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febrero 22, 2011 / Roberto Giaccaglia

En busca de W. (4)

Fue el cocinero quien me despertó. (No recuerdo con precisión el sueño, pero seguro que el barco no estaba en él.) El cocinero gritaba desde el quarterdeck, se arrastraba, y los marineros lo dejaban hacer, al parecer ellos mismos impedidos de reaccionar, cada uno ocupado en asuntos mínimos que no lo incluían. Lo llamé por su nombre, a medio vestir, todavía sorprendido y sin salir del todo de la nebulosa que acompaña a toda interrupción del sueño. Binswanger, dije, Binswanger, varias veces, pero él parecía no estar presente. Ordené a los más cercanos que lo prendieran, que lo golpearan si era necesario, no porque creyera que sus gritos fueran a desencadenar desesperación, o algo como un motín, sino porque yo mismo estaba aterrado, no podía soportarlo, se había transformado en eso que cuentan los que logran volver de barcos con poca suerte, que algunos llaman malditos.
Wilhelm S. Eller, el médico y botánico que tengo encerrado en uno de los camarotes destinados a los oficiales, ausente, confundido como el que más, sabe de esto, pero no puede ayudarme. Estuvo en el Piotr Sviatoi, con el que llegó a Kayak, buscando plantas y animales por así decir mágicos, como el arrendajo azul, y sobrevivió a todo, a la desazón, por caso, o a la inexplorada península de Kamchatka, tierra sobre la que se tejían tantas fantasías como ahora sobre las nuevas, o al capitán Bering, quien lo comandaba, o al propio Piotr Sviatoi, que pudo con más de veinte de sus tripulantes, a los que engulló como desconociéndolos, incluyendo al mismísimo Bering, pero no pudo sobrevivir a este viaje.
Lo de S. Eller ocurrió ayer. Llegó a mí con ojos parecidos a los que tiene ahora, ojos que no parecen del todo suyos, ojos donde no hay cansancio, ni nada que se le parezca, ojos que guardan una expresión que no tiene que ver del todo con el rostro, vagamente contraído, y por supuesto por completo indescifrables. Llevaba consigo su boceto, al que nombró antes de salir De Bestiis Marinus, y que según me había dicho al partir era el trabajo de su vida, una recolección precisa de animales marinos muy extraños y que yo calculé imaginados por él, un boceto que pensaba concluir en este viaje, el último, me aseguró, donde le daría forma definitiva. No puedo estar seguro, me dijo entonces, al momento del embarque, pero he creído ver en mi recorrido sobre el Piotr Sviatoi, cómo la vaca marina Hydrodamalis Gigas va cambiando de costumbres, aún de territorio, pues en los tres años que pasé en él, y luego los meses en los que pude verla desde tierra, cuando el Piotr Sviatoi naufragó y tuvimos que construir una nueva embarcación, aunque precaria, que nos sacara de allí, sea donde fuera que nos encontrábamos, pude ver, digo, que su comportamiento al principio errático mutó en un orden para mí —que siento por la especie algo así como devoción—, difícil de entender. Parecía alejarse de nosotros. Pero ahora lo comprendo: este animal hará de las nuevas tierras su hogar, y hacia allí quiero ir, hacia el sur, donde usted.
Estaba bien entonces, animado, más que listo para la travesía, un hombre de los que dan confianza, no un mero dibujante de animales reales o imaginados, o un simple recopilador de visiones o de cosas ciertas. Accedí a que navegara con nosotros más que nada por eso, su ánimo, el cual parecía día a día, durante los preparativos, acrecentarse, como el de un niño ante una promesa. Además, su condición de médico, aparte de la de naturalista, lo hacían poco menos que indispensable, por más que, lo confieso, el equipo que subió a bordo contara de varias cosas, pero menos de instrumentos con los que uno se imagina se cura a un hombre.
Aunque debo decir que por lo que había escuchado de él, tuve mis reparos hacia S. Eller. Se decía que no había regresado bien de la península de Kamchatka, que había cambiado para siempre y que estaba poco menos que irreconocible. Pasó por San Petersburgo, donde miembros de la Academia copiaron parte de sus diarios, de su boceto, mejor decir, siguiendo en parte sus órdenes pero más que nada sus propios sentidos, pues S. Eller, como digo, había pasado a habitar un mundo impredecible, que parecía rozar apenas la realidad que lo circundaba, de la que tenía noticias sólo por el trato cuidadoso que le profesaban sus colegas. Por ejemplo, el de Simon Pallas Enten, botánico con el que yo mismo he navegado, y quien, al padecer ciertas fiebres al momento de nuestro embarque, recomendó que fuese S. Eller quien lo suplantara en nuestra expedición hacia W. Sin sus dibujos, me dijo Pallas Enten, no es él. Pero mientras pueda hacer su trabajo, ni tú ni tu barco tendrán de qué preocuparse, tampoco la gente con la que vayan a toparse en W.
