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enero 23, 2011 / Roberto Giaccaglia

Biblioteca de saldo. Hoy: Enrique Symns

Dale, vos consumí nomás...

Enrique Symns me caía muy bien antes de leerlo: me parecía un hippie bueno. Lo veía como a un artista que hace lo suyo sin esperar nada a cambio. No sé por qué lo pensaba —haber pasado por el under no alcanza para esto— pero era, para mí, el equivalente literario de un Luca Prodan: autodidacta, soñador, rebelde, del todo ajeno a las seducciones de la fama, el dinero, etc. Ahora que lo leí no me cae tan bien, y la confirmación de que es, en efecto, un hippie bueno, lleno de buenos sentimientos e intenciones humanitarias, lo único que me provoca es evitar la compra de un libro suyo por el resto de mi vida.
Este libro, La vida es un bar, que recopila parte de su paso por Cerdos & Peces, La Maga, El Porteño, y demás, me recordó cierto viaje a San Marcos Sierras, tierra de paz y amor, especialmente la visita al museo hippie, una truchada simpática e impresentable, donde un señor desgreñado hace sentar al público para darle un largo parlamento, estudiado, acerca de aquellos ideales perdidos, que duraron un verano, durante el cual lo único rescatable es algún solo de Jimi Hendrix o algún grito de Janis Joplin. Más adelante en mi visita, di con otro personaje interesante: un señor entrado en años ya, al parecer uno de los “fundadores” de la comunidad del lugar, que me habló de que si el hombre de hoy sufre, es esencialmente porque no se detiene a contemplar lo que lo rodea, y mucho menos a escuchar el idioma de las plantas, el de las piedras, el de los insectos, el de lagartijas y sapos: allí está el secreto de todo… ¡el secreto de la verdadera imagen del mundo! Ahora habla Symns: “La creencia de que la imagen que tenemos del mundo corresponde con el mundo forma parte de (un) delirio… La humanidad, como especie, habla sola: no es escuchada por los monos, los lagartos, las piedras o los ríos…”. ¿No se habrán conocido estos dos?
En fin, las columnas de Enrique Symns recurren a lo mismo que el guía de aquel museo o las enseñanzas de aquel viejo: la nostalgia de lo que no fue. Esta clase de nostalgia, que por supuesto se da de patadas con el mundo que siguió inmediatamente al verano del amor, cuestión que la hace todavía tan atractiva, tiene como puntos clave la libertad y la locura. No de otra cosa hablan las columnas de Symns que de libertad y de locura. Lo suyo es un enrevesado compendio (y a veces un afano) de Foucault, Jaspers, Burroughs, Laiseca y Pancho Sierra, las teorías de unos y las prosas de otros, un poco empobrecidas cada una para mejor disfrute del lector no afín. Es lo que recibió alguna vez el nombre de contracultura, nombre que la hace parecer algo peligroso a esta… ¿estética?… a estas… ¿ideas?, o digno de atención, pero que a la larga no es más que un discurso políticamente correcto como el que más.
¿Quién no sueña hoy con salir en pelotas a disfrutar del aire libre, recorrer el mundo, un mundo sin policías, ni gobiernos, ni maestros, viviendo de lo que da la naturaleza, todos juntos como hermanos? Bueno, la imagen es bastante terrible. Pero eso sí: es la imagen típica del colectivo bienpensante, por lo menos desde el más significativo de sus aspectos: el de la supresión de toda autoridad.
Tal vez es a lo que nos quisieron llevar libros como Pedagogía del oprimido, gran éxito de la enseñanza light, que fue poblando poco a poco nuestras escuelas de niños no más felices, pero sí más ignorantes. Pero este tipo de ignorancia está bien visto: por eso es políticamente correcto, porque es un tipo de ignorancia que vendría a estar en contra del principio de autoridad (“¿Quién le ha otorgado autoridad al experto que todo lo sabe sobre determinado territorio del conocimiento y cuyas afirmaciones han de ser consideradas verdaderas?”), desconociendo todo matiz, por supuesto, la ignorancia siente desdén por los matices, el análisis, la reflexión, lo que le hace sacar chapa de valentía y atrevimiento. Es una clase de actitud que lleva a celebrar, por ejemplo, a Saddam Hussein, porque supuestamente estaba en contra del Imperio Yanqui —es decir la Autoridad con mayúsculas—, al invadir Kuwait. Es lo que dice Symns en una de sus columnas más tarambanas: “Arde Bagdad”, donde se queja de que la supremacía económica de Estados Unidos haya hecho de las ciudades del mundo meras instituciones bancarias, donde “los hombres se pierden”, pero por suerte existen hombres como Saddam para plantar batalla. ¿Hay que pensar acaso de que si al mundo lo liderara Irak nuestras ciudades serían vergeles y nosotros en vez de banqueros amargados, felices campesinos comunitarios? Es una queja tan infantil que me da vergüenza ajena.
Cuando leo estas “propuestas”, porque en el fondo son eso (“¿Será necesario cubrir con sangre toda la cordillera de los Andes para lograr que nadie, ni una sola persona, trabaje nunca más?”), no puedo más que recordar a Homero Simpson en el capítulo en que se sueña cabalgando un proyectil que cae en picada sobre unos cuantos hippies que alrededor de una fogata cantan alguna canción utópica, mientras se muere de risa al grito de “tomen hippies”. Esto sí es desafío, esto sí es incorrección.
