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diciembre 13, 2010 / Roberto Giaccaglia

Volvamos a ser malos

Los libros de la guerra, Fogwill, 416 págs., 2010 (segunda edición), Mansalva, Buenos Aires.

La sensación que queda es que Fogwill escribía cada vez más para sí. Pero no, lo estoy diciendo mal. Digo mejor que Fogwill escribía cada vez más en honor a su mito, o no digamos mito, que tampoco es para tanto, sino más bien a su figura. (El uso de su apellido solito ilustra esto: “Fogwill” es una marca —ya ni me acuerdo de su nombre de pila. En esto debería imitarlo Aira: y poner en sus libros sólo “Aira”, quitar el “César”, que no sé para qué está. Pero Fogwill sabía más de esto, porque fue publicista.) Ya no se le entendía mucho si uno no formaba parte del club de adoradores que supo conseguir —él se jactaba de tener “de 100 a 2000” lectores “fabricados” por él o por sus “relaciones sociales”. Hablo de sus notas de prensa, claro, que de eso se ocupa Los libros de la guerra, y no de su ficción, de la que leí poca, y salteada: “Muchacha punk” y algún otro de sus cuentos unas quince veces, y Los pichiciegos una. Nada más. Ya habrá tiempo.

No sabía que Fogwill había escrito tanto en revistas, que había sido siempre tan solicitado. Bueno, solicitado… Antes escribiendo, y en los últimos tiempos hablando. Los periodistas iban con un sacapuntas, a ver cómo podían afilarle más la lengua. A todos nos divertía mucho lo malo que era, y es algo que se extraña bastante.

Es que los escritores de ahora son muy buenos. No sé si el kirchnerismo tendrá que ver con esto, si les habrá contagiado su visión tan amable de las cosas, o si será que por ser todos tan pro Cristina no se llevan mal entre sí. Hace rato que no leo una mala crítica a un escritor argentino en un diario o en un suplemento cultural. Revistas no, porque no hay, ya sé. Y ya está costando encontrarlas en los blogs. O escribimos todos muy bien, o es que tenemos muchos amigos.

Capaz que sea lo segundo.

No sé si Fogwill tenía amigos. A pesar de sus relaciones públicas quiero decir. Tenía alumnos, eso seguro, como los tiene Aira. Quiero decir copiones, pero se entiende, ¿no? También tenía aduladores: los periodistas, que cuando no tenían nada divertido que decir lo llamaban para que se burlara un poco de Pauls, o de Piglia, o de alguno parecido —cosa fácil.

Yo pensaba, con tanta entrevista que hay por ahí, que Fogwill, de quien su literatura me intere(sa)ba no mucho, era más que nada un especialista en poner contra la pared a los intelectuales envanecidos, que abundan, y no tanto en escribir. ¿Para qué, de cualquier manera, si tampoco es que haga tanta falta —esto de escribir digo? Pero no. Resulta que Los libros de la guerra me descubrió a un Fogwill también afilado a la hora de escribir él solito sus propias diatribas, en vez de esperar que algún periodista se las sacara a preguntas.

Con todo, la parte que más se disfruta del libro es la de las entrevistas —a excepción de la que le hacen Horacio González con Christian Ferrer y otro más, para El Ojo Mocho, y de la que le hace Daniel Link para Radarlibros: la primera por larga y soporífera, la segunda por adulona: Link se la pasa babeando, desde la primera palabra al punto final se le caen las babas. ¿Lo habrá invitado a tomar mates Fogwill? ¿No habrá tenido yerba?
Como sea, las entrevistas son el postre del libro: se agrupan toditas al final —obviando una opinión sobre talleres literarios, una charla con un aprendiz y el trazado de unos cuantos perfiles (viñetas de personajes que Fogwill conoció), que en realidad vienen después y que podemos pasar por alto, terminando el libro sin más, a no ser que nos haga falta enterarnos de que aparte de incisivo Fogwill era generoso —con el aprendiz y los personajes que conoció, no con los talleres literarios.
Y ahí nos enteramos de que las entrevistas constituían para Fogwill lo que debía ser la literatura lisa y llana para Arlt: un cross a la mandíbula. Que las entrevistas se agrupen al final de Los libros de la guerra significa que también el editor lo piensa así. Sacando la entrevista encabezada por Sopor González —en la que le hace hablar de gente y cosas que conocen ellos y los otros dos—, el de las entrevistas es el Fogwill fácil, el que entiende el pueblo, sobre todo el pueblo hambriento de sangre de escritor envanecido.

Así, haciéndose afilar la lengua por el periodista de turno, Fogwill provocaba. No digo que sea como soplar botellas, pero tampoco es tan difícil esto de provocar hablando, o, por caso, provocar escribiendo columnas. Es más difícil provocar escribiendo literatura. Cuánto hay de eso en los libros de Fogwill no sé, pero convengamos que no es por eso que se lo conoce: por ser un provocador literario. Era más bien un provocador respondiendo, o mejor dicho opinando.

Además de las entrevistas que le hicieron, Los libros de la guerra recolecta, con mucha elegancia, un montón de cosas que Fogwill escribió en papeles (opiniones) que apuesto que en su debido tiempo no leyó nadie, o casi. Han pasado los años y algunas cosas ya no están ni se recuerdan, por ejemplo el gabinete cultural del doctor Alfonsín, de quien se mofaba de lo lindo, pero todo lo que está aquí es digno de leer, todavía molesta y lastima, o por lo menos provoca cierto cosquilleo, cosa que no ocurre con las sosegadas propuestas periodísticas de hoy, que al lado de estas son amaneradas, rancias ni bien salen de la imprenta.

