mentada pátina de respetabilidad (a fuerza de terminología, enumerar intelectuales y extrapolaciones de diversa índole) con la que se baña el vacío. Como sin querer, a veces a Fernández Porta se le cae una idea: Toda obra realista se basa en una apelación directa a la identidad de clase del espectador (aplausos por el descubrimiento, pero está bien). Pero hay otras que madre mía: después de citar a William Gibson, el ensayista barcelonés nos dice como si soñara despierto: “… el niño es una modalidad de revista de tendencias dotada de un dispositivo publicitario-pulsional que escenifica en tiempo real las consecuencias emotivas de no comprar…”. ¿Qué lo que decí flaco? ¿Qué mi hijo patalea porque no le compro la Play que vio en la tele? Si Fernández Porta es la nueva referencia crítico-cultural, yo me bajo en la próxima chofer, gracias.

Diario de la enfermedad. Jueves 28/10. Hacia el mediodía, con los ojos medio cerrados, me senté cerca del televisor, mudo, como lo veo siempre, con un disco puesto. Las exequias del ex-presidente. Es sorprendente no poder separar lo que me queda de vista de eso que estoy viendo, cómo la gente se desespera, llora, grita, le arroja regalos a la Presidenta y canta, canta y canta. Por los ademanes, futboleros, manos alzadas y de pronto más bronca en los rostros que tristeza, puedo adivinar que algunos cantos son desafiantes. Me pregunto si será demasiado apresurado sentir temor por el país que se viene. Pero hace unos días uno veía a los chilenos unidos por una desgracia, y ahora uno ve a los argentinos, por una desgracia, más separados que nunca, y el temor no parece una locura. Después uno se entera de que el canciller Timerman, ¡un canciller!, en medio de un homenaje al ex presidente arengó a la gente para que puteara a Cobos y aquel temor ya no parece para nada antojadizo, qué le va uno hacer.

Diario de la enfermedad. Viernes 29/10. Ahora los ojos no son tanto el problema, sino la garganta y la nariz. Toso a cada rato, y con la nariz taponada se hace difícil no ponerse rojo por la falta de aire. Ayer me había pasado de Benadril. Unas cápsulas pequeñitas, muy simpáticas, mitad rojas, mitad blancas. Dice el prospecto que pueden dar sueño, y que los hipertensos tengan cuidado con pasarse. Pero yo pensaba que lo de los ojos era alergia, así que le di al Benadril. Dormí bien, eso sí.

Lecturas retomadas. No Fernández Porta, que en la paz de mi biblioteca descanse, sino Submundo, de Don Delillo, y Mientras agonizo, de William Faulkner. Son lecturas oportunas, tristemente. En estos días cargados de muerte, durante el velorio del ex presidente 9 personas se mataron en la autopista Córdoba-Villa María, parece muy apropiado leer un libro con un título como el de Faulkner y otro con un prólogo titulado “El triunfo de la muerte”. La novela de Delillo, 708 páginas, hojas de buen tamaño, letra apretada, es otra apuesta por lograr de una vez y para siempre La Gran Novela Americana, intención que sedujo a más de un autor de la madre patria (de la madre patria de los mejores escritores de este mundo, quiero decir). Pero no es una apuesta desesperada, nada de eso. Creo que lo ha intentado con lo mejor que tiene, por momentos es sencillamente impresionante. Y todo por una pelota de béisbol. Así es, Submundo utiliza las vicisitudes de una pelota de béisbol a lo largo de los años. Cada vida que toca es analizada, no a fondo, pero igual alcanza para hacer de Submundo una novela de personajes, como lo es, por supuesto, toda novela-río que se precie de tal, que pretenda transitar la Historia con mayúsculas y la historia, mínima, de montones de personajes que a su manera siempre tienen algo determinante que decir.

Diario de la enfermedad. Viernes 29/10. La novela de Don Delillo me dio ganas de ver las finales de la serie mundial de béisbol (¿para qué le llaman “mundial” si los únicos que juegan son ellos?). Lo único distinto que veo en estos días de la noticia de la muerte, exequias y entierro del ex presidente. No entendemos la muerte, tampoco el béisbol. Ni siquiera creo que lo entiendan los entrenadores, que se la pasan mascando tabaco a un costado del campo de juego y escupiendo, como vacas aburridas a la orilla del camino. Sus miradas, después de todo, son bobinas bovinas. Pero no puedo hacer más que esto. Poner un disco y ver béisbol. Sé que los comentarios de los de ESPN no me ayudarían en lo más mínimo a entender el juego, así que los dejo sin habla. Sigo tosiendo, y me levanto cada dos por tres a escupir unas bolitas verdes gomosas que se atascan en la bacha. Las empujo con el dedo, me lavo, uso una toalla exclusiva para mí, para no contagiar a mi familia, me vuelvo a sentar y vuelvo a toser.

