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diciembre 20, 2010 / Roberto Giaccaglia

Cosa de negros

My Beautiful Dark Twisted Fantasy, Kanye West, 68:36, 2010, Roc-A-Fella/Def Jam.

Kanye West es un tipo que vende zapatillas. Opinan algunos que son muy lindas, y otros que son sólo para sneakerheads.
Los sneakerheads son personas que tienen un montón de zapatillas, no sé para qué, para presumir supongo, que es para lo que la gente compra muchas zapatillas. Los sneakerheads surgieron cuando a un publicista de la NBA se le ocurrió que las estrellas de basketball podrían tener sus zapatillas “personalizadas”, lo cual haría furor entre los fans apenas las zapatillas estuvieran accesibles al público en general y no sólo a la estrella en particular. El publicista tuvo razón, y la gente se lanzó a la calle a comprar zapatillas “inventadas” para la estrella responsable, que lo único que hacía para la zapatilla en cuestión era poner su nombre.
¿Nadie se acuerda de las “Air Jordan”? Estaban “diseñadas” para Michael Jordan, pero si vos eras un blanquito de colegio privado que no saltaba ni el cordón de la vereda podías usarlas también. Fueron furor a fines de los ochenta y principios de los noventa, cuando Jordan era furor.
Nunca tuve unas “Air Jordan”, pero sí unas “Air” a secas, unas muy lindas, blancas, azules y rojas, como nuestra bandera. Ahora tengo unas Topper, de lona, rotas ahí donde se ve el dedo gordo —derecho. Además poseo unas Adidas aún más viejas, que compré de oferta, por ser el último par que quedaba del modelo: azules y verdes, no están mal. Han perdido un plastiquito que iba donde el talón, se resecó. Y tengo otras a las que nunca les supe la marca, marrones, las más nuevas, una de ellas agujereada en el empeine, pero apenas se nota.
Ni en pedo me compro las zapatillas que vende Kanye West, horribles, y caras por descontado.
Pero las zapatillas es lo único que le salió mal a Kanye West.

Eso sí, hay que decir que algunos raperos, aunque ostentosos, visten muy bien. No los Beastie Boys, por supuesto, pero esos tienen la desgracia de ser blancos. Vale decir: los raperos visten bien, a no ser que sean blancos —o tengan el mal gusto de comprarse las zapatillas de Kanye.
Pero ya se sabe: así como no hay buenos jugadores de basketball blancos (de básquet tal vez sí, pero mirá que es aburrido el básquet), tampoco puede haber blancos a los que les quede bien esa ropa. Son cosas que caen de maduras, y que cualquiera puede entender: esta clase de zapatillas son un subproducto del basketball, el cual, a su vez, es un subproducto de los negros, como, por decir algo, el hip hop. La ecuación es simple: negros más ropa de basketball (cara) igual a hip hop.

No sé si es a esto a lo que quería llegar, me parece que no. O a lo mejor sí: el hip hop es asunto de negros.

En los 70s, en el Bronx, donde nació, el hip hop servía para protestar, no para justificar una colección de zapatillas. Los negros se expresaban contra la opresión que sufrían improvisando rimas. Puteaban y al mismo tiempo se divertían un poco. Era, como el de los payadores, que guitarra en mano se quejaban del patrón, un arte utilitario, necesario, que valía sobre todo por lo que transmitía, o en todo caso lo que lograba. Ahora eso no existe más. No por culpa de los Beastie Boys, que dentro de sus posibilidades asimilaron muy bien el ritmo, sino del capitalismo, que no tiene pruritos en desacralizar nada: incluso la voz de los oprimidos y su sana diversión.

Los negros del Bronx rimaban con cosas que les gustaría tener y no podían alcanzar.
Pero entonces apareció otro publicista y se le ocurrió una idea.
¿Quieren todo eso, en serio?, les preguntó. Se lo damos a cambio de su rebelión, a la que vamos a empaquetar y venderle a los blancos, que no tienen contra qué rebelarse y se aburren todo el santo día mirando nuestros programas.
Bueno, dijeron los negros, y de las calles pasaron a ser presentadores en las fiestas de MTV.

Algunos lo ven como un triunfo. Y está bien, tras años de explotación se lo han ganado.

En sus videos musicales, los raperos (los raperos yanquis debo aclarar, y no los imitadores mexicanos, aún renegados y con aspecto carcelario) lucen joyas, autos de lujo, trajes y mujeres que pueden salir en la tapa de la Playboy. El hip hop ya no es la voz de los que no tienen voz, sino, a lo sumo, la vocecita cansada de aquellos que sólo necesitan susurrar para obtener lo que desean: por ejemplo, una Visa Gold para emparejar las líneas de coca. Como antes lo hacía el pop refinado, ahora es el hip hop el que mejor ilustra al ejecutivo aburrido, al CEO harto de sí, de sus éxitos y sus millones. Si Bret Easton Ellis escribiera hoy su American Pyscho, Patrick Bateman escucharía Snoop Doggy Dogg, y no Genesis, Huey Lewis and the News o Whitney Houston: otrora los símbolos del mundo plástico y decadente del yuppie americano, como hoy lo es el rap: telón detrás del cual no hay nada, ni conciencia ni historia: no de otra forma puede divertirse la upper middle class más que flotando en el vacío, junto a billetes y corchos de champán.
Es atendible. La pobreza vende si un huracán arrasa Haití, no si la ponemos en los videos musicales. En ellos, vende lo que cualquier espectador desea: joyas, autos de lujo, trajes y mujeres de la Playboy. Alguien ha filmado nuestros sueños, y aparecen en los videos de 50 Cent.

