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noviembre 22, 2010 / Roberto Giaccaglia

La revolución es puro cuento

Crímenes, Alberto Barrera Tyszka, 164 págs., 2009, Anagrama, Barcelona.

Me pregunto quién en Argentina podría escribir este libro. ¿Jorge Asís? No lo sé, pero tal vez es el único con el que podríamos contar, por más que la posibilidad, lo confieso, me aterre un poco, tanto como proponer para la tarea a Marcos Aguinis, una suerte de Elisa Carrió de la (mala) literatura, pura histeria opositora.

El venezolano Alberto Barrera Tyszka escribe sus cuentos sin saber en qué país vive, sin entender, confundido. Con tantas preguntas en la cabeza, no puede más que hacer lo que todo buen poeta: componer un libro. No quizá para tratar de entender, tarea imposible, lo sabe, en la Venezuela de hoy, sino para demostrar que ninguna pregunta puede ser antojadiza si gira alrededor de los porqués de una sociedad dividida —tema central, creo yo, de las diez historias que componen este volumen, y que permite, de forma automática, podría decir, leer estas historias como si sucedieran acá, en nuestro país, que viene sufriendo lo mismo que Venezuela desde hace varios años. (La buena literatura se actualiza permanentemente. A expensas de la realidad, me temo, que le copia, sufriendo las consecuencias. Así, la lectura de uno de los mejores cuentos de Crímenes, “Balas perdidas”, también podría ser una lectura del crimen de Mariano Ferreyra, más precisamente del uso que de él hicieron y hacen gobierno, oposición y grandes medios de difusión. Ni hablar de un cuento como “Las venas abiertas”, donde leemos el recorrido político —y/o delictivo— de varios ex guerrilleros de América Latina, asilados políticamente o no.)
Barrera Tyszka demuestra con sus dudas lo que en Argentina parece impracticable: no se pone ni de un lado ni del otro. Está a la intemperie, no cuenta con el resguardo del chavismo ni el de la oposición.
No por ello sus cuentos son grises, frágiles, temerosos, sino todo lo contrario. En ellos, de una manera u otra, con mayor o menor violencia, no para de preguntarse si hay alguien que tenga algo de razón, si hay alguna causa justa, si no caeremos tarde o temprano en lo mismo: el odio, el revanchismo, la interminable vuelta atrás, que es en lo que caen sus personajes: jóvenes cautivos de causas perdidas, escritores que quieren ser famosos, revolucionarios descorazonados, profesores de literatura timoratos, amantes sin pasión, hombres que muerden perros por la calle, o que encuentran cosas que no deberían estar ahí: gotas de sangre sobre la alfombra, manos sin un brazo o un cuerpo que las acompañe, perdidas, sueltas en un callejón, como las almas que caminan la Venezuela partida al medio, la Venezuela de los más de diez mil crímenes por año, la que Barrera Tyszka describe como puede, con los ojos bien abiertos pero sin estar seguro de lo que ve. Por eso los finales de sus cuentos son abiertos, para que el lector siga mirando en ellos, ver qué encuentra por sí mismo, sin ayuda, ni guía.
En los cuentos de Crímenes, algunos bastante imperceptibles, pero para nada calculados, la política se introduce sin más en la intimidad de personas y parejas, sin pedir permiso, tanto el oficialismo como la oposición, cada uno más perverso, ventajero y aprovechado, causando daño, como si ya éste no hubiera hecho nido en todos esos seres desgarrados, que nunca, en ningún momento, tienen la capacidad suficiente de detenerse a pensar y ver qué es lo que los está pasando por encima, todos los días, a cada minuto.
Hay formas, sutiles como estos cuentos, en los que la política puede ser parte del arte sin contaminarlo. Es la “mano” del escritor lo que debe permitir que la literatura siga siendo literatura y no un programa destinado a irrumpir conciencias. La literatura no al servicio de una causa, y menos que menos a una excitación de pasiones desvinculadas de la emoción estética. La literatura no como acoso, sino, por lo contrario, como abrigo. Un lugarcito en el que se nos permita pensar solos. Y poder dudar de todo: incluso, por qué no, de la “mano” que construyó para nosotros esa guarida.

