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marzo 19, 2011 / Roberto Giaccaglia

Biblioteca de saldo. Hoy: Philip Roth

—Sinceramente, ¿piensas alguna vez arrojarte por la ventana?
—Si, claro.
—¿Mucho?
—Con frecuencia.
—¿Y qué te lo impide?
—No es que quiera morir, sino vivir mejor. Quiero que la vida sea mejor y por eso comprendo que es mejor vivir un poco más.

Etcétera.
La novela Engaño (cuyo título original es mejor: Deception) de Philip Roth está hecha de conversaciones. Pero el escritor interviene demasiado. A veces para que entremos en clima: Tras alcanzar el orgasmo. Quedamente, nos aclara, por ejemplo, y entonces empieza la conversación de los “amantes”…

—¿Estás bien?
—Qué dulce eres.
—¿En qué estás pensando?
—En nada. ¿No te parece agradable?
—Es sublime.

…que en realidad, más que “amantes”, no son más que emisarios políticos y literarios del autor. Los personajes no hacen el amor, hacen lobby.

Dicho de otra forma:
Las voces (2) parecen provenir de una misma persona. Por eso, no nos enteramos de lo que tienen para decirse en la “conversación”, sino acaso del monólogo que el escritor les propone.

Sólo por momentos, cuando la novela parece mejorar, los “temas” de las conversaciones dejan de ser meros tópicos “rothianos” —la herencia puritana judía, la vida en la Norteamérica puritana, los escándalos del puritanismo— para pasar a ser variaciones de lo que podría escribir Woody Allen con más humor… O de lo que escribió Puig… sin humor también, es cierto, con algo de dolor incluso, o desgano, más o menos como hace el propio Roth…
Pero esto es sólo por momentos. La mayor parte de la novela, Roth, simplemente, no pierde el tiempo y se dedica meramente a asuntos que le importan sólo a él y a su ego. O sea, el “asunto” a tratar es él mismo:

—Supón que he muerto y un biógrafo revisa mis notas y encuentra tu nombre. Entonces te pregunta si me conocías. ¿Hablarías?
—Depende de lo inteligente que fuese…

Ya sé que es difícil.
Por más diferente que sea el tono con el que se la escriba, la novela conversacional seguirá siendo un género donde es muy difícil innovar: todo el mundo que escribe una historia de amor clandestino más o menos larga (o que encadena varias historias cortas) a base de puros diálogos termina escribiendo parecido y sobre las mismas situaciones: Te quiero/Yo también te quiero; Odio a tu marido/Yo también lo odio; No podemos seguir viéndonos así/No, no podemos.
Etcétera.

A no ser que leamos a Nicholson Baker.
En su novela Vox, un hombre y una mujer hablan por teléfono. Tooooda la novela. Y es increíblemente buena.
Tan buena es que nos olvidamos de que sólo se trata de un par de personas hablando por teléfono.
Pero Nicholson es un escritor raro, capaz de hacer cualquier cosa y sin embargo encantarnos. Escribió una novela que sucede mientras un tipo sube de un piso a otro por una escalera mecánica, La entreplanta. Esa no la leí. Pero sí leí, aparte de Vox, otra que es excelente también: La fermata. Es un nombre horrible para una novela, convengamos. Pero muy justo: significa detención o pausa en la notación musical. La novela no es muy musical, se trata de un tipo que puede detener el tiempo (o realizar una pausa: todo se queda quieto mientras él se mueve a sus anchas). Así es. El proceso es complicado, incluso a él le cuesta manejarlo, pero una vez que lo consigue todo a su alrededor se detiene. No hace falta preguntar de dónde sacó la idea, porque es un deseo que todos hemos tenido alguna vez, incluso mucho antes de que a alguien se le ocurriera escribirlo en una novela.
Pero vuelvo a Vox, una de las poquísimas novelas conversacionales interesantes.
El autor, cosa rara, parece no entrometerse. Deja que sus personajes conversen. Son dos perdedores en busca de amor, cariño, compañía, sexo, no sé si particularmente en ese orden. Hablan durante horas y horas, los labios se les agrietan, las gargantas les duelen, y a Nicholson le bastan 196 páginas para transcribir la conversación. Eso es: transcribe. El resultado tal vez sería igualito si Vox en vez de una novela fuera una película y la dirigiera Lisandro Alonso: Nicholson escribiendo y Alonso filmando dejan que los personajes hagan lo que les parece, sin intermediarios que falseen sus maneras de hablar o sus intereses o sus formas de pensar.

