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diciembre 30, 2010 / Roberto Giaccaglia

Hablemos del fracaso

Quién fuera Dios, Tibor Fischer, 290 págs., 2009, Tusquets, Barcelona.

Hablemos del fracaso. Empecemos por mí, que soy un buen ejemplo. Bueno, no tanto, porque no creo que haya nadie por ahí a quien le interesen mis ensayos-error, que siempre dan lo mismo, es decir error.
Mejor hablemos del fracaso en general. De las caras largas que vemos en la calle, del vecino que se queja siempre, del pariente amargado. No son más que fracasados. El tipo en la calle rodeado de perros y cubierto de trapos con 45 grados de calor, y un tarrito a los pies esperando alguna moneda, es también, sí, cómo no, una ilustración clásica. Los que hacen cola todo el día, esperando un empleo o el colectivo. Los que esperan llegar a casa para encender el televisor y ver quién se va de Bailando por un sueño. Elisa Carrió. Los que aplauden, oran, cantan, dan vueltas como posesos y alzan sus manos aguardando el milagro, al ritmo del predicador, del cura, de lo que sea que arenga ahí adelante. El tipo abonado a Venus y a Playboy Tv y con una colección enorme de Private porque la última mujer que le habló fue su maestra de quinto grado. La señora que a sus cuarenta y pico se pinta como una puerta y sale a la pesca, noche a noche. Los que dependen de los triunfos que consigue su equipo para olvidarse un cachito de todo. Los que veranean en Carlos Paz, etc. La lista es larga, interminable.
Y se agranda conforme se añadan variaciones del fracaso. Hay lugar para todos, entren nomás.
Cualquiera que caiga desde cualquier posición, cualquiera que se eche a perder, o a quien lo acose la ruina, cualquiera que experimente resultados adversos o a quien sus aspiraciones parezcan burlársele, ese es, con todas las letras, un fracasado, un desconceptuado, una persona rota en un porcentaje alto de su humanidad, destrozado y/o desmenuzado, con las tripas virtualmente al aire por culpa de la falta de amor, de compañía, de logros académicos, monetarios, laborales, artísticos, deportivos, y dale que va. Es el expulsado de algún tipo de sistema, que no lo tolera, por ser feo, petiso, gordo, pobre, negro, bizco, inútil, burro, lento, menso, manso, tímido, etc. Es cuando se dice que no nos han tocado cartas buenas, o que nos han venido los dados cargados, o que Dios no se ha fijado en nosotros, o que al nacer no nos repartieron dones adecuados. De esos está lleno el mundo, y se demuestra en las caras largas de la calle, los vecinos quejosos o los parientes amargados. O en nuestro espejo unos minutos antes de irnos a la cama.
Hay mucho nervio, ¿no se han dado cuenta? Ya ni se puede salir, que a uno seguro por algo lo increpan. Ahora los fracasados se putean entre sí porque los surtidores no tienen nafta, acabo de verlo en la tele. ¿Ven? Cualquier excusa es buena para intentar redimirse de nuestro fracaso, endilgándoselo a los demás.
Lo curioso del fracaso es la persistencia con la que lo retratan los novelistas. Parece que no hay tema que seduzca más a un escritor que el fracaso (se podría decir que en el caso de los novelistas argentinos lo que seduce es la década del setenta, pero no: porque se retrata sólo a los fracasados de esa época, y nada más). No hay novela que no hable del fracaso. Piglia, que desde que aceptó aquel voluminoso cheque no para de fracasar, dijo alguna vez que las novelas hablan o bien de un crimen, o bien de un viaje. Pamplinas. Boludeces. Las novelas hablan del fracaso. Todas.
Voy a poner un ejemplo rápido, basándome en las novelas que tengo cerca, y que estoy leyendo o re-ídem: El extranjero (novela de tipo que no siente gusto alguno por la vida); La vida fácil (novela de tipo que no siente gusto alguno por la vida); Las correcciones (novela de varios tipos que no sienten gusto alguno por la vida); Menos que cero (novela de tipo —joven— que no siente gusto alguno por la vida) y finalmente Quién fuera Dios (novela de tipo que no siente gusto alguno por la vida, pero que se lo toma con gracia). Vengo a citar, por supuesto, la característica básica del fracaso, esta es: la de no sentir gusto alguno por la vida. ¿Puede haber un fracaso más grande y absoluto?
