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noviembre 10, 2010 / Roberto Giaccaglia

Sostenete René

Estocolmo, Iosi Havilio, 284 págs., 2010, Mondadori, Buenos Aires.

“(…) abría la boca mordiéndose los labios…”.
Pues no le habrá sido fácil. Yo conocí una chica que se tocaba la nariz con la punta de la lengua, pero hasta ahí he llegado. No conocí a nadie, quiero decir, que pudiera morder abriendo en vez de cerrando la boca.

“El primer día en Santiago fue sábado, un día luminoso, a pleno sol”.
“Salió a la calle, era una mañana radiante”.
“Salieron de Santiago al amanecer, un día de pleno sol”.
“Por fin en la calle, se encontró con un día luminoso…”.
“Bajó de la cama y corrió las cortinas. La ventana le devolvió un día ceniciento”.
No son las únicas referencias al sol de Santiago (o a la falta de él), las otras son más poéticas, hablan de un sol rojo, achatado… o algo así. Pero igual, para una novela de pocas páginas como esta, semejante preocupación por el astro rey la hace parecer escrita por un meteorólogo.
No hay problema. Los meteorólogos también pueden escribir (buenas) novelas.

Y Estocolmo es una buena novela. Me encanta que el narrador, por más omnisciente que sea y logre internarse en las mentes de los personajes, y sepa lo que ocurrió en el pasado (la novela está plagada de flashbacks, mejores que los de Lost), sufra, sin embargo, de cierta equisciencia y cuente no más de lo que sabe el protagonista, un gay medio pusilánime (por más que a veces se adelante a lo que el propio protagonista va a vivir: “(…) como si se burlara, pero no, ya se daría cuenta René, era su manera de hablar”, con lo que no sabemos a ciencia cierta quién lleva las riendas de la historia, si uno o el otro). Así que el narrador duda, duda bastante, ciertas cosas se le escapan o no las tiene muy en claro:
“Ulises tiene los ojos rojos, está drogado, borracho, o él también viene huyendo…”.
“Ulises Ormeño tenía los ojos hinchados, vidriosos, de haber dormido poco, de haber llorado mucho, o era marihuana”.
“(…) Ulises ya se había sentado en el borde de la cama tapándose un ojo, el derecho, con la palma de la mano como si le hubiese entrado una basura o como si viniesen de trompearlo”.
Bueno, no crean. La duda del narrador no sólo aparece cuando aparecen los ojos de Ulises Ormeño, está en otras partes también.

Es más, Estocolmo es tan buena que ni siquiera importa que se nos diga bien avanzada la novela que el protagonista es amnésico, cosa de la que antes no había dado muestra alguna. Sí había dado muestras de cobardía, de paranoia, de hipocondría, de lujuria, etc. Pero no de amnesia. Se acuerda de todo, y perfectamente, con detalles incluso. A veces le vienen a la memoria datos insignificantes, de los que uno se olvida fácil. Sin embargo: “Otra vez la amnesia, el olvido, le petit mal”. El protagonista quizá sí sufra de eso del “petit mal”, que según tengo entendido sucede cuando irrumpen en estado consciente breves momentos en blanco. De esos, es cierto, tiene todo el rato, pero eso es otra cuestión. Por supuesto, lo podemos pasar por alto. Como la presencia en el discurso narrativo de la noche, la tarde, la madrugada…
“El teléfono suena cerca del amanecer, cuando todavía es de noche”.
“(…) Recién logró dormirse en algún momento de la madrugada. (…) A pesar de la noche en blanco…”.
“Llegaron a la ciudad con la última luz del atardecer…”
“Abrió los ojos a las ocho menos cuarto de la mañana…”.
“Pasado el mediodía, almorzaron en el mercado central”.
“Cerca de la medianoche, recién cuando cerró con llave…”.
“Con la primera luz del día, sintió un impulso extremo…”.
“Aterrizaron en Buenos Aires a las seis y cinco de la tarde. Llovía”.
“Llegaron cerca de las dos de la tarde, el cielo tapado de nubes oscuras y gruesas…”.
El racconto (in extenso) de las cosas y cositas que el protagonista lleva a cabo en un par de días, nada más, hace que el tiempo del relato, curiosamente, forme parte de, digamos, ejem, cierta disposición estética. ¿No era algo así Sostiene Pereira? La leí hace mucho, pero me parece que la repetición de datos sin importancia, el ritmo lento, las introspecciones, la turbación del protagonista y el acelere final (que en Estocolmo es más bien desorden) se le parecen bastante.

