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enero 20, 2011 / Roberto Giaccaglia

En qué se están yendo los días (10)

Pasan los años y a Bruce Dickinson no le importa, sigue cantando cada vez mejor. Yo di con él en un punto no muy alto de su carrera, en Seventh Son Of A Seventh Son. Es un gran disco, menos épico y algo dominado por teclados, pero no el mejor, al menos comparado con otros de su carrera. Eso sí: tiene tal vez el más recordado de los dibujos que Derek Riggs hizo para Iron Maiden: ese feto pataleando dentro de un útero en la mano de Eddie, con alguna arteria atada a sus vértebras y unos focos de pocos watts al fondo, colgando de la nada, es una obra clásica, un Picasso del imaginario metálico, la Capilla Sixtina donde levantan sus cabezas los metalheads y se persignan embobados —sólo el Eddie que Riggs pintó para la tapa del single The Trooper rivaliza con él (claro está que es también más fácil de llevar tatuado: un soldado muerto es más de machos que un zombie ambiguo flotando sobre el Artico con un bebé por nacer en la mano, por más que su cabeza esté en llamas).
Un amigo, Walter, intentó copiar el Eddie de Seventh Son Of A Seventh Son (con fondo y todo) en un buzo blanco que yo tenía. Nunca lo terminó. Walter era un dibujante enorme, pero le ganaba la pereza. Pintaba con una pintura para tela que venía en frasquitos de plástico, con boca ancha. No puedo recordar el nombre. Limpiaba el pincel con la boca, y se comía la pintura, antes de poner el pincel en otro frasco y cambiar de color. Llevaba sus pinturas a casa y desparramaba sobre la mesa sus creaciones, algunas eran en papel. Una vez, robamos del quiosco de mi viejo una Penthouse, y copió a una de las chicas del mes en una hoja canson, a lápiz. La boca le llevó más de una hora, y el resto del cuerpo otras cuatro o cinco. No lo sé, pero así estuvo hasta bien entrada la madrugada. Fue la única vez en que no lo vi flaquear ante una obra, encararla con toda la decisión del mundo. El dibujo quedó mejor que el original, aunque en blanco y negro. Me pregunto dónde estará ese dibujo ahora. Si esa chica lo viera, una mujer madura a esta altura, se sentiría muy halagada. A mí me encantaría tenerlo, lo hubiera enmarcado, a pesar de lo procaz de la pose de la mujer en cuestión, que es en lo primero que se fijaría cualquiera que no se sintiera impactado antes que nada por la belleza del dibujo mismo, y no tanto por la belleza retratada. Creo que fue uno de los últimos dibujos que Walter hizo en casa, lo mostraba orgulloso, cada vez que podía, porque llevaba su carpeta con dibujos ahí donde iba. Seguramente algún desgraciado se lo terminó comprando. Una vez sus padres no lo encontraban por ningún lado, así que fueron a buscarlo a casa. Ese día no lo había visto. Ya era bastante tarde. Cuando se hizo de noche, salí a darle de comer a un perro de caza que alguien nos había dejado para cuidar, un perro muy viejo y muy manso. Teníamos un patio grande. Y al lado de la casilla del perro, estaba dormido Walter, con la cabeza contra el pecho, como suelen dormir los borrachos. No había