De Bering y de sus viajes y de su tripulación se contaban muchas cosas en el reino, aleccionadoras, tal vez, si fuésemos los hombres criaturas de las que aprenden, o por lo menos de las que prestan atención, pero el ánimo de S. Eller pudo más que los avisos de estos dichos, o que las palabras de Pallas Enten, quien, dicho sea de paso, era el único que parecía entender a S. Eller en San Petersburgo, donde los demás académicos no podían asimilarlo del todo, y aún en nuestro reino, donde S. Eller no se daba con nadie más. El trato con Pallas Enten, según parece, lo calmaba, encontraba en él, tal vez, alguien que lo entendía, no alguien quien meramente pudiera orbitar en torno a su genio, como parecían hacer todos, las más de las veces ocultando cierto interés yo diría espurio, como el que representaban para ellos, los académicos, los diarios de viaje de S. Eller, que él llamaba todo el tiempo mi boceto, y que según creo sólo ante Enten, primero, y luego ante mí llamó de alguna otra manera: De Bestiis Marinus.
Cuando por fin lo conocí, entonces, acompañado de Pallas, mientras yo aprontaba mi barco, me pareció un hombre absolutamente normal, muy entusiasta tal vez, pero normal, por lo que olvidé mis reparos, a los que, como tantas cosas, estimé como habladurías, cuestiones propias de la envidia, me dije, o más todavía: de la inquina y de la desconfianza que siempre nos carcome el entendimiento cuando un compatriota corre a prestarle sus servicios a otra corona, como había sucedido con S. Eller, que a pesar de haber nacido en Windsheim y haberse formado en la Universidad de Wittenberg pasó a trabajar para la Academia de Ciencias de San Petersburgo, luego de un viaje en el que al parecer quedó prendado de la ciudad. Pero fue allí, después de todo, donde se lo reconoció como gran naturalista, y donde, además, conoció a Vitus Bering, gracias a quien obtendría su fama, pues después de los viajes comandados por éste en los que se trazaron las cartografías de la costa ártica de Siberia y en los que se descubrió además un paso por el norte de las nuevas tierras, hacia el ahora llamado viejo continente, varios nombres de la tripulación de Bering por así decir se desparramaron por todos los reinos, haciendo de ellos una tripulación bien estimada y hasta mejor pagada que cualquier otra.
Así que allí estaba S. Eller, sonriente y orgulloso, mostrándome parte de su trabajo y explicándome por qué deseaba con tanto ahínco subirse conmigo hacia las tierras del sur, sin importar el tiempo que nos demandara dar con ellas, ni mucho menos los problemas que fuéramos a encontrar entre tanto. Usted sabe, me dijo, le pedí a nuestro buen amigo Pallas que intercediera por mí ante la corona, para lograr un lugar en su embarcación, sin ninguna comodidad para mí, nada pido más que un lugar, me conformo con poco, he pasado por todas, así que me conformo con poco, ni siquiera un sueldo, sólo la comida que alimenta a los grumetes, o incluso una ración más pequeña, pero al parecer las cosas están difíciles sin su aprobación, por eso hemos venido a verlo, Enten y yo. Le contesté pues que su fama lo precedía, y que no era necesario pedirlo con el énfasis que él estaba poniendo, y que en todo caso me dejara consultarlo a solas con el propio Pallas y mis oficiales, a ver si encontraban adecuado la presencia de más de un naturalista a bordo, en cambio, por poner un ejemplo, de algún otro hombre de mar. Como usted desee, señor, pero sepa que además soy médico. Se despidió con esa palabra.
Al día siguiente, Pallas me mandó a llamar. Sudaba desde su cama, cubierto hasta las orejas, y me dijo que no podía pensar en otro que en S. Eller para que me acompañara. Sólo déjalo dibujar, y es todo cuanto necesitarás para que no irrumpa en tu trabajo.
Volví a encontrarme con S. Eller, y él volvió a mostrarme su boceto, como si fuera la primera vez que lo hacía. Cuando le anuncié que el lugar en el barco era suyo, me abrazó y me dijo que ni iba a enterarme de su presencia, a no ser, aclaró, que necesitara de él. Sabe, me dijo, también soy médico.
Pero el camarote que debía ocupar Pallas, junto al de mi oficial principal Aurich, iba a permanecer vacío, pues el propio S. Eller insistió en que no quería comodidad alguna, y que dejara el camarote para algún enfermo de cuidado, de los que, sabía, aparecían de tanto en tanto en estos viajes.
Lo vi feliz durante todo el viaje, subido a cubierta, con su boceto en la mano, estudiando el horizonte, sacando cálculos y tomando apuntes, alejado del resto de los hombres, sin participar nunca de charla alguna, o haciendo el mínimo comentario.