Eso sí, Pereira no era gay. No confundamos. Tranquilo como el protagonista de Estocolmo, René, sí, sin ideas políticas, también, dedicado sólo a sus menesteres, en efecto, siempre con el recuerdo de su amor perdido, sí, también, pero a Pereira no le gustaba eso de que le metieran cosas en el culo ni andaba por ahí masturbándose o pensando en muchachitos. Otra cosa en la que se parece René a Pereira es que sin comerla ni beberla, de pronto se ve atrapado por la violencia política. En medio de su paseo chileno, un regreso a su país, unas cortas vacaciones de la nostalgia, René se ve inmerso en protestas callejeras, de las que participan sectores que no le interesan en absoluto (hablando en claro: no le interesa nada), pero es tan presente el hostigamiento de los que ostentan el poder y tal así la rebelión que esto provoca, que no puede menos que empezar a prestar atención al clima reinante, que por supuesto lo intimida y le ganas de aislarse definitivamente de todo. Como a Pereira, sí.

A ver. Estocolmo podría ser algo así como una Sostiene Pereira moderna, levemente erótica, levemente crítica (¿de la apatía moderna, de la falta de compromiso tal vez?), levemente incorrecta, levemente narrada. Leve, en todo caso.
Hablando de apatía y falta de compromiso. ¿Sirven los calamares gigantes para ilustrar estas cuestiones o es acaso que están de moda? Los usa Carlos Busqued en su Bajo este sol tremendo, dos páginas completas, con foto incluida, y algo más, y los usa Havilio, un párrafo: “(…) Para no pensar, encendió la televisión: un documental sobre la leyenda del calamar gigante…”.
Pero no. Tal vez no sea el calamar gigante lo ilustrativo, sino “encender la televisión”. Los personajes de Bajo este sol tremendo (¡qué buen título!, no me canso de decirlo), anodinos y anómicos, pavos, a la larga, lo hacen todo el tiempo… ¡y René también! Se duerme con la televisión prendida, chequea mails con la televisión prendida, se olvida del mundo, pero, como a los personajes de Busqued, la televisión también le sirve para conectarse con él: la revolución de las calles se televisa y es ahí donde parece enterarse.
Sí, lo de los calamares gigantes debe de ser una moda, nada más, o acaso una mera casualidad. No así, creo yo, la anomia y la falta de compromiso. Eso puede ser ya una preocupación del escritor moderno. A Estocolmo la recorre o la sobrevuela más bien, cierta melancolía: hombres eran los de antes. René antes sí que era hombre. No sólo porque no se dejaba meter cosas en el culo, nada de eso, un detalle de color si vamos al caso, sino porque se preocupaba por su país, era políticamente activo, tenía sueños, formaba parte de la juventud socialista de Allende. Después viajó, conoció Europa, conoció el amor, se dejó estar, se estancó, y ahora vuelve a Chile como turista y ve la revolución por televisión.
Aunque para ser sinceros, nada de “detalle de color”. Acá lo que hace el protagonista con su culo no es un asunto menor, o sin importancia. El cambio de las preferencias sexuales del protagonista, pues es en Europa donde empieza a ser penetrado, vino acompañado de un marcado aburguesamiento. No soy yo quien lo dice o insinúa, sino la novela. Es una idea un poco rara, políticamente incorrecta tal vez, que podría haber firmado Aldo Rico.
No importa. Hablemos de lenguaje: Havilio prefiere la palabra “ano” a culo. Sin embargo, llama “bolas” a los “testículos”, aunque a veces llame “testículos” a las “bolas”, con lo cual el lector se descoloca un poco. Lo mismo ocurre con “masturbar” y “pajear”, a veces se dice de una manera, a veces de otra. Por otro lado, mientras los hombres entre sí “se penetran” o “se acuestan”, una pareja heterosexual en la novela “hace el amor”. Momento, momento, que yo quería nada más hablar de lenguaje, y no de las ideas que su uso conlleva. Que de eso se encarguen los psicólogos.

