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marzo 29, 2011 / Roberto Giaccaglia

La banalidad del mal y otros problemas de la literatura argentina (segunda parte)

No sé si la historia es cierta, pero en todo caso es lo de menos.
En cierta ciudad americana en la que estaba de paso, el director Ramin Bahrani conoció a un taxista senegalés que le cayó muy simpático. Al parecer, el tipo le caía simpático a todo el mundo, un hombre encantador, sencillamente, la clase de persona que hace que los demás se sientan bien. Así que cada vez que necesitaba un taxi, Bahrani pedía el de este hombre, sólo para charlar con él, reírse un rato, esas cosas.
Al volver a su ciudad, le comentó sobre el taxista a uno de sus colaboradores, y juntos idearon la historia de Goodbye Solo (2008, USA): básicamente, una película sobre un hombre bueno.
En Goodbye Solo, pues, un taxista conoce a un viejo que carga en sus espaldas con vaya a saber qué clase de pasado, uno trágico seguramente. Se le nota el resentimiento, el rencor, aquello que pudo ser y no, el arrepentimiento. No ríe nunca, y es más bien huidizo a la charla. Contempla la nada, y fuma, en silencio, mientras el taxista trata de levantarle el ánimo: le hace bromas, comenta asuntos sin importancia, intenta desviar su atención de aquello que lo atormenta. Al taxista. por su parte, no le va muy bien en la vida, pero hace como si tal cosa. Aparte de trabajar para alimentar a su familia, pasea, se junta con amigos poco recomendables, visita piringundines, ve mujeres, juega al fútbol, apuesta, y de vez en cuando se emborracha. Y estudia, porque quiere ser asistente de vuelo. Lo único que le molesta y que no puede sacarse de la cabeza es la tristeza del viejo que conoció en su taxi, y con el que se cruza una y otra vez, no por azar, sino porque él lo busca. Ese viejo lo intriga: cree que quiere matarse, y que hasta ya fijó el lugar y la fecha, así que lo “persigue” día y noche para ver si son ciertas sus sospechas.
Se decide a ayudarlo, como si él mismo no tuviera suficiente con una hija adoptiva, una mujer embarazada, los problemas en el trabajo y el rechazo que sufre cada vez que intenta cambiarlo. Pero el viejo no cede en su aparente pretensión de terminar con su vida. Es más, se va poniendo más hosco, despreciable y huidizo, mientras Solo —el taxista— se desespera por no dejarlo ir. Pone en juego varias cosas para que el viejo cambie de opinión, para que vea, en suma, que vale la pena vivir, pero es en vano. Es más, por ayudar a alguien que ni siquiera quiere su ayuda, Solo pierde el control de su vida.
El director Ramin Bahrani  dice que así ocurre con las personas entregadas a la esperanza: no temen a eso de perder el tiempo, y menos que menos cosas materiales. Para ellos, vivir tiene que ver con todo, y cosas como la solidaridad no quedan afuera, no son postergables en pos de deseos o ambiciones personales, que igual llegan o se satisfacen, en un momento u otro. Sólo hay que saber esperar.
La gente buena, dice Bahrani, simplemente cree en esto, y por eso vive mejor.

No sé cuán buena persona será Ramin Bahrani. Pero sí sé que hay que creer en lo que se hace, y que no mentirle al espectador es de buena gente. Esto se llama honestidad y se nota en el resultado final. Goodbye Solo es una película excelente entre otras cosas porque carece de imposturas. No pretende hacer llorar, tal vez ni siquiera emocionar, no hay golpes bajos guiados por la música ni por hechos cruentos o medianamente lastimeros. La vida del taxista está filmada sin pretensiones aleccionadoras, es simplemente un tipo que hace su trabajo y que sueña con tener otro mejor. No hay lágrimas, no hay sufrimiento y hasta en las peleas maritales se cuela la gracia, el asecho de la esperanza y de la ilusión, del buen humor, cuestiones que no intentan solaparse, oscurecerse o negarse, como en las películas de Mike Leigh y de otros apólogos del miserabilismo.
El cine de Bahrani es una esperanza para los espectadores no por filmar gente buena, sino porque nos demuestra que cree en lo que hace. Por esa razón (más poética que objetiva, no una razón al fin y al cabo, una cuestión química quizás) vemos encantados su película. No hay otra cosa más importante y tal vez todo análisis crítico quede aquí en suspenso.

No les creo a los que se la pasan defenestrando, husmeando entre lo peor del ser humano a ver si encuentran algo más feo. Tienen que trabajar mucho para que vea su películas con ganas, convencido. A veces son tantas las escenas lastimeras que uno termina pensando que le están tomando el pelo.