Diario de la enfermedad. Sábado 30/10. A pesar de abusar nuevamente del Benadril, y de confundir lo mío con una alergia, no conseguí dormir bien. Esta vez las simpáticas capsulitas no me dieron sueño. También me metí mucho Refenax en las fosas nasales, lo que fue difícil, porque me la estuve sonando tanto que se irritó, y cada gota de Refenax que entraba no era como esperaba un alivio. Lo que también hace el Refenax, así como, estimo, cualquier líquido descongestivo, es acelerar el corazón, o aumentar la presión sanguínea, y para un hipertenso no es lo más aconsejable. Con el corazón ajetreado es difícil conciliar el sueño. Encima los nervios: después de un par de días de molestias varias, cualquiera pierde la compostura. Desayuno sin hambre, un té con muchísima miel, por la noche había tomado leche con muchísima miel y ron, un remedio casero para aliviar los dolores de garganta. No ayudó.

Mientras sigo agonizando. Juan José Saer estaba en lo cierto y en nada exageró al decir que la lectura de Mientras agonizo provocó en él algo así como una transfiguración del mundo. A los 18 o 19 años, Saer descubrió a Faulkner y leyó la novela de un tirón, arrancó después de almorzar y concluyó al anochecer. Cuando se dio cuenta, ya nada era igual. A mí me pasó, más o menos por esa edad, con “La metamorfosis”, de Kafka. No cualquier escritor es capaz de lograr que sus lectores vean el mundo de otra manera después de leerlo. En realidad, casi ninguno. A Faulkner se lo puede leer todo el tiempo. Yo he leído varias veces El sonido y la furia, Las palmeras salvajes, Santuario y por supuesto Mientras agonizo. En estos libros se perfila la humanidad entera. El tipo inventa un territorio en el profundo sur de su país, mete en él mujeres embrutecidas y hombres opacados, algo de remota esperanza, algo de coraje y de valentía, y con ello habla de todos nosotros, vivamos en el tiempo en que vivamos. Pero no sólo eso: lo hace explorando no sólo el corazón o el alma, sino también la forma. Y los resultados en ambos ámbitos son extraordinarios, emocionantes, y siempre impredecibles, por más que uno no haga otra cosa que leerlo y leerlo.

Diario de la enfermedad. Sábado 30/10. Temo chocar con el auto. No veo bien, las lágrimas volvieron a mis ojos, toso a cada rato y debo detenerme para sonarme la nariz, que gotea. Ahora es un líquido transparente. Pero es lo único que pasa por mi nariz. El aire no. Después de toser, abro la boca, a ver si algo de oxígeno logra colarse para adentro. Voy despacio, eso sí. Debo llevar mi hija a canto, en menos de un mes se presenta en público, por primera vez, y tiene que ensayar con la profesora y el pianista. Al regreso, la nariz empieza a gotear en el peor momento, no puedo detenerme porque me apuran de todos lados. Esta ciudad a veces es así, imposible. A nuestra llegada, sanos y salvos, tengo mocos en la remera y en el volante del auto, que brilla.

Comme. Enciendo la computadora, no sé para qué, si apenas veo. Tal vez sufra de lo mismo que Levrero: adicción a la máquina. En la bandeja de correo aparece un mensaje que no esperaba: el ex guitarrista y bajista de Comme, unas de las mejores cosas que le pasó al rock de este país, y también una de las más ignoradas, me escribe para agradecer lo que escribí hace bastante sobre su ex banda. Le digo que siendo la música de su ex grupo sincera y emotiva, mi reseña, escrita de corrido y sin revisar, escuchándolos de fondo, no podía salir de otra manera. Tope de visitas en el blog. Alguien envió la nota a varias personas, que a su vez hicieron lo propio. Me alegra que mucha gente se haya enterado de la existencia de esta banda y que todavía los considere, metafóricamente hablando, vivos —como puso alguien, con énfasis, en un mensaje. Gracias a un lector, me entero de que han mutado en otra cosa: en algo que se llama Colonia de ciervos. Era esperable, por supuesto, que sufrieran algún tipo de mutación. Y esperable también que sigan igual de sorprendentes. No es exagerado decir que las bandas así también transfiguran el mundo. Por cierto, esta gente tiene una fijación con los ciervos que todavía no entiendo, ni espero entender.