Me parezco un poco a Bernardo Stamateas diciendo esto, sí, ya sé, un tipo que para no lucir como fracasado tiene que hablar todo el tiempo de lo bien que le va. Pero es básicamente así: o estás a gusto o no. Bernardo Stamateas está a gusto (o por lo menos lo disimula muy bien), y el protagonista de Quién fuera Dios también: el fracaso es un lugar cómodo. Si vamos al caso, es más cómodo que el éxito. Mírenlo a Jorge Bucay, otro Stamateas, que de lo bien que le iba hablando de lo bien que le iba, le empezó a ir mal cuando nos enteramos de que ni para hablar de sí mismo dejaba de copiarse: se cayó desde cierta posición (no muy alta, eso sí) y ahora anda por ahí, fracasado como el que más. Es que al exitoso se le exige demasiado: que se mantenga ahí. Y como al fracasado nada se le pide, o nada se le reclama, pues se lo deja pasar y listo, no tarda en volverse invisible, la más cómoda de las posiciones.
De esto sabía de sobra Robert Walser, que en fracasar, al menos después de muerto, no tuvo el éxito esperado: se sorprendería de cuánto se lo nombra hoy en día, muy a su pesar lógicamente: En sociedad, donde debe figurar lo que importa, el gran mundo, no me dejaba ver nunca: nada tenía que hacer ahí pues era un individuo sin éxito. Los hombres que no tienen éxito entre los hombres, nada tienen que hacer entre ellos. Consciente de esto, o intuyendo, en todo caso, los peligros que le acarrearía el éxito (“La hoguera nunca cesa de arder: Dios quiere triunfadores, no pecadores”, Quién fuera Dios, pág. 154), se recluyó en una especie de manicomio, desde el cual emprendía largos paseos, por lo general solo, munido de su bastón. No de otra manera podía sentir que estaba vivo, que la vida clavaba en él su maravillosa mirada y que el mundo podía verse claramente, es decir hermoso, sin amarguras.
Anoten la frase, que es de él y que parece una plegaria. Y que la sonrisa no falte, por supuesto: pese a lo trágico que puede resultar de lejos la mirada de Robert Walser sobre las cosas, si uno se acerca y presta atención notará que se está riendo. Siempre.
Una de las novelas que últimamente mejor ha interpretado las enseñanzas walserianas para mantenerse cuerdo y alegre es Quién fuera Dios, del inglés Tibor Fischer. Como siempre, es mejor el título en inglés: Good To Be God, ¿pero qué saben de música los traductores?
Tibor Fischer físicamente se parece un poco a la Mole Moli, un hombre de éxito. Bueno, veamos. Ha tenido algunos logros sobre el ring, pero sus peleas son imposibles de soportar por cualquier aficionado más o menos serio al boxeo. Y ha tenido ciertamente algunos logros sobre la pista de baile, pero eso no lo convierte en Julio Bocca. Ya lo ven niños: no se tomen la vida muy en serio, y seguro que les va bien.
A lo que iba, entonces: la novela de Fischer.
El protagonista es un hombre en sus cuarenta, divorciado, bueno para nada, a quien han echado del trabajo por improductivo y que no tiene dónde caerse muerto. Cualquier tarado de hoy en día hubiese escrito con este material otra vez El extranjero (por poner un ejemplo burdo y aburrido), es decir la novela del tipo desahuciado moralmente que se la pasa reflexionando durante páginas y páginas acerca de la amargura de la vida sin decidirse a pegarse un buen tiro. Nos llueven novelas así y francamente estoy podrido de ellas, son tan lastimosas como fraudulentas (oh, el mundo es taaaan feo y cruelllll, pero quiero aprovechar para agradecer a mi agente literario que…). El pablorramismo ha embrutecido a la literatura argentina y así nos va.
Por suerte está Inglaterra. Sin Inglaterra no existiría el humor inglés, ni Tévez sería lindo. Podemos pasar de los Beatles, ju nidem?, pero no del humor inglés. Sin el humor inglés —sin todo lo que aprendimos de él— no habría forma de reírse de nada (por empezar, de nosotros mismos) y hasta es posible que nuestro ánimo fuera irremediablemente presa de los soporíferos franceses, que no de casualidad inventaron el queso. Y lo que es también importante: sin humor inglés no existirían ni Monty Python ni Benny Hill ni Mr. Bean (tampoco esa maravillosa película que vi el otro día, A Film With Me In, que en realidad es irlandesa), quienes nos han enseñado a tomarnos en solfa este asunto que hemos venido tratando: el problema de ser un inepto social, un desconceptuado, un expulsado, un fracasado. Un loser, vamos.