vómito por ningún lado. Lo sacudí del hombro, le grité un poco, hasta que pareció reaccionar. El perro no parecía molesto de tener un compañero, sino todo lo contrario. Creo que se lamentó un poco cuando tomé a Walter de las axilas y lo hice acompañarme hasta casa. Le di algo de tomar, un colchón. Al otro día se fue y creo que no volvió a casa. El buzo quedó a medio terminar, y seguramente debe de andar por ahí todavía, en la casa que ahora ocupa sólo mi viejo, medio comido por las polillas.
Ahora, el dibujo que adorna el último disco de Iron Maiden no es tan bueno. Que me perdone este Melvyn Grant, pero no le llega ni a las rodillas a Derek Riggs (quien, como Bruce Dickinson, es autodidacta, tomá pa vos: los genios somos así, no se nos puede enseñar nada). Me gustaría saber por qué el creador de Eddie ya no dibuja las tapas de Maiden. Es un dato menor, claro, siendo que de lo que yo quería hablar era de la voz de Bruce Dickinson, pero en fin, me da un poco de pena que no sea Derek quien se encarga del trabajo ahora. Para mí era un integrante más. Baste decir que si no fuera por él yo nunca habría escuchado Iron Maiden. Vamos, si no eran esas fantásticas tapas las que hacían que un chico de trece o catorce años se acercara al heavy metal en aquellos años, no sé qué era. Cuando vi la tapa, en cassette, de Seventh Son Of A Seventh Son, en aquella disquería de la terminal de ómnibus de San Francisco, quedé pasmado, iluminado, medio pavo en definitiva. Si allí dentro no había una música maravillosa, que le hiciera justicia a tamaño dibujo, el mundo iba a perder todo sentido para mí. Así que me arriesgué y compré el cassette. Posiblemente haya sido el primero que compré en mi vida, aunque no estoy seguro. Bien. El mundo, al final, tuvo algo de sentido. Maiden pasó a ser el equivalente (mi equivalente) a la música total. En serio, ninguna clase de música llenaba el espacio como lo hacía la música de Iron Maiden. Cuando escuchaba música de otros grupos, siempre faltaba algo, alguna cosa que terminara de llenar el aire. Los adolescentes suelen soñar con su muerte. Y yo soñaba que antes de morir lo último que escucharía sería Iron Maiden. Si había un Dios, me debía solamente eso. Y culpa de esa fascinación que sufrí, es probable que siga siendo al menos en parte ese chico de trece o catorce años que compró arrobado aquel cassette de Seventh Son Of A Seventh Son. Ya me lo había advertido un amigo muy racional que tenía por entonces, Esteban, que no dibujaba, sino que quería ser médico. Al final lo consiguió, se fue a España, parece que le va bien, etc. Bueno, este amigo, Esteban, me decía que me dejara de joder con eso, o me iba a quedar enganchado para siempre. “Eso” eran las revistas de heavy metal que se amontonaban en mi pieza, al lado de la puerta, pilas y pilas. Tuvo razón, el hijo de puta tuvo razón, me quedé enganchado a “eso”. No sé qué tan bien me habría ido de despreciar “eso” entonces. (Tal vez sea cierto que el gusto determina conductas.) Ahora que lo pienso tal vez me habría ido mejor… Pero what a heck, total ya está, que se joda el doctorcito.