Diario de la enfermedad. Sábado 30/10. Siete de la tarde. La fiebre, al fin, me ha derrotado. Con un pullover y medias gruesas, me acuesto, con una frazada y un acolchado por encima. No puedo tener los ojos abiertos. Bajo la persiana, hasta el poco sol que logra entrar me molesta. En el equipo suena Never Mind the Bollocks, una y otra vez. Por suerte me avivé y puse el repeat, porque no podría levantarme a poner play de nuevo. De vez en cuando, entra mi mujer y me pide que vayamos a un médico. Desde abajo de la frazada y el acolchado, le contesto que no puedo ni moverme. Me trae unos Ibuprofeno 600, unas pastillas grises poco simpáticas, enormes, parecen supositorios. Se toma una cada 8 horas, pero no le doy bola a la indicación y las tomo cada 4. Algo de esperanza: creo notar que el aumento de la fiebre ha reducido drásticamente la mucosidad, así como la tos. Confío en lo que dicen: que la fiebre sirve para algo y que a la larga, si uno la soporta, termina con todos los males. Es bueno que moquee menos porque he terminado con todos los pañuelos descartables de la casa (18 paquetes de diez pañuelos cada uno), más con el papel higiénico, que como pañuelo no es igual de bueno, pero alcanza. Por suerte en Argentina existe el bidet.

Diario de la enfermedad. Domingo 31/10. He dormido desde la última toma de Ibuprofeno 600 (a eso de las 3 de la madrugada) hasta las 11 de la mañana, he soñado con la Presidenta, seguramente por haberla visto tanto en los últimos días, y me he levantado para ir al baño, nada más. Pero después mi mujer me alienta para desayunar, dice que va y me compra el diario, que tengo que tomar fuerza, etc. Me veo en el espejo, la cara está seca y paspada, igual que los labios, agrietados y con sangre. Ya te decía yo que debías tomar más líquido, me reprenden. Tomo un té, leo, entre una nebulosa, que las encuestas dicen que la Presidenta ganaría las elecciones fácilmente, por lo menos si se presentara hoy mismo. No puedo leer más y me tambaleo de vuelta a la cama, me acuesto temblando.

Recuerdos. La última vez que estuve en cama sin poder salir fue hace unos 16 o 17 años, por lo menos. Entonces vivía solo, en un departamento pequeño. Hacía vida de estudiante, me cocinaba poco y compraba casi todo hecho. Por ejemplo, milanesas de soja. Por entonces, la soja no tenía mala prensa ni hacía que los argentinos se pelearan los unos con los otros. Como sea, compré las milanesas, entonces, en un supermercado, volviendo de la universidad, cagado de hambre, las llevé a casa y las calenté en el microondas, siguiendo las instrucciones. Eran rellenas, de queso, me parece, y la verdad que cuando las corté no tenían buen aspecto. Igual me mandé el bocado. Tampoco tenían buen sabor. Igual, seguí comiendo. Después me acosté a dormir la siesta. Me desperté con la cabeza hecha un campo de pruebas atómicas. Me dolía tanto como en la peor de mis resacas. Me tomé un vaso de soda y me volví a acostar. No tenía ni un Geniol a mano, que siempre fue de mis preferidos para calmar los dolores —pero ahora también tiene mala prensa, como la soja. Me desperté a la noche, con muchísimo frío. Ahora eran las extremidades lo que me dolía, y la nuca. Me quedé en cama, pero logré quitar la sábana que cubre el colchón y meterme bajo de ella también. Veía luces de colores con los ojos cerrados. A la tarde del día siguiente, me levanté para ir al baño, nada, me tomé otro vaso de soda y volví a la cama, hasta el otro día, domingo, después de tiritar en la cama y de que volvieran las luces de colores. Me tocaron la puerta. Un amigo, Pablo, vecino, venía a preguntar si estaba todo bien, porque no me había visto salir. La verdad que no, le contesté del otro lado. Me acompañó hasta el hospital, que por suerte quedaba cerca. Estás un poco blanco, me dijo, apenas abrí la puerta, echándose un poco hacia atrás. El médico de guardia fue de la misma opinión.