Lenguaje. Es otra cosa en la que Estocolmo no se parece a Sostiene Pereira, tal vez la última cosa (si no contamos, claro está, los datos atmosféricos y climáticos y esa manía de ponerle una hora a todo). Lo de Tabucchi es laxo judicial, y en cambio Havilio escribe bien, con ganas, uno se engancha enseguida. Yo mismo leí varias páginas de un tirón, como en trance, hasta que me topé con esta frase: “Llegaron a la ciudad con la última luz del atardecer, esa cortina borrosa, amorotada y humeante, a mitad de camino entre el naranja y el violeta, 50% apocalipsis, 50% pintura naïf”. Es cierto, es otra construcción meteorológica, pero está buena de verdad. Así que me trabé ahí, la leí unas cuantas veces y después dejé el libro.

Lo retomé al otro día, ya recuperado. Y leí encantado hasta que Kissinger y Olof Palme se metieron en la novela. Después descansé, y volví a leer hasta que todo se desmadró… textualmente: “En qué momento todo se desmadró, nadie, ni los manifestantes, ni los fotógrafos, ni los curiosos como ellos, pudo advertirlo”. A la novela le pasa lo mismo, se desmadra, y tampoco nos enteramos cuándo.
Después leí hasta que René busca y encuentra una casa de masajes. Siempre pensando en lo mismo este tipo. Estocolmo es toda una experiencia literaria, en serio. Pero sólo literaria: ¿qué va hacer René a la casa de masajes? Se va a relajar, lo mismo que le ocurre al lector con la novela. René hace turismo. El lector también. Lee y se relaja, hasta que encuentra algo que lo molesta: “Peleados con cualquier forma de luz, sus ojos chicos intentaron despegarse lográndolo a medias”. Dejate de joder, cómo se van a pelear los ojos.
Pero como total faltaba poco, seguí. Ya venía medio de capa caída, sin entusiasmo, pero seguí, un poco harto, lo confieso, de los miedos infantiles del protagonista, de sus quejas, de las apariciones y desapariciones caprichosas de los personajes, hasta que René se sube a un avión, el que debería devolverlo a Estocolmo, la ciudad, y se viene un accidente o por lo menos la promesa de tal cosa. Ah, así es fácil. Busqued en Bajo este sol tremendo también termina todo con un accidente. Pum, y chau. Y al final todo era un sueño. O al final se murieron todos, y listo, es lo mismo.

Las palabras finales de Estocolmo, “Y ya no tuvo más miedo”, son un poco redentoras, cristianas, feas, como si alguien divino, al quitarle todo, finalmente anularlo, viéndolo empequeñecido e inútil, lo hubiera perdonado. Pobre René. ¿Perdonarlo de qué? Y pobre lector. Tantas vueltas por Santiago para al final toparse con esto.

Ya sabemos, la vida (no) es bella.

3 comentarios

Dejar un comentario
  1. TheMusicalBox / Nov 11 2010 12:20 am

    Hola. Te dejé unos mensajes en tus artículo de Ghosts y Fever Ray, pero se ve que no te llega el aviso por correo electrónico y los leés por casualidad. Te iba a pedir si me dejabas publicar algunos de tus artículo de musica en mi sitio (miralo, pinchá en mi nombre, auqneu ya lo conocés) ya que pensaba hacer una publicación especial y difundir los artículos de The Musical Box y tus artículos son muy originales. Bueno, lee alguno de los míos ahí y nos conctactamos de nuevo. Un abrazo.

  2. Roberto Giaccaglia / Nov 11 2010 2:00 am

    ¡Dale!

  3. carlos / Nov 11 2010 3:50 pm

    brillante comentario, divertido, irónico, lleno de malditismo con onda.
    Hablando de cosas que se dicen como el culo: el ano es el ojete paquete.

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