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junio 21, 2011 / Roberto Giaccaglia

Diario de un librero #4

Lunes 20 de junio, feriado nacional, abrimos medio día. No hubo mucho movimiento.  Aprovechamos para limpiar los vidrios, el piso, que estaban hechos un desastre, y regar las plantas que nos regalaron por la apertura del local, una violeta de los alpes y un par más que no sé nombrar. Entró una encuestadora, que además de elogiar el local, nos preguntó por quién vamos a votar en las próximas elecciones y por quién no votaríamos nunca. Con mi mujer coincidimos -debe de ser en lo único. Prometió volver (la encuestadora, no mi mujer, que todavía no se fue), pero esta vez por libros. Después una señora estuvo revolviendo un largo rato entre los estantes, aprovechando que había tiempo de sobra, para ella y para nosotros. Se llevó uno de Cristina Bajo, Madre del agua y otras leyendas argentinas, uno de princesas para la sobrina y otro de dinosaurios para su hijo. Los de dinosaurios se llevan mucho. En mi época nos gustaban mucho más los robots (a nosotros los niños, quiero decir). Mirábamos hacia el futuro. Bueno, el futuro es este, parece que nos equivocamos. Luego entró un muchacho de unos veinte o veinte y pico, con los auriculares bien metidos en las orejas. Era tartamudo y tenía el cuerpo levemente inclinado hacia la izquierda. Pidió algún libro con obras de Lope de Vega… “Es un poeta”, aclaró. Saqué un libro de García Lorca bellamente editado por Libros del Zorro Rojo, pero no lo convencí. Lo estuvo mirando, un poco extrañado, preguntándose tal vez por qué le había ofrecido eso, si por eso no había preguntado, lo puso de nuevo donde estaba, agradeció y se fue.

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