Tampoco le creo a los que como Mike Leigh nos dicen que las tragedias vuelven mejor a la gente. Es lo que les ocurre a sus sufridos proletarios en All or Nothing: cuando uno de los hijos de una familia arruinada por la pobreza, la ignorancia y la apatía sufre un ataque al corazón, todos se reúnen en torno a su cama de hospital con la esperanza de empezar a ser felices de una vez, comprendiendo que en realidad no todo era para tanto: que peor es morirse. Algo parecido le ocurría a Harrison Ford en Regarding Henry: era un abogado concentrado en su exitosa carrera, trataba a su familia como el diablo, era despótico con sus empleados, altanero, un tipo despreciable, hasta que un ladrón le pega un balazo en el lóbulo frontal. Pero no se muere: se vuelve más bueno. La oportunidad cercana de morir borró de él toda maldad y al volver del hospital está hecho un angelito. Sólo a Hollywood se le pudo haber ocurrido balear a un tipo poniendo en ello buenas intenciones.

Pero creo que son peores los que eligen no redimir nunca a sus propios seres: como si el pozo que ellos mismos cavan o cava para ellos la sociedad no tuviera escalera, pero tampoco fondo.
Por lo general no saben de qué hablan. Los que filman despreciando a sus personajes, los que les niegan todo disfrute, los que no les dan respiro, los que los hunden en la miseria… ¿Han asumido que la vida es sólo eso que quieren contarnos o simplemente lo simulan porque la seriedad, la gravedad —las lágrimas, al fin y al cabo—, es prestigio y la manera más fácil de que a uno lo tomen en serio?

La última película de gente mala que vi convencido: Pulp Fiction. Tarantino quiere en un par de escenas que nos sintamos incómodos, pero lo consigue apenas, casi nada. Incómodos se deben sentir las almas bellas, puras, llenas de miedo, que añoran si acaso un mundo más cercano a Forrest Gump. Pero Pulp Fiction no da miedo; es una película de humor. El mundo de Pulp Fiction es un circo de monstruos donde se suceden no las penas o las miserias, sino las risas dantescas que provoca lo grotesco llevado a su máxima expresión. Cuando el horror explota a este nivel sólo queda volverse loco o reírse. Tarantino elige la risa.

El que elige más bien volverse loco con la gente mala es Gaspar Noé: por eso el montaje, las locaciones, el color de sus películas es el de un claustrofóbico que quisiera curarse con una terapia de choque. El ser humano, nos dice Gaspar, vive en el infierno, su condición es la del sufrimiento. Para llevar a cabo su visión del mundo, retrógrada, purista, simple, apela a una estética y a una ética consecuentes: las del fascismo. Quiere expulsar a los débiles de sus obras, seducir con el glamour de la violencia y la maldad a quienes puedan soportarlo y aún desearlo, divertirse, mirar sus obras con placer y aceptar sin más que las personas somos así. Para ellos filma, para los que aceptan en silencio que la vida puede explicarse en breves slóganes… pintados con sangre, para que sean más visibles y efectivos. Tan efectivo quiere volverlo todo, que nos miente en la cara con descaro. Y apuesto que al hijo de puta no se le mueve un pelo —sí, ya sé que es un chiste fácil.

Basta de cine, ahora hablemos de literatura argentina. Quiero decir, Literatura argentina:

Auschwitz de Gustavo Nielsen está mucho mejor que La otra playa, pero no se entiende. No se entiende, sobre todo, qué clase de escritor hay aquí. La otra playa es una ñoñez, y a veces una ñoñez mal escrita, y Auschwitz es una colección de perversiones. Ya sé. Nielsen se cansó de ser malo. O de escribir como tal. Ahora saca a pasear al perro, se cuelga el Clarín al cuello y le sonríe a los vecinos. ¿A quién me hace acordar el escritor que hay en Auschwitz? A Pablito Ramos, que después de putear a medio mundo en su novela le agradece al agente literario, se le tira encima, lo llena de besos, hace lo mismo con su asistente (sí, el tipo tiene asistente), y nos cuenta a todos que, en fin, todo esto no es más que literatura, y que no quiere en realidad pelearse con nadie, porque ama al mundo y la vida le sonríe. A todos se nos dio alguna vez por escribir así: despotricando, odiando a nuestros personajes. Es muy fácil hacerse el malo, fácil y divertido, la literatura se llenó de estos libros en una época, daban cierto prestigio al parecer, bastaba emponzoñar la sociedad para volverse mejor que ella. El escritor era eso. Queda cierto remedo en los comentaristas de blogs. Pero la literatura del ser hijo de puta, que se queja por todo, que es gratuitamente malo, que escribe con pésimo gusto a propósito, que no pretende sino escandalizar, que ve al mundo con los ojos henchidos en sangre, semen y mierda, quedó atrás. Ya todos nos vamos dando cuenta que la literatura no es festejar el dolor. Tampoco redención. No sé qué es. Mirá si voy a tener semejante pretensión: Oigan, la literatura es esto que les digo… Pero sepan que haciéndose los malos o provocando el sufrimiento de sus personajes la “fuerza” de sus libros no está garantizada. Y mucho menos la verdad. ¿Qué verdad? Pues la suya, ¿para qué creen que los leemos? Queremos saber cómo ven el mundo, qué sienten, qué les parece todo, qué les molesta y qué los hace felices. ¿O no se animan? ¿O han asumido, como los malos directores de cine, que la vida es sólo eso que quieren contarnos? ¿O lo simulan porque la seriedad, la gravedad —hacer sentir mal al lector, al fin y al cabo—, es prestigio y la manera más fácil de que a uno lo tomen en serio?