Sin embargo, algunos todavía se las ingenian para hacer correr la voz de que aquel espíritu contestatario de los proto rappers del Bronx sigue vigente, por más lujos y manteca al techo que estén tirando. Hay que mantener las apariencias y simular que se está hablando en serio, que todavía se tienen cosas para decir por más que se vendan zapatillas a quinientos dólares el par.

Gil Scott-Heron es un poeta estadounidense de enorme voz y talento. Sus poemas musicalizados fueron el germen del hip hop, viene escribiendo, grabando y recitando en público desde fines de los sesenta, a su manera concientizando, a su manera luchando contra todos esos enemigos que ya imaginamos y que se encarnan toditos en uno solo: el capitalismo. Es el Che Guevara del rap, y sin haber matado a nadie.
Ahora, Kanye West, el vendedor de zapatillas, utiliza uno de los trabajos de spoken word de Scott-Heron para cerrar su último disco, My Beautiful Dark Twisted Fantasy.
¿Le habrá pagado? ¿Se habrá enterado don Scott-Heron? No creo que Scott-Heron escuche las canciones de Kanye the fat of the land West, o tenga tiempo para perderlo en letras que hablan de cuán bueno, grande, famoso, lindo, rico, exitoso y pinchiludo se puede llegar a ser si uno tiene la suerte de llamarse Kanye West. Y que revienten todos los demás.

Por supuesto, nos queda la música, que no tiene por qué ser interpretada.
Si hay algo así como un hip hop maximalista, está todo acá, en My Beautiful Dark Twisted Fantasy, un disco de aspiraciones extremas, trabajado con esmero, calculado al extremo, frío de tan perfecto, alarmante por la cantidad de elementos empleados. My Beautiful Dark Twisted Fantasy es el siguiente paso del género, una de esas evoluciones o saltos cualitativos que se dan de tanto en tanto en todas las músicas, y que en el rock, dicho sea de paso, se ve cada vez menos.
Más que el Sgt. Pepper del hip hop, como se dice cada vez que cierta maravilla aparece y los críticos se andan deslumbrando (ya pasó con De La Soul, grupo rapero de fines de los ochenta, cuando Kanye estaba en la primaria, que también sacó en su momento el “Sgt. Pepper del hip hop”: 3 Feet High and Rising), este es el Revolver del hip hop: un disco que no sólo se admirará, como el Sgt. Pepper, al que se le tiene un respeto sin mesura, sino que se lo seguirá y se lo imitará hasta el hartazgo, buscando, como lo buscaba el Revolver, la canción perfecta —cosa que es muy probable que Kanye haya logrado con “Runaway”, la canción del año, por lejos: bella y simple, con un piano bello y simple y un chelo (tal vez sea una guitarra, no estoy seguro) sí, también. Paréntesis: ¿dé dónde habrá sacado el chelista o guitarrista el sonido que emplea en el emotivo solo de “Runaway”? Me hace acordar al que usó Trent Reznor en un solo memorable de su disco The Downward Spiral. Los de la Guitar World lo abordaron una vez, y le preguntaron: Oye Trent —la traducción debe ser española, lo siento—, ¿cómo has hecho para lograr ese sonido, qué combinación de efectos y pedales, ingenieros y cosas tan raras has empleado, que nos hemos estado comiendo los sesos en la redacción para averiguarlo y nada? Venga Trent, dinos… ¡dinos! Y Trent, muy suelto, les contestó: Pues nada, un preset que venía en mi pedalera Zoom. Ya ven niños, la magia está en los dedos.

La arrogancia de Kanye está justificada. Es como esos boxeadores que una vez arriba del ring nos miran a todos con el desdén del que sabe que si quiere puede voltear hasta al árbitro y a su madre con una sola trompada. Es una seguridad distinta a los del hip hop gansteril, o al rap de la mera exhibición, tipo 50 Cent. Todos esos saben que deben aprovechar el momento, porque les queda poco y dentro de un tiempo nadie se acordará de ellos: las modelos se irán con otros, deberán empeñar las joyas, devolver los autos y volver al barrio, como le ocurre a cualquier producto MTV.
Es que Kanye hace algo que todos esos no: canciones. Pone esa carita de me las sé todas, pero hace canciones. Hace convivir a lo largo del disco cosas que podrían hacer Aphex Twin o King Crimson, Beck o Marvin Gaye, Elton John o Prince, un sampleador experto o Black Sabbath, pero cada uno por separado, y siempre hablando de los mejores momentos de cada uno. ¿Cómo no va a permanecer un tipo capaz de todo esto?
Menciona a su pija todo el tiempo, es cierto, ¿pero qué le vamos a hacer? Si tiene con qué, que lo use.

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