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enero 26, 2011 / Roberto Giaccaglia

Para el cine argentino no hay futuro como el pasado

Pre-kritiké: Como me la pasé buscando críticas negativas a la película La mirada invisible (Diego Lerman, 2010, Argentina, unos noventa minutos y pico) y no las encontré, la voy a escribir yo. Ahí voy: La mirada invisible, de Diego Lerman, es mala. Listo. Ahora los argumentos.

Argumentos: ¡Es una película toda gris! Si acaso, un poquito beige, marrón también, y blanco lechoso. Pero predomina el gris. Parece que el color desaparece cuando se quiere contar este tipo de historias. ¿Qué tipo de historias? De la dictadura, vamos, que es de lo que se trata el cine argentino. Ah, sí. ¿Pero qué dictadura, si la película es de una tipa que anda buscando que la desvirguen? Bueno, eso es cierto. La dictadura, a esta película, mucha falta no le hace. La mina, una preceptora de colegio secundario, se encierra en el baño de varones y desde ahí espía. ¿Qué cosa? ¡Los pitos de los alumnos! ¿Alguno en especial? Sí, el de un alumno lleno de granos, con la cara un poco hinchada, medio bobo también. Eligió al feo de la clase… ¡no sabemos quién le hace el favor a quién! Pero cualquiera le viene bien a la flaca, porque cuando la película está en su primera media hora no deja de mirar al jefe de preceptores, un tipo viejo, engreído, ridículo, que no tarda en aprovechar la situación. Se da cuenta de que la mina le echó el ojo, así que la invita a un bar, le pide que lo llame por su nombre de pila, la piropea, etc. Hay otro que se fija en la flaca, pero con “buenas intenciones”. O sea, también es feo. Es un gordito bonachón, preceptor también, compañero de trabajo en suma, a quien la tipa no le da ni la hora. La invita a su casa, igual, a una fiesta, y ella va con un peinado ridículo, pero no es lo más ridículo de la fiesta. Lo más ridículo es que escuchan una canción del 84 (“Lunes por la madrugada”) y la película transcurre en el 82. Tomá color. Otra cosa que me llamó la atención: la mina, en el baño donde se encierra, que no tiene inodoro, sino un agujero en el piso, donde hace pis poniendo cara de deleite, no se levanta la pollera para llevar a cabo la operación. Se saca la bombacha, pero la pollera sigue en su sitio. Cómo hace la prenda para salir indemne de la situación es difícil de explicar. Otra cosa difícil de explicar: el discurso de Galtieri al final. ¿Para qué? ¿Galtieri también estaba descubriendo su sexualidad por entonces y quería que lo desvirgaran? ¿O es una pista más que se nos da a los espectadores, para que sepamos de qué época del país se trata? De eso, pistas, ya habíamos tenido: el jefe de preceptores, que es malo, nos dice que hace seis años entró a trabajar al colegio… para que nos demos cuenta de que intervino en el 76. O sea, 76 + 6 = 82. Mmhh, y es tan malo… ¿no será un tipo de los servicios este?

Nudo y desenlace: La cosa se complica cuando la preceptora se enamora del alumno feo, como ya se dijo en los Argumentos, y termina cuando el jefe de preceptores no aguanta más las histericadas de la mina y se decide de una vez y listo (dando rienda suelta a la maldad que le sospechábamos). Para esperar todo ello, el momento clave y definitorio, tenemos una película con un color tenue (como se dijo en la parte de Argumentos), característica que vendría a aportar un clima “opresivo” al film —opresión, redundo, que se libera al final. Así como el tono verde, por ejemplo, de Dark Water, aporta un clima triste (hace llorar los ojos, por lo menos), o el azul de The Ring (versión Hollywood) aporta misterio, o el blanco de Kynodontas —que ojalá gane el Oscar a mejor película extranjera— aporta pureza artificial… Es un recurso como cualquier otro, en este caso bien usado, e innecesario. El clima “opresivo” se corresponde con la realidad del país (estamos en el 82 —cosa que sabemos por lo que nos dice el jefe de preceptores, por el peinado de la flaca y por la canción… ¡del 84!—, o sea todavía en dictadura), no hay cuadros en el colegio, ningún color estridente, etc., todo está “limpio” y “ordenado”: traducción simple del discurso de la época: limpieza y orden. El cine argentino es simple. Quiero decir, el viejo cine argentino es simple. La película de Lerman, impecable en cuanto a uso de luces (ay, esos grises) y sonido (ay, esos pasos por el colegio, ¡cómo suenan!), es pareja: discurso viejo, formas viejas. Lista para pasarse por Canal 7.

Post-kritiké: ¿Dónde quedó la revolución prometida por los jóvenes cineastas argentinos menos de década y media atrás? Ya lo dije a propósito de la literatura: la administración Kirchner está minando a nuestros artistas. La historia donde una joven reprimida comienza, tardíamente, a explorar su sexualidad, no necesitaba de la dictadura, del color tenue, de la sequedad de vientre que contagia la película. La historia necesitaba emociones, humanidad, y no tanto mostrarnos la política de la denuncia que existía entonces, del abuso o del crimen, cosa que ya sabemos. Eso déjenselo al canal Encuentro, donde seguro en algún momento nos pasan a Galtieri comentando el desembarco en Malvinas y cosas por el estilo, con las que toparnos con nuestras vergonzosas verdades como país y, oh, aprender de nuestros errores. A lo mejor Kohan, cuando escribió la novela, necesitaba de la dictadura, para ganar un premio o algo así, o para que no lo confundieran con un escritor español, ¿pero qué necesidad tuvo el director de embarrar tanto una idea excelente —el sexo, ¡el sexo!— con esos grises y esos discursos y esas cuestiones (que la represión, que la subversión, que lo estricto del sistema, que el complot instituciones-dictadura, que la represión, que la subversión) y todo lo que ya vimos medio millón de veces?

Mejor La niña santa.

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