Cuando comenzamos a perder noción de los días, cuando la confusión empezó a sucederse, a pasar de hombre a hombre, como una plaga, cuando extraños pájaros empezaron a sobrevolarnos, perseguidos cada vez por un rumor, cuando todos empezaron a mirarme como buscando una explicación, cuando los puestos de cada uno pasaron a ser un problema y las peleas a repetirse, cuando el cocinero se encaramó a uno de los postes, tratando él mismo de poner orden y haciendo nudos, como si le correspondiera, y yo incluso no podía asegurar que estuviera mal verlo allí, gritándole a todo el mundo, y lo dejé hacer, o cuando mis oficiales se recluyeron en sus literas, como si volver la cara hacia la oscuridad los salvara de lo que nos aquejaba a todos, él, S. Eller, seguía en lo de siempre, feliz mirando el horizonte, tomando apuntes y dibujando, llenando sus papeles, completando el boceto que había venido a completar.
Pero ayer se desmoronó. Había caído el sol, yo terminaba de cenar y él llegó a mí, como digo, con esos ojos que no eran los suyos. Y ese boceto en las manos, un poco arrugado. Lo abrió sobre mi mesa, en la que había todavía restos de comida, cosa que no le importó. Alisó como pudo las hojas, sobre las migas y el agua derramada y las pocas espinas. Me estaba mostrando hojas en blanco, un blanco sucio, por supuesto, un blanco manoseado, y me decía que ya no podía continuar, que lo que tenía en la mente se le disipaba ni bien se proponía ponerlo allí, en las hojas. Así que, me dijo, todo lo que pude hacer en los últimos días es esto: mire, mire qué poco, miré que pobres la nutria y el león, el eider y el cormorán… y sólo una Hydrodamalis Gigas mal copiada de atrás, y en fuga. Miré entonces los papeles atentamente, como si hubiera algo que mirar. Sólo el blanco sucio y manoseado, sólo las marcas de sus dedos y un poco de la sal que todo lo carcome había en ellos, nada más. Después puse la vista en él. Lo sé, me dijo, lo sé, me gritó, es poco, muy poco, y estoy haciendo este viaje en vano. Pero espero que mi mente se aclare una vez en W., o más que esperarlo lo sé, ¡lo sé!
Entonces tomó sus papeles y los abolló de manera tal de hacer con ellos una especie de antorcha, a la que acercó a mi lámpara, con la que estaba iluminando el camarote. La jarra de cristal por poco cae al piso, logré salvarla, pero no evitar que él encendiera sus papeles, a los que agitaba en el aire, con la intención de que ardieran más rápido. Entonces puse la lámpara a salvo y ahogué el fuego con las frazadas de mi camastro, arrojándolas sobre su mano, que apresé, luego lo golpeé en el rostro varias veces, lo tomé por las ropas y lo arrojé lejos. No sé contra qué golpeó, pero pareció aturdirse, no saber bien, por un momento, dónde se encontraba. Clavó sus ojos en mí, pero sé que no me estaba viendo. Después cayó de bruces y gateó hasta sus papeles chamuscados, a los que ahora buscaba reunir en torno de sí, desesperado, por más que muchos de ellos no fueran más que carbones negros que desaparecían ni bien pretendía tomarlos. Lloraba, con las manos negras se cubría la cara y lloraba, pedazos minúsculos de lo que había sido su diario se dispersaban por todos lados, había olor a papel y pelos quemados, sentía que debía hacer algo, pero no sabía qué. Arrodillado, con la cara ahora teñida de lo mismo que las palmas de sus manos, me dijo: Nos separa de nuestro destino no más que una línea recta, pero diga usted si sabe hacia dónde apunta.
Y fue como si pretendiera que todo sonido cesara, pues ni se movió después de eso, ni sollozó siquiera, y apuesto que ni sus pestañas se movían. Simplemente enmudeció, su cuerpo mismo enmudeció, y los ojos, esos mismos ojos que antes de partir eran los de un niño ilusionado, eran lo único tal vez que parecía vivo. Pero era una vida ajena, que no le correspondía.
Bajé los escalones y pedí ayuda. Se acercaron dos hombres, les dije que tomaran al doctor S. Eller y lo condujeran con sumo cuidado a algún camarote, si les era posible llegar con la carga que lo dejaran al lado del camarote de Aurich, el único vacío, y si no, que lo dejaran en el del mismo Aurich, pues de cualquier manera tal como estaban las cosas en sus cabezas ninguno de los dos se iba a dar cuenta de nada… Desde el comienzo de la confusión, los oficiales siguen allí.
Después salí a cubierta y traté de comandar las cosas como siempre. O, en realidad, como vengo haciéndolo desde los últimos días: sin nada que comandar.

Previamente: 3; 2; 1.

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