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abril 7, 2011 / Roberto Giaccaglia

¿17 años ya? (segunda parte)

Dicen que había estado escuchando Automatic for the People, de R.E.M. Supongo que es un buen disco para tomarse el buque. Curiosamente, no es el disco de R.E.M. que figura entre sus favoritos. Su favorito de esta banda es Green, un disco que apenas conozco. Pero, a su vez, Green apenas figura en el puesto 25 de la lista de 50 que alguna vez garabateó en un papel, cuando en una charla entre amigos alguien le pidió que nombrara sus discos favoritos de todos los tiempos. Husmear los discos favoritos de los artistas que figurarían ellos mismos en nuestras listas es una dicha extraña, que además explica, en parte, la manera en que nuestros héroes entienden o entendían la música. Entre los discos favoritos de este que hablo figuran, por ejemplo, dos de Black Flag. Las canciones de Black Flag son un poco desarmadas, como si sus intérpretes no supieran bien qué hacer con ellas, o más precisamente cómo ensamblar las partes que a cada uno se le ocurrieron por separado. Esta forma de tocar tuvo mucho que ver con su formación como guitarrista. Se nota sobre todo en su primer disco, Bleach, pero a lo largo de todas sus canciones podemos notar cómo la guitarra es usada más que nada como un instrumento percusivo. Muchos se asombran, es más, de que haya llegado tan lejos sin siquiera afinar del todo bien. Pero esto no debe tomarse a la ligera. La desafinación es casi una filosofía. Y una, particularmente, que se encuentra muy extendida en bandas cuyos discos figuran en su lista de preferidos: Beat Happening, Sonic Youth, Daniel Johnston, los propios Pixies. En un documental, se lo puede ver en medio de un recital parando una canción, preocupado por cómo suena su guitarra, la afina, se toma su tiempo, la canción arranca de nuevo y suena peor que antes. Pero nadie de los que iban a verlo se preocupaba por eso. La gente iba a tener un momento en la vida, único e irrepetible. Si después el tipo se olvidaba los acordes de la canción, tanto daba. A Syd Barret le pasaba lo mismo. Entraba en comunión con Dios, el público dejaba de existir. David Fair, amigo de Daniel Johnston y fundador junto a su hermano Jad de Half Japanese, escribió hace mucho un par de consejos acerca de qué hacer con la guitarra si se la quiere tocar y no se sabe cómo. Tengo para mí que nuestro héroe siguió estos consejos al pie de la letra. Yo ya no toco la guitarra, pero ojalá pudiera aplicar estas enseñanzas en mi escritura. Es básicamente como sigue: Aprendé a tocar la guitarra solo. Es simple: las cuerdas delgadas suenan alto, las gruesas suenan bajo. Para tocar rápido, mover los dedos rápido. Para tocar lento, mover los dedos lento. Eso es todo. Quedan los nombres de las notas, claro, pero se pueden aprender en un día. O de los acordes. Son muchos; son, en realidad, ilimitados. Así que en vez de aprenderlos lo mejor es inventarlos: la única manera de dominar el instrumento es inventar lo que sucederá en él. Hay que recordar que se trata de la guitarra de uno, y no de otro. Es más, si querés podés poner cuerdas que no correspondan. ¿Pero qué es lo que corresponde? Por ejemplo, eso de la afinación. ¡Qué cosa más ridícula! Es mejor que cada guitarrista suene diferente. No hay manera de equivocarse en esto. La única recomendación es que la guitarra sea eléctrica. En primer lugar, porque se las puede pintar. O pegarle calcos. Y cuando ponés el amplificador en diez no hay manera de que suene mal. Con eso en mente ya lo tenemos todo: la idea es agarrar una púa con una mano y la guitarra con la otra, hacer unos cuantos movimientos y conquistar el mundo. Todos estos tipos lo que nos están diciendo es que nosotros también podemos hacerlo. Es el do it yourself que pregonaban los punks neoyorkinos antes de que el movimiento se desmadrara en violencia gratuita, allá en los ochenta, cuando la furia inglesa anti reina mutó en la furia anti Reagan americana, la que parió, entre otras, a bandas como Black Flag, de la cual nuestro héroe coleccionaba sus discos y que le enseñó, más o menos, cómo se toca una guitarra. Esto de que todos podemos hacerlo, el do it yourself, es una ilusión, por supuesto, pero algo a lo que cuando jóvenes nos aferramos más que a nada. Él practicaba esta ilusión a full. Uno lo veía cantar, gritar, saltar, tocar su guitarra y pensaba que en su lugar podía estar uno mismo, haciendo eso, todo eso. Muchacho pobre, apenas educado, abandonado por sus padres, creciendo a los golpes en un pueblo de mierda, compró discos, se colgó una guitarra barata y conquistó el mundo. No sólo fue el último punk. Fue también el último prócer del mundo del rock, la última estrella. El cielo está completo desde hace 17 años.

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