Pero los escritores argentinos hacen cosas peores:
Leo: “Me gusta cómo Aníbal Fernández entiende la política y como Moreno trata al empresariado”.
¿Quién dijo esto? ¿Quién reinvindica a este par de trogloditas impresentables? ¿Horacio González? ¿Algún otro retrógrado plumífero avejentado y reaccionario? ¿El fantasma de Martínez Zuviría? No. Juan Terranova, joven escritor argentino.

¿Será de Osvaldo Lamborghini la culpa, quien le enseñó a los escritores argentinos, al menos a los que empezaron a escribir a mediados de los ochenta, que sin crueldad no hay tu tía? ¿O será de Aira la culpa, quien, aparte de intentar convencernos de que Lamborghini es bueno, desde mediados de los ochenta, nos enseñó que no hace falta decir nada con la literatura, que es mejor por otro lado hacerse el gil? Si la literatura argentina actual se compone de crueldad y giladas, y además de esto de festejar a Arlt (práctica que se arrastra de otras generaciones), y ahora encima alabar al gobierno (o por lo menos volverla una literatura acrítica, lo cual constituye el problema más grave), debería volver a hablar de cine, tratar cosas más felices y verdaderas, que valgan la pena, como Goodbye Solo, total ya está, la batalla está perdida…

Pero no. Ante el desconsuelo, mejor seguir adelante.

Los nuevos Lamborghinis, parece, no están sólo condenados a escribir mal (Bolaño dijo algo como esto alguna vez), sino también a sufrir las estética y ética que sufre Gaspar Noé, sí, las del fascismo, que aquí se traducirían en las del peronismo ortodoxo: una parodia del mal, una parodia del hombre y sus infiernos, una parodia de la violencia, pero no una parodia para reír, sino para sumirse en el tremendismo, en la desesperación, y una vez chapoteando en ellos intentar sin embargo permanecer tranquilos, como si nada ocurriera y al mundo (la Argentina, en este caso) le fuera de lo más bien. Celebrar las formas en que el kirchnerismo hace política, desde los beneméritos escritores de Carta Abierta hasta el joven Terranova, tiene que ver con esto: celebrar el mal como forma y contenido.

Si yo confundo escritores con personajes es porque creo en la literatura. No pasé por la academia, nada sé de categorías críticas, ni de estudios de la forma. Soy sentimental, ingenuo y no todo me da lo mismo. Si yo leo que un tipo disfruta torturando a un niño atado a una cama es porque quien escribió esa escena estaba mientras tanto gozando. Si yo leo que el tipo tiene una vecina que es tan fea que “merece el arroyo podrido que pasa por su puerta” y que debería llamarse Alpargata Rosa porque no hay gaucho que se la ponga es porque quien escribió esas sentencias cree de verdad que está bien denigrar y rebajar a las mujeres.

Pero a nadie le importa la literatura. Ya no existe tal compromiso, los escritores de ahora, impostando sufrimiento —un “sufrimiento” propio, quiero decir, intransferible, un “sufrimiento” de gente mejor—, banales, indiferentes ante cuestiones que podría ver hasta un ciego, preocupados por el premio, la foto y la foto con el premio, se vuelven viejos y feos enseguida, mientras le apuntan a un público determinado, con taras más propias de la televisión que de la escritura.

¿No existen más los escritores malditos, los escritores en contra, los escritores que pierden y siguen hermosos y lozanos, los escritores invisibles, que hacen su trabajo sin hacerse los malos? ¿Nos quedan sólo los que escriben para el gobierno, los que hacen publicidad para Pakapaka y Fútbol Para Todos, los que se disfrazan de bebedores arrastrados y son gentiles miembros de la clase media, como vos y como yo? ¿Nunca conocieron un taxista copado?

Todo vale en la persecución de un futuro “nacional y popular”: festejar a Moreno, hacerse el malo, escribir peor.

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4 comentarios

Dejar un comentario
  1. Celina / Abr 1 2011 8:43 pm

    me cansé de tu derrotismo…bye bye

  2. Riquelme / Abr 2 2011 10:12 pm

    Pero algo debe haber, ¿qué?

  3. Mariana Aron / May 20 2011 1:41 am

    Por algùn zonzo motivo aùn te sigo leyendo…

  4. Extremo Oriente / May 21 2011 6:26 pm

    No se preocupen. Giaccaglia no escribe más. Abrió un puesto de choripán en el barrio Bella Vista de Córdoba, al lado de la casa de Andrés Rivera. Por la tarde toman mate juntos y rezongan.

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