Diario de la enfermedad. Domingo 31/10. Nunca estuve tan mal en mi vida, ni siquiera por culpa de aquellas dichosas milanesas. A eso de las seis de la tarde mi mujer insistió por enésima vez que fuéramos a ver un médico, que no podía seguir así. Y yo le repetí por vez enésima, desde abajo del acolchado y de la frazada, con mi pullover y todo, que no podía ni moverme: el sólo hecho de pensar en vestirme me daba dolores en todo el cuerpo. Pero en algo tenía razón: no podía seguir así. Le pedí entonces que llamara a algún servicio de emergencias. ¿Cuál, si no tenemos obra social ni prepaga? Y bueno, alguno habrá que quiera atender si uno le paga, ¿no? Así que llamó a AMI, el servicio de emergencias de la ciudad. Muy afables, le dijeron que para venir a verme cobraban 350 pesos. ¿Eh? Gracias, deje que lo consulte y cualquier cosa vuelvo a llamar, dijo mi mujer. No te pueden cobrar eso nada más que para enchufarte un termómetro, escucharte los pulmones y tocarte la garganta a ver si te duele. Dejá, le dije, llamá a un vecino que nos lleve a algún lado y trato de llegar a la puerta del auto sin caerme. Al hospital ahora no iba a ir, está muy lejos. Pero cerca hay una clínica, a la que nunca fui, que los fines de semana atiende urgencias, pagando algo, por supuesto. Llegamos, había cuatro en espera: un chico con una fractura, una chica desvanecida y dos más, con asuntos menores. Y un sólo médico. Me tomaron los datos y ochenta pesos. Me fui afuera a esperar. Veía la ciudad moverse, aquellas luces, de pronto, habían vuelto. Una media hora después, me llaman. El médico es petiso y joven. Me hace las preguntas de rigor, me toca la garganta para ver si me duele, me escucha los pulmones, me enchufa un termómetro: 39,5. Mi récord personal. Saco la lengua, digo aahh, mira adentro con una linternita y después se sienta, anota algo y desde ahí me dice: Lo tuyo es una bronquitis. Vas a necesitar antibióticos. Te voy a dar uno muy bueno: Optamox Dúo, de 1 gr. No suspendas el tratamiento, está muy feo eso que tenés. Son siete días, dos pastillas por día, y empezá cuanto antes. Ahora, tendrías que inyectarte, para frenar la fiebre y que empieces a sentirse mejor. No hay otra manera, porque ningún medicamento actúa enseguida. Cómo no doctor, lo que sea. Yo estaba todo colorado. Anotó algo y me pidió que fuera a la entrada, abonara la inyección, y volviera para inyectarme. Y tenés que tomar más líquido, me ordenó. Viste, qué te decía yo, volvieron a reprenderme. Así que salí, mostré el papel, pagué, 30 pesos, y volví dentro con el papel ahora sellado. Una enfermera muy amable me pidió que me acostara, que me iba a doler un poco, pero muy poco, cerró una cortina, me bajé los lienzos y ahí fue la inyección. Quedate un rato sentado, que podés marearte. Noté que los dibujos de la cortina se movían, como si fuese una cortina a pilas, pero no le di mucha importancia. Salí, me apoyé del hombro de mi mujer, como en un ataque de amor, saludé a la enfermera, al doctor, a la chica que me cobró primero 80 y después 30 pesos y me volví a casa, bien asido del hombro de mi mujer. Después ella salió y cayó con la caja de Optamox Dúo 1 gr. Son unas pastillas ovaladas y planas, blancas, muy grandes, como un chicle Bubbaloo desinflado y sin color. Me tomé una con Sprite, la bebida de los enfermos, como todo el mundo sabe (también puede usarse 7up). Empecé a sentir calor, mucho. Me saqué el pullover después de dos días, me di un baño largo, muy largo, y me acosté.

2 comentarios

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  1. ericz / Nov 2 2010 5:16 pm

    Los antibióticos son lo más, un gran invento de la humanidad.
    La materia de las vacas se escriben “bovina”.

  2. Roberto Giaccaglia / Nov 2 2010 7:39 pm

    ¡Gracias!

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