En Argentina van quedando pocos escritores así. Muchos escritores argentinos actuales (también muchos de los desactualizados, que dirigen bibliotecas o escriben en Página 12, o se dedican a publicar cartas abiertas), no tienen dudas de ningún tipo. Ellos saben muy bien en qué país viven: en el mejor de todos, y bajo el mejor de los gobiernos posibles. Estos escritores conforman una suerte de 6, 7, 8 literario, pero tan lisonjero con los que ostentan el poder como el televisivo.
Basta darse una vuelta por los que tienen blogs (o leer entrevistas). En ellos se exhibe una profunda tristeza, conmoción y hasta derrumbe moral por la desaparición de Néstor Kirchner, y acompañan la congoja con demostraciones varias de desprecio a la oposición, un agudo “fuerza Cristina”, o afirmaciones tales como que se fue el mejor presidente que tuvo el país, pero por suerte queda el segundo mejor: su mujer.
Tanta coincidencia, tanta falta de preguntas, tanto aglutinamiento y grito desaforado no pueden generar más que suspicacias en quienes ven este extraño movimiento desde afuera. Estos escritores —y otros que no lo son tanto, identificados eso sí bajo el rótulo de “intelectuales”—, tal como lo hicieran los Kirchner, han elegido la polarización, con lo cual reducen su campo visual. No aceptan la complejidad del momento, sus matices. Ha vuelto esa rara clase de intelectual orgánico, el que “sufre” un desclasamiento hacia arriba y que pasa a identificarse con los intereses de la clase dominante. Una clase de intelectual que antes era visto con repulsión, sobre todo por tener demasiadas certezas, defender sin más una sola visión de las cosas y escribir, cómo no, bajo el ala protectora de alguna clase de poder. ¿No es de temer una literatura así, una literatura sin dudas, sin preguntas, sin que el escritor acepte la posibilidad de que puede estar confundido?
¿No lleva todo esto a una reducción de la experiencia, a una literatura inocente, cuando no directamente cómplice? ¿Qué clase de riqueza (no ya política, que no la hay, sino literaria, simplemente) puede haber en ello?

No sé si ocurre lo mismo en la Venezuela del autor de Crímenes. No sé, quiero decir, si allí también la gran mayoría de los escritores e intelectuales apoya al gobierno, cueste lo que cueste (conciencia, alma, esas cosas), o si han logrado darse cuenta de que no por estar contra Chávez tienen que estar sí o sí con el Imperialismo —bicho con el que los asustan allá, mientras que acá es la derecha oligárquica, o, cuándo no, los militares del Proceso.

Pero puedo ensayar un porqué de lo que ocurre en Argentina.
A los escritores argentinos les gustan los 70. Será, estimo, por cierta añoranza de lo que no fue. Así que viajan en el tiempo, tratando de asir, por fin, aquellas oportunidades perdidas: las que según ellos tenía un país que de no haber sido por los malos de entonces hoy tendría a sus habitantes nadando en riquezas. Nunca como antes hubo un gobierno que les brindara tal oportunidad: la de viajar en el tiempo. Es una chance tan discursiva, tan ficcional y al fin tan literaria, que no pueden menos que ser seducidos. Hay gente que se conforma con poco.
Es innegable el encanto de los 70, como lo es, claro está, el de toda época no resuelta. Fascina (a veces de una manera un tanto atroz) leer sobre la época, investigar, bucear, incluso escribir. Pero habría que resistirse a dejar en manos del gobierno la reinvención de esos años.
Pero los 70 son atrozmente atractivos por algo más: nos han enseñado que fue entonces que todo se derrumbó. No somos hombres de nuestro tiempo los argentinos. Todavía lo somos de aquél. Y no es curioso que la juventud maravillosa de entonces no haya estado conformada tampoco por hombres de su tiempo, sino por tipos que añoraban el siglo XIX: más precisamente, los tiempos de Rosas, a quien veían como un valuarte patrio, un representante de los valores nacionales perdidos.
Este debe de ser uno de los pocos países enfocados en el pasado (con Venezuela liderando la marcha atrás, seguido de cerca por Irán), y no en el futuro, como si todo tiempo anterior a este fuera mejor, y no el tiempo por venir (ese que podemos dejar en manos de los países preocupados por avanzar).
Nada de esto parece muy progresista. Como no lo es, claro está, tomar como paradigma de la justicia social a un grupo de hombres ricos. Los Kirchner fueron eso: hombres ricos. Ahora queda una familia rica, con amigos ricos, y hacen negocios juntos, como puede ver todo el mundo, menos los escritores argentinos progresistas.
¿Qué hace el gobierno mientras estos escritores —e intelectuales, ¡no olvidemos a los intelectuales!— se quedan embobados viendo 6, 7, 8? Nada diferente a los demás gobiernos patrios: practica el capitalismo, el sindicalismo fascista, la presión a políticos, a la Justicia y a periodistas, el clientelismo, el corporativismo, el dibujo de números en la economía, la exhibición de riquezas y de poder. Y desvían la atención a su manera, como cualquiera. En su época, Menem regaba todo con pizza y champán para que olvidáramos que estábamos en el culo del mundo, mientras él y sus amigos se enriquecían, y estos, ahora, con el mismo propósito, nos leen la novela pastoril setentista. Con ello han conquistado varios corazones: los de las madres y abuelas, los de varios periodistas, los de muchos escritores.
¿Pero para qué hablar de capitalismo, de sindicalismo fascista, de presiones, de clientelismo, corporativismo y mentiras en la economía, si a los escritores argentinos “progresistas”, ciegos y sordos a todo lo que sea actual o no se refiera a los 70, les preocupan poco o nada los programas de gobierno? Ellos se dedican a soñar, y con eso se sienten realizados. Saben que de la revolución discursiva (o estética… o maquillada, mejor decir) no pasarán —ni ellos ni mucho menos el gobierno—, aceptando con pena y en silencio que descolgar un cuadro de Videla no garantiza la inminencia de la reforma agraria, ni de ninguna otra cosa.
Compromiso era el de antes. Han llegado tarde, me parece, y eso es irremediable.

Qué difícil es hoy por hoy escribir sin pertenecer a un bando.

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