Y Fogwill tenía estilo, encima de que lo que escribía era sustancioso, el maldito tenía estilo.

Pero hay un problema con el estilo, que Fogwill notaba en otros, mas no en él mismo (utilicé “mas” en vez de “pero”: estoy buscando mi estilo).

El problema de tener un estilo es que todos, sobre todo nosotros, los fariseos, es que todos, repito, esperamos siempre más de lo mismo: la repetición constante, el lugar seguro, aquello que vamos a buscar y por lo que abrimos un libro. La repetición, lo sabemos todos desde esos hinchapelotas de Frankfurt, significa perder el aura: o lo que es lo mismo: desacralizar la propia producción, volverla parte del sistema, en este caso el nuestro propio o, por caso, el de nuestro público. El “estilo”, así, se arruina, y ya ni nuestros primeros libros, parodiados por los que vinieron, son especiales.
Un mínimo ejemplo de lo que es perder el aura (o la gracia —Fogwill lo llamaba “perder la ética”) es lo que Fogwill mismo dice de Perlongher: que empezó a escribir por encargo (es decir mal, es decir sin sorprender) cuando obedeció a lo que su público de ocasión le reclamaba. Fogwill le cuestiona a Perlongher que haya accedido a crear un personaje: él mismo. Un personaje, en el caso de Perlongher, para satisfacer al “bando gay”. Supongo que Fogwill satisfacía al “bando ambiguo”, que en detrimento de la originalidad es bastante más amplio.
Eso que dijo una vez, que su intención era no publicar, debió transformarse en cosa efectiva con el tiempo, pero quizá no alcanzó a notar que se estaba poniendo un poco inconsistente. Ocurre cuando se suceden los aplausos, las fotos, las palmaditas: uno se convence del propio genio y le cuesta escribir sin alabarse todo el tiempo. A los escritores argentinos les pasa seguido. Tienen una egomanía más grande que su colección de libros, y para colmo lo hacen saber. Fogwill, por lo menos, tenía el decoro de hacerlo saber escribiendo, y no mostrándose con sus premios y laureles.

Los artículos más perdurables de Los libros de la guerra serán también los más viejos. No creo que nadie resalte lo que Fogwill escribía en los 2000’s, sino, sobre todo, lo que opinaba en los 80’s: allí está su época más ácida, fructífera. ¿Ácida y fructífera? ¡Un plantación de manzanas verdes!

A Fogwill a lo mejor le encargaban escribir sobre una cosa, pero terminaba escribiendo sobre otra, la que le interesaba a él. No sé cómo hacía, pero lo lograba. Me encantan los tipos así: que imponen sus temas. Uno se enteraba poco y nada del “tema” de la nota, ¡pero qué importa! En una crítica sobre no sé qué libro seguramente horrible, Fogwill nos cuenta de la vez que compró dos vibradores y con eso nos habla de un poco de todo, pacatería, sexualidad reprimida, sus gustos a lo mejor, y no justamente del libro que motivó la nota, que bien avanzada la lectura ya no le interesa a nadie. Esto tampoco se encuentra hoy: escritores desobedientes. Hay que ser bueno y ganarse el pan. Ese es el eterno problema.

Y habrá sido quizá el problema que atravesó su propia labor periodística en los 2000’s. Es una época aburrida, qué duda cabe. No vale la pena ni escribir. En serio. ¿Para contar qué? Ya no sorprende a nadie que un hombre compre un par de vibradores, o lo que se tenga para decir acerca del divorcio o del aborto, del hábito de fumar o el de beber. El amor no le importa a nadie, el sexo tampoco. La gente ya no se casa, apenas si coge. Todos trabajan como burros o cortan calles. Los hijos los cría la empleada, ¿para qué abortar? Y los que no, sirven para cortar calles. Nadie lee. Uno puede comprar la Ñ, el apósito cultural del Clarín, y ni falta que hace salir a comprar libros para darse diques de que se está leyendo. Todos estamos de acuerdo: Kirchner merece ser santificado: la política no existe más. Tampoco los gabinetes de cultura: ahora son gabinetes de propaganda. Las discusiones sobre organizaciones de derechos humanos carecen de sentido: ¿para qué, si el cuadro de Videla ya fue descolgado de la sala de ex presidentes y las Madres de Plaza de Mayo salen por televisión? Nadie disfruta del alcohol o del fumar: los viciosos sociales hemos sido estigmatizados. ¿De qué iba a escribir Fogwill? ¿Del paco? ¿De Tinelli? Asuntos menores.

Fogwill podía hablar de cualquier cosa (política, organizaciones sociales, derechos humanos, divorcio, literatura, vicios) y nos daba a entender que sabía de qué estaba hablando: por más que estuviera todo el tiempo dando vueltas —simulo saber, decía—, mareándonos con su estilo, y bien contentos que salíamos. Ahora es fácil, está la wikipedia, pero de lo que no hay es de lo otro: diversión y apabullamiento.
Como cualquiera, hacia el final, tuvo que obedecer a esta época ruin, la peor de todas, donde hasta los equipos grandes hacen agua. En serio, en un país donde un equipo como River se está por ir al descenso, muchas cosas deben de estar mal.

Pero hablando aún más en serio, qué ejemplo era Fogwill. De escritura digo, de inteligencia… de entereza. Enteros deben estar los huevos, sí, ya sé, si no, no sirven. Vale decir: ¿para qué un escritor “entero”? Y qué sé yo, pero nos vendría bien creerle a alguien.

No vamos a elegir a un premio Clarín o Letra Sur para eso, válgame Dios.

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