Roth, en cambio, para escribir esta novela conversacional, se copia a sí mismo, se relee, usa a sus personajes, amantes o no, para hablar acerca de su propia obra y justificarse.
En efecto, en la cama del hotel donde transcurre Engaño, a los amantes no les importan tanto las posiciones amatorias como las posiciones políticas de Roth:

—No estoy en contra de Israel. Detesto a los árabes. Ahí están cagando en la acera alrededor de nuestra casa, haciendo que suban los precios de las fincas y todo lo demás, como no harían nunca los judíos.
—Nosotros nunca cagamos en las aceras. Hacer que suban los precios de las fincas es otra cuestión.

Ni siquiera, estos amantes, hablan de la trascendencia del amor, sino de la trascendencia de los libros de Roth:

—¿Podría explicar al tribunal por qué odia a las mujeres?
—Pero si no las odio.
—Si no odia a las mujeres, ¿por qué las ha difamado y degradado en sus libros?

O sea, Roth no se mete en la cama de este hotel de incógnito para escuchar lo que los amantes tienen para decir acerca de sus vidas, frustraciones, sueños, etc., sino que lo hace para participar activamente de un diálogo consigo… para escucharse decir cosas, encima, que ya había dicho (y diría) bastante mejor en otras obras, donde sí se detuvo (y detendría) a escuchar lo que ocurre a su alrededor.

Aparte de los tópicos rothianos citados más arriba, hay que mencionar otra obsesión del autor presente en la novela: la mentira en las relaciones de pareja —los cuernos, vamos, la búsqueda de la felicidad amorosa fuera de casa. En Engaño (que Seix Barral publicó aquí en 2009, y que su autor escribió en 1990), Philip Roth se pone como ejemplo de estas prácticas, como si nos fuera a servir su “particular” experiencia, y nos cuenta “su” aventura con una mujer inglesa casada, atrapada en una vida que no la convence —¿tal vez por ser de clase media?—, con un hijo pequeño por el que no siente afecto alguno. El cine independiente nos ha jodido bastante con este tipo de historias, y no me extrañaría que algún atorrante financiado por el Sundance adaptara esta obra a la pantalla.
De obras de Roth que traten sobre relaciones ocasionales y/o hombres que buscan mujeres que los hagan rejuvenecer un poco, ya se han filmado Goodbye, Columbus, Elegy, Portnoy’s Complaint y The Human Stain, con Anthony Hopkins y Nicole Kidman. A ésta la vi, no recuerdo mucho de ella y seguramente no la volveré a ver. Sí puedo decir que me pareció pomposa, aburrida y poco creíble, para colmo relacionada de alguna manera con lo de Bill Clinton y Mónica Lewinsky… o sea que también oportunista.

El Roth sorprendente, y que realmente provoca —no necesariamente hablando de sexo—, está en Operación Shylock y El teatro de Sabbath. Novelas mayores, seguramente de lo mejor que dio Norteamérica en los últimos años, ácidas y políticamente incorrectas, son lo que uno debería leer si quiere una crítica acabada del judaísmo (la primera) y del estilo de vida yanqui (la segunda).

No es alocado pensar que ambas cuestiones, continuas en Roth, convergen en otro gran sátiro de la cultura de Estados Unidos: Larry David, que en su impecable serie Curb Your Enthusiasm no para de burlarse de las costumbres judías y de su país, más o menos con los mismos tópicos “rothianos”.
La salvedad es que, por lo menos hasta ahora, ninguno de los episodios de Curb Your Enthusiasm parece viejo, gastado o intragable.

Engaño no es mala. Es falsa.

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