El protagonista de Quién fuera Dios es pues un loser en toda la regla. Pero con cierta aspiración: convertirse en Dios —o bueno, por lo menos en algo parecido a Bernardo Stamateas.
Es así: llega a Miami desde Inglaterra haciéndose pasar por otro. Conoce a un par de impresentables como él. La ciudad, a gritos, parece decirle que en ella puede hacer lo que se le antoje. Ya le habían avisado: todos se vuelven locos en Miami. Se da cuenta de que entre las miles de ofertas de la ciudad, no es la sanación de almas la que más abunda, aunque los pocos locales que encuentra se ven concurridos. Desesperados hay en todos lados, y sobre todo ahí. Se vuelve predicador. Se le acercan más perdedores, más fracasados, y va conformando casi sin quererlo una cofradía de inútiles y desarrapados, feligreses que desalentarían hasta al cura más optimista, todos en torno a la Iglesia del Cristo Fuertemente Armado. Con semejante nombre y semejantes personajes, los gags están asegurados, son continuos y extrañamente no cansan ni fastidian, como lo hacen esos escritores que plantan dos o tres enseñanzas en cada página. Fischer hace que su personaje reflexione todo el tiempo, sí, pero básicamente dice siempre lo mismo, con una convicción contagiosa:
¿La desesperación? ¿De qué sirve la desesperación? El dolor tal vez tenga alguna utilidad, hace por lo menos que lo pienses dos veces a eso de saltar o no de un tercer piso. ¿Pero la desesperación? Es un obstáculo emocional, como la autocompasión o un amigo necesitado: te paraliza, y no obtenés nada a cambio. Salí a la calle y buscate alguien con futuro. Nada de honradez o de solidaridad. Si te pagaran para ejercerlas, pues adelante, pero nunca gratis. ¿De qué viven los sinvergüenzas si no de la gente honrada y solidaria? No hay personas dignas de admiración, los que realmente son dignos de tal cosa andan por la vida sin que sepamos de ellos, sin poder ni prestigio. Nunca sabemos sus nombres o sus caras. Cada uno, y escuchame bien, cada uno, vive en la trampa de su propia vida: el rico de nacimiento no se entera de nada, el que se hace rico con el tiempo vive convencido de que es un genio, el de clase media vive con miedo de bajar de rango, el pobre se la pasa quejándose y haciendo hijos. Esa es la ley fundamental: cada uno vive en la trampa de su propia vida. Es una ley aún más valiosa que la que digo siempre: que la pereza termina imponiéndose, hagas lo que hagas, intentes lo que intentes. Sabiendo esto, no es curioso que algunos tengamos tan pocas aspiraciones. La mayoría de mis compañeros de primaria se conformaban con seguir la carrera de sus padres: diarero, abogado, maestro, repartidor, dejándose llevar por la rutina, el conformismo, la falta de preguntas. La ambición es una de las pocas cosas gratis, pero pocos la usan. ¿Será acaso porque carecer de planes mayores impide por definición que fracases? El fracaso puede estar agazapado en cualquier parte, le toca a cualquiera, honrado, solidario o sinvergüenza, rico o pobre, al que carece de oportunidades, al que carece de propósitos. Hasta para ellos tiene sus formas el fracaso: para los que ya fracasaron y para los que ni piensan en él. Así que dejate estar. Aún con ambición, dejate estar. Pero eso sí, si me permiten: la sonrisa que no falte.
Que me parta un rayo si no necesitamos un cura así. Por empezar, entre otras cosas, no habría más Stamateas —apellido que contiene en sí mismo el plural para cierta clase de individuos que el dueño del apellido en cuestión encarna y/o personaliza él solito.

Ah, algo más, y no de menor importancia: la traducción de este libro, a no ser que uno haya nacido en España, y se haya criado y educado ahí, es sencillamente horrible. Tusquets debería adjuntar un prospecto explicativo en todos sus libros exportados a América, pero especialmente en este.
Un fracaso, vamos.

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