El heavy metal es un viaje de ida, ya se sabe… Pero bien que lo quise hacer. Sobre todo porque había en el pueblo un par de gordos forros —aparte del doctorcito quiero decir— que me jorobaban con que el heavy no era música, y especialmente con que Steve Harris, bajista de Maiden, tocaba el bajo como si cabalgara (sus hermanas también cabalgan, ¿no lo sabían?). Así que yo, contra todo lo que me advertían, escuchaba más y más metal, sobre todo Maiden, que por así decir me había abierto las puertas a esa música que todos parecían despreciar.
Ahora, con The Final Frontier, puedo orgullosamente refrendar esa pasión. Es increíble que Bruce Dickinson siga cantando así. Y no sólo eso, sino que lo haga aún mejor que en varios discos anteriores, Seventh Son Of A Seventh Son incluido, por supuesto, junto a No Prayer For The Dying, que le siguió a aquel y que es, dicho sea de paso, lo más flojo de su producción. Confieso que después de éste los perdí un poco de vista. Bueno, Dickinson se fue del grupo por unos años. Lo suplantó un tipo que venía de una banda que se llamaba Wolfsbane o algo. Recuerdo una gran foto de Wolfsbane. La había publicado la revista Metal, mucho antes de que el tipo se uniera a Iron Maiden. Es lo único que sé de esa banda, Wolfsbane. Estaban los cuatro en una ciudad que bien podía ser parte de Austria o de Suiza, o algo de eso, un lugar con mucha madera en cualquier caso, y montañas nevadas detrás. Y los tipos con camperas de cuero y zapatillas con cordones de colores, en medio de gente seria, con bigotes y sombreros. Nada más sé de Wolfsbane ni de su cantante que esa foto colorida y simpática. No escuché a Maiden en esos años. Eran los años del trip-hop, además, y Maiden parecía cosa del pasado. Ahora escuchaba Portishead, Tricky, Massive Attack. Otros ritmos, otros problemas. Ahora ya no tengo esos problemas, aquellos ritmos son ahora mismo el pasado y por suerte volvió Maiden. El Maiden de Dickinson quiero decir, el verdadero, el que terminó de hacer grande esta música, el que la convirtió en una especie de transatlántico, es cierto, o más que un transatlántico un rompehielos imparable (debería decir mejor “Boeing 757”, ya que es el avión que suele pilotear Bruce, pero un barco, cualquier barco, es más heroico que un avión), que sigue y sigue a pesar de los años y de que por todos lados le hagan señas de que el asunto ya terminó. Nada, no terminó ni cerca está de hacerlo.
Este es el disco número quince de Maiden, y trae sobre sus espaldas varias pistas de que será el último (“Satellite 15… The Final Frontier” se llama la canción que abre el disco). Ojalá que no. Pero sería una forma inmejorable de despedirse. Andá a saber si pueden. Eso de “despedirse” quiero decir. Es cierto que el rock es cosa de jóvenes y todo eso, pero el otro día lo veía a Dickinson en una entrevista y parecía mucho más vivo que cientos, miles, millones de tipos que tienen la mitad de sus años y que andan por la vida desarmados, cayéndose a pedazos, un poco agachados ya, gordos y abandonados, sin gusto por nada. Dickinson contestaba las preguntas con el entusiasmo del cantante que recién empieza y descubre sin querer el éxito. Había sorpresa en sus ojos, a eso me refiero. Había emoción. Dickinson decía que cuando canta quiere llegar a emocionar al último tipo del recital, el que está al fondo, a lo mejor mirando para otro lado, o comiéndose un pancho. Quiere llamarle la atención a ese tipo especialmente, decirle de alguna manera que está cantando para él, con todas las ganas. Y lo decía convencido de que puede hacerlo. No hay duda de que puede. Resulta difícil de explicar qué significa Dickinson para legiones de metálicos. Ha superado desde hace rato la mera ocupación de cantante, o de artista —y no porque se dedique a la esgrima o a pilotear aviones. Es algo más, sin quererlo ni proponérselo, sin declamar ni disfrazarse: es el símbolo apasionado de una estética, que al parecer seguirá hasta el final, convencido de que siempre hay algo más de lo que se ve a simple vista: una última frontera después de que la última frontera fue superada.
No alcanza para explicar cómo hace para cantar cada vez mejor, por supuesto. Al contrario de lo que sucede con la enorme mayoría de los cantantes de rock, la voz de Dickinson se ha hecho más potente con los años. No volvió a las alturas dramáticas de aquel grito memorable que abre “The Number of the Beast”, es cierto, pero a nadie le importa, porque ahora Dickinson canta de una manera más robusta y emotiva, más poderosa si se quiere, cristalina, que se adapta muy bien al giro progresivo de la música de Maiden, donde, sin desdeñarlos del todo, no hacen falta tantos aullidos.
Esto tampoco alcanza, ni mucho menos, para explicar por qué sigue gustándome tanto. Los artistas cambian más que sus fanáticos. Ojalá tuviera trece o catorce años de nuevo, nada más que para ponerlo en mi carpeta del secundario, como hice con orgullo, por supuesto, o por lo menos para ver si ese buzo con la tapa de Seventh Son Of A Seventh Son puede terminar de pintarse de una puta vez.

Acabo de acordarme: creo que la pintura se llamaba Polidor, o algo así.

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