Lo correcto, en cambio, es estar en contra de los shoppings. Correcto y estúpido.
No tanto, lo de estúpido, como decir que la “aventura” de Saddam en Kuwait fue un grito de libertad, que fue con sus tropas hacia allí para decirle “no” al Imperio. Eso ya rebasa los límites de la estupidez, como decir que cualquier “aventurero” embarcado en una empresa semejante lo hace para alcanzar la gloria y la dignidad, o para “escaparle a las emanaciones tóxicas del consumo”. ¿Es lo que fue a hacer Galtieri a las Malvinas, entonces, decirle “no” a un imperio? ¿O lo hizo para que los argentinos, mientras tanto, no consumiéramos tanto?
Querido Symns: a todos nos gusta tener cosas. A Saddam también. Le gustaba, por ejemplo, tener poblaciones enteras bajo su pie. Como le gustaba a Pol Pot, que, entre otras cosas, nunca hubiera permitido un shopping en su país —en parte porque no existía el dinero para gastar en él. Como le gustaba a Mao, que, entre otras cuestiones, no quería que su país fuera un conglomerado de bancos, sino más bien un gigantesco campo donde todos fueran labriegos por obligación.
Las buenas intenciones, no hay hippie —o pacifista, o miembro del Greenpeace— que no las tenga, tienen el sabido problema: conducen al infierno. Así, la propuesta del buenazo de Symns para acabar con aquellos que nos hacen la vida imposible —uno adivina políticos corruptos, bancarios, médicos, etc.— es matar. Sí, matar, deshacerse de ellos, de todos. Se pregunta por qué no hacerlo, si después de todo Hitler, Bush, Videla y hasta Einstein (¿?) lo hicieron por montones. Es curioso que no nombre a ningún comunista… Bueno, a lo que iba, para Symns matar está bien, siempre que permita que nos libremos de lo que nos molesta, y que no sea, simplemente, matar por matar, cosa que sí está mal, y que es de lo que se habrían encargado Hitler, Bush, Videla… ¿Pero este tipo usa lo que le queda de cerebro para que la cabeza no le salga volando? Para todos ellos, querido Symns, la muerte fue un instrumento, parte de un programa. En su desesperación por encontrar alguna clase de argumentación, Symns llega a decir que el violador y asesino de niños está justificado, porque al menos sus crímenes tienen que ver con el placer. Según él, al violador lo justifica su “humanidad”, mientras que el que lanza una bomba sobre gente que no conoce simplemente mata por matar, al pedo digamos. Menos mal que a los Kirchner no se les ocurrió convertir a Symns en miembro de la Corte Suprema —no habría sido raro. No es difícil imaginarlo absolviendo criminales ante la excusa de “Disculpe, violé y después me comí al niño primero porque me sentí seducido y después porque me agarró hambre”. Y a Symns diciendo: “Vaya nomás, buen hombre, pero la próxima tenga más cuidado”.
Es increíble la sarta de estupideces que se puede llegar a decir sólo para demostrar que se está en contra de políticos, militares y religiosos, así nomás, en general, como si todos ellos, sin distinción de nombres propios, formación o ideas, conformaran un demonio que nos aliena, y al que hay que derrotar en base al uso de la violencia y a dejar de marcar tarjeta a las seis de la mañana.
Pero un tipo que escribe que “el orden es el intento del tiempo por matar la eternidad” o que “el sida es una idea que viene sangrando desde esa maldita jeringa que alguien clavó sobre las manos y los pies de un judío rebelde hace dos mil años” es capaz de cualquier cosa, más si lo dice, a lo primero, en medio de una columna donde asegura que la democracia es una asesina cruel porque esconde su violencia asesina. Symns, querido, nada se esconde: todos vemos la explotación a diario, todos vemos el crimen continuo, está a la vista de todos, y no es gracias a la democracia que sucede. Sí lo es, en cambio, que podamos verlo, y que podamos, sin matar a nadie, intentar hacer algo al respecto. Los crímenes se esconden en las dictaduras, por ejemplo las que vos ya nombraste en las personas de Hitler y de Videla, pero también en las de Castro y de Stalin, ¿te suenan? ¿No te parece que ya hubo muchos intentos, incluidos los de Hitler, Videla, Castro y Stalin, de “arreglar” las cosas matando? ¿Y no te parece, ya que estamos, que “arreglar” las cosas matando es en realidad componerlas según el gusto de quien tiene el poder de matar?

Los textos recobrados en La vida es un bar (El cuenco de plata, 2008), que van desde 1982 al 2002, y que incluyen entrevistas ficticias, un par de cuentos, y varias columnas de opinión y de llamado a la acción, tienen que servir de aviso a nuestros niños: el abuso de drogas hace estragos.

“(…) con mi pitillo de marihuana colgando permanentemente de la boca, me sumergí en las rutas americanas y durante casi una década experimenté todas las drogas alucinógenas existentes, desde la ayahuasca peruana hasta la mezcalina mexicana…”

Ya lo dijo Escohotado, no son para cualquiera.

Fotografía de Virginie Dubois

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